«HATROZ»

CAPÍTULO XXXV DE ‘HATROZ’.- PAELLITA

Ahora que lo voy conociendo día a día, Rafo es un tipo peculiar. Como decía Lina Morgan, es un hombre de taitantos años tranquilo, pausado y moderado externamente; sin embargo, en su fuero interno, es un hombre lleno de titubeos, cavilaciones y firmes incertidumbres. Muy aseado en el aspecto externo, del todo preocupado por el vestir, pero muy inseguro a la hora de decidir qué estilo de ropa adoptar. Es generoso, testarudo y con un pronto arrebatado que le lleva a tener que pedir disculpas en numerosas ocasiones, hecho que no le cuesta lo más mínimo.

No quiere contarme sus complejos físicos y psíquicos, que los hay en abundancia, asegura. Sonriendo, me dice que, como las meigas en Galicia, que «habelos, hainos». Algunos se dejan ver con demasiada claridad ―hablaré de ellos con cabal libertad cuando los perciba nítidamente― y otros laten escondidos en su interior como el secreto del confesionario. Volcado en su trabajo de profesor y en su familia, es muy consciente de que la primera faceta está llegando a su fin y de que en la segunda estará hasta que Dios quiera, como decía su padre.

Desde muy joven, preocupado por el aspecto externo de su físico y de su indumentaria. Él, quizá por herencia materna, siempre tiene en la boca ―lo decía de continuo su madre― este dicho, no sé si conocido o no: los jóvenes se arreglan para gustar y los mayores para no asustar.

Su madre, cuando estaba poseída por esa nube negra de la depresión, decía que era una enfermedad que no mataba, pero que no dejaba vivir. Por tal motivo, no es que cayera en el desaliño, eso nunca, jamás, muy presumida fue hasta su final, pero esa alegría que proyectaba cuando se veía favorecida en el espejo sucumbía estrepitosamente y daba paso a un arreglo en el que se podía leer que su estado anímico estaba poseído por una total y destructiva postración y sin fuerza alguna para pensar en un mayor acicalamiento.

Rafo, por lo tanto, heredero directo de su madre en este aspecto, cuando iba a la universidad, siempre condicionada su ropa por el presupuesto familiar, intentaba no asustar y sí gustar. No podía tener queja alguna, pues le compraban todo lo que pedía, aunque en contadas ocasiones eran sucedáneos de las marcas originales.

No quedaba otra opción. Perfectamente aleccionado por su madre, la colonia de Agua Brava lo acompañaba en todo momento, ya fuera para ir a por el pan como para asistir a la cita de fin de semana más deseada. Fue sustituida años después por Hugo Boss, a quien guarda una fidelidad absoluta. Por ejemplo, cuando iba a una fiesta, siempre pensaba que iba mal vestido y que era el que peor aspecto físico tenía. Bromeaba con el Quasimodo de Nuestra Señora de París por los tubérculos que tenía este en la cara. Este afán de infravalorarse, según los demás, ha perdurado en los años. Lo retomaremos más adelante.

En este punto me contó, sonriendo con cierta vergüenza, cómo le tuvieron que convencer a los nueve años, cuando la realidad de los Reyes Magos aún no había aflorado en todo su esplendor, que para que su padre sacara dinero del banco primero tenía que haberlo depositado en la cuenta que tenía abierta a su nombre. Con una testaruda rotundidad, basada en la ignorancia más exacerbada y exasperante, afirmaba que no, que su padre entraba en el banco sin dinero y que salía con el que él quería. Pues esa generosidad bancaria en la que Rafo creía de niño, años más tarde, por su experiencia laboral, la convirtió en un «pirañeo» absoluto.

Pasados los veinte años habitaba con Rafo un repulsivo acné. Como decía Lope de Vega, quien lo probó lo sabe. No era un acné común. Eran como imponentes vesubios que, en el momento más inoportuno, culminaban en una ulcerante redondez que vomitaba sin contención un asqueroso y sanguinolento pus. No hay casi fotos de Rafo en esa etapa de su vida. O son unas pocas que lo mismo él no controlaba. No soportaba salir de ese modo. Sus amigos dicen hoy en día que no lo recuerdan así, que todo es fruto de un calenturiento recuerdo de cinco o seis granos.

―Algo tendrían mis vesubios que, cuando mi padre me llevó a un dermatólogo amigo y compañero de carrera, este me pidió permiso para hacerme unas fotos de mi rostro y de ese modo incorporarlas a un minucioso estudio que estaban realizando en el hospital donde él trabajaba. Esto me acomplejó durante años. Yo, como ejemplo acneico en un manual de dermatología, tremendo.

Lo normal del acné es que brote en la adolescencia, no cuando ya están bien entrados los veinte años. En ocasiones, evitaba ir por la tarde a clase a la universidad ―si a mí me asqueaban los granos, qué no sentirían los que estaban frente a ellos― y me iba, solo, al cine Ventas a una triple sesión de películas. Hoy en día me arrepiento muchísimo de aquellas pellas, pero me dolía enormemente la cara y no de ser tan guapo, como dice la canción, no.

Esta pequeña exposición requería un silencio absoluto y una fijación extrema en sus ojos que se clavaban en mí despiadadamente. Quería transmitirme la zozobra que sentía en aquellos tiempos, desazón que nadie de la familia entendía, pues cualquier tema relacionado con su acné era infravalorado despiadadamente.

―Mira, mira, mira mi cara. Yo no tengo granos. Yo tengo mil arrugas como surcos para sembrar. Lo tuyo es síntoma de juventud, lo mío de vejez decrépita y achacosa. ¡Divina juventud, te vas para no volver!, decía Rubén Darío. Pues eso, que disfrutes de los granos… ¡¡¡Eso es juventud!!!

Y se quedaba imperturbable mi tío saboreando un cigarro sin filtro. Yo sentía el acné como un estigma facial que me hacía deambular de dermatólogo en dermatólogo. Me sentía ninguneado, porque nadie hacía caso de las dagas psicológicas, junto con otros motivos personales, que se estaban clavando con dolor cenital en mi espíritu. El último, ya a la desesperada, al ver mi bajísima autoestima, me aconsejó que fuera a un psicólogo y me recetó el famoso Roacután, que me alivió en gran medida, al cabo de unos meses, aunque tuviera como efectos secundarios una permanente rojez de piel, una sequedad casi absoluta de las mucosas y una hipersensibilidad a los cambios de temperatura.

Los dos, sentados frente a frente, con dos cervezas a medio consumir, estábamos en el punto álgido del día. Rafo no permitía la más mínima interrupción, pues aún ahora recuerda con tristeza ese pesaroso episodio forunculero que se prolongó durante varios años, los vitales de la juventud y de la primera madurez.

Me cuenta que un día que iba andando desde Moncloa a la facultad de Filología ―prefería la soledad de la avenida de la Complutense al bullicio de los autobuses universitarios― se encontró de frente con Asunción, una compañera que lo llevaba observando con insistencia los últimos días en la asignatura de Literatura gallega. Él, tardo y convencido de que no era digno de su atención, evitaba siempre esa mirada, ya que algo había en esa mujer que le perturbaba notablemente y le hacía escribir de noche versos tórridos y desnudos.

