«LAS CUATRO Y DIEZ» DE LUIS EDUARDO AUTE

«Las cuatro y diez» es una de esas canciones que no se escuchan solo con los oídos, sino con la memoria y con el corazón. Cada vez que la escucho siento que Luis Eduardo Aute fue capaz de atrapar un instante aparentemente sencillo y convertirlo en algo eterno. No habla de grandes gestas ni de amores imposibles; habla de ese temblor único del primer amor, de la inocencia de una adolescencia que descubre el deseo, la admiración y la belleza.

Lo que más me emociona es la ternura con la que recuerda aquel momento. No hay nostalgia amarga, sino gratitud. Como si los años hubieran pasado, pero las emociones siguieran intactas, suspendidas para siempre en esas cuatro y diez. Todos guardamos una hora así en nuestra vida: un instante que, sin saberlo, nos cambió para siempre.

Aute consigue que una escena cotidiana —un cine de barrio, una película, una muchacha— se convierta en un refugio emocional donde el tiempo deja de avanzar. Por eso esta canción me conmueve tanto: porque me recuerda que los recuerdos más importantes no siempre son los más espectaculares, sino aquellos que conservan intacta la capacidad de hacernos sonreír y emocionarnos décadas después.

«Las cuatro y diez» es, para mí, una declaración de amor a la memoria, a la juventud y a esos momentos que nunca regresan, pero que tampoco nos abandonan.