Este lento adurmiñar —afastada tebra duns latexos en quente mansedume— guíase pola inercia do amencer, e como un vagabundo ofrezo a alborada dun sol sen raíces ao deseño dun alba pasaxeira que obxecta a miña conciencia nun pestanexo de corpos celestes.
Sustento e domestico con fruición os meus soños iniciándoos nunha conta atrás, mentres o perenne aforcado dosa segundos arredor duns beizos sen resposta.
Camiño desorientado, buscando sentido, moldeando memorias, recreándome nas cicatrices que transpiran nas miñas tempas.
Un intre de sedución penetra no meu recordo como unha antiga tristura se mergulla no tempo da noite. Os fenecidos signos que poboan a análise da nosa xeración desbórdanse cheos de miserias como ríos de lava inqueda, sucados por ameazantes tormentas de pasividade. Na miña ruda testa, gotas de sangue, suor e bágoas xemen na madrugada como unha nebulosa de pantasmas cando a miña mente se proxecta en furtivos símbolos dunha gloria pasada. Murchas sembranzas dun corazón en estado feudal!
No estamos viendo un incensario cualquiera, sino el famoso Botafumeiro en el interior de la Catedral de Santiago de Compostela. El objeto deja de ser solo un símbolo religioso y se convierte también en un símbolo de llegada.
Para mí, el Botafumeiro representa el final del camino. Durante siglos, miles de peregrinos han llegado a Santiago después de semanas o meses de marcha, cargando cansancio, expectativas, dudas, alegrías y pérdidas. Cuando el enorme incensario comienza a oscilar por las naves de la catedral, parece condensar toda esa experiencia humana. Su movimiento no es únicamente litúrgico; tiene algo de celebración colectiva.
Al observar la fotografía, me impresiona especialmente cómo el humo envuelve el espacio. Conociendo el contexto compostelano, ese humo parece casi la memoria acumulada de generaciones de peregrinos. Personas de épocas, lenguas y culturas distintas que han contemplado la misma escena y han sentido algo parecido: la emoción de haber llegado.
Además, el ligero desenfoque provocado por el balanceo del Botafumeiro transmite muy bien su espectacularidad. No es una imagen estática de un monumento; es una imagen de energía y de ritual. Casi se percibe la fuerza de los «tiraboleiros» impulsándolo hasta alcanzar velocidades sorprendentes.
Si tuviera que resumir la sensación personal que me produce esta fotografía en una sola frase, sería esta: No habla tanto del incienso como del viaje; no habla tanto de la catedral como de la llegada.
La Ruta Rosaliana es un itinerario cultural y literario que sigue los lugares más importantes de la vida de Rosalía de Castro. Recorre principalmente las comarcas del Sar y de Padrón, entre Santiago de Compostela, Ames, Brión, Dodro y Padrón, siguiendo los escenarios que inspiraron buena parte de su obra. José María, no te enrolles, que la entrada de ayer fue un auténtico ladrillo (🧱). Sé a ciencia cierta que unos se durmieron a mitad de texto (😴), otros consiguieron acabar, pero con una hatroz saturación mental (😵💫), los de más allá dijeron que era un texto interminable (😵) y los que se callan siempre se derritieron de aburrimiento (🫠).
En 1994, cuando un año antes dejamos de disfrutar de una finca en las proximidades de Santiago, realicé un solitario viaje a Compostela con el único afán de visitar tres lugares: a igrexa de San Xulián de Bastavales, cuyas campanas Rosalía inmortalizó en un poema; el Pazo de Hermida, también conocido como Torres de Lestrove, uno de los lugares más emblemáticos de la Ruta Rosaliana; y la Casa Museo Rosalía de Castro A Matanza, vivienda donde pasó sus últimos años y murió en 1885.
De estos tres lugares hay uno que permanece en mi memoria con una fuerza que desafía al tiempo. A igrexa de San Xulián de Bastavales. No sólo por la belleza serena de su iglesia, levantada entre la verde ondulación de la tierra gallega, sino porque en torno a ella se ha ido formando, generación tras generación, una suerte de peregrinaje laico hacia la nostalgia, hacia aquello que fuimos y que aún nos acompaña.
La iglesia de Bastavales, en el municipio de Brión, es mucho más que un templo. Su elegante fachada y el hermoso retablo neoclásico de su interior, ―aún recuerdo la explicación in situ que me ofreció el párroco de dicha iglesia―, guarda en su interior siglos de emociones, de despedidas y de regresos. Desde su campanario, las campanas han marcado durante mucho tiempo el ritmo de la vida rural gallega, convirtiéndose en una voz familiar para quienes nacieron bajo su sonido o lo llevaron consigo al partir (sic).
Para mí, Bastavales también está unida a los recuerdos de la tardojuventud. Muy cerca quedan Vedra y Bertamiráns, geografías que terminan siendo sentimentales, y esa parte de Galicia forma ya parte inseparable de la mía.
Cuando Amancio Prada interpreta Campanas de Bastavales, la canción deja de ser únicamente música para convertirse en memoria hecha voz. Su manera de cantar parece acariciar cada palabra, detenerse en cada herida y en cada añoranza. En su voz hay una mezcla de ternura y desgarro que acompaña perfectamente el sentido profundo de los versos: el dolor de la distancia, la ausencia de la tierra amada, la soledad de quien escucha unas campanas que ya sólo resuenan dentro de sí mismo (sic).
