«SONMEIGO» (JMMT)

PRESENTACIÓN

Bienvenido a este rincón de calma y tinta, un espacio donde el paisaje de Galicia —con su lluvia eterna, sus bosques verdes y la nostalgia de su mar— se convierte en el escenario perfecto para explorar el alma. A través de estos textos literarios y personales, te invito a recorrer los laberintos del amor en todas sus formas, a contemplar el paso inevitable del tiempo que todo lo transforma, y a abrazar la soledad no como un vacío, sino como ese refugio necesario donde nos encontramos con nosotros mismos; historias escritas desde el corazón para quienes, como tú, buscan un refugio de belleza en las palabras. (José María Máiz Togores)

 

EL NORTE DE PEDRO

Pedro cerró la puerta del piso madrileño con la misma decisión con que, aquella mañana, puso el último libro en la caja marcada como «donar». Durante años la ciudad que le había dado trabajo, ruido y compañía a medias; ahora le ofrecía demasiadas luces y muy pocas estrellas de vida.

No tomó la decisión solo. Desde hacía años compartía la vida y la casa de Madrid con su hermana Pilar, también jubilada. Cuando le habló de Muxía, ella lo escuchó con una mezcla de cariño y escepticismo.

―Yo necesito, y tú, un médico que me atienda, una farmacia en cada esquina y un taxi que me lleve a todos los sitios, le dijo riendo.

Pilar amaba Madrid con la misma convicción con que Pedro empezaba a soñar con el Atlántico. Ninguno intentó convencer al otro. Se prometieron visitarse a menudo y comprobar, cada uno a su manera, que la jubilación podía tener más de una forma.

Compró una vieja casa de piedra en Muxía, allí donde la península se asoma al Atlántico, el aire huele a salitre puro y las primeras brumas —el orballo— llegan con la puntualidad de un reloj antiguo. No es una huida dramática, sino una sucesión de pasos medidos: vender lo imprescindible, despedirse de su gente y aceptar que el horario de trabajo dejaba de ser su brújula.

Los primeros días en la Costa da Morte fueron una mezcla de descubrimiento y de pequeños desastres domésticos. La cocina de leña, con más años que el primer habitante del pueblo, decidió no tirar la primera noche. Pasó mucho frío y tuvo que aprender a encender el fuego sin ahogarse en el humo. La lareira de la casa, ennegrecida por el tiempo, se convirtió en su aliada: el primer pulpo que intentó preparar fue un éxito inesperado, porque la tapa de la pota la pudo abrir con la misma habilidad con que la paciencia del vecino, Don Luís, se soltaba con las historias de los naufragios que él presenció.

Don Luís apareció una tarde en su casa como si llevara años esperándolo, le trajo unas patatas de su huerto y un consejo que Pedro aceptó con gratitud:

―Si quieres aprender del mar y de esta tierra, escoita e non fales.

Pronto entendió que vivir en un pueblo marinero no era lo mismo que vivir aislado. La taberna del puerto, un local pequeño donde se mezclaba el olor a café con el de las redes secas, se convirtió en el centro de cuatro o cinco conversaciones diarias. Allí cambió bombillas por recetas de caldeirada y noticias por consejos sobre cómo proteger sus cuatro hortalizas del viento del norte.

En una de esas charlas, la señora Carme, una de las últimas palilleiras del pueblo, le confió un secreto:

―Si quieres hablar con alguien de verdad, siéntate nas pedras da Virxe da Barca al atardecer e quedarás tolo.

Pedro lo hizo, y una tarde se encontró contemplando el océano junto a un marinero jubilado que tenía la voz tan rasgada como una red vieja. Esa noche bebió vino albariño y escuchó historias de temporales míticos, de percebeiros valientes y de romerías que ya nadie recordaba por completo.

El ritmo del mar fue enseñándole otras cosas: a esperar.

―Señorito, le dijo un día un cabronazo ―así lo bautizaron en el bar por sus malas artes― que llamaba así a los Madrid. Las borrascas vienen y se van, las mareas dictan el calendario.

