«A LA SOMBRA DEL VERBO»

¿QUIÉN SOY YO?

Presentarme y enseñar mis paños emocionales es un acto de valentía. Te lo dice un cobarde de la pradera que se arriesga a ser juzgado, criticado o malinterpretado ―ya estamos con este «riesgo», que es burdo y es defensa de los pusilánimes―, y que asume la incertidumbre de cómo será recibido. Lo mismo, es ese silencio tan conocido por mí el que me responde.

Recuerdo aquel día de bruma y lluvia ferrolanas en la década de los 90 cuando, ante un auditorio repleto de 60 personas, hablé ―mejor, farfullé―, unas sinceras palabras de agradecimiento. Y me convertí en un ratón en ese gran momento. A todo el mundo le extrañó que me pusiera nervioso ante un público expectante y no ante 30 «miuras» de 16 o 17 años, que son inquietos, impulsivos y difíciles de encauzar entre el sujeto y el predicado.

En este mundo, donde todos parecemos saber quiénes somos, como si fuéramos el Gran Hermano del escritor británico George Orwell en su novela 1984, donde se presume, se exhibe, se oculta y se miente, repito, en este mundo presentarse tal y como uno es —sin maquillaje, sin escudos— es un acto de resistencia.

Desnudarme ante los demás, contar lo que me duele, lo que me pesa, lo que me falta, o me sobra, es una forma de dignidad. Porque quien se muestra sin miedo, o con miedo, pero aun así se muestra, está diciendo: «Aquí estoy. Este soy. Esto llevo dentro». Hay escritores que hicieron de sí mismos su principal personaje y fueron admirados y criticados por ello. Michel de Montaigne escribió: «Yo mismo soy la materia de mi libro».

Hablar de uno mismo no es debilidad. Es fuerza. Es literatura viva. Es el fracasado intento de llegarle a los tobillos a Unamuno. Es humanidad. Pero nunca debilidad. Debilidad es lo que sentía yo cuando en Filología llegaba a las 10 de la noche a casa, después de cinco horas de clase vespertinas. La cena que me preparaba mi generosa madre era un aperitivo. Casi sin abrir los ojos me tomaba las judías blancas que habían sobrado de la comida y que dormitaban en la nevera, animadas con un litro de leche gallega.  

Hablar de uno mismo no es vergonzoso. Es una ceremonia casi impúdica si se desnudan aspectos demasiado íntimos. ¡Qué le importa a la gente si yo tengo un hallux valgas, juanete para el vulgo! Pero desnudarse es un acto de lucidez, una manera de poner nombre a lo que somos, a lo que fuimos, a lo que tememos ser. Es un espejo sin filtros, una confesión sin juez, una carta sin destinatario fijo. Hablar de uno mismo es, en realidad, escribir la propia memoria mientras aún se está vivo. Y… ¿Qué más te da, José María, si nadie comenta tus palabras, si nadie te interroga ni te cuestiona, por muy provocadora que sea la frase que hayas escrito? Recuerdo cuando les repartía un documento de varias hojas a mis alumnos de Literatura de 2º de bto y les decía, ante la nula lectura de mi audiencia al día siguiente, que lo mismo era un manual para preparar una bomba casera. Entonces, sí lo veían.

También es un riesgo. Porque quien se muestra, expone sus grietas. Pero quien no se muestra, desaparece por las alcantarillas del anonimato. Yo no quiero desaparecer. Ahí mi ego coletea y protesta. Yo quiero dejar huella, aunque sea pequeña, aunque sea solo en un lector. Yo quiero dejar huella en ti. En uno mismo. O dos. Tú y yo… Por eso, a ti, tú sabes muy bien quién eres, te agradezco, como cuando consigo salir del último desánimo emocional, todos los guasaps profundos y sinceros que me escribes.

Dicen que los que hablamos de nosotros mismos somos ególatras. Que nos miramos demasiado el ombligo. Que nos creemos el centro. Que nos falta humildad, que de tanto mirarnos a nosotros mismos, dejamos de reflejar el mundo. Nos dicen que vivimos en una cárcel cuyas paredes están cubiertas de retratos propios. Pero quien dice eso, casi siempre, es alguien que nunca se atrevió a poner el corazón encima de la mesa, porque hablar de uno mismo no es egolatría. Es exposición. Es riesgo. Es herida abierta. Es decir «esto soy, y no sé si está bien, pero es lo que hay». Es buscar sentido en el caos. Es intentar entenderse para poder seguir. El ególatra impone. El que se confiesa, comparte.

