«HATROZ»

CAPÍTULO XXX DE ‘HATROZ’.- CHAPARRÓN

Rafo se levantó al alba, cuando la casa aún estaba envuelta en ese silencio espeso que sólo existe antes de que empiece el día. La luz gris del amanecer entraba con timidez por la ventana, lo justo para iluminar las páginas gastadas de Los miserables, de Víctor Hugo, que sostenía entre las manos con una especie de reverencia doméstica. Desde hacía tiempo tenía idealizado a Jean Valjean: su fuerza moral, su lucha por redimirse, esa dignidad obstinada que parecía más grande que la propia vida. Leía con los ojos todavía pesados de sueño. A veces parpadeaba largo, como si estuviera a punto de quedarse dormido otra vez, pero siempre regresaba a la línea donde había perdido el hilo. En ese momento temprano, mientras el mundo afuera apenas comenzaba a moverse, tenía la sensación de compartir algo íntimo con aquel personaje que admiraba tanto: la idea de que incluso las mañanas más humildes podían contener una forma silenciosa de esperanza.

—¡Rafo! —gritó su hermana desde la cocina—. ¡El desayuno!

Dejó el libro con cuidado y fue a la mesa. Se sentaron frente a frente con sendos cafés con leche.

—Esta mañana me tomé la tensión nada más levantarme —dijo Lola—. 13.2 y 8. No está mal.

—Yo ya ni sé cuándo medírmela —respondió Rafo—. Antes desayunaba y me iba a trabajar. Ahora parece que el desayuno es una consulta médica: la tensión, la glucosa, el colesterol…

—La glucosa hoy me dio hoy 106 —continuó ella—. El médico insiste mucho en eso de «vigilar», como si uno viviera permanentemente de guardia con su propio cuerpo.

—El jueves tengo analítica —dijo Rafo—. Y ya estoy pensando en el colesterol. Yo no creo que comamos tan mal, pero ahora cualquier cosa parece peligrosa. Uno mira la tostada como si fuera un dron cargado de bombas.

—Bueno, algo habrá que vigilar —concedió Lola—. En la última analítica yo bajé de 220 a 201. Hemos cambiado la mantequilla por esta margarina que no sabe a nada y la mermelada «con» por la mermelada «sin», que tampoco sabe a gran cosa.

Rafo sonrió e hizo un gesto con queriendo decir que en el pasado no había tanta «vigilancia médica».

—Antes el desayuno era simplemente desayuno. Y se disfrutaba. Ahora todo es una recolección de «alimentos paja».

Lola dio un sorbo al café y decidió poner orden al caos mental de su hermano.

—Bueno, vamos a organizarnos. Yo voy a hacer el pedido por internet. Tú, ponte las zapatillas y sal a dar tu paseo obligatorio, el del médico, el de «caminar con intención», no el de pasear viendo escaparates.

Rafo obedeció y farfulló un «si en este barrio ya no hay escaparates, sólo hay pisos turísticos y locales cerrados». Se duchó y luego se vistió con lo que, en su armario, pasaba por ropa deportiva: camiseta, vaqueros, una camisa sport y unas deportivas que fingían, con más voluntad que éxito, pertenecer al mundo del atletismo urbano.

Pensaba caminar a buen ritmo dos horas, aunque, como todos los días, se quedaba en abrir la aplicación del tiempo, ver que «parece que igual llueve», y decidir que mejor mañana, que hoy el sofá le necesitaba más que él a mí. De todos modos, animado por su hermana, a eso de las once de la mañana decidió pisar el asfalto.

Al salir a la calle notó que la luz había cambiado. El azul del cielo se había diluido y un gris espeso avanzaba desde el horizonte. Las nubes se amontonaban unas sobre otras como montañas de humo.

Aun así, y en contra de la opinión de su hermana, salió sin paraguas. Lola era incapaz de convencerlo en este tema. Era un santiagués de secano, pero se creía que podía callejear por Madrid como por los vetustos soportales de Compostela.