―Hola, Rafo. ¿Ya no vas a Literatura gallega? Mira que es difícil verte. Te vendes caro, ¿eh? Y, según Rafo, mientras le decía esto le clavó los ojos en el lateral izquierdo de la nariz donde habitaba un grano similar al volcán Etna.

―Llevo unos días regular y no he salido de casa, decía cabizbajo mientras pisaba reiteradamente el suelo con unos botos camperos ya muy trillados, como le gustaban a él.

―Pero… ¿Qué te pasa, tío? Yo te veo muy bien. Estás de puta madre. Ya me contarás … No sé… ¡No hay quién te entienda!

A Rafo no le atrajo siquiera el libro que sobresalía de su bolso. Llevaba persiguiéndolo desde que Rosalía de Castro y aquel profesor de Lengua lo sumergieron en la lengua gallega.

―Creo que se ve a la legua cuál es mi problema. Silencio. Rafo sentía un palpitante latido en esa zona que le bloqueaba la capacidad de hablar.

―¿Te puedo dar un beso?

Rafo, aturdido, no sabía qué decir. Dudó. Bajó la mirada, sacó un cigarro y se lo ofreció a Asun. Esta lo rechazó con absoluta normalidad, le cogió la cara con las dos manos y le dio un beso… en el grano.

―No seas, imbécil, tía. Que me da un asco terrible. ¿No ves que es repugnante?

―¡Me importa un huevo! ¿Ha sido por esto por lo que no has salido de tu casa en estos días? ¡El imbécil eres tú! ¡Te crees el centro del mundo y la gente pasa de ti! ¿No ves que a mí me importan un huevo tus granos? Me gustas tú y punto. Pero ya veo que no es recíproco.

Rafo se machacaba los padrastros de las uñas. Era incapaz de decirle que lo volvía loco, que tenía una espontaneidad natural apasionante, que el tiempo se paraba a su lado y que haría lo que fuera con tal de que no se marchara y pudieran tomar un café. Rafo no hablaba. La desesperación de Asun fue en aumento. Recortó un trozo de papel de sus apuntes, escribió su teléfono y se lo entregó decidida.

―Toma, tío, cuando te apetezca y salgas de tu imbecilidad, me llamas. O si quieres, tira el papel por el váter de tu casa. Me trae sin cuidado. Le dio un beso en la mejilla y retomó su camino en dirección a Moncloa.

Rafo, inmóvil como una estatua, ni giró la cabeza. Se dio cuenta de que había tenido una oportunidad impagable. El papel con el teléfono en la mano derecha, húmedo por el sudor, lo guardó en el bolsillo del pantalón. (Luego me enteré de que el vaquero lo echó a lavar y allá se fue el teléfono).

En los días siguientes, en Literatura gallega, Rafo observaba con tanto detenimiento como tristeza a todos sus compañeros. Asun no aparecía. Parecía que se la había tragado la tierra. Cuando le preguntó por ella a la profesora de la asignatura, esta le dijo que no era alumna, que estaba terminando el doctorado y que iba camino de Lugo para culminar su tesis sobre Aquilino Iglesia Alvariño y su etapa de catedrático de Latín en un instituto de esa ciudad.

Y, en un principio, parece que allí terminó todo. Hay almas que tienen / azules luceros, / mañanas marchitas / entre hojas del tiempo, / y castos rincones / que guardan un viejo / rumor de nostalgias / y sueños. (Federico García Lorca). 

CAPÍTULO XXXIV DE ‘HATROZ’.- LOS TRES PRIMOS

Por aquellos tiempos de la infancia los tres primos éramos inseparables. Rosa, Jorge y yo formábamos una piña inexpugnable. Parece una expresión de matices bélicos un tanto exagerada, pero era así.

Nuestro día a día se había convertido en un continuo tobogán de aventuras ―infantiles, evidentemente― en las que nos sentíamos actores de una función polifacética. Unos días navegábamos por las procelosas aguas del pilón de lavar la ropa en unos rudimentarios barcos construidos con pequeños trozos de madera; otros, nos convertíamos en expertos detectives que, en la investigación de un indescifrable asesinato, escudriñábamos en los ocultos recovecos de la casa familiar las pistas que nos permitieran revelar un determinado enigma escogido de un vistoso abanico de posibilidades; y los menos, buscábamos escondrijos donde poder pasar horas y horas a expensas de la familia en un afán desmedido de libertad y osada desenvoltura. «Aquí nadie nos puede decir: esto está prohibido», decíamos en un ritual de raigambre atávica mientras nos atiborrábamos de unas galletas de nata capturadas al «enemigo» en una acción que parecía diseñada por el más alto experto en estrategia militar.

Nuestro mundo era una burbuja. Apenas conocíamos a los vecinos y muy pocas veces salíamos de los límites de la finca. No necesitábamos el exterior para disfrutar de los placenteros veranos. Nuestro reducto familiar era lo suficientemente grande para explayarnos en infinitas andanzas peligrosas. O así las calificábamos nosotros en aquel tiempo.

Del exterior siempre nos preguntábamos lo mismo. ¿Por qué nuestros vecinos no salían nunca de su casa? Nuestros padres nos decían, en un alarde timorato de confesión, ―debían pensar que nos asustaríamos y no dormiríamos de noche― que ellos eran muy especiales, que no podían salir porque estaban poseídos por una fuerza mayor que eran incapaces de controlar. Y ahí se callaban. No nos contaban más. Está claro que ese misterio alimentaba nuestra curiosidad. En más de una ocasión acordamos indagar esta peculiaridad vecinal. Pero, no sé si el miedo a lo desconocido o el interés por otros acontecimientos, la cuestión de los adyacentes pasaba a cuarto plano. En nuestro retiro «arcádico» nos preguntábamos constantemente cómo puede ser que unas personas no salieran de su casa ni para ir a trabajar. Nos preguntábamos que no podía ser verdad. Un primo mayor, que era un paladín de lo herméticamente enigmático, nos contaba a escondidas de los mayores que eran vampiros. Nosotros temblábamos con sólo pensar en esa posibilidad. Él lo argumentaba diciéndonos que en una ocasión los tuvo tan cerca que pudo contemplar su blanca y casi pálida piel. No pueden ser otra cosa, sentenciaba. Y nos dejaba exhaustos por el miedo y boquiabiertos.

En estos quehaceres impúberes pasábamos los días de aquellos veranos inacabables, y, por tanto, agotadores.

El único acontecimiento que rompió nuestra monótona pero placentera distracción por aquellos años fue mi Primera Comunión. Bueno, nuestra; porque Jorge y yo la hicimos el mismo domingo del mes de agosto.

No mencionaré la fecha exacta por esa especie de recato impúdico que me tiene subyugado desde hace unos años. Pienso que es una deshonesta obscenidad vociferar las fechas exactas de algunos acontecimientos. Por eso, debemos hablar de los más que avanzados años 60, casi finiquitados, cuando nuestras familias decidieron que Jorge y yo recibiéramos la Primera Comunión en la pequeña capilla familiar de La Peregrina el día de la patrona de la comarca, la virgen de homónimo nombre al de la finca.