Pedro plantó unos tomates en un pequeño abrigo de tierra protegido por muros de piedra que le costó semanas preparar. Las primeras hojas verdes fueron una victoria silenciosa. El día que recolectó sus primeros productos, con las manos oliendo a tierra húmeda y a mar, rio como si le hubiera contado un chiste su propio alter ego.

Hubo también frustraciones —un temporal de viento que destrozó su pequeño invernadero una madrugada o la humedad que calaba las paredes en pleno invierno—, pero cada problema encontró una solución cercana: el carpintero de la ribera le ayudó a reforzar las maderas y un joven pescador le enseñó a tratar la piedra.

En las largas caminatas hacia el faro de Muxía, Pedro redescubrió el tiempo para pensar sin interrupciones. Se cruzaba con vacas que pastaban frente al acantilado, con peregrinos extasiados que terminaban allí su camino y con el rugido de un mar que marcaba horas muy distintas a las de Madrid.

Una vez, en plena llovizna, se encontró con el tractor de un vecino cuyo remolque de leña se había quedado atascado en el barro de un camino vecinal. Sin dudarlo, ayudó a empujar y a vaciar parte de la carga, pasando a ser el héroe improvisado de una comida familiar que, minutos después, se celebró entre risas, vino de la casa y empanada de xoubas en la casa del vecino auxiliado.

Aprendió también a convivir con la soledad elegida. Las primeras noches con el bramido del océano de fondo le parecieron eternas. Más tarde, las convirtió en música: el crujir de la madera, el viento jugando con las tejas de pizarra y el insistente batir de las olas contra las rocas. Compró una radio y escuchó las alertas marítimas y los programas locales. La música tradicional que puso una tarde hizo que, sin saber por qué, le invitaran a llevar el ritmo con un pandero en la taberna —no porque fuera bueno, sino por la valentía de intentarlo—. Esa noche, al volver a casa, le dolía la cara de reírse y de felicidad.

Pilar cumplió su promesa. Llegaba algunos fines de semana cargada de libros, noticias del barrio y algún capricho imposible de encontrar en el pueblo. Disfrutaba de las vistas, de las comidas con los vecinos y de los paseos hasta la Virxe da Barca, pero al tercer día empezaba a echar de menos el bullicio madrileño. Pedro se burlaba cariñosamente de ello, y ella de sus botas embarradas y de sus horarios dictados por las mareas. Con el tiempo comprendieron que ninguno tenía razón ni estaba equivocado: simplemente habían encontrado nortes distintos.

Un año después, Pedro abrió las ventanas al amanecer, respiró el aire atlántico y, al mirar el horizonte donde el sol empezaba a teñir el agua, supo que había logrado lo que se propuso. Su pequeño terreno daba fruto, había hecho amigos sinceros de los que saludan con la mirada, y su día a día ya no estaba marcado por la prisa del reloj sino por el estado de la mar y la luz del faro.

No todo era perfecto: seguía yendo a Madrid de vez en cuando, a ver a su hermana o a buscar alguna pieza especial para la restauración de la casa. Pero la gran ciudad había dejado de ser el centro de su universo. Pedro había conseguido una vida más pausada, en contacto con la fuerza de los elementos y con las personas que los habitan.

Aquella noche, mientras las luces de las lanchas que salían a faenar se encendían en el mar como diminutas constelaciones, cerró la puerta y sonrió. Había encontrado la tranquilidad que buscaba. Pilar seguía encontrando la suya entre las calles de Madrid. Y eso, pensó, era quizá lo mejor de todo: descubrir que una misma vida podía conducir a dos felicidades diferentes.

EL «NOVATO» JMMT

Esta foto sacada allá por el mes de abril de 1988 ―el año del Nobel de Literatura al egipcio Naguib Mahfouz, la publicación de Los versos satánicos de Salman Rushdie y el estreno de Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, hermosísimo homenaje nostálgico al cine y a la memoria―, en el despacho de mi padre tiene una pequeña intrahistoria, grande para mí.

