«A LA SOMBRA DEL VERBO»

BIOGRAFÍA «ACTUALIZADA» DE JMMT (CASTELLANO)

Nací en Santiago de Compostela, ciudad de piedra mojada y paciencia antigua. Soy picheleiro, hijo legítimo de una ciudad que brilla mejor bajo la lluvia que bajo el sol. Santiago no se entiende sin paraguas: la piedra húmeda, el orballo, las noches de otoño y el casco viejo envuelto en niebla tienen una belleza lenta, melancólica y testaruda. El sol no estropea la ciudad, pero la lluvia la revela.

Nací un quince de agosto. Y sí, llovía. Mientras la familia discutía qué nombre ponerme, mi padrino evitó a tiempo un sonoro Gumersindo y acabé llamándome José María Ramón Santiago. Yo, por lo visto, me manifestaba mediante felices explosiones aerofágicas que me dejaban sonriente y satisfecho. Empezaba bien la cosa.

Mi infancia y adolescencia fueron un recorrido por varios colegios madrileños: Agustinos, Estudio, Calderón de la Barca y Cardenal Cisneros. Hoy dirían que era inquieto, hiperactivo o emprendedor. Entonces simplemente parecía incapaz de permanecer quieto en un pupitre. No fui un gran estudiante. Tal vez por eso, con los años, acabé siendo profesor. La vida tiene un sentido del humor bastante fino.

De 1988 a 2025 enseñé Lengua y Literatura en el colegio Jesús-María de Madrid. Allí trabajé, me cansé, discutí, escuché, aprendí, expliqué, me equivoqué y volví a empezar muchas veces. Allí encontré mi segunda casa. Y allí confirmé una sospecha: muchos malos alumnos terminamos siendo profesores atentos porque sabemos exactamente dónde se cae uno.

Educar es gobernar una barca frágil: hace falta algo de marino, algo de pirata, algo de poeta… y mucha paciencia. Pero también hay que cuidar al que enseña, porque un profesor quemado no transmite fuego, sino ceniza. Y los alumnos eso lo saben antes que nadie.

La literatura llegó a mí tarde y con resistencia. Los clásicos se me caían de las manos a los quince años. Nadie me los explicó como yo necesitaba. Después aparecieron Rosalía de Castro, Baudelaire, Vallejo, Bécquer, Rubén Darío, Jaime Gil de Biedma, Pessoa, Pondal, Gabriela Mistral, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Curros Enríquez… y me llevaron al poema en prosa, que es un territorio engañoso: parece fácil, pero no lo es. Ahí me quedé a vivir.

Mi gallego nació en dos fincas familiares: La Peregrina, en A Maía, y El Burgo, en Vedra, al pie del Pico Sacro. Esas fueron mis verdaderas universidades sentimentales. Veranos interminables, romerías, maizadas, discusiones familiares, ligoteos, risas, primeras heridas y primeras nostalgias. Bertamiráns tenía entonces trescientos habitantes. Hoy tiene diez mil. Yo sigo prefiriendo aquel silencio antiguo.

El gallego que me enamoró no fue el normativo, sino el de aldea, musical, lleno de giros y vida. Aprender gallego fue aprender una lengua sin academia, sin normas claras, sin mapa. Tal vez por eso me atrapó tanto.

Amancio Prada me descubrió a la Rosalía de Castro verdadera, no la sensiblera que nos contaban. Y ahí hubo un antes y un después.

Uso seis pseudónimos: Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo, Tantometén y Sonmeigo. No es extravagancia: es necesidad. Cada nombre es una voz distinta, una edad distinta, una manera distinta de mirar el mundo.

Camay fue la infancia.

Chioleiro nació en las romerías.

Filoso heredó sangre.

Xaovín fue inseguridad.

Suboebaixo resume mi carácter gallego: nunca se sabe si subo o bajo.

Tantometén es libertad: ya no me importa nada.

Sonmeigo es el más querido de esta última etapa de mi vida.

Escribo para entenderme, para ordenar la memoria y para reescribir la vida. Corrijo demasiado. Nunca hay versión definitiva. Mañana podría escribir otra biografía con los mismos recuerdos y otro sentido.