Hablar de uno mismo es también hablar de los demás. Porque en lo íntimo está lo universal. Porque el miedo que tú tienes, lo tengo yo. Porque la soledad que tú nombras, la vivimos todos. Porque el deseo de volver a tu tierra, de pertenecer, de ser leído, es común.

Así que, si hablas de ti, hablas de mí. Hablas de nosotros. Hablas de la condición humana. Y eso no es egolatría. Eso es literatura.

Hablar de uno mismo es también una forma de resistir. De decir: «No soy solo lo que hice, también soy lo que sentí mientras lo hacía». Es ponerle palabras al silencio. Es darle forma al miedo. Es, en definitiva, un acto de dignidad.

Soy un profesor de Lengua y Literatura Castellanas jubilado. Estuve 37 años en un magnífico colegio de Madrid llamado Jesús-María, en la calle Juan Bravo, enseñando como un Sócrates dialogante o un sabio Atenea.

El 30 de junio de 2025 me fui asumiendo, como un John Wayne en Centauros del desierto una de las mejores películas de vaqueros que se han rodado, agotado y herido, pero con una resistencia sobrehumana ante la adversidad del alma malherida. Hoy, 8 de junio de 2026, como dice Enrique Urquijo en la sencilla, pero maravillosa canción Hoy la vi, «la nostalgia y la tristeza suelen coincidir». (https://www.youtube.com/watch?v=wg1PXONz_WU) Y no digo más.

Nací en Santiago de Compostela, y durante muchísimos años pasé los eternos veranos de entonces entre Bertamiráns y Vedra, como quien va y viene de un espacio verde que nunca se deja de pisar, aunque hoy ya haya salido para siempre del ámbito familiar. Vivo en Madrid desde siempre, pero mi alma es gallega, y eso no me lo puede quitar nadie, aunque se empeñen pequeños mostrencos en manipular mis sentimientos, que muy pocos conocen.

Tengo miedo a la vida. Miedo de no volver a sentir la humedad de la tierra en los pies, de la lluvia que me irrita, pero que adoro, de no escuchar el acento que me sosiega, aunque me dicen que ya no existe, de no ver aquel mar de la adolescencia en la playa de Las gaviotas de Porto do Son que me dejaba los tobillos helados y que me explica la inocencia y la vitalidad de los años previos a la mayoría de edad, de que me olviden porque ya nadie sepa que en un tiempo pasado yo zascandileé con mucho «esfuerzo y tino» en Bertamiráns y Vedra. Sólo tengo que observar mi sufrido brazo derecho, habitado por tornillos y placas.

Hoy en día, uno de mis máximos objetivos es reconstruir los años que viví en el Paseo de Santa María de la Cabeza nº 1, 5º derecha, entre mi nacimiento y los 17 años. Quizá con ese afán de volver a ser un niño como cantaban Los Secretos de Enrique Urquijo en el programa A tope de TVE en el año 1988. (https://www.youtube.com/watch?v=dvi59ynxyKk&list=RDdvi59ynxyKk&start_radio=1). Merece la pena escuchar la canción y ver el vídeo de la juventud.