—En Santiago sólo hay dos estaciones —dijo con fanfarronería cuando su hermana volvió a insistir—: la de invierno y la del ferrocarril.

Aquella máxima, que él consideraba casi científica, bastó para reafirmarlo.

En el portal se encontró con tres vecinas que celebraron su repentina afición de caminante y le pidieron que, ya de paso, convenciera a sus respectivos maridos para que abandonaran el sillón.

—Me lo ha dicho mi médica —explicó Rafo con resignación.

La vecina más joven sonrió con ese encanto otoñal que todavía la hacía muy atractiva. Rafo se despidió de las tres y emprendió su aventura pedestre.

Tomó primero la calle Conde de Peñalver, después Goya, luego Génova, y recuperó algo de fuelle al comenzar Fuencarral. Allí tuvo que enfrentarse a uno de sus puntos débiles: los escaparates. Los contemplaba con deleite mientras bajaba la calle tarareando una vieja canción de Radio Futura: Zapatos nuevos, son de ocasión…

Avanzaba con la tentación permanente de detenerse en una zapatería ―su vicio― o en una camisería. Pero resistió. Cuando terminó de recorrer la calle hizo discretamente la uve de la victoria con los dedos. No había comprado nada. Para él, aquello ya era una pequeña victoria moral digna de Jean Valjean.

Entonces el cielo cambió de humor. El viento se detuvo. El aire quedó inmóvil y pesado. La luz adquirió un tono amarillento extraño. Un relámpago dibujó durante un instante el contorno gigantesco de las nubes. Luego llegó ese silencio previo al agua, ese momento en que todo parece contener la respiración. Y de pronto el aguacero en forma de un tambor de nubes descargando su furia líquida.

La lluvia cayó con una obstinación casi personal, como si el cielo hubiera decidido ensañarse con él. Parecía que alguien arriba estaba lavando Madrid en modo intensivo. En pocos segundos Rafo estaba empapado de arriba abajo: camisa, pantalón, zapatillas y todas las zonas intermedias y pudendas del territorio textil.

Buscó desesperadamente un portal y vio uno abierto. Corrió hacia él con la determinación de un atleta fondón. Era un hotel. El contraste entre el lujo del vestíbulo y su aspecto resultaba devastador: la ropa pegada al cuerpo como recién salido de una lavadora industrial, el pelo chorreando y formando una pasta repugnante según se iba mezclando el agua con el elegante gel fijador y la expresión de la cara entre heroica y derrotada.

Un empleado perfectamente trajeado le pidió que se identificara para evitar sorpresas.

Rafo permanecía en el umbral intentando sacudirse algo de agua, aunque sin darse cuenta de que estaba fregando el suelo del hotel con sus propios zapatos. Entonces una mujer se abalanzó sobre él.

—¿Rafo? ¿No me conoces? ¡Soy Maite! ¡Del Calderilla!

Rafo se quedó paralizado. No reaccionó y se quedó mirándola como una estatua del Icehotel de Suecia.

—¡Qué bien…estás! —dijo finalmente, cuidando de no pronunciar aquella frase terrible: «¡Qué bien te conservas!».

Maite seguía siendo muy guapa.

—¡Estás seca! —observó Rafo—. Yo estoy empapado como un pollo de una granja gallega en invierno y tú pareces recién salida de un salón de belleza. El nerviosismo le disparó la lengua.

—Mírame: sin afeitar, fatalmente vestido y empapado. Soy un desastre de los pies a la cabeza.

Le dio un beso en la mejilla y parte del maquillaje de Maite quedó transferido a su cara, que le produjo aún más vergüenza.

—Estás hecho un cuadro —dijo ella riéndose.

Decidieron ir a comer a un restaurante que estaba justo enfrente, diseñado como un vagón de tren. A la izquierda se extendía una barra llena de gente joven. Por cierto, Rafo se olvidó de llamar a su hermana.

