«HATROZ»

CAPÍTULO XL DE ‘HATROZ’ O EPÍLOGO (y II): EL FINAL

Carmen me dijo que el libro saldría en unos seis meses, más rápido de lo habitual, como si todos hubiéramos decidido no sostener más lo que ya se deshacía. Sin final. Carmen apenas discutió y su silencio terminó diciendo más que cualquier versión anterior de nosotros. Edición de 500 ejemplares. No habría presentación ni intento de explicarlo porque ya no estaba seguro de que la historia me perteneciera, se me había escapado de las manos o quizá nunca había sido mía. Se imprimirá en buen papel como una concesión inútil y necesaria, como si lo material pudiera fijar lo que ya no me pertenecía. Tendría menos páginas, quité demasiado, quizá lo aún no escrito borré lo que ya no sabía sostener. También dejé lo que él habría eliminado, sin justificarlo, ordenando solo lo que entendía y dejando abierto lo demás. No le puse final porque cualquier cierre habría sido una forma de traición. Terminaba en un bar con una frase escrita en una servilleta y una conversación que no sé si llegó a existir. Algunos dijeron que era valiente y otros que era una vergüenza, y ambos tenían razón de una forma que no supe responder. Por eso, no habría presentación, por eso volví al bar a la misma hora y el camarero me entregó otra servilleta sin mirarme, como si ya lo hubiera hecho antes. La letra era suya y no necesité leerla para saber lo que decía. «No escribas un final que yo no autorizaría porque no lo hay. Además, no me busques porque no me encontrarás. Y, si nos vemos un día, me haré el desconocido». La doblé junto a la otra y desde entonces las releo una y mil veces. No sé si para entender a Rafo o para comprobar que siguen diciendo exactamente lo mismo. La última relectura me produjo una extraña sensación: sería capaz de jurar que la última frase no estaba allí o que no la había escrito él sino yo, como si algo hubiera empezado a corregirse sin mí o, peor aún, había empezado a terminarse conmigo dentro.

Este libro se imprimió
el 21 de abril de 2026,
San Anselmo de Canterbury,
monje nacido en Aosta
que demostró que la inteligencia
podía ser el puente más sólido
hacia lo sagrado.

CAPÍTULO XXXIX DE ‘HATROZ’ O EPÍLOGO (I).- AUSENCIA

Tuve muchas dudas, pero al final, volví al bar de nuestra ruptura al día siguiente a la misma hora. Después de varios intentos había logrado quedar de nuevo con Carmen y como me resultó imposible localizar a Rafo ayer por la noche lo dejé al albur de su voluble intuición. Me pateé los cinco o seis garitos que suele o solía frecuentar «el fugado», pero nadie lo había visto.

—No ha venido hoy por aquí, y eso sí que es raro, me dijeron en los seis locales que visité. Parecía que se habían enviado por guasap la misma respuesta.

Después de mi infructuosa búsqueda, me senté en casa al ordenador y escribí un borrador de epílogo que me gustaría que lo leyeran Rafo y Carmen. Yo, como siempre, con ese maldito complace que me bloquea las ideas cuando hablo de Rafo.

No fue una decisión fácil volver al mismo sitio. Dudé muchísimo. Pensé, tal es Rafo, que evitaría el lugar que había sido el escenario de su huida. Además, tampoco quería que se convirtiera en una costumbre por cómo me miró el camarero al entrar. Otra vez Al Pacino en El padrino. Fue más bien una forma de aplazar algo que ya intuía, pero que todavía no quería formular con claridad. Como si repetir exactamente el mismo gesto —la misma hora, la misma bebida, la misma mesa, incluso la misma forma de sentarme— pudiera mantener en suspenso lo que había pasado la tarde anterior.

El camarero que me reconoció al instante no hizo ningún comentario, pero en su manera de dejar la cerveza sobre la mesa había una mínima pausa, como si esperara a que yo dijera algo más, como si aquel sitio, de pronto, necesitara una explicación.

—¿Y su amigo? —preguntó finalmente. Mire que era raro el tío.

Tardé un segundo de más en responder.

—Vendrá. Vendrá y le podrá decir a la cara todo lo que piensa de él, respondí seco y cortante como Jack Nicholson en Mejor…imposible, que interpreta a Melvin Udall, un escritor con trastorno obsesivo-compulsivo y que trata a todo el mundo con desprecio y sarcasmo.