Soy tímido, incongruente, porque me apasiona la soledad pero también me subyuga que se acuerden de mí, apocado, susceptible al éxito ajeno, creyente, «pensador irreproducible», «inocente» como un niño «mayor», casi asocial, pacífico, selectivo en mis conversaciones, desmemoriado como un pez rojo, simpático, demasiado protector con mi hermana, desordenado vital, corrector endemoniado, demasiado sincero con las imperfecciones mías, anecdótico, comprensivo con el fracaso de los demás, obsesionado con la limpieza corporal, añorante de un pasado que hoy considero feliz, nada aficionado a convites, reuniones y demás «saraos sociales», propenso a compararme con los demás y a rebajarme sin piedad ―heredo de mi madre la famosa frase de «soy la peor de la fiesta»―, lector empedernido, pero selectivo, exhibidor de un pronto muy fuerte, iatrofóbico (miedo a los médicos y a las pruebas médicas), estudiante de todo, solitario, muy crítico con mis textos, paciente en las explicaciones, vergonzoso, buena persona, discutidor descafeinado, asqueado con el sudor, generoso con los demás, amante de los pequeños y grandes placeres, mal observador de la realidad, perfecto proyecto del fracaso ―me dicen que así no conseguiré nada―, poseedor de un «complace» exasperante y fustigador, lector equidistante de temas gallegos, comprador compulsivo ―¡y así me va!―, receptor gratuito de consejos: no se puede vivir así, no se puede escribir así, tienes que cambiar, no se puede ser así y eterno prometedor de la escuálida frase «voy a cambiar». Sí, como le decías a tu padre, «tranquilo, que esta vez sí cambio».

Y yo callo. O escribo. Que es otra forma de hablar. ¿Y qué piensa la gente? Pues mira tú qué me preocupa… Que le den vueltas, que yo sigo a lo mío… Si me importa, no se nota, decía un buen gallego ya muerto. Aún estoy esperando un guasap que me diga, además de tu alocada descripción, eres imprevisible, huraño y algo falso, postizo y actuante de paripé.

Me gustan las conversaciones de pocas personas, el café sin espuma, la cerveza Estrella Galicia, el albariño, las patatas, el pan gallego, los grelos, el pulpo á feira, el caldo gallego, el jamón ibérico, el queso de tetilla, la tortilla de patatas y las avionetas.

Me gusta el olor a mar, la humedad de la tierra, aunque después no duerma por el frío. «Tú ya no puedes vivir en Galicia», me repiten. «Eres madrileño».

Y yo me niego. Porque no se puede desarraigar a quien tiene raíces en el corazón y en el alma. Mi sueño siempre ha sido, al jubilarme, retirarme con mi hermana a Galicia, a un pueblo, pero me temo que hay una gran oposición fraternal.

«Solo te lees a ti mismo», me dice la gente. Y yo contesto: «¿Y qué más da?». Porque si me leo, existo. Y si existo, ya es algo.

Pero hay otra voz en mí. La que me dice que soy un escritor frustrado, roto e «imperfecto». Que empecé mil veces un camino y que nunca tuve el pulso para soportar la soledad del papel. Que me falta valentía. Que soy culpable de haber destruido un sinfín de textos por ese canibalismo literario que me gobierna desde la tardoadolescencia. Que carezco de constancia, necesaria en todo escritor. Que me falta fe. Que me creo que el peor «juntapalabras del mundo mundial». Que soy blandengue como el blandiblup o el más apetitoso de los merengues. Que no sé resistir, día tras día, el silencio literario y alguien me dijo que me aprendiera de memoria la canción del Dúo Dinámico. (https://www.youtube.com/watch?v=K1rKj6XMt4Q). Que me falta algo que nadie sabe nombrar, pero que debo afrontar, y es esa voz que me dice que ya es tarde, que ya no, que ya no toca. Y lloro como una catarata todos los días, pero sin lágrimas.

Mi hermana y yo hemos cambiado de casa varias veces. Espero que esta sea la última, aunque… Fuimos reduciendo espacio, como quien se encoge para no molestar. Paralelo a esta pérdida de espacio, ha sido la liquidación de libros y de las mesas de trabajo que me aislaban para poder escribir. ¡Imbécil, no te escudes en eso! Hoy vivo en gran armonía con mi hermana, y la intimidad de los dos es un lujo que muy pocas veces podemos permitirnos. Quizá por errores propios. Quizá por miedo. Quizá por ese placer acomodaticio que me genera la zona de confort.

Y escribo este texto para que me conozcas. Para que me conozca yo también. Para que esa voz que me acompaña —la que me desafía, la que me muerde, la que me empuja y que ha participado con gran empeño en la elaboración de este texto— sepa que no está sola. Que somos dos. O más. Que escribimos juntos. Que vivimos juntos. Que, a pesar de todo, seguimos aquí. (A ti, que no te gusta nada que lo diga: he tardado en escribir este texto 4 horas y 37 minutos y lo he corregido 6 veces).