En mi blog oquintodotempo.com/ está organizada toda mi obra literaria en distintos libros. Cierto es que algunos de ellos están en un estado muy precario, pero todo se andará. Mi objetivo es el mismo que cuando comencé con un blog hace casi dos años: seguir colgando textos. Cada libro es un territorio distinto, pero todos forman parte del mismo mapa: memoria, literatura, Galicia, enseñanza, música, recuerdos y vida.

Mis libros y textos en mi blog oquintodotempo.com/ están estructurados así:

Todos estos libros y textos los puedes leer en mi blog www.recuncar.com

Si has llegado hasta aquí, ya compartimos algo importante: tiempo, memoria y palabras. Y eso, aunque no lo parezca, es mucho.

Para contactar conmigo tienes estos dos correos: jmmaiz@telefonica.net y maiztogores@gmail.com

Junio del 26

REACTIVACIÓN DO BLOGUE «RECUNCAR.COM»

(Neste texto mesturo castelán e galego, porque as palabras tamén teñen dereito a viaxar sen pasaporte)

Hai blogues que informan. Outros entretienen. E logo están os que acompañan.

oquintodotempo.com/ naceu para iso: para facer compañía a través das palabras. Sen présas. Sen estridencias. Sen perseguir modas que duran menos ca un café quente nunha mañá de inverno.

Nun tempo onde todo corre, oquintodotempo.com/ aposta por quedarse un intre máis. Por pensar. Por sentir. Por recordar. Por esa escrita que non busca clics compulsivos senón lectores que regresan porque atoparon algo que lles falou por dentro.

Este é un espazo de creación literaria, reflexión e memoria. Un lugar onde viven a poesía, os versos, os libros, as historias e esas emocións que ás veces custan tanto explicar. Aquí conviven obras como A la sombra del verbo, Cando chove por dentro, Galicia queda al norte, Peito de Bronce, Manifesto do galego de andar por casa, Las aristas de mi verdad ou Hatroz, entre outras moitas palabras que seguen buscando casa.

Pero oquintodotempo.com/ non fala só de literatura. Tamén abre as ventás á cultura, á comunicación, á historia, á identidade, á sociedade e a esas pequenas cousas da vida que adoitan pasar desapercibidas ata que alguén decide miralas con calma. Porque ás veces unha reflexión vale máis que cen titulares. E ás veces unha pregunta ben formulada acompáñanos durante semanas.

Aquí non hai algoritmos escribindo titulares imposibles. Hai unha persoa escribindo para persoas. Hai Galicia e hai mundo. Hai memoria e hai presente.

Hay análisis y hay emoción. Hai pensamento e hai sentimento. Hai preguntas. Hai respostas. E tamén silencios, porque non todo o importante necesita facer ruído.

oquintodotempo.com/ é tamén unha defensa natural do galego, do castelán e desa convivencia tranquila que existe nas rúas, nas casas e na vida real. As linguas non compiten. Conversan. Discuten ás veces. E logo acaban tomando un café xuntas.

Máis de 500 publicacións forman xa parte deste camiño. Centos de páxinas escritas desde a experiencia, desde a curiosidade e desde o amor polas palabras.

Pero o mellor segue estando por escribir.

A quen xa leu algunha vez, grazas. A quen chega agora, benvido ou benvida.

Pasa. Le sen présa. Recunca un pouco entre poemas, reflexións, historias e ideas. Detente onde algo che remexa por dentro. Quédate no texto que che faga compañía. E volve cando queiras.

Tal vez atopes unha lembranza. Tal vez unha emoción. Tal vez unha idea. Ou simplemente un lugar onde estar.

Porque oquintodotempo.com/ non é só un blogue.

É unha maneira de mirar o mundo.

E mentres exista alguén disposto a emocionarse cun poema, cunha historia, cunha reflexión ou cunha palabra dita a tempo, seguirá habendo luz acesa nesta casa.

Benvidos a oquintodotempo.com/: Un lugar onde as palabras aínda teñen algo importante que decir.

EL BARRO

El futurismo fue una de las vanguardias más provocadoras y teatrales del siglo XX. Nació oficialmente en 1909 con el manifiesto publicado por Filippo Tommaso Marinetti en el periódico francés Le Figaro. El movimiento adoraba la velocidad, las máquinas, la bombilla eléctrica, los coches, el ruido y la ruptura total con el pasado. En sus manifiestos gritaban: «¡Quemad las bibliotecas!». «¡Destruid los museos!». Y sus miembros vivían de forma tan exagerada como escribían. Paradójicamente… hoy sus obras están… en museos.