No sonó convincente. Ni siquiera para mí. Estaba claro que mis poses de malhumorado con comentarios hirientes y respuestas secas era una mala interpretación por mi parte del gran Nicholson.

Asintió con una neutralidad aprendida y dejó también el cuenco pequeño con aceitunas. Las miré durante un rato. Recordé el gesto de Rafo, su manera de examinarlas como si escondieran algo más que su sabor, como si fueran una prueba o una provocación. Cogí una. La mastiqué sin ganas. No tenía nada de especial, quizá un regusto a nevera vieja de bar.

Saqué su móvil del bolsillo. Lo había cargado durante la noche. Me sorprendió lo rápido que uno incorpora a su rutina los objetos de otro, como si fueran provisionales pero necesarios. Lo encendí otra vez, aunque sabía lo que iba a encontrar.

Nada. Ni mensajes. Ni llamadas. Ni rastro de una vida que, hasta hacía unas horas, parecía desbordarse en todas direcciones. Abrí de nuevo la lista de contactos, por si ayer lo hice mal, pero nada, sólo estaba mi número. Volví a cerrarla.

Probé a llamarme desde su teléfono. Escuché el tono en mi propio bolsillo. Durante unos segundos mantuve ambos móviles en la mano, como si aquel eco absurdo fuera una forma de comprobar que algo seguía funcionando, aunque no supiera exactamente qué.

Pedí otra cerveza.

El bar seguía igual: conversaciones superpuestas, una silla arrastrándose, la máquina de café expulsando vapor con ese ruido breve y agresivo que siempre interrumpe todo. Nada había cambiado. Y, sin embargo, había algo desplazado, como si una pieza invisible se hubiera movido y el resto siguiera sin darse cuenta.

Miré la puerta varias veces al principio. Después, cada vez menos.

A la segunda cerveza ya no esperaba verlo entrar, pero aún no aceptaba del todo que no lo haría.

A la tercera, lo entendí. No iba a volver.

No hubo una revelación clara. No hubo un momento exacto. Fue más bien una acumulación de pequeñas certezas: el silencio del móvil, la repetición inútil de los mismos gestos, la sensación cada vez más nítida de que todo lo que pudiera hacer ya llegaba tarde.

Llegó Carmen y se sentó frente a mí sin decir nada. Bueno sí: tengo diez minutos.

—Rafo no quiere sacrificar la textura del papel. El verjurado no es un capricho, es parte de la respiración del libro —le dije, sin levantar la vista del ordenador.

—La respiración no paga la imprenta —respondió Carmen—. Ochocientas páginas en verjurado encarecen el coste un 40%. Eso no es estética, es inviabilidad y antiecológico.

—Inviable es publicar una vida ajena como si fuera un folleto. Esta historia exige cuerpo, peso, permanencia. El lector debe sentir que sostiene una vida, no un resumen.

Carmen no entendía nada. Vio con plausible sorpresa, que me había situado en el «bando» de Rafo.

—El lector también debe poder comprarla —replicó ella—. Y terminarla. Nadie está pidiendo un folleto, solo criterio. Tienes tres escenas redundantes, veinte páginas que repiten la misma emoción.

—Repetición no es redundancia, es insistencia. Así funciona la memoria.

—Y así se pierde el ritmo —cortó la editora—. Además, Rafo quiere decenas de ilustraciones. Cada una implica derechos, diseño, ajustes de tinta. El presupuesto se dispara y el calendario se rompe.

—Las ilustraciones son evidencia, no ornamento. Anclan la ficción en lo tangible. Sin ellas, el lector sospecha.

—El lector sospecha cuando el libro se vuelve indulgente —dijo ella, ya sin disimular el cansancio—. Tu protagonista ocupa todo el espacio, incluso el de quien lo lee.

—Porque esa es la tesis: una vida que invade otras. Quitarle espacio sería traicionarla.

—No te pido traición, te pido edición —respondió con firmeza—. Reducimos un 15%, seleccionamos cinco ilustraciones esenciales y cambiamos a un offset de calidad. Mantienes intención, ganas lectores.

—Pierde materia el libro —insistí yo—. Pierdo la fricción que obliga a quedarse.

—Ganas claridad —dijo ella—. Y un libro que puede existir fuera de tu mesa. Si no cedes en nada, no habrá libro. Habrá un objeto imposible.

—¿Y si lo imposible es precisamente lo necesario?