MI SUDOR

Hay días en los que siento que mi propio cuerpo me traiciona. No necesito encontrarme a una irresistible amiga en la línea 1 del metro en hora punta, no necesito hacer esfuerzo levantando pesas a las tres de la tarde en un gimnasio sin aire acondicionado, no necesito salir a correr mientras como con unos amigos, no necesito visitar una sauna mientras en la televisión proyectan una película desarrollada en el invierno noruego, no necesito visitar en un gélido enero un probador con unos focos que lo convierten en una tostadora para indecisos, no necesito nada especial: basta con que el calor de Madrid empiece a apretar para que comience la humillación. Mientras otras personas parecen soportarlo con normalidad, yo siento cómo el sudor aparece de inmediato, como una condena inevitable de la que no existe escapatoria.

Lo noto en la espalda, empapando la camisa. Lo noto en el pecho, pegando la ropa a la piel. Lo noto en la cabeza, recién salido de la ducha en el trabajo. Lo noto en otros muchos sitios que, por una decencia heredada, soy incapaz de mencionar y precisar con el lenguaje de una sentencia judicial.  Lo noto en cada movimiento, en cada momento en que me pregunto si alguien se habrá dado cuenta. Y siempre se da cuenta alguien. O al menos eso siento. Es imposible ignorarlo cuando eres tú quien lo está viviendo.

Lo peor no es siquiera el calor. Lo peor es la conciencia constante de estar sudando. La vigilancia permanente. La obsesión. Entrar en un lugar y pensar automáticamente en la temperatura. Sentarse y preguntarse cuánto tardará en aparecer la mancha. Cruzarse con alguien y preguntarse qué impresión estará recibiendo. Vivir pendiente de algo que para otros es un detalle y para mí se convierte en una presencia constante, invasiva y agotadora.

Llega un momento en que el sudor deja de ser una molestia física y se convierte en algo mental. Empiezo a sentir rabia. Una rabia profunda contra unas glándulas sudoríparas que parecen funcionar como si estuvieran saboteándome. Como si hubieran decidido que cada verano tiene que ser una batalla perdida de antemano.

Y entonces aparecen los nervios. La ansiedad. El círculo perfecto. Cuanto más sudo, más me preocupo. Cuanto más me preocupo, más sudo. Y cuanto más sudo, más consciente soy de la imagen que creo estar ofreciendo. Una imagen que me avergüenza. Una imagen de descontrol, de incomodidad, de alguien que parece incapaz de mantenerse seco durante diez minutos seguidos.

Hay momentos en los que me gustaría arrancarme este problema de encima. Hay otros, los más, en los cuales me gustaría empacharme todas las mañanas de mil cereales inyectados a grandes dosis con la toxina botulínica tipo A. Y así, deshacerme del sudor… por unos minutos. Ja. Para siempre sé que es imposible. También me gustaría salir a la calle sin calcular rutas con sombra. Vestirme sin pensar en tejidos, colores o manchas. Hablar con alguien sin preguntarme si la humedad de mi ropa está llamando más la atención que mis palabras.

Estoy cansado. Cansado de planificar alrededor del calor. Cansado de sentir que mi cuerpo juega en mi contra. Cansado de la sensación de derrota que aparece cuando miro una camiseta empapada y pienso: «otra vez».

No es sólo sudor. Es frustración acumulada. Es enfado. Es agotamiento. Es la sensación de cargar con algo que parece absurdo para quien no lo vive, pero que ocupa demasiado espacio en mi cabeza. Y hay días en los que simplemente necesito decirlo sin filtros: odio esta situación. Odio lo que me hace sentir. Odio la lucha constante. Odio tener que pensar en ello cada verano, cada salida y cada momento de calor. Este soy yo: te escribo, a las 3 de la tarde, sentado en una mesa y silla plegables, a pleno sol, en el bulevar central del paseo de la Castellana…porque me dijeron que ahí hacía mucho fresco. Ja.