Recuerdo de forma vaga y bastante difusa los mil preparativos, y alguno más, que mi madre estuvo esbozando durante meses. El traje de marinero era algo innegociable, aunque yo me sintiera como un grumete de baja condición. Me sentía avergonzado por llevar puesto una prenda que, en mi pacato discurrir, solo les correspondía a verdaderos héroes marineros. Lo que sentía era una mezcla de sonrojo y vanagloria por emular durante unas horas a los más altos titanes de las epopeyas marinas.

Todo transcurría como se había programado. La ropa, como he dicho, perfectamente diseñada. La cruz pectoral, en la mente de mi padrino, para que yo pudiera hacer gala de ella en las fotos que nos iban a hacer de modo casi cinematográfico. El flequillo, controlado minuciosamente por mi madre. No había día que no me hiciera peinarme exactamente como lo llevaría día tan señalado. Lo retocaba con perfeccionista laboriosidad. No podía ser que me inmortalizaran esquilado como una oveja. Los zapatos, dolorosos como si fueran los de la mili y más rígidos que los que vendían a precio moderado Los Guerrilleros en plena Puerta del Sol. Y la problemática cuestión del aseo perfectamente controlada. No pasó un día en el cual, a la hora del baño, tarea que realizábamos de manera poco concienzuda, nuestras madres ―la de Jorge y la mía― entraban intempestivamente en el cuarto de baño para controlar con rigurosa meticulosidad las orejas, los pies y las rodillas, entre otras partes más que propensas a ir almacenando, como decían ellas, «kilos de suciedad».

Ahora, con el devenir de los años, recuerdo que aquellos días que precedieron a nuestro tercer sacramentar fueron un torbellino de apercibimientos, exigencias y enseñanzas. Del primer sacramentar (bautismo) no tengo el menor recuerdo, pues se llevó a cabo apenas nacido, y el segundo (confesión y penitencia) lo experimenté con un nerviosismo tan extraordinario que me resulta imposible hoy recordar la expiación que me impusieron.

Entre apercibimientos, exigencias y enseñanzas por parte de los mayores de la casa, nuestras vidas transcurrían en un rocambolesco afán de guardar en el más alto de los secretos nuestras empresas de divertimento. Por aquellos días era muy difícil, pues casi de forma preceptuada y cronometrada, éramos requeridos por nuestros padres cada pocos minutos, para ver si seguíamos en perfecto estado de «conservación». Se temían lo peor. Los niños están hechos de la piel del diablo, decía una autoridad eclesiástica. Mi buen padre hablaba de la inocencia infantil y que era imposible presuponer mala intención en nuestras acciones, aunque éstas fueran lo más descabellado del planeta tierra. Deje, deje, que no sería el primer rapaz que tiene que retrasar la recepción de la sangre y el cuerpo de Jesucristo porque de modo horrendo y siniestro ha actuado contra la Santa Madre Iglesia. Mi padre no estaba de acuerdo con tan severa presunción, pero de modo educado y reverente callaba ante las reiteradas admoniciones de tan querido sacerdote.

Y llegó la víspera de tan señalado día. Jorge y yo estábamos muy nerviosos. Casi no pudimos pegar ojo. Todo era un permanente contencioso con nuestros padres. No recuerdo el sinfín de avisos, consejos y prevenciones. No os subáis a los árboles, no os tiréis con el patín por la verja, no juguéis al fútbol. ¡Uf! Menos mal que mañana se acaba todo, nos confesábamos los tres. Como esto dure más, tenemos que emigrar a América. Sin entender muy bien esta frase, la repetíamos constantemente. Era una muletilla que un tío mío, cuando se enfadaba con sus hermanas, soltaba abruptamente. Con ella lograba «animar» el ambiente que reinaba en las comidas.

Sábado. Seis de la tarde. En día tan señalado llegó nuestro juego recientemente descubierto: hacer de peluqueros. En nuestro escondite de la puerta del bosque, nos dispusimos a practicar lo que hacía nuestro entrañable Gabino cada cierto tiempo. No recuerdo exactamente quién fue el que empezó con dicha labor. Lo que sí sé es que nadie tuvo la culpa y los tres cometimos el delito. Con inusitado interés y no menos desacertada impericia nos enfrascamos Rosa, Jorge y yo en un interminable rasurado capilar. El resultado fue calamitoso: mi adorado flequillo se había convertido en una irregular colección de pelos desmadejados y enloquecidos sobre una frente que se dejaba ver ostensiblemente. Todo ocurrió precipitadamente. Ninguno fuimos consciente de la tropelía que estábamos ejecutando. El mundo cambió radicalmente para los tres. Minutos antes mi madre había estado presumiendo del tupido y rectilíneo tupé que había diseñado sobre mi casta y tersa frente.

Las voces se oyeron hasta en Compostela. La desesperación y el enojo se concentraron en mis padres, especialmente en mi madre. Toda mi labor de meses me la has tirado a la basura, y además con tu hermana en la cama por apendicitis, lamentaba mientras se dejaba caer con una creciente resignación en una silla. La indignación en su rostro era visible. Hay que sobreponerse, le dijo mi padre.

La Primera Comunión se celebró ceremoniosamente. Mi madre se encargó de contar a todo el mundo la «desfeita» (desastre, en gallego) cuando le preguntaban por la extraña desaparición de mi flequillo y la presencia de un sorpresivo peinado con una inusitada cantidad de laca. A mi primo Jorge apenas se le notó, ya que tenía ―y tiene― un pelo rizado que ocultó muy bien los trasquilones. Y a mi prima Rosa su madre le pudo disfrazar con harta paciencia los tijeretazos sufridos en su femenina melena.

No hay fotos mías de dicho acontecimiento. Me las hicieron en Madrid en el mes de noviembre. Un día que estaba en la cama con un fiebrón escandaloso. Yo no quería, pero mi madre me conminó a ello. Me levanté sin rechistar. Mi querida madre me dijo por lo bajini que sonriera como si en aquel momento hubiera recibido por primera vez la sagrada forma. Cierto es que cuando ahora contemplo esas fotos observo en mí cierto gesto de vejez prematura.

Cuando en la siesta de día tan especial parecía que todo se iba normalizando llegó la puntilla. Los mayores, después de un copioso y suculento almuerzo, dando cabezadas sonoras y estridentes; los jóvenes, desperdigados por la finca, maquinando la correspondiente salida nocturna. Y los tres pequeños sin dejarnos ver. Todos preocupadísimos porque no aparecíamos por ningún lado los primos protagonistas de esta historieta. Después de una concienzuda búsqueda nos encontraron al pie de un cruceiro que había en la finca tumbados y medio somnolientos. ¿Qué hacéis ahí?, bramó alguien. Cuando vieron entre nuestros tres cuerpos la colilla de un puro habano se dieron cuenta de que nos habíamos cogido una melopea descomunal al fumarnos, tras habérselo robado a mi tío, un puro que le habían regalado en un día tan señalado. Fue el remate de la fiesta. 

CAPÍTULO XXXIII DE HATROZ: RAFO Y YO

La tercera cerveza llegó cuando el bar estaba en plena ebullición: conversaciones ajenas casi a voz en grito, risas, apuestas de a quién le tocaba pagar, el poseedor del fondo común racaneaba con arte taurina, tortillas de patas, raciones de jamón, vasos chocando y sillas y mesas arrastrándose sobre el suelo para juntarlas… El camarero quería bajar media persiana para que la gente entendiera que llegaba la hora del cierre, pero la calle, detrás de los cristales empañados del bar, no respondía: seguía entrando gente que, haciendo fuerza para subir la persiana, se sumaba a grupos que ya estaban en pleno jolgorio. El cartel de que cerraba a las 12 de la noche, junto al cartelón de las raciones que ofrecían, era ignorado con todo descaro.