—Entonces publícalo como pieza única en otra editorial —concluyó la editora—. Pero si quieres un fetiche, yo no estoy dispuesta a poner ni un euro.

Miró el reloj y lo soltó como una bomba:

—Como sospechaba tu sumisión a Rafo, te dejo aquí los originales de los contratos que hemos firmado y te libero de cualquier compromiso. Silencio. Pues eso, hasta nunca; y, si cambiáis de opinión, vuélveme a llamar. Adiós.

Me quedé desnortado: sin protagonista de la historia y sin editora. Me levanté bruscamente, dejé el dinero de la consumición y me fui frustrado y muy desanimado.

Durante los días siguientes repetí los mismos movimientos, como si con ello pudiera comprender lo que estaba viviendo.

Fui a su casa con una terquedad pasmosa. Llamé varias veces. Esperé en el rellano mucho más tiempo del necesario, escuchando ruidos que no tenían nada que ver con él. Nada.

Busqué otra vez en los lugares que había mencionado en el relato de su historia, en esas conversaciones caóticas que yo mismo había ordenado y reducido para que encajaran en una narración. Me di cuenta entonces de que sabía muy poco de él. O peor aún: que sabía sólo lo que él había decidido contarme.

Llamé a dos o tres personas que yo consideraba que podrían saber algo de Rafo.

—Hace tiempo, afortunadamente, que no sé nada de él.

—Rafo siempre ha sido así. Estará encerrado en su casa sin salir y sin hacer caso a nadie.

—Seguro que aparece. Él me comentó que sufría, sin ser reconocido por un psiquiatra, una especie de conjunción de agorafobia, depresión leve y ansiedad social. Me lo dijo cuando rechazó el ofrecimiento de una antigua alumna para que unos conocidos de ella ojearan su obra literaria. Ahora mismo, seguro que sufre un miedo hatroz a salir de casa, no tiene motivación alguna y le aterra ser juzgado o humillado por otras personas. Me lo sé de memoria.

Esa frase de que «no tengo ni idea», la repitieron los tres con una facilidad inquietante, como si fuera una forma de cerrar la conversación sin comprometerse con nada.

Volví muchas veces a la servilleta. La extendía con cuidado, como si el gesto pudiera alterar lo que decía.

«Siempre creí que mi vida empezaría cuando yo quisiera. Un día me di cuenta de que esa oportunidad ya había pasado».

Al principio busqué un sentido preciso, una clave, algo que justificara su salida, que la convirtiera en una decisión comprensible. Luego dejé de buscar.

La frase empezó a tener un claro significado: Siento que ya perdí mi momento. No veo forma de empezar de nuevo, así que preferiría desaparecer antes que seguir viviendo así.

Carmen me llamó una semana después.

Su tono era más contenido de lo habitual, pero más amistoso, como si hubiera decidido no entrar en terrenos que no controlaba.

—¿Sabes algo de Rafo?

—No. Me aseguran los conocidos que está encerrado en su casa. Es como si su mente le dijera que salir es peligroso o demasiado difícil, y quedarse en casa es lo único que le hace sentir seguro, aunque eso le limite la vida.

Hubo un silencio más largo de lo necesario.

—¿Y el libro? —dijo finalmente.

Miré la pantalla del ordenador, que seguía abierta desde aquella tarde. El cursor parpadeaba en una línea en blanco que no recordaba haber dejado así.

—No podemos esperar indefinidamente —añadió.

—Ya. Pero tú rompiste el compromiso unilateralmente. No entiendo esta llamada, sino es por un gesto de humanidad.

—¿Qué vas a hacer?

Tardé en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla implicaba aceptar algo que hasta ese momento había mantenido en suspenso.

—Terminarlo.

—¿Cómo? ¿Sigues en el bar de la fuga?

Apoyé los codos en la mesa. Miré la servilleta doblada a un lado del teclado.

—Sin él.

Carmen no respondió con rapidez. Aguantó unos segundos. Supuse que, por primera vez, no tenía nada que corregir.

—Es que me jodería que apareciera en otra editorial como yo te había propuesto por última vez.

Colgué.

Me quedé un rato sin escribir.

Y entendí entonces que, por primera vez desde que había empezado todo aquello, no era una cuestión de narrar y ordenar su vida. Era una cuestión de decidir qué hacer con su ausencia. 