REFLEXIÓN FILOSÓFICA SOBRE ALGUNOS SEMÁFOROS DE MADRID Y SU ENORME PERSONALIDAD ANTE LAS INDECISIONES DE ALGUNOS VIANDANTES

Madrid es una ciudad que parece no detenerse nunca. Sus avenidas, plazas y calles están atravesadas por un flujo constante de personas que caminan con prisa, con dudas o simplemente dejándose llevar por el ritmo de la capital. En medio de este movimiento incesante, hay unos protagonistas discretos que rara vez reciben la atención que merecen: los semáforos. Aunque solemos considerarlos simples dispositivos técnicos destinados a ordenar el tráfico, algunos semáforos madrileños parecen poseer una personalidad propia, especialmente cuando se enfrentan a uno de los fenómenos más característicos de la condición humana: la indecisión.

El filósofo griego Heráclito afirmaba que todo fluye y que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Algo parecido ocurre en los pasos de peatones de Madrid. Cada instante es diferente. Unos cruzan decididos, otros corren para aprovechar los últimos segundos de luz verde y algunos permanecen inmóviles en la acera, observando alternativamente el tráfico y el semáforo como si esperasen una revelación trascendental. Es precisamente ante estos últimos donde ciertos semáforos parecen desplegar toda su personalidad.

Hay semáforos que podríamos calificar de severos. Cambian de verde a rojo con una puntualidad casi kantiana, como si siguieran un imperativo categórico luminoso e inapelable. Su mensaje es claro: existe una norma y debe cumplirse. No importa si el peatón duda, si consulta su teléfono o si se entretiene observando escaparates. Cuando llega el momento, la luz cambia y la oportunidad desaparece. Estos semáforos nos recuerdan que el tiempo, como señalaba Heidegger, constituye una dimensión fundamental de nuestra existencia. Quien no actúa cuando debe hacerlo corre el riesgo de perder la ocasión.

Otros, en cambio, parecen mostrar una personalidad más compasiva. Son aquellos que conceden unos segundos adicionales de paso, permitiendo que los rezagados crucen sin sobresaltos. En ellos podría verse una especie de benevolencia tecnológica, una comprensión silenciosa de las limitaciones humanas. Quizá encarnen una versión urbana de la ética aristotélica, basada no en la rigidez absoluta, sino en la prudencia y el equilibrio.

Sin embargo, el verdadero espectáculo filosófico surge cuando un semáforo se encuentra frente a un peatón indeciso. La escena es cotidiana y, al mismo tiempo, profundamente simbólica. El viandante se aproxima al borde de la acera. Observa la luz. Mira a ambos lados. Da un paso adelante y luego retrocede. El semáforo permanece allí, impasible, como un antiguo maestro estoico que contempla las vacilaciones de su discípulo. No ofrece consejos ni explicaciones. Simplemente muestra una luz verde o roja. La decisión final corresponde siempre al ser humano.

Esta situación recuerda las reflexiones de Jean-Paul Sartre sobre la libertad. Para el filósofo francés, el ser humano está condenado a ser libre, es decir, obligado a elegir constantemente. El semáforo no elimina esa libertad. Incluso cuando la luz es claramente verde, la persona debe decidir cruzar. Incluso cuando es roja, algunos optan por desafiar la norma. El aparato regula, orienta y sugiere, pero nunca sustituye la responsabilidad individual.

Resulta curioso pensar que, en una época dominada por algoritmos y sistemas automáticos, los semáforos sigan representando una forma elemental de diálogo entre la norma y la libertad. Son símbolos de orden en un mundo complejo, pero también escenarios donde se manifiestan nuestras dudas más cotidianas. Cada vacilación ante un paso de peatones es una pequeña representación de las grandes decisiones de la vida. ¿Avanzar o esperar? ¿Actuar o posponer? ¿Confiar en nuestro juicio o buscar una señal adicional?

Quizá por eso algunos semáforos de Madrid parecen tener una personalidad tan marcada. No porque posean conciencia ni voluntad propia, sino porque funcionan como espejos de nuestras actitudes. El semáforo severo refleja nuestra relación con la disciplina; el indulgente, nuestra necesidad de comprensión; el que parece interminable en rojo nos enfrenta a la paciencia; el que cambia justo cuando llegamos nos recuerda la frustración inherente a la existencia.

