Tuve muchas dudas, pero al final, volví al bar de nuestra ruptura al día siguiente a la misma hora. Después de varios intentos había logrado quedar de nuevo con Carmen y como me resultó imposible localizar a Rafo ayer por la noche lo dejé al albur de su voluble intuición. Me pateé los cinco o seis garitos que suele o solía frecuentar «el fugado», pero nadie lo había visto.
—No ha venido hoy por aquí, y eso sí que es raro, me dijeron en los seis locales que visité. Parecía que se habían enviado por guasap la misma respuesta.
Después de mi infructuosa búsqueda, me senté en casa al ordenador y escribí un borrador de epílogo que me gustaría que lo leyeran Rafo y Carmen. Yo, como siempre, con ese maldito complace que me bloquea las ideas cuando hablo de Rafo.
No fue una decisión fácil volver al mismo sitio. Dudé muchísimo. Pensé, tal es Rafo, que evitaría el lugar que había sido el escenario de su huida. Además, tampoco quería que se convirtiera en una costumbre por cómo me miró el camarero al entrar. Otra vez Al Pacino en El padrino. Fue más bien una forma de aplazar algo que ya intuía, pero que todavía no quería formular con claridad. Como si repetir exactamente el mismo gesto —la misma hora, la misma bebida, la misma mesa, incluso la misma forma de sentarme— pudiera mantener en suspenso lo que había pasado la tarde anterior.
El camarero que me reconoció al instante no hizo ningún comentario, pero en su manera de dejar la cerveza sobre la mesa había una mínima pausa, como si esperara a que yo dijera algo más, como si aquel sitio, de pronto, necesitara una explicación.
—¿Y su amigo? —preguntó finalmente. Mire que era raro el tío.
Tardé un segundo de más en responder.
—Vendrá. Vendrá y le podrá decir a la cara todo lo que piensa de él, respondí seco y cortante como Jack Nicholson en Mejor…imposible, que interpreta a Melvin Udall, un escritor con trastorno obsesivo-compulsivo y que trata a todo el mundo con desprecio y sarcasmo.
No sonó convincente. Ni siquiera para mí. Estaba claro que mis poses de malhumorado con comentarios hirientes y respuestas secas era una mala interpretación por mi parte del gran Nicholson.
Asintió con una neutralidad aprendida y dejó también el cuenco pequeño con aceitunas. Las miré durante un rato. Recordé el gesto de Rafo, su manera de examinarlas como si escondieran algo más que su sabor, como si fueran una prueba o una provocación. Cogí una. La mastiqué sin ganas. No tenía nada de especial, quizá un regusto a nevera vieja de bar.
Saqué su móvil del bolsillo. Lo había cargado durante la noche. Me sorprendió lo rápido que uno incorpora a su rutina los objetos de otro, como si fueran provisionales pero necesarios. Lo encendí otra vez, aunque sabía lo que iba a encontrar.
Nada. Ni mensajes. Ni llamadas. Ni rastro de una vida que, hasta hacía unas horas, parecía desbordarse en todas direcciones. Abrí de nuevo la lista de contactos, por si ayer lo hice mal, pero nada, sólo estaba mi número. Volví a cerrarla.
Probé a llamarme desde su teléfono. Escuché el tono en mi propio bolsillo. Durante unos segundos mantuve ambos móviles en la mano, como si aquel eco absurdo fuera una forma de comprobar que algo seguía funcionando, aunque no supiera exactamente qué.
Pedí otra cerveza.
El bar seguía igual: conversaciones superpuestas, una silla arrastrándose, la máquina de café expulsando vapor con ese ruido breve y agresivo que siempre interrumpe todo. Nada había cambiado. Y, sin embargo, había algo desplazado, como si una pieza invisible se hubiera movido y el resto siguiera sin darse cuenta.
Miré la puerta varias veces al principio. Después, cada vez menos.
A la segunda cerveza ya no esperaba verlo entrar, pero aún no aceptaba del todo que no lo haría.
A la tercera, lo entendí. No iba a volver.
No hubo una revelación clara. No hubo un momento exacto. Fue más bien una acumulación de pequeñas certezas: el silencio del móvil, la repetición inútil de los mismos gestos, la sensación cada vez más nítida de que todo lo que pudiera hacer ya llegaba tarde.
Llegó Carmen y se sentó frente a mí sin decir nada. Bueno sí: tengo diez minutos.
—Rafo no quiere sacrificar la textura del papel. El verjurado no es un capricho, es parte de la respiración del libro —le dije, sin levantar la vista del ordenador.
—La respiración no paga la imprenta —respondió Carmen—. Ochocientas páginas en verjurado encarecen el coste un 40%. Eso no es estética, es inviabilidad y antiecológico.
—Inviable es publicar una vida ajena como si fuera un folleto. Esta historia exige cuerpo, peso, permanencia. El lector debe sentir que sostiene una vida, no un resumen.
Carmen no entendía nada. Vio con plausible sorpresa, que me había situado en el «bando» de Rafo.
—El lector también debe poder comprarla —replicó ella—. Y terminarla. Nadie está pidiendo un folleto, solo criterio. Tienes tres escenas redundantes, veinte páginas que repiten la misma emoción.
—Repetición no es redundancia, es insistencia. Así funciona la memoria.
—Y así se pierde el ritmo —cortó la editora—. Además, Rafo quiere decenas de ilustraciones. Cada una implica derechos, diseño, ajustes de tinta. El presupuesto se dispara y el calendario se rompe.