CAPÍTULO XXXVIII DE ‘HATROZ’.- LA SERVILLETA

Rafo llegó tarde, como casi siempre. No pidió perdón ni dio explicaciones. Se sentó, dejó el tabaco sobre la mesa, después el móvil y me miró como si la conversación hubiera empezado el día anterior y no hiciera falta ningún saludo. Rafo, desde que nació, siempre quiso ser el centro de atención. La realidad es muy distinta y lo ha ido colocando en su sitio.

—¿Qué has escrito esta vez? —preguntó mientras hacía una seña al camarero como queriendo decir «lo de siempre».

—Lo de Galicia. Y lo de Ana, que me ha sorprendido muchísimo.

Rafo hizo un gesto ambiguo, entre la aprobación y el fastidio, entre el aburrimiento ―¡otra vez lo mismo!― y la falta de novedades.

—Siempre escribes lo que te conviene. Lo que queda bien. Lo que parece literatura. Lo que a ti te gusta. Además, lo haces como a ti te da la gana.

—Yo escribo lo que tú me cuentas, dije muy sorprendido.

—No. Tú escribes lo que quieres que yo haya vivido. Y mi vida tiene muchos claroscuros que te los «has fumado».

El camarero dejó dos cervezas y un cuenco pequeño con aceitunas. Rafo cogió una, la miró como si fuera un objeto filosófico y se la llevó a la boca con parsimonia. Puso mala cara y la escupió al plato que soportaba el cuenco.

—Te estás quedando con mi vida —dijo de repente—. Te estás quedando con mis recuerdos. Y además los estás ordenando. Eso es lo peor. Te dije desde el principio que no quería orden.

—Alguien tendrá que ordenarlos. Me lo ha dicho mil veces tu editora.

—Mi vida no tuvo ―ni tiene― orden. Mi vida tiene un desorden aburrido y caprichoso y la editora no puede imponerme su criterio.

—El libro sí lo necesita.

Sufrí la mirada de Rafo que pasó de ser limpia y brillante a una expresión oscura, endurecida y casi demoníaca. Luego sonrió con una ironía que yo ya conocía muy bien. Guardó silencio unos segundos, carraspeó y no se frenó en nada.

—Ahí está el problema. Que quieres que mi vida tenga sentido porque te sale de las narices. Como tú eres muy ordenado, me quieres ordenar a mí y eso no se lo aguanto a nadie.

Se hizo un silencio breve, pero incómodo. De esos silencios que no son descanso, sino espera.

—Has quitado cosas —continuó Rafo—. Cosas importantes. Momentos oscuros de mi vida que quería que contaras. Y tú los has desechado como cuando antes se tiraba una colilla por la ventanilla del coche, hubiera campo o no.

—También he quitado cosas que no le importan a nadie. Lo tengo clarísimo.

—A ti no te importan. A mí sí. Y te debería bastar. El que te dio un anticipo fui yo.

—Otra vez la maldita pasta, joder. Si contáramos todo, el libro tendría tres mil páginas.

—Pues tres mil páginas.

—La editora te mata y no te leería nadie.

—Eso me importa un carajo porque sería mi libro.

—Pero ten en cuenta que, aunque no te guste, la editorial pone un dinero del que le gustaría recuperar algo.

Rafo salió sin decir nada, como siempre, a fumar un cigarro en la calle. Le importó un carajo que yo me quedara con la palabra en la boca. Él quería que ese cigarro estuviera marcando el ritmo de la discusión.

—Siempre la editora, siempre los lectores, siempre el mercado, siempre la estructura. ¿Y yo? ¿Dónde quedo yo?

—Tú estás en todo el libro.

—No. Estoy en tu versión de mí.

Bebí un trago largo de cerveza. Sabía que aquella conversación ya la habíamos tenido otras veces, pero nunca con ese tono. Esta vez Rafo parecía más cansado que enfadado.

—Te voy a decir una cosa —continuó Rafo—. Yo no quería escribir un libro. Yo quería recordar. Los libros, después de los fracasos que he tenido con la poesía, no me importan nada. Quería uno que fuera mío.

—Pues eso estamos haciendo.

—No. Recordar es desordenado. Es injusto. Es caprichoso. Son verdades a medias. Es repetir siempre las mismas historias y olvidar las importantes. Lo que tú haces es otra cosa.

—¿El qué?

—Ponerme un final. Tú quieres liquidarme. Y antes, desaparezco.

Yo no respondí a tal sentencia. Rafo con un gesto lento volvió a coger una aceituna y en esta ocasión la masticó y se la tragó.