Al final, estos modestos guardianes luminosos nos enseñan una lección inesperada. La ciudad no está formada únicamente por edificios, calles y vehículos, sino también por una red de símbolos que acompañan nuestras decisiones diarias. Los semáforos madrileños, con su aparente personalidad y su silenciosa autoridad, nos recuerdan que vivir consiste en elegir continuamente el momento oportuno para avanzar. Y, mientras algunos viandantes siguen dudando en la acera, ellos permanecen allí, serenos e imperturbables, observando el eterno espectáculo de la condición humana.

BIOGRAFÍA «ACTUALIZADA» DE JMMT (GALEGO)

Nacín en Santiago de Compostela, cidade de pedra mollada e paciencia antiga. Son picheleiro, fillo lexítimo dunha cidade que brilla mellor baixo a chuvia ca baixo o sol. Santiago non se entende sen paraugas: a pedra húmida, o orballo, as noites de outono e o casco vello envolto en néboa teñen unha beleza lenta, melancólica e teimuda. O sol non estraga a cidade, pero a chuvia revélaa.

Nacín un quince de agosto. E si, chovía. Mentres a familia discutía que nome poñerme, o meu padriño evitou a tempo un sonoro Gumersindo e acabei chamándome José María Ramón Santiago. Eu, polo visto, manifestábame mediante felices explosións aerofáxicas que me deixaban sorrinte e satisfeito. Comezaba ben a cousa.

A miña infancia e adolescencia foron un percorrido por varios colexios madrileños: Agustinos, Estudio, Calderón de la Barca e Cardenal Cisneros. Hoxe dirían que era inquedo, hiperactivo ou emprendedor. Daquela simplemente parecía incapaz de permanecer quieto nun pupitre. Non fun un gran estudante. Talvez por iso, cos anos, acabei sendo profesor. A vida ten un sentido do humor bastante fino.

De 1988 a 2025 ensinei Lingua e Literatura no colexio Jesús-María de Madrid. Alí traballei, cansei, discutín, escoitei, aprendín, expliquei, equivoqueime e volvín empezar moitas veces. Alí atopei a miña segunda casa. E alí confirmei unha sospeita: moitos malos alumnos acabamos sendo profesores atentos porque sabemos exactamente onde cae un.

Educar é gobernar unha barca fráxil: fai falta algo de mariñeiro, algo de pirata, algo de poeta… e moita paciencia. Pero tamén hai que coidar a quen ensina, porque un profesor queimado non transmite lume, senón cinza. E os alumnos iso sábeno antes ca ninguén.

A literatura chegou a min tarde e con resistencia. Os clásicos caíanseme das mans aos quince anos. Ninguén mos explicou como eu precisaba. Despois apareceron Rosalía de Castro, Baudelaire, Vallejo, Bécquer, Rubén Darío, Jaime Gil de Biedma, Pessoa, Pondal, Gabriela Mistral, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Curros Enríquez… e leváronme ao poema en prosa, que é un territorio enganoso: parece doado, pero non o é. Aí quedei vivir.

O meu galego naceu en dúas fincas familiares: A Peregrina, na Maía, e O Burgo, en Vedra, ao pé do Pico Sacro. Esas foron as miñas verdadeiras universidades sentimentais. Veráns interminables, romarías, maizadas, discusións familiares, namoros, risas, primeiras feridas e primeiras saudades. Bertamiráns tiña daquela trescentos habitantes. Hoxe ten dez mil. Eu sigo preferindo aquel silencio antigo.

O galego que me namorou non foi o normativo, senón o da aldea, musical, cheo de xiros e vida. Aprender galego foi aprender unha lingua sen academia, sen normas claras, sen mapa. Talvez por iso me atrapou tanto.

Amancio Prada descubriume a verdadeira Rosalía de Castro, non a sensiboleira que nos contaban. E aí houbo un antes e un despois.

Uso seis pseudónimos: Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo, Tantometén e Sonmeigo. Non é extravagancia: é necesidade. Cada nome é unha voz distinta, unha idade distinta, unha maneira distinta de mirar o mundo.

Camay foi a infancia.

Chioleiro naceu nas romarías.

Filoso herdou sangue.

Xaovín foi inseguridade.

Suboebaixo resume o meu carácter galego: nunca se sabe se subo ou baixo.

Tantometén é liberdade: xa non me importa nada.