Marinetti contó que una noche conducía a toda velocidad un coche moderno cerca de Milán cuando tuvo que esquivar a unos ciclistas y acabó estampándose en una zanja. Según él, salir cubierto de barro y aceite fue una experiencia casi «mística». Dijo que ese choque le reveló la belleza de la velocidad y de la máquina moderna.

En el manifiesto futurista llegó a escribir algo muy provocador para la época:

«Un automóvil de carreras… es más bello que la Victoria de Samotracia». Aquello escandalizó a media Europa porque estaba comparando un coche con una de las esculturas clásicas más admiradas del mundo. La canción del automóvil comienza con estos versos: ¡Dios vehemente de una raza de acero, / automóvil ebrio de espacio, / que piafas de angustia, con el freno en los dientes estridentes! / ¡Oh formidable monstruo japonés de ojos de fragua, / nutrido de llamas y aceites minerales, / hambriento de horizontes y presas siderales / tu corazón se expande en su taf-taf diabólico / y tus recios pneumáticos se hinchen para las danzas / que bailen por las blancas carreteras del mundo.

Los futuristas odiaban lo que consideraban el peso muerto de la tradición italiana.  No siempre lo decían literalmente, pero sí querían dinamitar el culto al pasado. En una Italia obsesionada con el Renacimiento y la Roma clásica, aquello sonaba casi sacrílego.

El pintor y músico Luigi Russolo escribió en 1913 el manifiesto El arte de los ruidos. Decía que la música clásica estaba anticuada y que la ciudad moderna tenía una nueva orquesta: «motores, fábricas, trenes y sirenas».

Organizaban espectáculos llamados serate futuriste donde mezclaban poesía, música, insultos al público y provocaciones políticas. Los artistas subían al escenario a recitar poemas llenos de onomatopeyas y ruido industrial. A veces insultaban directamente a los espectadores para provocar una reacción. El público respondía entonces lanzando tomates, verduras o sillas.

Y eso era exactamente lo que querían: el arte debía generar violencia emocional y agitación.

En estas últimas entradas, yo he chapoteado en mi barro, y con gusto; pero, salido, con cierta elegancia ad hoc, del chocolate terrenal que había creado, he decidido (finta de Di Stéfano) contarte qué libros tienes en oquintodotempo.com/.

Lo primero que te sorprenderá es el número de entradas.  Las he estructurado en los siguientes libros, que están a tu disposición en el blog antes citado:

  1. A LA SOMBRA DEL VERBO 
  2. CANCIONES COMENTADAS POR JMMT
  3. CANDO CHOVE POR DENTRO
  4. FOTOS E IMÁGENES COMENTADAS POR JMMT
  5. GALICIA QUEDA AL NORTE
  6. HATROZ
  7. LAS ARISTAS DE MI VERDAD
  8. Y MUCHAS COSAS MÁS…

Por el número elevado de entradas, y por el famoso contador de visitas, te recomiendo que leas las entradas en la web, en el blog oquintodotempo.com/

Empecé a escribir con cierta seriedad allá por 1994, cuando me di cuenta de que tenía cierta habilidad en esto de juntar palabras. También presento textos muy recientes y presentaré otros que vaya componiendo.

En este blog hay muchísimas entradas —alguna te gustará, creo—, pero para que no se bloqueen o atasquen, las presento de cinco en cinco.

Saberme leído por ti solo puede reportarme prestigio y notoriedad.

En caso de que quieras contactar conmigo, ya sabes que me encanta, puedes hacerlo a través de mis correos:

jmmaiz@telefonica.net

maiztogores@gmail.com.

Muchas gracias por leerme.

«Sonmeigo», pseudónimo actual mío (JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES)

«Sonmeigo» parece salido directamente de una balada celta gallega: un ser misterioso que habla poco, mira mucho y probablemente conoce remedios ancestrales para males físicos y sentimentales. «Sonmeigo» es un nombre mezcla musicalidad y magia, como si perteneciera a un druida moderno que toca la zanfona bajo la niebla mientras da consejos ambiguos que terminan teniendo razón. «Sonmeigo» domina la escena con calma sobrenatural y aparece silenciosamente entre los árboles, como si el bosque mismo le hubiese dado permiso para existir. 