Las aceitunas seguían en medio de la mesa como pequeñas balas verdes. Rafo jugueteaba con una de ellas atravesándola con el palillo y así comprobar la dureza de las mismas después de varios días en la nevera.

Yo, sentado frente a él, lo observaba con rigor fotográfico. Cada gesto, cada movimiento de las manos, con especial atención la manía de recolocar veinte veces el teléfono, el tarjetero y el tabaco. Era como observar esa parte de mí que todavía insistía en llamarse Rafo como si el nombre pudiera ordenar mi vida.

Tenía los ojos cansados. No cansados físicamente. Era otra cosa. El agotamiento de quien ha pasado demasiados años interpretándose a sí mismo.

Bebió un trago largo de la caña y después habló sin mirarme.

—Lo que más me irrita de ti es tu manera de simplificarme. Me conviertes en una especie de caso clínico con pretensiones literarias. «Rafo, el egoísta funcional». «Rafo, el hombre que convirtió la enseñanza en refugio emocional». «Rafo, el seductor incapaz de sostener el amor». Todo muy limpio, muy bien ordenado, muy inteligente. Pero mi vida no fue así.

Me incliné hacia delante.

—Explícame entonces cómo fue.

Rafo soltó una risa breve, como si fuera de una marioneta.

—Eso haces siempre. Me provocas para que yo hable y luego tú recoges las frases como un ladrón elegante. Y me traicionas, porque manipulas lo que yo te pido que escribas. Tú no creas nada. Parasitas. Eres un mierda.

—No exageres.

—¿Que no? Mira dónde estamos. En un bar mediocre, con aceitunas de supermercado y cerveza caliente, discutiendo quién escribe un libro que en el fondo solo existe porque tú necesitas justificarme y yo necesito sobrevivirme. Esa es la verdad.

Cogió otra aceituna y la mordió lentamente. La cara de repulsión fue evidente.

—¿Sabes qué ocurre contigo? —continuó—. Que tienes la obscena comodidad de la lucidez retrospectiva. Tú apareces cuando todo ha terminado. Cuando las mujeres ya se han ido, cuando los errores ya son irreversibles, cuando las palabras pueden ordenarse. Pero yo estaba dentro del incendio. Yo era el incendio. Y yo no quiero que ordenes mi vida. Acordamos un libro al ritmo de mi vida.

—Bonita frase. Pero es normal que yo desee ordenar debidamente tus relatos. En caso contrario, no hay editor que lo quiera. Tengo que mirar por tus intereses.

Rafo sonrió con desprecio.

—¿Ves? Eso mismo. No puedes evitarlo. Todo lo conviertes en literatura porque te aterra admitir que mi vida real fue muchísimo más vulgar.

Se quedó callado unos segundos. Luego añadió, más despacio:

—La mayor parte del tiempo no era un hombre complejo. Era simplemente un hombre asustado, tímido y enmadrado.

El ventilador del techo giraba lentamente sobre nosotros, removiendo el humo y el olor a fritura de refritos. El camarero secaba vasos detrás de la barra con una lentitud resignada. Veía que llegaban las 12 y nadie se iba.

Yo bebí antes de responder.

—No estabas asustado. Estabas cómodo. En esa famosa zona de confort que se han inventado los psicólogos y que tú llevas al pie de la letra.

Rafo levantó la cabeza.

—No confundas ambas cosas.

—Las confundo porque en ti eran idénticas. Convertiste la comodidad en una filosofía de vida. Tu aula, tus libros, tus rutinas, tus alumnos adorándote, las conversaciones en los pasillos, los ligues de tres días… Todo eso te protegía de cualquier posibilidad real de fracaso íntimo.

—¿Fracaso íntimo?

—Sí. La convivencia. El compromiso. La permanencia. Que alguien te vea de verdad durante demasiado tiempo. A ti, que no sea de tu familia, no te ha visto 24 horas completas. Sin separaciones.

Rafo dejó el vaso sobre la mesa. Esta vez no hubo brusquedad. Solo cansancio.

—Hablas como si yo hubiese sido un monstruo.

—No. Los monstruos suelen ser más simples. Tú eras peor: eras encantador.

Rafo soltó una carcajada seca.

—Ah, maravilloso. Ahora soy un villano sofisticado.

—No estoy bromeando. La gente soporta muchísimo a los hombres encantadores. Les perdona cosas imperdonables porque saben escuchar, porque citan poemas, porque parecen vulnerables. Tú aprendiste eso muy pronto.

Su expresión cambió apenas. Una pequeña sombra. Había acertado.

—¿Y sabes qué es lo verdaderamente miserable? —seguí—. Que ni siquiera mentías del todo. Cuando amabas a alguien, en ese instante, lo sentías de verdad. El problema era que solo sabías amar dentro de tu propia intensidad momentánea. Después desaparecías emocionalmente, aunque siguieras físicamente allí.

Rafo me observó fijamente. Con la dedicación de un científico que maneja un microscopio de última generación. Como si quisiera descubrir hasta dónde llegaba mi crueldad.

—Te encanta hablar así —dijo al fin—. Te excita moralmente. Diseccionarme. Convertirme en un mecanismo. Pero nunca hablas de lo otro.

—¿Qué otro?

—La soledad.

No respondí.

Rafo continuó hablando, ahora más despacio, casi sin ironía.

—Treinta y siete años entrando en aulas. Treinta y siete años oyendo voces adolescentes, corrigiendo exámenes buenos y malos, preparando clases que a veces salían bien y a veces eran boicoteadas por alumnos irredentos. Treinta y siete años viendo pasar generaciones enteras mientras yo seguía allí, envejeciendo poco a poco delante de chicos que cada septiembre tenían diecisiete años otra vez. ¿Tú sabes lo que hace eso con una persona?

Bebió el final de la cerveza. Pidió otra.

No aparté la mirada. No dejé de observar el brillo de los ojos. Estaban humedecidos. Y se calló porque le flojeaba la voz. Dejó pasar unos segundos para recuperarse.

—Al principio crees que enseñas literatura. Luego descubres que en realidad enseñas entusiasmo. Después entiendes algo peor: que necesitas ese entusiasmo porque fuera del aula tu vida empieza a parecerte mediocre.

El bar quedó en silencio alrededor de su voz. Estaban escuchando la confesión de un profesor jubilado herido por la soledad. Incluso las conversaciones lejanas parecían haberse apagado.

—Los alumnos me admiraban —dijo—. Y eso era peligrosísimo. Porque yo también terminé admirando la versión de mí mismo que aparecía allí dentro. El profesor brillante. El tipo ingenioso. El hombre que siempre tenía una respuesta, una cita, una reflexión. Pero llegaba a casa… y el silencio era otra cosa. Ahí ya no había aplausos invisibles. Ahí solo estaba yo con mis padres y mi hermana y, en los últimos años, solos mi hermana y yo.

Levantó la cerveza hacia la luz. La espuma había desaparecido.