—Ves, eso hago yo contigo como me sigas tocando las narices.

—No te comprendo. Hoy estás dispuesto a decir lo que te dé la gana cueste lo que cueste.

—No quiero final —dijo—. Mi vida no tiene final. Tiene interrupciones. Tiene desgracias. Tiene unas comeduras de coco terribles. Tiene mis obsesiones, mis crisis emocionales y mis fracasos.

En ese momento apareció Carmen, la editora, como si alguien la hubiera invocado sin querer. Luego me enteré de que la había citado Rafo. Llegó con una carpeta debajo del brazo y cara de persona que ha tomado una decisión.

—Buenas tardes —dijo—. Veo que ya habéis empezado sin mí.

Se sentó sin pedir permiso, dejó la carpeta sobre la mesa y me miró primero a mí y luego a Rafo.

—Tenemos un problema, Houston.

Rafo levantó las cejas, divertido. Le hizo gracia la forma de entrar en la conversación.

—Siempre hay problemas cuando aparece un editor. El editor es símbolo de problemón. Son expertos en acrecentarlos para arrimar la ascua a su sardina.

—El libro se está pasando de extensión. Y mucho. Habíamos acordado una cosa y tú estás haciendo otra.

—Yo no he acordado nada —respondió enfadado Rafo—. Yo solo cuento mi vida. Mientras decía esto, Carmen sacó un papel firmado por ambos con las condiciones acordadas. Se lo entregó. Rafo ni lo leyó. Su actitud habitual cuando algo le puede sacar los colores.

—Rafo, tienes que entenderlo, tu vida no cabe en ochocientas páginas.

—Pues quitamos páginas.

—Eso es exactamente lo que hay que hacer.

—No. Quitamos páginas en blanco.

Lo único que pude hacer yo fue sonreír ante tal estupidez. Carmen no. Carmen frunció el ceño porque no entendía que hubiera un conflicto en lo ya acordado.

—Además —continuó Rafo—, quiero que el papel no sea reciclado.

—¿Cómo?

—Papel bueno, de gramaje en condiciones. De ese que huele a libro de antes.

—Eso encarece la edición.

—También quiero ilustraciones. Unas quince.

—Esto no es un libro infantil.

—No. Es mi vida. Y mi vida tiene dibujos. Y no me toquéis las narices, que si no me las hace esta persona ―les entregó un papel con un nombre― os jodo el libro.

Carmen cerró la carpeta despacio, como quien se arma de paciencia.

—Rafo, no puedes cambiar todo ahora. Hay un presupuesto, un número de páginas, un calendario…

—Yo llevo toda mi vida sin decidir nada y ahora, que puedo hacerlo, queréis decidir también cómo la cuento.

La frase cayó sobre la mesa como un objeto pesado. Carmen y yo nos miramos sin decir nada.

—Siempre ha sido así —continuó Rafo—. Mis colegios, mis estudios, mis novias, mis horarios… Todo lo decidían otros. Y ahora resulta que tampoco puedo decidir cómo termina mi vida en un libro.

—No es tu vida —dije yo en voz más alta—. Es una novela.

Rafo me miró fijamente.

—Ese es el problema. Que tú crees que es una novela y yo sé que es mi vida. Me estáis jodiendo la tarde.

Nadie habló durante unos segundos. El bar seguía con su ruido normal: vasos, conversaciones, una máquina de café, una cucharilla golpeando un plato. Pero en aquella mesa parecía que todo se había detenido.

Rafo se levantó despacio, cogió el tabaco y el mechero.

—Estoy cansado —dijo—. Muy cansado.

—¿De qué? —le pregunté yo.

—De empezar siempre otra vez. De cambiar de colegio, de amigos, de vida. De empezar siempre otra vez.

Se levantó. Pagó en la barra sin mirar atrás. Carmen y yo seguimos sentados en silencio.

—Se enfadará, pero volverá —dijo Carmen.

Yo no respondí porque me temía lo peor. No había visto a Rafo de ese modo nunca. Pasaron unos minutos. El camarero se acercó con una servilleta doblada.

—Esto lo ha dejado su amigo. Dice que es para usted.

Abrí la servilleta. Había una frase escrita con bolígrafo, con una letra irregular, como si hubiera sido escrita deprisa o con la mano temblando.

La leí despacio. Me quedé quieto. Carmen me miraba sin hablar.