EL CAFÉ DE LAS SEIS DE LA MAÑANA Y EL ARTE DE VOLVER A EMPEZAR

«A veces hay que volver al barro para encontrarse». Esta frase de la oscarizada «Volver a empezar», cuya idea principal es la de concederse una segunda oportunidad para regresar al origen, reconciliarse con lo vivido y descubrir que nunca es tarde para recuperar una parte de uno mismo. Me gusta mucho, y no he sido capaz de localizar, la «manipulada» frase de Paulo Coelho: La vida siempre concede otra oportunidad a quien se atreve. Escribo esta frase como propósito de enmienda y como objetivo literario, desde este momento, me comprometo a no amargarte la vida. Sí, aburrirte, pero no convertir la lectura de mis textos en un invierno interminable. No quiero ser una piedra constante en tu zapato ni llenarte la lectura de espinas. (Este fragmento debería ir encuadrado en esta entrada, pero como no lo sé hacer me he tenido que conformar con colorear la letra de rojo)

A las seis de la mañana, la ciudad todavía no ha terminado de vestirse, pero sí está amaneciendo. Las calles tienen ese color gris azulado, húmedo, que a mí siempre me recuerda a los amaneceres en la ría de Noia, también conocida como la Ría da Estrela, cuando la niebla flota sobre el agua como si le costase sintonizar el nuevo día. Me gusta esta hora. La soledad a estas horas no pesa; es más bien una compañera silenciosa, un lienzo en blanco antes de que todo el mundo empiece a gritar. Sólo me falta un desayuno con berberechos o almejas, dar un largo paseo de madrugada por la playa seminudista de Baroña o patearme haciendo fotos el aclamado por los senderistas Monte Louro.

Estaba yo en mi rincón de la cafetería de siempre, con el teléfono abierto en un libro que me tiene enganchado: Asesinato en el molino del cura, de Arantza Portabales. Nada de espóiler. El café humeando y un cruasán a la plancha a medio empezar, cuando la puerta crujió como un fantasma desperezándose. El fresco del amanecer, aumentado por los camiones cisterna que estaban «bañando» las calles, entró de golpe, y con él, una muchacha de unos veinticinco años. Muy bien conjuntada, mochila cargada de apuntes y los ojos despiertos de quien se va a comer el mundo o, al menos, el examen de las nueve.

Pidió un café para llevar, pero mientras esperaba, me miró de reojo. Me reconoció. Había sido alumna mía en 2º de Bachillerato hace unos años. Sonrojada y sin atreverse a hablar, volvió a mirar. Se acercó a mi mesa con la determinación de quien va a fundar un país.

—Perdone… ¿usted es José María, el profe de Lengua, verdad? —preguntó, clavando sus ojos en los míos.

Asentí con la cabeza, un poco sorprendido, sosteniendo la taza en el aire y dispuesto a escucharla.

—Sí, el mismo. Buenos días.

—Tengo un recuerdo excelente de usted. Pocos profesores como usted he tenido en la carrera. Tengo que leer hoy mi tesis. Llevo dos años con ella: Adsorción diferencial de fármacos sobre plástico hospitalario según la carga electrostática ambiental.

No supe qué decir sobre ese interesantísimo tema. Me ofreció una pequeña explicación que no viene a cuento plasmarla aquí.

La joven no se anduvo con rodeos. Dejó la mochila en el suelo, se cruzó de brazos, entre la indignación, la lástima y la admiración.

—Dejemos mi tesis… Pues mire, ayer lo leí, leí su blog. Y de verdad se lo digo: qué tipo tan pesado es usted. Qué plasta. Un auténtico deprimido, enfermo dice mi padre, de verdad. Si todo es tan terrible como dice, ¿para qué nos levantamos por la mañana? Me dejó el cuerpo como pateado por un elefante.

Me eché a reír. No pude evitarlo. La honestidad brutal de la juventud tiene una fuerza maravillosa. Le señalé la silla de enfrente.

—Siéntese un minuto, ande. Que su café va a tardar un poco. ¿Tan deprimente le pareció?

Se sentó en el borde de la silla, como lista para salir corriendo por si el «carácter depresivo» resultaba contagioso.