—Y yo conmigo mismo soy insoportable. Me castigo con más dureza que me castigaba don… Me callaré el nombre porque no me acuerdo. Ja. Pero me ataba la mano izquierda a la espalda porque no escribía con la diestra. Y… ahora…

La frase quedó suspendida.

Yo apoyé los codos sobre la mesa.

—Por eso fracasabas con las mujeres.

Rafo sonrió sin alegría.

—No. Fracasé y fracaso porque nunca aprendí a dejar de mirarme mientras amaba.

Sentí algo parecido a una punzada. Porque esa vez no había cinismo. Ni defensa. Solo una claridad brutal.

Rafo siguió hablando.

—Siempre había una parte de mí observándose desde fuera. Incluso en los momentos felices. Pensaba: «Mira qué bien estás haciendo de hombre enamorado». ¿Entiendes la enfermedad? Nunca conseguía desaparecer del todo dentro de la vida. Siempre había una conciencia teatralizándolo todo.

—Eso soy yo —dije.

—No. Tú eres el residuo que dejó eso. Esta frase la pronunció con un desprecio hiriente.

Nos quedamos callados. Yo, con ganas de soltarle un bofetón.

El camarero encendió otra luz más tenue cerca de la barra. El bar empezó a adquirir ese aire melancólico de los sitios que saben que pronto cerrarán.

Rafo salió a fumar un cigarro y regresó con toda rapidez.

—Y aun así tuve momentos felices.

—Claro.

—No lo dices convencido.

—Porque tus momentos felices duraban exactamente lo que tardabas en volver a pensar en ti mismo.

Rafo soltó una risa amarga.

—Puede ser. Pero al menos yo viví esos momentos. Tú no. Tú eres la autopsia de mi pasado.

La frase me golpeó más de lo que esperaba. Él lo notó.

Y por primera vez sonrió de verdad.

—Ahí está —murmuró—. Ahí apareces tú. El narrador herido. El alter ego susceptible. El juez que se enfada cuando el acusado empieza a describirlo también.

Me incliné hacia él.

—Escúchame bien. Si este libro existe es porque alguien tiene que decir la verdad sobre ti.

—¿La verdad? ¿Cuál? ¿La tuya? Porque también eres un manipulador. Tomas mis recuerdos y los editas. Exageras ciertas miserias, suavizas otras, eliminas lo ridículo y conservas solo lo literario. Tú tampoco soportas la realidad completa.

—¿Y cuál es esa realidad completa?

Rafo habló con una voz baja y firme.

—Que no fui un gran hombre ni un monstruo trágico. Fui algo muchísimo más corriente: un hombre inteligente al que le costó madurar emocionalmente. Durante años he sido un niño mayor. Nada más. Y quizá nada menos. Un profesor razonablemente bueno. Un amante intermitente. Un amigo irregular. Un egoísta educado. Eso fui.

Se inclinó hacia mí.

—Pero tú necesitas que yo sea simbólico. Necesitas convertir mi vida en una metáfora del fracaso contemporáneo o de la masculinidad tardía o de cualquier estupidez elegante. Porque si admites que todo fue simplemente humano, el libro pierde importancia.

Noté la irritación subir lentamente dentro de mí.

—No entiendes nada.

—Al contrario. Empiezo a entender demasiado.

—¿Sí?

—Sí. Empiezo a sospechar que escribes porque no sabes vivir.

El golpe fue limpio. Preciso.

Durante unos segundos no supe qué responder. Rafo aprovechó el silencio.

—Mírate —continuó—. Analizas cada emoción hasta dejarla seca. Necesitas comprenderlo todo para no sentir demasiado. Yo al menos cometí errores reales. Me enamoré mal, mentí mal, bebí mal, envejecí mal. Pero tú… tú observas. Siempre observas.

Se acercó todavía más.

—Y observar no es inocente. A veces es otra forma de cobardía.

El ventilador seguía girando sobre nosotros y las aceitunas permanecían intactas.

Afuera pasó una ambulancia dejando un reflejo azul sobre el cristal del bar.

Y entonces entendí algo terrible: Rafo tenía razón.

No completamente. Pero sí lo suficiente como para arruinarme la noche.

CAPÍTULO XXXII DE ‘HATROZ’.- PACTOS DE PAPEL

Rafo repasó, de modo obsesivo, la lista por tercera vez mientras el carísimo café del bar de Barajas le hacía un favor a sus nervios como los cinturones hacen a los pantalones: lo aprietan y, a fuerza de apretar, obligan a enderezarse. Era la lista de siempre —cargador del Nokia 3310, compra de libros, libreta, bolígrafo, camisa limpia, muda, jersey y una novela a medio leer—, pero la escribió como quien reza una letanía para conjurar el descuido que le había desarmado tantas veces: no presentarse a una cita literaria, una entrega, una oportunidad que siempre se disolvía entre su timidez y su falta de oficio.

Hoy no. Hoy no iba a dejar nada al azar. Hoy iba a Compostela no por turismo ni por impulso, sino como quien acude a una última prueba: María, la editora, le había dejado claro el precio de su atención. Si quería que leyera su manuscrito, que le diera una opinión, incluso que le abriera la puerta de una posible publicación, tendría que ceder a las reglas de su juego. «Amante», dijo ella por teléfono sin eufemismos. Él repitió la palabra en su cabeza mientras la café bajaba a su estómago y le daba coraje y vergüenza a partes iguales.

Rafo tenía cincuenta años, seguía soltero y la capacidad de un adolescente para romantizar los gestos más torpes. A esas alturas su currículum era un parche de intentos: talleres de escritura, artículos que calaban en el silencio y cuentos premiados en certámenes locales. Lo que no generaba eran contratos, ni sueldos, ni la dignidad de ser llamado escritor de oficio. Se había conformado con la etiqueta de «aprendiz de escritor fracasado» hasta que un día, por un golpe de suerte o por su persistencia insistente, consiguió que María le escuchara. Ella, dueña de una pequeña editorial, pero con criterio, le concertó una cita: «Ven a Compostela», dijo, «te leeré si vienes». Y cuando él, por una mezcla de incredulidad y deseo, preguntó cuánto, ella añadió: «Si quieres mi ayuda, tendrás que comer y dormir conmigo». Las palabras fueron un cuchillo; también fue una llave que abrió una puerta que él no sabía si era digna o apenas una rendija para su salvación como escritor.

El vuelo, corto y con pasajeros adormecidos, le dejó tiempo para imaginar. Imaginó el despacho de María, con libros alineados como soldados y una ventana abierta hacia un patio de piedra; imaginó su voz, grave y franca; la escena de entrega del manuscrito y cómo ella, después de hojearlo, le diría palabras que curaran años de rechazo. También imaginó la parte obscena del trato y se sonrojó hasta las raíces del pelo. Se rio una vez, avergonzado, y los asientos a su lado no se enteraron.

En Barajas coincidió con Jaime, viejo compañero de facultad que ahora llevaba una barba desordenada y una bolsa con libros cuya lectura parecía una promesa incumplida. Se reconocieron con la facilidad de los que comparten una historia, aunque las páginas se hayan vuelto opacas.

—Rafo, ¿eres tú? —preguntó Jaime, con esa mezcla de extrañeza y cariño.

—¡Jaime! ¡Hombre! —Rafo le estrechó la mano y luego ambos rieron como si hubieran recuperado un capítulo perdido.