—¿Qué pone? —preguntó al final.

Doblé la servilleta, la guardé en el bolsillo y pedí otra cerveza.

Tardé unos segundos en responder.

—Nada —dije—. No pone nada importante. Pero no era verdad.

En la servilleta Rafo había escrito:

«Siempre creí que mi vida empezaría cuando yo quisiera. Un día me di cuenta de que esa oportunidad ya había pasado».

Miré la puerta del bar por la que Rafo había salido unos minutos antes. Pensé en llamarlo. Pensé en salir a buscarlo. Pensé en llamarlo por teléfono, pero me di cuenta de que había dejado el móvil en la mesa. Lo desbloqueé y vi que había borrado absolutamente todo y que sólo estaba en la lista de teléfonos el mío. Deduje, lleno de perplejidad, que, en esta ocasión, no era lo mismo que en anteriores arrebatos. Pero no hice nada. Estaba bloqueado.

Mientras, Carmen, sin comprender la situación, se marchó después de dejar sobre la mesa los papeles del acuerdo rotos en mil pedazos.

Me quedé sentado, con la cerveza delante, aturdido por el ruido del bar, mientras pensaba que, después de dos años escribiendo su vida, quizá nunca había llegado a conocerlo del todo.

Saqué la servilleta del bolsillo y la volví a leer. Luego abrí el ordenador. Y empecé sin él a escribir el final. 

CAPÍTULO XXXVII DE ‘HATROZ’.- LOS CATORCE Y ALGO MÁS

El gran acontecimiento de aquellos meses fue el primer guateque. Para Rafo y sus amigos del Calderilla aquello tenía la importancia de una ceremonia de iniciación. No era una simple fiesta: era la confirmación de que estaban dejando atrás la infancia.

Durante los días previos apenas pudo estudiar. Iba del quinto al primero (pisos de la vivienda y la consulta de su padre, respectivamente) con la excusa de consultar una enciclopedia en el despacho de su padre, subiendo y bajando escaleras para alargar un trabajo escolar que le importaba muy poco y una espera que le importaba muchísimo. Su madre creía ver en aquel ir y venir una aplicación desconocida en su hijo. Rafo, en cambio, solo pensaba en la fiesta, en Maite, en cómo moverse, en cómo hablar, en cómo no quedar en ridículo.

Porque esa era una de sus condenas: siempre se sentía el peor vestido, el menos atractivo y el más torpe del grupo. Lo pensaba al ir a una fiesta, al entrar en una clase, al ponerse frente a una chica. Aquella mezcla de vergüenza y deseo lo acompañaba a todas partes.

El guateque se celebró en casa de Juan Carlos, en la calle Daimiel. Era un piso modesto, pequeño, pero abierto siempre a todo el mundo. Rafo nunca olvidó la generosidad de aquella casa ni la simpatía de la madre de su amigo, capaz de improvisar una merienda para seis adolescentes hambrientos.

El salón estaba despejado para bailar y el comediscos presidía la habitación como si fuera un altar. Los singles se amontonaban y la música fue marcando la noche. Pero para Rafo hubo tres canciones que quedaron unidas para siempre al nombre de Maite: Samba pa ti de Santana, Sellado con un beso de Bobby Vinton y El gato que está triste y azul de Roberto Carlos.

La fiesta fue una eternidad y un suspiro. Eternidad cuando Maite reía con otros o bailaba lejos de él. Suspiro cuando la tenía cerca.

Bailaron varias veces. Hubo incluso besos, torpes y nuevos, que Rafo no supo colocar en ningún sitio conocido de su vida. Durante semanas se hizo la misma pregunta sin encontrar respuesta: ¿Estoy realmente saliendo con Maite?

Ella nunca daba una respuesta clara. Cuando él intentaba concretar algo, ella se escabullía con frases ligeras, como si todo aquello perteneciera a un territorio donde las palabras estorbaran.

El guateque terminó con un sabor agridulce. Un chico invitado por uno de la pandilla robó dinero en la casa y aquello acabó con los guateques para siempre. Aquel primer y último guateque quedó así fijado en la memoria de Rafo: felicidad y final al mismo tiempo.

Con el paso de los meses, el grupo empezó a cambiar. Las reuniones perdieron verdad. Cada uno empezó a interpretar un papel. Ya no había confidencias como antes. Las tardes se reducían a jugar al fútbol, sentarse en un banco o escuchar canciones.