—Es que parece que para usted el paso del tiempo es una condena a muerte —dijo, suavizando un poco el tono, pero sin perder firmeza—. Habla de la soledad como si fuera un pozo negro. Y de la añoranza de su tierra como si Galicia fuera un cementerio de recuerdos. ¡Un poco de por favor! Que la vida sigue.

La miré con la calma que dan los sesenta y siete años bien cumplidos. El camarero dejó su vaso de cartón sobre la barra, pero ella no se movió.

—Tiene toda la razón —le confesé, dándole un sorbo a mi café—. A veces, los que escribimos nos encerramos tanto en el caparazón que confundimos la niebla con la oscuridad. Pero le aseguro, dígaselo a su padre, que no estoy enfermo, ni soy un alma en pena. Solo era… un mal día en los dedos y un impulso más exigente que el 6,24 de Armand Duplantis.

—Pues me alegro —sonrió ella, sorprendida por la comparación, y su sonrisa iluminó la cafetería entera—. Porque a mí me gusta cómo escribe sobre el amor. Pero el amor de verdad, el que duele un poco, pero vale la pena. No esa catástrofe de ayer.

—Prometido queda —le respondí—. Hoy el texto saldrá diferente. Menos nubarrones y más luz de faro.

—Así me gusta. ¡Buen día, José María!

Se levantó, cogió su café y salió volando hacia el metro, dejando tras de sí un aroma a vainilla y una lección bien aprendida.

LA MIRADA LIMPIA

Me he quedado solo otra vez, pero la soledad ya no es la misma de ayer. Ahora tiene el eco de esa risa joven y de ese certero diagnóstico sobre la entrada de ayer.

Es verdad que los años van pasando y que uno empieza a contar el tiempo con otra velocidad. Las arrugas de las manos, de los brazos, de la cara, de… no engañan y la distancia con mi tierra gallega a veces duele en el pecho como una espina de merluza atravesada. Añoro el olor a tierra húmeda de verdad, el sonido del viento en los pinos, el sabor del pan de mollete de aldea. Pero esa añoranza no tiene por qué ser destructiva. Es, simplemente, el ancla que me recuerda de dónde vengo para saber hacia dónde camino.

El amor, a mi edad, ya no es un fuego de artificio que estalla y desaparece. Es más bien la brasa que queda toda la noche en la cocina de leña para poder cocinar un caldo gallego a las 6 de la mañana a fuego lento o esa que calienta la casa durante toda la noche sin armar ruido en los fríos inviernos de Galicia. Es el recuerdo de los que se amaron bien, de los que fracasaron, de la certeza de que el corazón sigue vivo y dispuesto a conmoverse, aunque sea con el espontáneo reproche de una exalumna en una cafetería madrugadora.

Escribir es esto. No es mirarse el ombligo y regodearse en la herida. Es abrir la ventana, dejar que entre el aire fresco del amanecer y entender que, mientras haya un café caliente y alguien al otro lado dispuesto a leernos (y a reñirnos), el viaje sigue valiendo la pena.

Hoy las teclas no pesan. Hoy tienen ganas de bailar. Buenos días a todos. A ver cuánto te dura, me dice mi hermana.

DIAGNÓSTICO CONFUSO, EXPLICACIÓN MÁS CONFUSA (CON IMÁGENES ACLARATORIAS)

Hace unas semanas, en Instagram, antes de cerrar la cuenta, colgué estas citas escritas por mí:

1.- A veces uno no quiere rendirse, sólo quisiera descansar de ese peso invisible que acompaña cada pensamiento, roba el entusiasmo y vuelve agotador incluso aquello que antes se sentía sencillo.

2.- Nadie siempre nota cuando alguien empieza a desaparecer en sí mismo, porque muchas veces el derrumbe no ocurre de forma escandalosa, sino en pequeños silencios, en rutinas mecánicas y en una tristeza que aprende a esconderse bien.

3.- Existe una forma de agotamiento que no viene del esfuerzo físico, sino de sostenerse todos los días mientras por dentro algo se siente roto, distante o desconectado de todo lo que antes hacía sentir vivo.

4.- Hay un tipo de tristeza que no hace ruido, que no pide ayuda en voz alta, pero se instala en cada pensamiento, en cada mañana pesada y en cada noche insomne donde el cansancio del cuerpo no alcanza para descansar la mente.