Se sentaron en una cafetería y hablaron de cosas banales que sirven de puente: el trabajo, la familia, quién se había casado o divorciado. Jaime le miró con la curiosidad de quien sabe que el otro siempre está a punto de contarlo todo.

—¿A qué vas a Compostela? —preguntó, directo.

Rafo sintió la tentación de decir la verdad en su totalidad, el precio, el chantaje, la mezcla de esperanza y vergüenza, pero optó por la versión que se ha practicado desde que el mundo era menos amable: una mentira prudente, una verdad a medias.

—A ver a una editora —dijo —, a revisar unos papeles. Ya sabes cómo es esto.

Jaime pestañeó, como si viera una luz que no se explicaba.

—Suerte, entonces. Que te favorezcan las musas y las editoras.

Se abrazaron con la familiaridad de los que no se ven a menudo y Rafo, en el gesto, se sintió un poco más humano. Se despidieron. Jaime iba camino de Barcelona. Luego, el aviso de la puerta de embarque hizo que Rafo se dirigiera a la escalera móvil con la sensación de que cruzaba no solo un aeropuerto sino un umbral.

La llegada a Santiago fue un soplo de aire que no supo describir. El taxi serpenteó entre viñedos y casas bajas; la ciudad le recibió con la humedad tibia de la tarde. El taxi le dejó frente a un hotel de fachada discreta. Guardó la maleta en la habitación con la lentitud de quien negocia consigo mismo. Se miró en el espejo: cincuenta años, ojos que han conocido el desvelo por numerosos fracasos, de todo tipo, una mandíbula marcada por dos mofletes que le hacían un gesto simpático que siempre atribuyó a una cierta obesidad, y un peinado que negaba la gravedad del tiempo. Se dio una ducha larga para fingir compostura, se puso una camisa que oliera a nuevo y salió con la libreta en el bolsillo, el manuscrito dentro de una carpeta de plástico transparente, y una esperanza que se parecía a la prudencia.

La editorial de María estaba en una calle estrecha, con una placa casi imperceptible y una puerta que se abría a un vestíbulo con estanterías que olían a papel. Al cruzar el umbral, notó el silencio propio de los lugares donde las palabras se toman en serio. Una mujer detrás del mostrador lo miró y sonrió con ese gesto pequeño pero revelador que significa «estás en el lugar correcto».

—¿María? —preguntó Rafo, sin atreverse a decir que venía por la cita.

—Sube —dijo la mujer —. Ella te esperaba esta tarde.

El despacho de María no era lo que había imaginado. No había libros en perfecto orden, ni alfombra persa; había pilas de manuscritos con notas en los bordes, tazas de cafés vacías, y en una pared, fotografías pegadas sin marco. María apareció entre papeles como una aparición que no necesita anuncio. Tenía el cabello recogido de forma despreocupada y una puntualidad en la mirada que le mediaba entre la dureza y la ternura.

—Rafo —dijo, extendiendo la mano con un apretón que le gustó más por su sinceridad que por su formalidad.

Se presentaron, pero las presentaciones fueron ropa por encima de algo que no querían nombrar: el acuerdo, la condición que pesaba en el aire como un olor. María hojeó su manuscrito con una destreza que respetó a la vez que intimidó; apenas levantó la mirada y dijo lo que todos esperan y temen: comentarios precisos, cortes de escena, defectos que pulir. Rafo se sentó y habló como se habla cuando se teme que la obligación se rompa: con más verdad de la necesaria.

—Lo que buscaba… —empezó, con la voz que se parte en dos cuando uno confiesa deseos de más de lo que puede merecer.

Ella lo escuchó a medias y luego lo miró con una seriedad que convirtió el despacho en tribunal y santuario a la vez.

—Si quieres que te lea con detenimiento —dijo—, si quieres que te ayude a pulirlo y trabajarlo, hay condiciones. Ya te las dije. Te sonarán obscenas, pero hoy en día nada es obsceno. Nada.

Las palabras volvieron a abrir aquella herida vieja. Rafo se hizo pequeño en la silla, pero, a la vez, no pudo evitar una corriente de electricidad. Quiso protestar y al mismo tiempo no deseó más que aceptar. La escena que siguió fue como una coreografía pactada por dos: aceptó la condición con una mezcla de orgullo y vergüenza. Ella le dijo que le esperara.

La comida fue en un restaurante tibio, de ventanas que daban a una calle donde la luz caía en charcos. Comieron platos de la tierra, hablaron de trivialidades para no nombrar lo que había quedado fuera: del clima, del ruido del mundo, de amigos comunes. El mantel temblaba bajo el peso de las palabras que no se pronunciaban. Después, la tarde se convirtió en una cuestión de trámite y de voluntad. Visitaron algunas librerías, compraron libros, tomaron un café y a última hora volvieron al hotel.

La puerta de la habitación se cerró despacio detrás de ella. Él la miró unos segundos, como si quisiera recordar cada detalle antes de acercarse. Tenía cincuenta años y una serenidad peligrosa en las manos. Ella sonrió apenas, nerviosa, mientras dejaba caer el abrigo sobre la silla.

Él le apartó un mechón del rostro y la besó con calma, sin prisa, como quien conoce el valor exacto del tiempo. El perfume de ella se mezcló con el olor tenue del vino y la lluvia que seguía golpeando las ventanas. Ella le respondió con un beso más intenso aún. No se dejó amilanar.

Las manos comenzaron a explorarse con una intimidad antigua los dos cuerpos. Ella sintió el peso cálido de su respiración en el cuello y cerró los ojos. Él recorría su espalda lentamente, despertando algo que llevaba demasiado tiempo dormido.

El silencio de la habitación se volvió espeso. Los cuerpos se acercaron hasta perder la distancia posible entre dos personas. Ella lo atrajo hacia sí con una mezcla de deseo y desafío.

Y entonces dejaron de hablar. Sólo quedaron la respiración agitada, las caricias cada vez más urgentes y esa sensación de vértigo que aparece cuando dos desconocidos deciden dejar de ser dos y convertirse en uno.

Al terminar, en el silencio que solo admitía la respiración, María encendió un cigarrillo y lo miró con esa mezcla de certeza y distancia.

—Me debías esto —dijo—. No es personal, Rafo, es un trato profesional. Él sonrió con la ingenuidad de los que se creen vivos porque han sido amados. Ella lo besó en la frente como se besa a un alumno que ha aprendido una lección difícil.

—Mañana, a las nueve en mi despacho —añadió—. Tú vuelas a Madrid a las doce y media, ¿verdad? Eres puntual, ¿no?

Rafo asintió, como si la palabra puntualidad hubiera pasado a formar parte de su carácter. Esa noche se durmió con la sensación de haber cruzado una frontera, no de regreso, sino hacia una tierra donde quizá su trabajo tendría visibilidad. Se despertó con el alba y la certeza huella de ella en la piel. Revisó el reloj varias veces, se duchó, se vistió con una precisión sacada de la angustia y bajó a desayunar con la paciencia de quien tiene que pulir todos los detalles antes de un examen.

