El gran acontecimiento de aquellos meses fue el primer guateque. Para Rafo y sus amigos del Calderilla aquello tenía la importancia de una ceremonia de iniciación. No era una simple fiesta: era la confirmación de que estaban dejando atrás la infancia.
Durante los días previos apenas pudo estudiar. Iba del quinto al primero (pisos de la vivienda y la consulta de su padre, respectivamente) con la excusa de consultar una enciclopedia en el despacho de su padre, subiendo y bajando escaleras para alargar un trabajo escolar que le importaba muy poco y una espera que le importaba muchísimo. Su madre creía ver en aquel ir y venir una aplicación desconocida en su hijo. Rafo, en cambio, solo pensaba en la fiesta, en Maite, en cómo moverse, en cómo hablar, en cómo no quedar en ridículo.
Porque esa era una de sus condenas: siempre se sentía el peor vestido, el menos atractivo y el más torpe del grupo. Lo pensaba al ir a una fiesta, al entrar en una clase, al ponerse frente a una chica. Aquella mezcla de vergüenza y deseo lo acompañaba a todas partes.
El guateque se celebró en casa de Juan Carlos, en la calle Daimiel. Era un piso modesto, pequeño, pero abierto siempre a todo el mundo. Rafo nunca olvidó la generosidad de aquella casa ni la simpatía de la madre de su amigo, capaz de improvisar una merienda para seis adolescentes hambrientos.
El salón estaba despejado para bailar y el comediscos presidía la habitación como si fuera un altar. Los singles se amontonaban y la música fue marcando la noche. Pero para Rafo hubo tres canciones que quedaron unidas para siempre al nombre de Maite: Samba pa ti de Santana, Sellado con un beso de Bobby Vinton y El gato que está triste y azul de Roberto Carlos.
La fiesta fue una eternidad y un suspiro. Eternidad cuando Maite reía con otros o bailaba lejos de él. Suspiro cuando la tenía cerca.
Bailaron varias veces. Hubo incluso besos, torpes y nuevos, que Rafo no supo colocar en ningún sitio conocido de su vida. Durante semanas se hizo la misma pregunta sin encontrar respuesta: ¿Estoy realmente saliendo con Maite?
Ella nunca daba una respuesta clara. Cuando él intentaba concretar algo, ella se escabullía con frases ligeras, como si todo aquello perteneciera a un territorio donde las palabras estorbaran.
El guateque terminó con un sabor agridulce. Un chico invitado por uno de la pandilla robó dinero en la casa y aquello acabó con los guateques para siempre. Aquel primer y último guateque quedó así fijado en la memoria de Rafo: felicidad y final al mismo tiempo.
Con el paso de los meses, el grupo empezó a cambiar. Las reuniones perdieron verdad. Cada uno empezó a interpretar un papel. Ya no había confidencias como antes. Las tardes se reducían a jugar al fútbol, sentarse en un banco o escuchar canciones.
Rafo, que siempre había tenido facilidad para desligarse cuando algo le dolía o dejaba de encajarle, empezó a apartarse poco a poco.
La despedida definitiva llegó cuando terminó aquella etapa y sus amigos dieron por hecho que él seguiría con ellos en el Calderón grande. No fue así. En su casa, las decisiones importantes no las tomaba él. Llegaban ya pensadas por los mayores. A Rafo se le comunicó que estudiaría en el Cardenal Cisneros.
Juan Carlos intentó convencerlo para que no se separara del grupo. Maite, mucho más dura, se lo reprochó abiertamente. Entre ellos había quedado una mezcla de malentendidos, orgullo y cobardía que ninguno supo deshacer.
Y así, un día cualquiera del verano, Rafo dejó de verlos. Como le había ocurrido con colegios anteriores, amistades anteriores y etapas anteriores, cortó el hilo y siguió adelante.
El verano en Galicia le sirvió de refugio. Madrid parecía muy lejos. Pero en septiembre, cuando se acercaba el nuevo curso, todavía esperaba una llamada del pasado. No llegó.
El teléfono sonaba para su padre, para su madre, para su hermana, para su primo. Para él, no. El número que Maite había anotado quedó en nada. El grupo se deshizo en silencio.
Entonces empezó el curso en el Cardenal Cisneros.
Lo primero que lo impresionó fue la lista de apellidos en el tablón. Había nombres sonoros, familias importantes, historias de dinero y prestigio. Un compañero le fue explicando quién era hijo de quién. Rafo escuchaba con una mezcla de asombro y complejo antiguo, aunque pronto descubriría que también había chicos normales y familias trabajadoras.
Y allí, en el primer curso, de manera inesperada, conoció a una chica de nombre Ana. Imposible, inaccesible e inabordable. Un sueño. Una ilusión. Machacó, noche tras noche, los versos del maldito Bécquer.
La vio el primer día de clase y tuvo la sensación absurda de haberla visto ya alguna vez. Se acercó a preguntarle una tontería del comienzo de curso y ella sonrió:
—Tú espera y verás.
Aquella frase lo dejó temblando.
Días después, Ana lo llamó por teléfono para preguntarle una duda del curso. Bastó eso para que no durmiera en toda la noche. Al día siguiente la buscó con la mirada, pero no se atrevió a acercarse. Una vez más, quiso avanzar y no avanzó. Quiso hablar y no habló. La has cagado, amigo, le dijo Luis, su compañero desde el primer día. No está hecha la miel para la boca del asno, le sentenció.
Se dio cuenta entonces de que su vida empezaba a llenarse de momentos en los que no hacía lo que quería hacer. Y esa sensación, sin saberlo todavía, lo acompañaría durante muchos años.