5.- Lo más difícil no siempre es el dolor evidente, sino esa forma lenta y persistente de apagarse por dentro, en la que las cosas que antes encendían el alma dejan de tener color, sentido o impulso.

6.- A veces no se trata de llorar ni de romperse frente al mundo, sino de caminar entre la gente con una calma fingida, cargando un cansancio que no se quita con dormir y un silencio que nadie nota, aunque grite por dentro.

7.- Hay días en los que el peso de existir se vuelve tan denso que incluso las tareas más simples parecen montañas imposibles, y uno aprende a sonreír en automático mientras por dentro todo se siente detenido, gris y extrañamente vacío.

Últimamente fantaseo con tirar el ordenador por la ventana. Como cuando pequeño tiraba, desde un quinto piso y por la tarde, huevos crudos o bolsas de plástico de agua en el balcón de mi cuarto al concurrido Paseo de las Delicias. No como metáfora elegante ni como frase ingeniosa para empezar un texto. Lo digo de verdad. Hay días en los que miro la pantalla, escucho a mi otro yo, veo el cursor parpadear delante de una página en blanco y siento un impulso casi terapéutico de agarrar el portátil con las dos manos, abrir la ventana y verlo estrellarse contra el suelo. Debe ser tan placentero como una intensa guerra de harina en una cocina recién remodelada. Supongo que ese es mi pequeño desequilibrio actual. Volver a ser un niño, de Enrique Urquijo (https://www.youtube.com/watch?v=pNiERPFlTBs).

Porque he llegado a aborrecer el ordenador. Lola se extrañará porque estoy pegado a él casi todo el día. ¿Cómo aborrecer aquello que te ocupa tanto tiempo? ¡Qué curioso: paso el día entero quejándome de eso… y aun así no puedo dejar de volver a él! Y eso, para alguien que pasó media vida escribiendo, leyendo, enlazando ideas y creyendo todavía en internet, resulta bastante triste.

Esta es la entrada cuatrocientas setenta y siete en el blog oquintodotempo.com/. No sé todavía si voy a cerrarlo. Y esta vez no es un arreón destructivo del conocido bloguicida que habita en mí. No. Y esa duda, que parece pequeña, lleva meses persiguiéndome. A veces la terna de actuación es problemática: cerrarlo definitivamente para ser consciente del bloguicidio, dejarlo simplemente abandonado para que lo vea algún despistado o vaciarlo absolutamente y dejar oquintodotempo.com/ como si fuera un petroglifo.

Lo que si tengo claro es que tengo que bajar la persiana. Asumir que una etapa terminó y debo dejar de prolongarla artificialmente, como quien mantiene encendida una habitación vacía solo por miedo a admitir que ya nadie vive ahí. Otras veces creo que quizá sea mejor no decir nada. Quieto. Sin despedidas solemnes ni dramatismos innecesarios. Sin esta puñetera entrada. Dejarlo morir lentamente por inhalación, como mueren tantas cosas en internet: sin ruido, sin homenaje y sin que casi nadie se dé cuenta.

No lo sé. Lo único que sé con claridad es que estoy agotado. Muy agotado. Y no hablo solo de los blogs. Hablo del cansancio raro que aparece cuando algo que antes amabas empieza a producirte ansiedad. Hablo de sentarme delante del teclado y sentir rechazo antes incluso de escribir una palabra. Hablo de esa sensación de vacío mental donde antes había ideas, curiosidad o necesidad de contar cosas. Ahora solo hay cansancio.

Quizá la jubilación también tenga algo que ver. Imaginaba la jubilación como un tiempo luminoso. Más tiempo para leer, pensar, pasear, escribir sin prisas. Más libertad. Más calma. Y sin embargo me ha ocurrido algo extraño: cuanto más tiempo tengo, menos ideas encuentro.

Antes escribía casi sin darme cuenta. El trabajo, las correcciones, el estrés, la preparación de las clases, las discusiones, las entrevistas con familias, la rutina diaria, incluso el agotamiento, generaban un movimiento interior. Había fricción. Había cosas que pensar y cosas de las que decir algo.