Las dos directoras, por entonces, del colegio JESÚS-MARÍA de la calle Juan Bravo nº 13 ―la directora general, la madre Asunción Allendesalazar, inolvidable por su categoría humana; y Beatriz Doval, excelente directora pedagógica― me habían citado en el colegio para ver si me incorporaba al claustro como profesor de Literatura en el curso siguiente.

El día anterior a la cita, dada mi natural inseguridad, estuve preparándome para ver qué imagen proyectar. Sabía que tenía un aspecto de jovencito imberbe y que no reflejaba en absoluto los años que tenía. Por tal motivo, me aconsejaron que vistiera, no con la excesiva formalidad de un traje de chaqueta y sí con la cálida elegancia de una chaqueta con corbata y un pantalón gris entonado. Me cambié de corbata mil veces. Le di cien vueltas a chaquetas de diferentes tonalidades, a camisas sin corbata, a pantalones y a jerséis a tono. Es lamentable que, después de tal exhibición, hoy no recuerde cómo acudí a aquellas cruciales entrevistas.

Esta foto, tenía en ella 29 años, y ya recorrida toda mi vida profesional, admite un sincero análisis. Aquí tengo que recordar a Soledad Guardiola, excelente compañera, y a la madre Ana María Muñoz, gozosa cinéfila, que me enseñaron a comentar una foto con tintes subjetivos, pero distantes y objetivos a la vez.

La primera impresión no es la de un hombre que busca agradar, sino la de alguien que quiere ser tomado en serio. ¡Cómo toda mi vida! No veo arrogancia, nunca la he tenido, veo un excesivo control corporal. Los brazos cruzados, la postura recta y la mirada frontal sugieren una seguridad en mí mismo que nunca tuve. El traje, la corbata y el entorno hablan de una época en la que quería exponer cierta solemnidad social.

Los libros no parecen un decorado. Imagino que quise dar la sensación de que pertenezco a ese mundo y me siento muy cómodo en él. Estoy en el despacho de mi padre en la calle Díaz Porlier rodeado de libros, pero con el cuerpo de la librería en el que menos libros médicos había.

Pero siendo crítico también veo cierta distancia. Mi expresión es contenida. No aparece mi «desaparecida» sonrisa, como en casi todas las numerosas fotos posteriores, ni un gesto cálido que invite a acercarse. Pese a la seriedad, no veo dureza. Veo más bien una especie de timidez disciplinada. Como si detrás del profesor formal hubiera una persona bastante más sensible de lo que la foto deja ver.

La postura es impecable ―¡la familia!―, pero también transmito una formalidad excesiva a ojos de un adolescente, que quizá sentiría admiración antes que confianza. Tal vez, por mi timidez, quería transmitir un poco de respeto el primer día y bastante aprecio al final del curso.

Cuando repaso, a mi edad, esta foto, me hace pensar en alguien que ha enseñado literatura con una gran seriedad y rigor. Alguien que cree que las palabras importan y que los libros merecen respeto. Y como yo soñé el primer día que pisé un aula: José María, no sabes todavía en cuántos alumnos vas a influir, cuántas clases vas a dar con plenitud y a cuántos alumnos vas a acompañar en su camino escolar.

¿QUIÉN SOY YO?

Presentarme y enseñar mis paños emocionales es un acto de valentía. Te lo dice un cobarde de la pradera que se arriesga a ser juzgado, criticado o malinterpretado ―ya estamos con este «riesgo», que es burdo y es defensa de los pusilánimes―, y que asume la incertidumbre de cómo será recibido. Lo mismo, es ese silencio tan conocido por mí el que me responde.

Recuerdo aquel día de bruma y lluvia ferrolanas en la década de los 90 cuando, ante un auditorio repleto de 60 personas, hablé ―mejor, farfullé―, unas sinceras palabras de agradecimiento. Y me convertí en un ratón en ese gran momento. A todo el mundo le extrañó que me pusiera nervioso ante un público expectante y no ante 30 «miuras» de 16 o 17 años, que son inquietos, impulsivos y difíciles de encauzar entre el sujeto y el predicado.