Dejó el hotel con una luz fría. Caminó hacia la editorial con la carpeta bajo el brazo y un estómago que hacía preguntas. Llegó puntualmente. La puerta estaba entreabierta y un silencio lo recibió como si alguien hubiera borrado todo sonido en espera del acto final. Subió las escaleras con pasos silenciosos, como los de un ladrón inoportuno. Tocó la puerta del despacho de María con la delicadeza de los que tocan reliquias.

—María —llamó, con una voz que pretendía serenidad.

No hubo respuesta. Empujó la puerta con cuidado. El despacho estaba tal cual lo había dejado: papeles ordenados en su desorden, una taza de café medio vacía, un abrigo colgado en la silla. El teléfono sobre la mesa mostró la pantalla con la hora y ningún mensaje nuevo. Miró la libreta con sus notas, buscó su bolígrafo favorito y no estaba. Las fotos pegadas en la pared seguían igual y una ventana abierta de par en par mostraba una calle donde pasaban transeúntes indiferentes. Todo en su sitio, menos ella.

Rafo esperó. Se sentó en la silla que había ocupado la noche anterior. Su paciencia no era paciente, era expectante; su corazón latía con ese ritmo peculiar de quien ha apostado una parte del alma y teme perderla. Esperó diez minutos, veinte. El reloj, puntual, marcó media hora. Llegó a la conclusión de que quizá ella tenía una reunión, una emergencia, una razón legítima para el retraso. Esperó una hora más. Llamó al móvil. Nada. Escrutó el buzón de correo electrónico del despacho por si hubiera una nota visible y encontró solo correspondencia de trabajo sin abrir. Empezó a caminar por la oficina como quien busca una señal, y en cada esquina su imaginación llenaba el vacío con versiones: un accidente en la carretera, un juez que la retuvo, una llamada inevitable. Pero la racionalidad, esa que a veces llega tarde cuando el corazón manda, le dijo: quizá no venga.

Afuera, la ciudad desplegaba su rutina como si nada hubiera pasado. Rafo sintió que el tiempo y la bondad se habían puesto de acuerdo para dejarle un hueco. Llamó a recepción del hotel para confirmar su vuelo a Madrid; quería saber si podían llamar a un taxi. Cerró las manos en torno a la carpeta, como si pudiera apretar dentro de ella la presencia de María. La carpeta, sin embargo, era solo papel.

Se dio media vuelta y salió del despacho. La calle le pareció más ancha, más indiferente. Caminó hasta el hotel, sin prisa ni prisa, conduciendo su decepción como quien guía una maleta sobre ruedas. Recogió la maleta y se montó en el taxi que ya lo estaba esperando. Los minutos perdidos en el aeropuerto fueron una sucesión de escenas neutras: viajeros, anuncios y cafeterías. Cada imagen se quedaba fuera de su cuerpo como si fuera un paisaje que no podía tocar. En el avión, se sentó junto a la ventanilla y miró el paisaje hasta que la tierra se volvió un mapa borroso. Pensó en María, en sus palabras, en la ausencia que ahora pesaba más que el encuentro. Pensó en su manuscrito, en si la entrega habría sido sincera o solo una trampa con ritmo de promesa.

Llegó a Madrid con la sensación de haber vuelto con las manos vacías y el alma cargada de preguntas sin factura. Tomó un taxi hasta su casa y, al vaciar su carpeta, notó que dentro había una nota suelta, una página que no recordaba haber leído. La tomó con la cautela de quien abre una carta que no esperaba. Era un folio manuscrito con una frase, dos, que decían: «Lo leí. Lo siento. No puedo ayudarte más». No había firma. Rafo apretó la hoja contra su pecho y la dejo caer en la mesa. Caminó por la habitación con la sensación de que había sido burlado, no por la sexualidad del trato sino por la promesa de reconocimiento que le fue retirada sin una explicación.

Se sentó en su mesa de trabajo y miró la libreta de siempre. Su hermana había salido y abrirla fue abrir un refugio y también la evidencia de su demora. Escribió una palabra larga y arriesgada: «fin». Luego tachó la palabra y escribió otra: «prueba». Se dio cuenta de que, a veces, los episodios que parecen puertas cerradas son más bien filtros que muestran qué hay que afinar. No sabía si volvería a llamar a María, si la buscaría en otras editoriales, si entablaría otra estrategia para que su obra fuese leída sin pagar con el cuerpo, con algo que, en la confusión de la edad, había confundido con la moneda legítima del reconocimiento.

Al final de la tarde, Lola intentó consolarlo y algo logró, pero había en él un fondo de fracaso que se alimentaba del silencio de los que han perdido algo que no sabían si tenía precio. Rafo sacó la libreta y se puso a escribir no para salvar el manuscrito de la edición sino para poner en palabras la escena de su propia ingenuidad. Sus frases fueron austeras, sin la grandilocuencia que a veces le traicionaba; describió la oficina vacía, el reloj inexorable, la sensación de que, en el gran comercio de las letras, él había sido servidor y no cliente.

La inmadurez que lo acompañaba a sus cincuenta años no era cosa de apariencia sino de decisiones: aceptó un precio que le urgía porque lo necesitaba; creyó que el amor o el deseo podrían ser canjeado por páginas; creyó que la editorial era un templo donde las palabras se multiplicaban por arte de fe. Ahora, solo quedaba una certeza: la redacción de su propia derrota. Pero también una posibilidad: que de esa derrota naciera un capítulo, no de la novela que llevaba en la carpeta, sino de la novela de su vida. Y con esa tenue idea empezó a escribir, porque la escritura, siempre, es modo de recomponer lo que se perdió. Y así, en su mesa de trabajo, mientras la ciudad encendía sus farolas, Rafo escribió para entender por qué había aceptado, para nombrar la humillación y, quizá, para encontrar otra forma de ganar su lugar en el mundo de las letras sin tener que pagar con lo que más le costaba dejar ir: su dignidad.

CAPÍTULO XXXI DE ‘HATROZ’.- VECINOS

En todas las comunidades de vecinos hay ovejas negras. Lo cierto es que en multitud de ocasiones no sabemos quién es el que bautiza por primera vez a determinado morador con ese calificativo. Es como una corriente comunal que amalgama a un buen número de residentes que proyectan una ira llena de prejuicios morales sobre una diana que en muchas ocasiones se percibe realmente de modo difuminado y poco transparente.

Uno de los vecinos más ignorados por mi familia en Madrid, y al cabo de pocos años me enteré que por casi toda la comunidad, era un hosco y ceñudo señor que vivía en el tercero C. Yo solo sabía tres cosas de él: que tenía una sombrerería, que fumaba como un carretero y que tenía muy malas pulgas. De lo primero tenía noticias por los comentarios del vecindario en tomo a los clientes que frecuentaban hipócritamente dicha tienda ―no le dirigían la palabra, pero compraban en su comercio―; en cuanto a lo segundo, porque siempre que coincidía con él en el ascensor ―yo no podía subir solo, pues era menor de 14 años― me hacía el enorme favor de acompañarme en el elevador mientras me atufaba con un humo asfixiante y con un aroma que me causaba auténticas náuseas; y en cuanto a lo tercero, en más de una ocasión nos había amagado a mi hermana y a mí con damos un coscorrón si no lo saludábamos con la debida preponderancia, como decía él. Hasta que un día mi hermana se rebeló y decidió no volverlo a saludar con tanto ringorrango y observancia. Acontecimiento que fue muy aplaudido y palmoteado por el portero de nuestro edificio.