Sonmeigo é o máis querido desta última etapa da miña vida.

Escribo para entenderme, para ordenar a memoria e para reescribir a vida. Corrixo demasiado. Nunca hai versión definitiva. Mañá podería escribir outra biografía cos mesmos recordos e outro sentido.

No meu blogue oquintodotempo.com/ está organizada toda a miña obra literaria en distintos libros. Certo é que algúns deles están nun estado moi precario, pero todo se andará. O meu obxectivo é o mesmo que cando comecei cun blogue hai case dous anos: seguir colgando textos. Cada libro é un territorio distinto, pero todos forman parte do mesmo mapa: memoria, literatura, Galicia, ensino, música, recordos e vida.

Os meus libros e textos no meu blogue oquintodotempo.com/ están estruturados así:

Todos estes libros e textos podes lelos no meu blogue www.recuncar.com

Se chegaches ata aquí, xa compartimos algo importante: tempo, memoria e palabras. E iso, aínda que non o pareza, é moito.

Para contactares comigo tes estes dous correos: jmmaiz@telefonica.net e maiztogores@gmail.com (Xuño do 26)

ANTE LA VIDA

―No tengo un solo recuerdo en el que ella no esté presente.

Con esta frase de Xan das miñocas, diáfana y constreñida de gran amargura, quiso expresarle a su buen amigo Pepiño do paraugas, conocido con este apodo porque, ya fuera invierno o verano, siempre llevaba colgado de la parte posterior del abrigo o de la chaqueta un paraguas cerrado, un paraguas kilométrico que lo llamaban de siete parroquias. Xan das miñocas (Juan de las miñocas) era un hombre pesimista y poco dado a los reconocimientos ajenos. Miñoca es una lombriz de tierra, también persona de poca valía, órgano sexual masculino de pequeñas dimensiones y andar ás miñocas significa no tener lo necesario para vivir. La duda, saber cuál era en este caso la certera. Eran amigos de la infancia, habían compartido juergas, miserias humanas y confidencias semiprohibidas. Los dos tenían una gran habilidad en no tocar cierto tema, en el que sabían que discrepaban abiertamente.

La conversación, más bien un desahogo anímico, transcurría debajo de una enorme vid que había en uno de los laterales de la casa donde residía, ahora solo, Xan das miñocas mientras degustaban una roja y sabrosa sandía en una tarde inconcreta del mes de agosto.

Pepiño do paraugas permanecía en un respetuoso silencio, absorto e impactado por las palabras de su enjuto y flaco amigo que no era quien  de mirarle a los ojos a nadie desde la dolorosa muerte de su querida esposa y compañera.

―Pero, home, tienes que seguir viviendo. María, seguro, no querría verte así, con la frente besando el suelo. Lloraría los siete mares. Tes que reponerte anímicamente y seguir caminando, para que puedas degustar poco a poco los sabrosos tragos que aún la vida te ha de deparar en este futuro inmediato.

―Todo lo que toco o acaricio na miña casa tiene su suave tacto, todo lo que huelo en mi habitación huele a su dulce piel y todo lo que veo en la huerta tiene su hermosa imagen. Segundo a segundo, hora a hora y día a día, ella está en mí y no hay nada que me la haga olvidar. Así que…¡a vivir con este demo toda a vida!

Aquí, para no discutir, se calló Pepiño do paraugas porque recordaba al lenguaraz dueño da taberna do Camiño novo cuando en ausencia del bueno de Xan comparaba a la mujer de este con la Maritornes del Quijote.

En esta conversación estaban los dos embaucados, como si fueran un remedo de Don Quijote y Sancho ―lo cierto es que nadie sabía quién era quién―, cuando se les acercó pizpireta y saltarina, una muchachita rubia como una mazorca de maíz, y pasando más penas que Caín en el Purgatorio, pues tartamudeaba ostensiblemente, les soltó el siguiente mandado de Martiño dos facos (faco=caballo malo y ruín) a los dos «grandes conversadores»:

―Se…se…se…ñor Xan y seeeeñor Pe…pi…ño, me ha dicho miiii pa…pa…trón que a…caba de morrrer Maruuuuxa da Carbaaalleeeira, y que vaaayan a su casa al velorio co…co…rrriendo, y se fue del mismo modo que llegó.