Rafo, que siempre había tenido facilidad para desligarse cuando algo le dolía o dejaba de encajarle, empezó a apartarse poco a poco.

La despedida definitiva llegó cuando terminó aquella etapa y sus amigos dieron por hecho que él seguiría con ellos en el Calderón grande. No fue así. En su casa, las decisiones importantes no las tomaba él. Llegaban ya pensadas por los mayores. A Rafo se le comunicó que estudiaría en el Cardenal Cisneros.

Juan Carlos intentó convencerlo para que no se separara del grupo. Maite, mucho más dura, se lo reprochó abiertamente. Entre ellos había quedado una mezcla de malentendidos, orgullo y cobardía que ninguno supo deshacer.

Y así, un día cualquiera del verano, Rafo dejó de verlos. Como le había ocurrido con colegios anteriores, amistades anteriores y etapas anteriores, cortó el hilo y siguió adelante.

El verano en Galicia le sirvió de refugio. Madrid parecía muy lejos. Pero en septiembre, cuando se acercaba el nuevo curso, todavía esperaba una llamada del pasado. No llegó.

El teléfono sonaba para su padre, para su madre, para su hermana, para su primo. Para él, no. El número que Maite había anotado quedó en nada. El grupo se deshizo en silencio.

Entonces empezó el curso en el Cardenal Cisneros.

Lo primero que lo impresionó fue la lista de apellidos en el tablón. Había nombres sonoros, familias importantes, historias de dinero y prestigio. Un compañero le fue explicando quién era hijo de quién. Rafo escuchaba con una mezcla de asombro y complejo antiguo, aunque pronto descubriría que también había chicos normales y familias trabajadoras.

Y allí, en el primer curso, de manera inesperada, conoció a una chica de nombre Ana. Imposible, inaccesible e inabordable. Un sueño. Una ilusión. Machacó, noche tras noche, los versos del maldito Bécquer.

La vio el primer día de clase y tuvo la sensación absurda de haberla visto ya alguna vez. Se acercó a preguntarle una tontería del comienzo de curso y ella sonrió:

—Tú espera y verás.

Aquella frase lo dejó temblando.

Días después, Ana lo llamó por teléfono para preguntarle una duda del curso. Bastó eso para que no durmiera en toda la noche. Al día siguiente la buscó con la mirada, pero no se atrevió a acercarse. Una vez más, quiso avanzar y no avanzó. Quiso hablar y no habló. La has cagado, amigo, le dijo Luis, su compañero desde el primer día. No está hecha la miel para la boca del asno, le sentenció.

Se dio cuenta entonces de que su vida empezaba a llenarse de momentos en los que no hacía lo que quería hacer. Y esa sensación, sin saberlo todavía, lo acompañaría durante muchos años. 

CAPÍTULO XXXVI DE ‘HATROZ’.- LOS CATORCE

Rafo llevaba días pensando en mandar a paseo al narrador. Es decir, a mí. Decía que le corregía demasiado, que cambiaba sus palabras, que le quitaba la improvisación a sus recuerdos. Yo sostenía que solo intentaba poner orden en aquel caos para que los lectores no se perdieran. Discutíamos cada vez más a menudo, como si uno no pudiera existir sin el otro.

—Yo soy el que cuenta mi vida —decía Rafo—. Tú solo escribes.

—Yo escribo para que te entiendan —respondía yo—. Si fuera por ti, empezarías una historia por el final y la acabarías en la mitad.

Aquel día, después de fumar un cigarro en la calle y volver más tranquilo, Rafo anunció que iban a dar un salto en el tiempo.

—Vamos a los catorce años. Ahí empezó todo.

Y yo empecé a escribir.

Rafo tenía catorce años y estaba intranquilo. Sus padres esperaban que el nuevo instituto fuera el lugar donde por fin enderezara su rumbo. Aquella mañana desayunaba un tazón de leche con Cola Cao y unas magdalenas mientras pensaba en el nuevo centro, en los recreos, en los compañeros, en el miedo a volver a empezar otra vez.

Ya había pasado por varios colegios y en ninguno había encajado del todo. Recordaba especialmente el primero, donde los profesores le obligaban a escribir con la mano derecha porque la izquierda no era la correcta. Le sujetaban la mano izquierda en la espalda mientras escribía. Años después, cuando lo contaba Rafo, la gente no entendía esos métodos, pero en aquellos años era normal y nadie lo discutía.