Ahora el silencio es diferente. Más pesado. Y sospecho que no es que ya no tenga nada que decir. Es que ya no tengo fuerzas para transformar lo que pienso en texto. Todo me parece repetido. Todo me parece innecesario. Todo acaba convertido en un borrador a medias que abandono después de mirar la pantalla durante una hora. Después de escribir tres horas, todo lo elimino porque lo considero de nula calidad. Este mismo texto está en el borde de un pozo negro, el mismo de la nube negra: ¡Escribe, coño, escribe! Y me sale una cadena de cortes de manga tan gozosa que en ocasiones veo la luz a lo lejos cuando miro hacia arriba.

La pantalla en blanco se ha convertido en una forma de angustia. Y cuanto más tiempo paso delante del ordenador, más rechazo siento. Internet tampoco ayuda. Tal vez soy yo quien se quedó anticuado. Me siento como un teclado en una mesa llena de pantallas táctiles: todavía capaz de contar historias, pero todas ellas suenan a un pasado periclitado, casposo y velado. No lo niego. Pero echo de menos aquella red llena de blogs personales, imperfectos, escritos sin estrategia. Echo de menos entrar en páginas, y leerlas, donde alguien escribía simplemente porque necesitaba hacerlo y no porque estuviera alimentando algoritmos, buscando posicionamiento o fabricando una identidad digital rentable. Esta última frase se la debo a un internauta que malvive como yo. Ahora todo parece promoción personal. En este charco has caído tú, José María, me dice mi alter ego.

Incluso la tristeza. Veo decenas de poemas a medio escribir, de bocetos literarios, que no quiero colgarlos porque hablan de la tristeza como una casa en invierno: todo sigue en su sitio, pero ninguna habitación consigue entrar en calor. Y yo ya no sé jugar a eso. Ni quiero aprender a mentir, ni a adoptar un postureo insulso. Quiero ser sincero al precio que sea.

Me cansé de la obligación permanente de producir contenido. Me cansé de la idea absurda de que todo pensamiento tiene que convertirse en publicación. Me cansé, culpa mía de ello, de medir el valor de lo que escribo según visitas, estadísticas o reacciones efímeras que desaparecen al día siguiente.

He perdido la relación natural con la escritura. Antes escribir me ordenaba la cabeza. Ahora me la bloquea. Y quizá lo más difícil de admitir sea esto: ya no disfruto. No disfruto buscando temas. No disfruto preparando entradas. No disfruto corrigiendo párrafos. No disfruto actualizando nada. No disfruto entrando al panel del blog. No disfruto al encender el ordenador.

A veces incluso retraso el momento de abrirlo porque ya sé la sensación que me espera al otro lado de la pantalla: agotamiento, culpa y esa impresión constante de estar arrastrando algo que hace tiempo dejó de tener sentido para mí.

Y claro que me da pena. Porque un blog nunca es solo un blog.

Ahí quedan años de lecturas, obsesiones, estados de ánimo, entusiasmos, rabias, noches de insomnio, versiones distintas de uno mismo y textos que me han costado un huevo escribir y ya nacen trasnochados.

Cerrar algo así no es simplemente apagar una página web. Es aceptar que cierta etapa de tu vida terminó. Y eso nunca resulta del todo fácil. Por eso sigo dudando. Porque me da vértigo desconocer lo que se me abrirá después de cerrar el blog. Pero no puedo colgar mierdas sólo por eso.

Cerrar el blog me produce tristeza. Mantenerlo vivo me genera ansiedad. Y dejarlo abandonado lentamente me provoca una mezcla muy rara de culpa, desprecio y descanso.

Supongo que en el fondo no estoy hablando únicamente de internet. Estoy hablando de mí. De una versión de mí mismo que antes escribía con facilidad, con curiosidad y hasta con cierta ilusión. Echo de menos a esa persona. Echo de menos sentarme delante del teclado y sentir ganas en lugar de agotamiento.

No sé si esa versión sigue aquí o si simplemente se cansó demasiado. Tal vez hay cosas que no terminan de golpe. Tal vez algunas etapas se van apagando lentamente hasta que un día descubres que llevaban mucho tiempo muertas y eras tú quien seguía negándose a aceptarlo.

Puede que este blog esté llegando a ese lugar. Y quizá lo más honesto que puedo hacer ahora mismo sea admitirlo. Porque, por primera vez en mucho tiempo, pensar en dejarlo no me produce fracaso. Me produce alivio. No sé qué hacer. Hasta otro día, en la calle o aquí.