Los dos viejos se miraron con una significativa complicidad, esa que el correr de los años ha ido asentando sobre cimientos totalmente desconocidos para el resto de los habitantes del lugar. Los dos dijeron simultáneamente:

―En paz descanse.

―Que leve con ella la paz que en la tierra deja, remató muy severo Xan das miñocas.

―¡Home, non! Que era una buena mujer…un pouco quentiña (de modo irónico calificaba a la mujer que tenía estímulos sexuales muy desarrollados), pero muy buena gente. Ayudó a varias mujeres viudas de vivos a sacar a sus hijos adelante en muchas ocasiones.

―¿Buena gente? Lo que se dice buena gente…Tengo un mar de dudas. Le gustaba mucho andar entre o millo (=el maíz) que recogerlo.

―Pero nunca andaba sola. Maticemos todo, que es de recibo ser justos.

―Pero quien andaba era ella.

―Tú siempre haciendo distinciones entre mujeres y hombres. Siempre dejando a la mujer en mal lugar. Eso son noticias sin fundamento y rumores inventados por la xente da aldea. Difamar es el verbo que mejor se conjuga en esta bendita tierra.

―Sí, sí, pero siempre hay testigos oculares de las «falsas historias».

―Ya te digo, comentarios maliciosos. Esos testigos… ¿Cuándo dijeron públicamente lo visto por ellos? ¡Jamás de los jamases, carallo! No olvides, amigo, no olvides, que ella fue la que te dobló por primera vez, allá en los tiempos de los carballos vellos (=robles viejos), la manga de la camisa. ¿O es que ya no recuerdas aquella copla que le cantaste más de una vez al pie de su ventana?:

Dámo, Maruxiña, dámo,
dámo que non é pecado:
unha muxica do teu lume
para acender o meu cigarro.

(Dámelo, Maruja, dámelo,
dámelo que no es pecado:
un poco de tu fuego
para encender mi cigarro)

―Esos tiempos me saben a agua choca (=podrida), que duermen en un sueño para mí olvidado. Parece mentira que ahora me vengas con esas, cuando tú y yo nunca nos echamos a la cara nuestras viejas andanzas y correrías de mozo. Ve a rezarle tú, si tan triste está, una salve marinera, que yo no puedo con la risa.

―Eres un ingrato y un desterrado. ¿Cómo puedes rechazar con tanto desprecio y altanera repulsa a una mujer que, en su juventud, te dio sus mejores momentos?

―No pienso dedicarle a ella ni un segundo más de lo necesario.

―Tu egoísmo, querido amigo, se ha devorado la poca memoria que habita en ti. No alimentes de ese modo tu mente olvidadiza.

―Di lo que quieras, que esta mujer no va a llevar a nadie a su entierro. Hizo lo que hizo, y lo hizo como lo hizo. ¿Me entiendes, no?

―Eres más retorcido que los cuernos de un carnero. Si te vieras en un espejo, te darías cuenta de que estás siendo muy injusto.

―Injusta fue la muerte de mi mujer y me tengo que amolar (=aguantar).

―No mezcles los temas, que son cosas bien diferentes. ¿Qué tiene que ver tu pena con la muerte de esta mujer? ¿O es que…?

―Parece mentira que una «mujer» como Maruxa da Carballeira haga que peleemos como críos.

―Es que me enfurece que ensucies la memoria de una mujer que ya no se puede defender, de una mujer que despertó a la vida a medio valle, de una mujer que siempre tuvo una muiñeira para «bailar» contigo, de una mujer que nunca le negó un plato de comida a ningún necesitado.

―Pasó el día, pasó la romería. Y como sigas dándole a la rueda, vas a besar las piedras que tienes a la vista, mientras hacía un ademán violento con la mano izquierda para posteriormente marcharse en absoluto silencio y con un gesto enfurecido en su rostro. Y marcha que tes que marchar.

Y así, de una manera tan brusca y sorpresiva, estos dos buenos amigos estuvieron meses de sin hablarse, con el deterioro de la amistad que eso supuso, amistad que naciera en los vientres de sus madres.

Cuando el pasado vuelve es capaz de llevarse por delante hasta el árbol con las raíces más profundas.