En este mundo, donde todos parecemos saber quiénes somos, como si fuéramos el Gran Hermano del escritor británico George Orwell en su novela 1984, donde se presume, se exhibe, se oculta y se miente, repito, en este mundo presentarse tal y como uno es —sin maquillaje, sin escudos— es un acto de resistencia.

Desnudarme ante los demás, contar lo que me duele, lo que me pesa, lo que me falta, o me sobra, es una forma de dignidad. Porque quien se muestra sin miedo, o con miedo, pero aun así se muestra, está diciendo: «Aquí estoy. Este soy. Esto llevo dentro». Hay escritores que hicieron de sí mismos su principal personaje y fueron admirados y criticados por ello. Michel de Montaigne escribió: «Yo mismo soy la materia de mi libro».

Hablar de uno mismo no es debilidad. Es fuerza. Es literatura viva. Es el fracasado intento de llegarle a los tobillos a Unamuno. Es humanidad. Pero nunca debilidad. Debilidad es lo que sentía yo cuando en Filología llegaba a las 10 de la noche a casa, después de cinco horas de clase vespertinas. La cena que me preparaba mi generosa madre era un aperitivo. Casi sin abrir los ojos me tomaba las judías blancas que habían sobrado de la comida y que dormitaban en la nevera, animadas con un litro de leche gallega.  

Hablar de uno mismo no es vergonzoso. Es una ceremonia casi impúdica si se desnudan aspectos demasiado íntimos. ¡Qué le importa a la gente si yo tengo un hallux valgas, juanete para el vulgo! Pero desnudarse es un acto de lucidez, una manera de poner nombre a lo que somos, a lo que fuimos, a lo que tememos ser. Es un espejo sin filtros, una confesión sin juez, una carta sin destinatario fijo. Hablar de uno mismo es, en realidad, escribir la propia memoria mientras aún se está vivo. Y… ¿Qué más te da, José María, si nadie comenta tus palabras, si nadie te interroga ni te cuestiona, por muy provocadora que sea la frase que hayas escrito? Recuerdo cuando les repartía un documento de varias hojas a mis alumnos de Literatura de 2º de bto y les decía, ante la nula lectura de mi audiencia al día siguiente, que lo mismo era un manual para preparar una bomba casera. Entonces, sí lo veían.

También es un riesgo. Porque quien se muestra, expone sus grietas. Pero quien no se muestra, desaparece por las alcantarillas del anonimato. Yo no quiero desaparecer. Ahí mi ego coletea y protesta. Yo quiero dejar huella, aunque sea pequeña, aunque sea solo en un lector. Yo quiero dejar huella en ti. En uno mismo. O dos. Tú y yo… Por eso, a ti, tú sabes muy bien quién eres, te agradezco, como cuando consigo salir del último desánimo emocional, todos los guasaps profundos y sinceros que me escribes.

Dicen que los que hablamos de nosotros mismos somos ególatras. Que nos miramos demasiado el ombligo. Que nos creemos el centro. Que nos falta humildad, que de tanto mirarnos a nosotros mismos, dejamos de reflejar el mundo. Nos dicen que vivimos en una cárcel cuyas paredes están cubiertas de retratos propios. Pero quien dice eso, casi siempre, es alguien que nunca se atrevió a poner el corazón encima de la mesa, porque hablar de uno mismo no es egolatría. Es exposición. Es riesgo. Es herida abierta. Es decir «esto soy, y no sé si está bien, pero es lo que hay». Es buscar sentido en el caos. Es intentar entenderse para poder seguir. El ególatra impone. El que se confiesa, comparte.

Hablar de uno mismo es también hablar de los demás. Porque en lo íntimo está lo universal. Porque el miedo que tú tienes, lo tengo yo. Porque la soledad que tú nombras, la vivimos todos. Porque el deseo de volver a tu tierra, de pertenecer, de ser leído, es común.