—Son ofensivamente jóvenes —comentó Maite—. La juventud no debería existir cuando ya no disfrutas de ella.

Se sentaron en el único compartimento libre, pero Rafo apenas prestaba atención al entorno. Su problema era otro: los goterones seguían cayendo por su cuerpo como una pequeña red hidrográfica personal.

Uno especialmente decidido descendió por el cogote y terminó infiltrándose en el bóxer. Aquello era intolerable. Rafo tomó una decisión estratégica: ir al baño.

Se levantó con la mayor dignidad posible y avanzó dejando tras de sí una constelación de gotas que lo delataba como un caracol humano. Justo al pasar junto a la barra, una gota rebelde se liberó de la pernera del pantalón en el momento más inoportuno. El pie resbaló medio centímetro. Rafo ejecutó una pirueta involuntaria, mezcla de paso de baile y maniobra de equilibrista. Durante un segundo quedó suspendido con los brazos abiertos como si saludara a un público invisible.

Dos jóvenes levantaron sus copas en un brindis silencioso. Rojo como un semáforo, Rafo continuó hacia el baño. Diez minutos después volvió exactamente igual de mojado. El secador no funcionaba y tampoco había papel higiénico. Maite se seguía riendo sin piedad.

Hablaron de trabajos, de compañeros antiguos y de sus vidas actuales. Rafo estaba cabreadísimo porque había soñado con este reencuentro mil veces y lo había idealizado como en un atardecer otoñal perfecto y no convertido en una farola parpadeando bajo la lluvia. Intercambiaron números de teléfono. Rafo lo hizo prometiéndose a sí mismo una norma férrea: «él no escribiría primero».

—Me tengo que ir —dijo Maite de repente. La cara de desilusión de Rafo era un cromo, pero no tuvo más remedio que aceptarlo.

Recordaron entonces cómo, en sexto de Bachillerato, ella desapareció del instituto sin despedirse. Después vino aquella timidez adolescente que ninguno de los dos supo romper.

En ese momento una gota especialmente cruel cayó dentro del café que estaban compartiendo y Rafo, que tenía prohibido el café porque lo ponía nervioso, se lo bebió de un trago.

Intentó levantarse para pagar y calculó mal. El exceso de humedad convirtió el asiento en una pista de patinaje. Rafo perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo con un golpe seco que resonó en todo el local.

Un segundo de silencio. Luego estallaron las carcajadas como un aguacero repentino en pleno verano, de esos que empapan hasta los pensamientos y no piden permiso.

Intentó levantarse apoyando la mano en el suelo y notó inmediatamente que la palma se hundía en una sustancia grisácea cuya naturaleza era mejor no investigar demasiado.

Las risas aumentaron al mismo ritmo que el chaparrón que le había pillado en plena calle.

En ese momento chocó con la bandeja de un camarero. Los cafés describieron un breve vuelo parabólico y terminaron —de una forma que desafía cualquier explicación física— directamente sobre su cabeza. Las carcajadas se volvieron ensordecedoras cuando los asistentes comprobaron que estaba simulando sin querer a la figura del rey Baltasar el día de Reyes.

Pagó como pudo. Maite lo acompañó al baño y vació su bolso de pañuelos para secarle la cara y el pelo. El resto era imposible.

Mientras caminaban del baño a la puerta del establecimiento, muy despacio porque a Rafo le dolía mucho la rabadilla, los consumidores que estaban apoyados en la barra, en voz alta, salmodiaron sin gracia ninguna:

―No corras tanto, que Urgencias está abierto las veinticuatro horas.

―¡¡¡Santillana en el Bernabeu!!!

―¡¡¡Hugo Sánchez goleando al Atlético!!!

―¡¡¡Viva el Carnaval!!!

―¡¡¡Gento corriendo la banda!!!

―¡¡¡Pichichi, amigo, pichichi!!!