En el otro colegio, el profesor de gimnasia, un excampeón de España, le llamaba siempre timorato, miedoso, infantil. Rafo buscó la primera palabra en el diccionario cuando llegó a casa y no le gustó nada. Él no se consideraba cobarde, simplemente no servía para subir cuerdas ni hacer proezas físicas. Pero aquella palabra se le quedó clavada durante años como una etiqueta injusta.

Al final también tuvo que dejar ese colegio. Oficialmente porque no encajaba académicamente; en realidad, también porque la subida de cuotas hacía imposible que su familia pudiera seguir pagándolo. Se fue sin amigos y con la sensación de ser siempre el que no encajaba en ningún sitio.

Por eso el nuevo centro, un instituto, era otra oportunidad.

Su padre lo llevó en un Seat 127 hasta el Calderilla ―así fue bautizado posteriormente―. El edificio era pequeño y modesto, pero el director los recibió en la puerta como si fueran importantes. Aquello le gustó mucho a su padre y tranquilizó a Rafo.

Entró en clase acompañado por el director y lo sentaron junto a un chico llamado Serafín. El día pasó sin sobresaltos. Respondió bien a un par de preguntas y nadie se metió con él. Para Rafo, aquello ya era un éxito.

Pero lo importante ocurrió al salir del instituto.

Cuando se dirigía a la parada del autobús, oyó que alguien gritaba su apellido. Un grupo de compañeros estaba sentado en un banco cerca del río Manzanares y le hicieron señas para que se acercara. Dudó. Había chicas. Eso lo puso todavía más nervioso.

—Quédate con nosotros, queremos conocerte —le dijeron.

Rafo se disculpó torpemente diciendo que tenía que irse, que otro día se quedaría, que tenía que pedir permiso a sus padres. Se fue al autobús pensando en qué excusa inventar para poder quedarse con ellos al día siguiente. Finalmente dijo en casa que querían jugar un partido en el patio del colegio y sus padres le dieron permiso, pero con advertencias muy claras: como incumpliera algo, se acababan «ciertas libertades».

Al día siguiente se quedó con el grupo en el banco. Allí cantaban canciones, alguno tocaba la guitarra, algunos fumaban y todos parecían moverse con una naturalidad que él no tenía. No hablaban de los coches de sus padres ni de casas en la sierra. El ambiente era distinto, más sencillo, más real.

En un momento, uno de ellos le ofreció un cigarro. Todas las miradas se clavaron en él. Sabía que aquello era una especie de prueba de entrada al grupo. Lo cogió con torpeza, temblando, y dio una calada que casi le hace toser. Pero aguantó. Había superado la prueba.

Miró el reloj. Tenía que irse. No sabía cómo despedirse. Entonces una chica llamada Maite le dijo que si quería lo acompañaba a la parada del autobús. La parada estaba a dos minutos, pero ese fue el paseo más largo y más corto de su vida al mismo tiempo.

Fue la primera vez que Rafo sintió algo distinto al mirar a una chica. Caminaban en silencio, rozándose las manos sin querer. Cada roce era como una descarga eléctrica. Ninguno decía nada porque no sabían qué decir, pero los dos querían que el camino no terminara nunca.

El autobús llegó demasiado pronto. Subió torpemente y apenas pudo despedirse. Desde dentro intentó verla otra vez, pero el autobús arrancó y desapareció.

Durante todo el trayecto, durante la merienda, durante la cena y durante la noche, Rafo no pudo dejar de pensar en la mirada de Maite. Algo había cambiado dentro de él.

Al llegar a casa dijo que iba a estudiar y se encerró en su habitación. Intentó abrir el libro que estaba leyendo, pero no podía concentrarse. Solo pensaba en lo que había pasado aquella tarde. En la mirada. En las manos. En el paseo. En el autobús.

Cogió un papel e intentó escribir algo. No sabía muy bien qué. Estaba nervioso, desordenado, lleno de ideas que no sabía cómo poner en palabras. Escribió unas frases, las tachó, volvió a empezar y al final lo dejó.

Guardó el papel en el doble fondo de un cajón de su escritorio, como había leído que hacía un personaje de una novela que escondía cartas de amor.

Apagó la luz, se tumbó en la cama y se quedó mirando al techo. No sabía exactamente qué le estaba pasando, pero tenía la sensación de que aquel día, sin que nadie se lo hubiera explicado, había empezado a hacerse mayor.