Así que, si hablas de ti, hablas de mí. Hablas de nosotros. Hablas de la condición humana. Y eso no es egolatría. Eso es literatura.

Hablar de uno mismo es también una forma de resistir. De decir: «No soy solo lo que hice, también soy lo que sentí mientras lo hacía». Es ponerle palabras al silencio. Es darle forma al miedo. Es, en definitiva, un acto de dignidad.

Soy un profesor de Lengua y Literatura Castellanas jubilado. Estuve 37 años en un magnífico colegio de Madrid llamado Jesús-María, en la calle Juan Bravo, enseñando como un Sócrates dialogante o un sabio Atenea.

El 30 de junio de 2025 me fui asumiendo, como un John Wayne en Centauros del desierto una de las mejores películas de vaqueros que se han rodado, agotado y herido, pero con una resistencia sobrehumana ante la adversidad del alma malherida. Hoy, 8 de junio de 2026, como dice Enrique Urquijo en la sencilla, pero maravillosa canción Hoy la vi, «la nostalgia y la tristeza suelen coincidir». (https://www.youtube.com/watch?v=wg1PXONz_WU) Y no digo más.

Nací en Santiago de Compostela, y durante muchísimos años pasé los eternos veranos de entonces entre Bertamiráns y Vedra, como quien va y viene de un espacio verde que nunca se deja de pisar, aunque hoy ya haya salido para siempre del ámbito familiar. Vivo en Madrid desde siempre, pero mi alma es gallega, y eso no me lo puede quitar nadie, aunque se empeñen pequeños mostrencos en manipular mis sentimientos, que muy pocos conocen.

Tengo miedo a la vida. Miedo de no volver a sentir la humedad de la tierra en los pies, de la lluvia que me irrita, pero que adoro, de no escuchar el acento que me sosiega, aunque me dicen que ya no existe, de no ver aquel mar de la adolescencia en la playa de Las gaviotas de Porto do Son que me dejaba los tobillos helados y que me explica la inocencia y la vitalidad de los años previos a la mayoría de edad, de que me olviden porque ya nadie sepa que en un tiempo pasado yo zascandileé con mucho «esfuerzo y tino» en Bertamiráns y Vedra. Sólo tengo que observar mi sufrido brazo derecho, habitado por tornillos y placas.

Hoy en día, uno de mis máximos objetivos es reconstruir los años que viví en el Paseo de Santa María de la Cabeza nº 1, 5º derecha, entre mi nacimiento y los 17 años. Quizá con ese afán de volver a ser un niño como cantaban Los Secretos de Enrique Urquijo en el programa A tope de TVE en el año 1988. (https://www.youtube.com/watch?v=dvi59ynxyKk&list=RDdvi59ynxyKk&start_radio=1). Merece la pena escuchar la canción y ver el vídeo de la juventud.

Soy tímido, incongruente, porque me apasiona la soledad pero también me subyuga que se acuerden de mí, apocado, susceptible al éxito ajeno, creyente, «pensador irreproducible», «inocente» como un niño «mayor», casi asocial, pacífico, selectivo en mis conversaciones, desmemoriado como un pez rojo, simpático, demasiado protector con mi hermana, desordenado vital, corrector endemoniado, demasiado sincero con las imperfecciones mías, anecdótico, comprensivo con el fracaso de los demás, obsesionado con la limpieza corporal, añorante de un pasado que hoy considero feliz, nada aficionado a convites, reuniones y demás «saraos sociales», propenso a compararme con los demás y a rebajarme sin piedad ―heredo de mi madre la famosa frase de «soy la peor de la fiesta»―, lector empedernido, pero selectivo, exhibidor de un pronto muy fuerte, iatrofóbico (miedo a los médicos y a las pruebas médicas), estudiante de todo, solitario, muy crítico con mis textos, paciente en las explicaciones, vergonzoso, buena persona, discutidor descafeinado, asqueado con el sudor, generoso con los demás, amante de los pequeños y grandes placeres, mal observador de la realidad, perfecto proyecto del fracaso ―me dicen que así no conseguiré nada―, poseedor de un «complace» exasperante y fustigador, lector equidistante de temas gallegos, comprador compulsivo ―¡y así me va!―, receptor gratuito de consejos: no se puede vivir así, no se puede escribir así, tienes que cambiar, no se puede ser así y eterno prometedor de la escuálida frase «voy a cambiar». Sí, como le decías a tu padre, «tranquilo, que esta vez sí cambio».