Rosalía escribe sobre la emigración, sobre la separación y la tristeza de abandonar Galicia. Pero también escribe sobre el vínculo invisible que une para siempre a quienes se marchan con los paisajes de su infancia y juventud. Por eso, cuando escucho a Amancio Prada cantar aquellas campanas, comprendo que no hablan sólo de Bastavales, hablan de todos los lugares que perdimos sin perderlos del todo. La certeza de que la memoria tiene un sonido, y de que en Galicia ese sonido se parece mucho al de unas campanas lejanas que siguen llamándonos desde el corazón del tiempo. (Aquí reproduzco frases de un texto que escribí para «comentar» la poesía de Rosalía en el curso que precedió al eurazo).
Quizá por eso Campanas de Bastavales continúa conmoviéndome tanto. Porque en la voz de Amancio Prada, en los versos de Rosalía y en la belleza sencilla de aquella iglesia, encuentro algo como la nostalgia de lo amado, el dolor de la distancia y la esperanza íntima de que los recuerdos nunca se olvidan (sic).
Hay días en los que siento que mi propio cuerpo me traiciona. No necesito encontrarme a una irresistible amiga en la línea 1 del metro en hora punta, no necesito hacer esfuerzo levantando pesas a las tres de la tarde en un gimnasio sin aire acondicionado, no necesito salir a correr mientras como con unos amigos, no necesito visitar una sauna mientras en la televisión proyectan una película desarrollada en el invierno noruego, no necesito visitar en un gélido enero un probador con unos focos que lo convierten en una tostadora para indecisos, no necesito nada especial: basta con que el calor de Madrid empiece a apretar para que comience la humillación. Mientras otras personas parecen soportarlo con normalidad, yo siento cómo el sudor aparece de inmediato, como una condena inevitable de la que no existe escapatoria.
Lo noto en la espalda, empapando la camisa. Lo noto en el pecho, pegando la ropa a la piel. Lo noto en la cabeza, recién salido de la ducha en el trabajo. Lo noto en otros muchos sitios que, por una decencia heredada, soy incapaz de mencionar y precisar con el lenguaje de una sentencia judicial. Lo noto en cada movimiento, en cada momento en que me pregunto si alguien se habrá dado cuenta. Y siempre se da cuenta alguien. O al menos eso siento. Es imposible ignorarlo cuando eres tú quien lo está viviendo.
Lo peor no es siquiera el calor. Lo peor es la conciencia constante de estar sudando. La vigilancia permanente. La obsesión. Entrar en un lugar y pensar automáticamente en la temperatura. Sentarse y preguntarse cuánto tardará en aparecer la mancha. Cruzarse con alguien y preguntarse qué impresión estará recibiendo. Vivir pendiente de algo que para otros es un detalle y para mí se convierte en una presencia constante, invasiva y agotadora.
Llega un momento en que el sudor deja de ser una molestia física y se convierte en algo mental. Empiezo a sentir rabia. Una rabia profunda contra unas glándulas sudoríparas que parecen funcionar como si estuvieran saboteándome. Como si hubieran decidido que cada verano tiene que ser una batalla perdida de antemano.
Y entonces aparecen los nervios. La ansiedad. El círculo perfecto. Cuanto más sudo, más me preocupo. Cuanto más me preocupo, más sudo. Y cuanto más sudo, más consciente soy de la imagen que creo estar ofreciendo. Una imagen que me avergüenza. Una imagen de descontrol, de incomodidad, de alguien que parece incapaz de mantenerse seco durante diez minutos seguidos.
Hay momentos en los que me gustaría arrancarme este problema de encima. Hay otros, los más, en los cuales me gustaría empacharme todas las mañanas de mil cereales inyectados a grandes dosis con la toxina botulínica tipo A. Y así, deshacerme del sudor… por unos minutos. Ja. Para siempre sé que es imposible. También me gustaría salir a la calle sin calcular rutas con sombra. Vestirme sin pensar en tejidos, colores o manchas. Hablar con alguien sin preguntarme si la humedad de mi ropa está llamando más la atención que mis palabras.
Estoy cansado. Cansado de planificar alrededor del calor. Cansado de sentir que mi cuerpo juega en mi contra. Cansado de la sensación de derrota que aparece cuando miro una camiseta empapada y pienso: «otra vez».
No es sólo sudor. Es frustración acumulada. Es enfado. Es agotamiento. Es la sensación de cargar con algo que parece absurdo para quien no lo vive, pero que ocupa demasiado espacio en mi cabeza. Y hay días en los que simplemente necesito decirlo sin filtros: odio esta situación. Odio lo que me hace sentir. Odio la lucha constante. Odio tener que pensar en ello cada verano, cada salida y cada momento de calor. Este soy yo: te escribo, a las 3 de la tarde, sentado en una mesa y silla plegables, a pleno sol, en el bulevar central del paseo de la Castellana…porque me dijeron que ahí hacía mucho fresco. Ja.