Este hombre llamado Venancio Recasens era nacido en Reus, ciudad hermosísima, según sus palabras, de la provincia de Tarragona. Conoció a su mujer, una gallega de la Costa de la Muerte (de Corme, por más señas), en un viaje organizado por el ayuntamiento cormelán por la extensa geografía catalana. Lo suyo fue un flechazo, según contaba él a quien le quería escuchar, un amor a primera vista. Son los que otorgan categoría a los contrayentes, argumentaba él con sumo aplomo cuando justificaba una boda tan precipitada como fue la suya. Corrieron malas lenguas cuando contaron que se instalaban en Madrid porque era un lugar casi equidistante de sus lugares de nacimiento respectivos. Algo esconde esta parejita, murmuraba una vecina cada vez que se encontraba en la escalera con un vecino dispuesto a oír sus habladurías.

Los primeros meses estuvieron en boca de casi todos los vecinos. Mis padres, por el contrario, callaban. Cosa que a mí me mosqueaba muchísimo. Cada vez que salía su nombre, ya fuera en el desayuno, en la comida o en la cena, mis padres se miraban y guardaban silencio. Eso a mí me hacía sentirme protagonista del mayor caso que un detective debía resolver. Con mis pocos años, yo observaba, analizaba y escrutaba. Bueno, al menos lo intentaba, pues siempre me pillaban los mayores en el lugar inadecuado.

De pronto, cuando se pudo comprobar que no había sido un matrimonio precipitado ni llevado a cabo por el denominado familiarmente el sindicato de las prisas, la relación con la pareja se fue normalizando. Hasta algunos vecinos se paraban con ellos en el portal a hablar de asuntos de poca importancia. Cuando una mañana apareció una de las hojas del portal cerrada ―lo había hecho reverenciosamente el portero, Felipe― alguien explicó a los ignorantes con sumo gusto que eso significaba que había habido un fallecimiento en la casa. Indagaron los más céleres quién había sido el fenecido y estuvieron casi todos los vecinos en el velatorio como si fueran conocidos de la difunta de toda la vida. En estas situaciones hay que olvidar las rencillas vecinales, bisbiseó, cuando entraba en la casa de la extinta, la viuda del principal a doña Carmen, que fue una de las más beligerantes en la guerra contra el escándalo y a favor de una moral pública intachable.

Lo cierto es que yo me fijaba muy poco en don Venancio, como le gustaba que lo llamaran. Mi atención iba más bien dirigida a una vecinita que se llamaba Rosaura y con la que me hacía constantemente el encontradizo después de esperar minutos y minutos en la caseta del portero agachado y enroscado como un ovillo. Señora, este jovencito va a ser un galán cuando adolescente, le vaticinaba con inflexible orgullo Felipe a mi madre cuando salíamos para pasar la tarde en el Jardín Botánico.

El caso es que la mujer del vecino enfermó y murió súbitamente la víspera de Navidad de no recuerdo el año. Todo trastocó la vida que se habían prometido ambos en un gesto de generosidad mutua. Venancio cayó en el mayor de los aletargamientos anímicos jamás conocido. Y pasó a ser un hombre aún más huraño, ensimismado y receloso del trato social.

Tras la muerte de Carmen Carballido, su mujer, Venancio pasó una temporada larga encerrado en su tienda, no quería relacionarse con nadie. Hablaba con sus clientes lo justo, pues lo que sí tenía muy claro era que lo que le daba de comer (¡y bastante bien!) no se podía abandonar. Al poco tiempo, y por recomendación de su hermana Rosa, decidió contratar a una mujer para solucionar los asuntos caseros. Si das imagen de abandono, no te entrará nadie en la tienda, le justificó escuetamente. Otros, maledicentes en grado máximo, decían que esa fue una manera «muy raposeira» de solucionar un problema que se le vino encima cuando su mujer desapareció de este mundo.

Sabela Martínez era natural de Ortoño, aldea de la provincia de Coruña y muy próxima a Bertamiráns. Tanto que pertenecían al mismo ayuntamiento. Muy diligente en sus labores caseras, pero todos decían que era un tanto churrasca y lurpia (mujer de mal vivir, dirían en aquellos tiempos). De hecho, la mandaron a Madrid a ver si se corregía. Poseía una belleza natural, pero rústica. De carnes rellenas y prietas, tenía unos andares que encandilaron desde el primer momento al todavía joven viudo. Su piel tersa y nueva olía a un limpio que despertaba hasta la libido más adormilada.

Lo cierto es que en las aceras colindantes con nuestra casa empezó a corretear al cabo de varios meses un niño que era la viva imagen de Venancio. Este hijo natural dio mucho que hablar al no conocerse en ningún momento quién fue el agraciado varón que pudo acariciar el torso de Sabela y atemperarle la constante picazón que soezmente manifestaba sufrir.

―Hay que afinar muy bien en el cálculo, maliciaron algunos convecinos de la joven madre.

Lo cierto es que todos intuían algo, pero nadie osaba a decirlo públicamente.

―¿Qué se puede esperar de una mujer que tiene todo el día en la boca la frase ¡ay, señorito, cómo me pica!

―¿Se la oíste tú alguna vez?

―No, pero más de una clienta de la tienda de su señor dice y asegura que de la trastienda han salido mil veces estas palabras.

―Habladurías que crecen como la levadura.

―De habladurías, nada de nada, hombre de Dios; que al cabo de los nueve meses el verbo bien que se hizo carne.

Y entre comentarios como éste llenos de retranca irónica transcurrían muchas veladas en los conciliábulos que se organizaban en los diferentes rellanos de la escalera. Cierto es que en ese concurrido lugar pocos acontecimientos ocurrían en el devenir diario y los asiduos de las chanzas debían aprovechar al máximo cualquier nueva circunstancia. Y aquí la pobre Sabela se convirtió en el blanco de los dardos envenenados de los más asiduos del cotilleo matutino ―y vespertino― de mi querida casa. Cuando la joven pasaba por delante y daba los buenos días se hacía un mayestático silencio, que era encubridor de los más ácidos comentarios. Del interior de una casa salían con bastantes notas desafinadas algunas estrofas de una popular canción gallega: A saia de Carolina / ten un lagarto pintado, / cando Carolina baila / o lagarto move o rabo. / Co teu amor Carolina / non volvas a bailar, / que che levanta a saia / e é moi mala de baixar. / (La falda de Carolina/ tiene un lagarto pintado, / cuando Carolina baila / el lagarto mueve el rabo/. Con tu amor Carolina/ no vuelvas a bailar, / que te levanta la falda / y es muy mala de bajar).

Marcial, o filio ventureiro (hijo nacido fuera del matrimonio), ajeno a  los  comentarios de la vecindad, correteaba por las aceras golpeando, para abrirse paso, con tal contundencia a los viandantes que le iban saliendo al paso que su nombre evidenciaba una clara alusión a su fuerte estructura ósea.

―Cuspidiño (parecidísimo) a Venancio, decía don Froilán, el párroco de la iglesia de las Angustias, un hombre que tenía por costumbre ancestral desayunar pantagruélicamente en un bar que había lindando con su parroquia; y donde, de forma discreta, lo llamaban Carpanta, por su voracidad en la ingesta alimenticia.