Y yo callo. O escribo. Que es otra forma de hablar. ¿Y qué piensa la gente? Pues mira tú qué me preocupa… Que le den vueltas, que yo sigo a lo mío… Si me importa, no se nota, decía un buen gallego ya muerto. Aún estoy esperando un guasap que me diga, además de tu alocada descripción, eres imprevisible, huraño y algo falso, postizo y actuante de paripé.

Me gustan las conversaciones de pocas personas, el café sin espuma, la cerveza Estrella Galicia, el albariño, las patatas, el pan gallego, los grelos, el pulpo á feira, el caldo gallego, el jamón ibérico, el queso de tetilla, la tortilla de patatas y las avionetas.

Me gusta el olor a mar, la humedad de la tierra, aunque después no duerma por el frío. «Tú ya no puedes vivir en Galicia», me repiten. «Eres madrileño».

Y yo me niego. Porque no se puede desarraigar a quien tiene raíces en el corazón y en el alma. Mi sueño siempre ha sido, al jubilarme, retirarme con mi hermana a Galicia, a un pueblo, pero me temo que hay una gran oposición fraternal.

«Solo te lees a ti mismo», me dice la gente. Y yo contesto: «¿Y qué más da?». Porque si me leo, existo. Y si existo, ya es algo.

Pero hay otra voz en mí. La que me dice que soy un escritor frustrado, roto e «imperfecto». Que empecé mil veces un camino y que nunca tuve el pulso para soportar la soledad del papel. Que me falta valentía. Que soy culpable de haber destruido un sinfín de textos por ese canibalismo literario que me gobierna desde la tardoadolescencia. Que carezco de constancia, necesaria en todo escritor. Que me falta fe. Que me creo que el peor «juntapalabras del mundo mundial». Que soy blandengue como el blandiblup o el más apetitoso de los merengues. Que no sé resistir, día tras día, el silencio literario y alguien me dijo que me aprendiera de memoria la canción del Dúo Dinámico. (https://www.youtube.com/watch?v=K1rKj6XMt4Q). Que me falta algo que nadie sabe nombrar, pero que debo afrontar, y es esa voz que me dice que ya es tarde, que ya no, que ya no toca. Y lloro como una catarata todos los días, pero sin lágrimas.

Mi hermana y yo hemos cambiado de casa varias veces. Espero que esta sea la última, aunque… Fuimos reduciendo espacio, como quien se encoge para no molestar. Paralelo a esta pérdida de espacio, ha sido la liquidación de libros y de las mesas de trabajo que me aislaban para poder escribir. ¡Imbécil, no te escudes en eso! Hoy vivo en gran armonía con mi hermana, y la intimidad de los dos es un lujo que muy pocas veces podemos permitirnos. Quizá por errores propios. Quizá por miedo. Quizá por ese placer acomodaticio que me genera la zona de confort.

Y escribo este texto para que me conozcas. Para que me conozca yo también. Para que esa voz que me acompaña —la que me desafía, la que me muerde, la que me empuja y que ha participado con gran empeño en la elaboración de este texto— sepa que no está sola. Que somos dos. O más. Que escribimos juntos. Que vivimos juntos. Que, a pesar de todo, seguimos aquí. (A ti, que no te gusta nada que lo diga: he tardado en escribir este texto 4 horas y 37 minutos y lo he corregido 6 veces).

GLORIA

Estaba ayer junto a ti tan desnudo de alma que no me reconoció nadie. Entonces me enseñaste el perfil de la luna y tu compañía me embriagó hasta alcanzar una gloria hasta entonces desconocida para mí.