«CAMPANAS DE BASTAVALES» DE AMANCIO PRADA

La Ruta Rosaliana es un itinerario cultural y literario que sigue los lugares más importantes de la vida de Rosalía de Castro. Recorre principalmente las comarcas del Sar y de Padrón, entre Santiago de Compostela, Ames, Brión, Dodro y Padrón, siguiendo los escenarios que inspiraron buena parte de su obra. José María, no te enrolles, que la entrada de ayer fue un auténtico ladrillo (🧱). Sé a ciencia cierta que unos se durmieron a mitad de texto (😴), otros consiguieron acabar, pero con una hatroz saturación mental (😵‍💫), los de más allá dijeron que era un texto interminable (😵) y los que se callan siempre se derritieron de aburrimiento (🫠).

En 1994, cuando un año antes dejamos de disfrutar de una finca en las proximidades de Santiago, realicé un solitario viaje a Compostela con el único afán de visitar tres lugares: a igrexa de San Xulián de Bastavales, cuyas campanas Rosalía inmortalizó en un poema; el Pazo de Hermida, también conocido como Torres de Lestrove, uno de los lugares más emblemáticos de la Ruta Rosaliana; y la Casa Museo Rosalía de Castro A Matanza, vivienda donde pasó sus últimos años y murió en 1885.

De estos tres lugares hay uno que permanece en mi memoria con una fuerza que desafía al tiempo. A igrexa de San Xulián de Bastavales. No sólo por la belleza serena de su iglesia, levantada entre la verde ondulación de la tierra gallega, sino porque en torno a ella se ha ido formando, generación tras generación, una suerte de peregrinaje laico hacia la nostalgia, hacia aquello que fuimos y que aún nos acompaña.

La iglesia de Bastavales, en el municipio de Brión, es mucho más que un templo. Su elegante fachada y el hermoso retablo neoclásico de su interior, ―aún recuerdo la explicación in situ que me ofreció el párroco de dicha iglesia―, guarda en su interior siglos de emociones, de despedidas y de regresos. Desde su campanario, las campanas han marcado durante mucho tiempo el ritmo de la vida rural gallega, convirtiéndose en una voz familiar para quienes nacieron bajo su sonido o lo llevaron consigo al partir (sic).

Para mí, Bastavales también está unida a los recuerdos de la tardojuventud. Muy cerca quedan Vedra y Bertamiráns, geografías que terminan siendo sentimentales, y esa parte de Galicia forma ya parte inseparable de la mía.

Cuando Amancio Prada interpreta Campanas de Bastavales, la canción deja de ser únicamente música para convertirse en memoria hecha voz. Su manera de cantar parece acariciar cada palabra, detenerse en cada herida y en cada añoranza. En su voz hay una mezcla de ternura y desgarro que acompaña perfectamente el sentido profundo de los versos: el dolor de la distancia, la ausencia de la tierra amada, la soledad de quien escucha unas campanas que ya sólo resuenan dentro de sí mismo (sic).

Rosalía escribe sobre la emigración, sobre la separación y la tristeza de abandonar Galicia. Pero también escribe sobre el vínculo invisible que une para siempre a quienes se marchan con los paisajes de su infancia y juventud. Por eso, cuando escucho a Amancio Prada cantar aquellas campanas, comprendo que no hablan sólo de Bastavales, hablan de todos los lugares que perdimos sin perderlos del todo. La certeza de que la memoria tiene un sonido, y de que en Galicia ese sonido se parece mucho al de unas campanas lejanas que siguen llamándonos desde el corazón del tiempo. (Aquí reproduzco frases de un texto que escribí para «comentar» la poesía de Rosalía en el curso que precedió al eurazo).

Quizá por eso Campanas de Bastavales continúa conmoviéndome tanto. Porque en la voz de Amancio Prada, en los versos de Rosalía y en la belleza sencilla de aquella iglesia, encuentro algo como la nostalgia de lo amado, el dolor de la distancia y la esperanza íntima de que los recuerdos nunca se olvidan (sic).