—Las ilustraciones son evidencia, no ornamento. Anclan la ficción en lo tangible. Sin ellas, el lector sospecha.
—El lector sospecha cuando el libro se vuelve indulgente —dijo ella, ya sin disimular el cansancio—. Tu protagonista ocupa todo el espacio, incluso el de quien lo lee.
—Porque esa es la tesis: una vida que invade otras. Quitarle espacio sería traicionarla.
—No te pido traición, te pido edición —respondió con firmeza—. Reducimos un 15%, seleccionamos cinco ilustraciones esenciales y cambiamos a un offset de calidad. Mantienes intención, ganas lectores.
—Pierde materia el libro —insistí yo—. Pierdo la fricción que obliga a quedarse.
—Ganas claridad —dijo ella—. Y un libro que puede existir fuera de tu mesa. Si no cedes en nada, no habrá libro. Habrá un objeto imposible.
—¿Y si lo imposible es precisamente lo necesario?
—Entonces publícalo como pieza única en otra editorial —concluyó la editora—. Pero si quieres un fetiche, yo no estoy dispuesta a poner ni un euro.
Miró el reloj y lo soltó como una bomba:
—Como sospechaba tu sumisión a Rafo, te dejo aquí los originales de los contratos que hemos firmado y te libero de cualquier compromiso. Silencio. Pues eso, hasta nunca; y, si cambiáis de opinión, vuélveme a llamar. Adiós.
Me quedé desnortado: sin protagonista de la historia y sin editora. Me levanté bruscamente, dejé el dinero de la consumición y me fui frustrado y muy desanimado.
Durante los días siguientes repetí los mismos movimientos, como si con ello pudiera comprender lo que estaba viviendo.
Fui a su casa con una terquedad pasmosa. Llamé varias veces. Esperé en el rellano mucho más tiempo del necesario, escuchando ruidos que no tenían nada que ver con él. Nada.
Busqué otra vez en los lugares que había mencionado en el relato de su historia, en esas conversaciones caóticas que yo mismo había ordenado y reducido para que encajaran en una narración. Me di cuenta entonces de que sabía muy poco de él. O peor aún: que sabía sólo lo que él había decidido contarme.
Llamé a dos o tres personas que yo consideraba que podrían saber algo de Rafo.
—Hace tiempo, afortunadamente, que no sé nada de él.
—Rafo siempre ha sido así. Estará encerrado en su casa sin salir y sin hacer caso a nadie.
—Seguro que aparece. Él me comentó que sufría, sin ser reconocido por un psiquiatra, una especie de conjunción de agorafobia, depresión leve y ansiedad social. Me lo dijo cuando rechazó el ofrecimiento de una antigua alumna para que unos conocidos de ella ojearan su obra literaria. Ahora mismo, seguro que sufre un miedo hatroz a salir de casa, no tiene motivación alguna y le aterra ser juzgado o humillado por otras personas. Me lo sé de memoria.
Esa frase de que «no tengo ni idea», la repitieron los tres con una facilidad inquietante, como si fuera una forma de cerrar la conversación sin comprometerse con nada.
Volví muchas veces a la servilleta. La extendía con cuidado, como si el gesto pudiera alterar lo que decía.
«Siempre creí que mi vida empezaría cuando yo quisiera. Un día me di cuenta de que esa oportunidad ya había pasado».
Al principio busqué un sentido preciso, una clave, algo que justificara su salida, que la convirtiera en una decisión comprensible. Luego dejé de buscar.
La frase empezó a tener un claro significado: Siento que ya perdí mi momento. No veo forma de empezar de nuevo, así que preferiría desaparecer antes que seguir viviendo así.
Carmen me llamó una semana después.
Su tono era más contenido de lo habitual, pero más amistoso, como si hubiera decidido no entrar en terrenos que no controlaba.
—¿Sabes algo de Rafo?
—No. Me aseguran los conocidos que está encerrado en su casa. Es como si su mente le dijera que salir es peligroso o demasiado difícil, y quedarse en casa es lo único que le hace sentir seguro, aunque eso le limite la vida.
Hubo un silencio más largo de lo necesario.
—¿Y el libro? —dijo finalmente.
Miré la pantalla del ordenador, que seguía abierta desde aquella tarde. El cursor parpadeaba en una línea en blanco que no recordaba haber dejado así.
—No podemos esperar indefinidamente —añadió.
—Ya. Pero tú rompiste el compromiso unilateralmente. No entiendo esta llamada, sino es por un gesto de humanidad.
—¿Qué vas a hacer?
Tardé en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla implicaba aceptar algo que hasta ese momento había mantenido en suspenso.
—Terminarlo.
—¿Cómo? ¿Sigues en el bar de la fuga?
Apoyé los codos en la mesa. Miré la servilleta doblada a un lado del teclado.
—Sin él.
Carmen no respondió con rapidez. Aguantó unos segundos. Supuse que, por primera vez, no tenía nada que corregir.
—Es que me jodería que apareciera en otra editorial como yo te había propuesto por última vez.
Colgué.
Me quedé un rato sin escribir.
Y entendí entonces que, por primera vez desde que había empezado todo aquello, no era una cuestión de narrar y ordenar su vida. Era una cuestión de decidir qué hacer con su ausencia.

Te comprendo lo del complace. Lo que no entiendo es tanto Rafo. Eres suficiente para no depender de él. LOLA.
Con las ausencias se puede hacer todo, hasta vivir con ellas.