Se despidieron con un beso húmedo y nunca soñado por Rafo, que se dirigió lo más rápido que pudo a urgencias. La radiografía confirmó que no había fractura, sólo una buena magulladura en el coxis. Después de un exhaustivo reconocimiento, no faltó lo esperado.

—Tengo curiosidad —dijo la médica—. ¿Qué le ha pasado exactamente?

Rafo relató toda la aventura con pelos y señales. A medida que avanzaba la historia, la sonrisa de la médica crecía. Salió de la consulta con alivio. Cerró la puerta. Y desde dentro se escuchó una carcajada tan sonora que todos los pacientes de la sala de espera la oyeron.

Regresó a casa en metro, quería pasar inadvertido. Cuando abrió la puerta, su hermana, cabreada porque no le había avisado de que no comía en casa, lo miró durante varios segundos en silencio.

—¿Te has peleado con una tormenta o te ha atropellado un camión de estiércol?

—Ha sido un día muy complicado —dijo Rafo con dignidad fatigada.

—Complicado… Pareces un espantapájaros después de una noche de fiesta.

Rafo avanzó hacia el baño.

—No te acerques mucho —añadió ella retrocediendo—. No sé qué traes encima, pero estoy bastante segura de que no es perfume.

—Necesito una ducha.

—Necesitas una ducha, una lavadora industrial y posiblemente un exorcista. Diez minutos después, bajo el agua caliente, Rafo regresó al mundo de los seres humanos razonablemente secos. 

CAPÍTULO XXIX DE ‘HATROZ’.- INFIERNO

Estaba muy inquieto y receloso por el silencio de Rafo. Eran frecuentes estas lagunas de absoluto mutismo que duraban varios días. Esta era especialmente preocupante porque el guasap que me mandó la víspera de su prolongada mudez era más crudo que los bautizados por mí como «desnortados», que eran los más frecuentes: «A veces siento que el mundo seguiría girando igual si yo soltara por fin el borde del abismo al que me aferro en silencio. Quizá mañana, cuando amanezca, nadie note que decidí dejar de luchar contra la caída». El cabrón, hasta en plena agonía emocional, sabía mantener el tono poético en sus mensajes.

Llevaba varios días sin saber nada de él, circunstancia habitual como he dicho, pero extraña a la vez, porque cualquier frugal motivo le hacía contactar conmigo de un modo desesperado a cualquier hora del día. La última, otro oasis en medio del taitantos desierto verbal, fue a las tres de la madrugada, me dijo que se había quedado sin tabaco y que estaba desesperado. «Necesito hablar con alguien», me espetó con todo descaro. Cansado de tanto infantilismo, le contesté en un tono abrupto que en Juan Bravo 70 había un estanco nuevo que estaba las 24 horas de todos los días del año abierto. El cachondo me dijo que no me cabreara, como si fuera lo más normal llamar a una persona a esa de la madrugada por semejante gilipollez.

En plan peliculero, en estado de máxima ansiedad, heredado de mi madre, y para tranquilizar ese falso sentido de la culpabilidad que me corroe desde mi más tierna infancia, y con este tipo más, llamé al sanatorio que él considera de cabecera, «pues tienen todo mi prolijo historial», presumía. Después de una prolongada espera, una voz femenina me dijo que no, que en ese sanatorio no estaba registrada ninguna entrada con ese nombre.

Me acosté tarde algo nervioso y me puse los cascos para escuchar en bucle las canciones que tengo seleccionadas en Spotify. No sé si por mi carácter gallego, influenciado por las meigas y las bruxas, mientras repetía y siento que mi vida fracasó de Quiero beber hasta perder el control de Los Secretos, el sueño me venció como un desmemoriado Titán. Durante mi ensoñación casi mortuoria, en forma de contundente pesadilla, aposté por algún incidente grave en la jaranera vida de Rafo.

Me despertó, como siempre, el móvil a las cinco de la mañana. Me puse en pie con rapidez. Sigo sin tener la más mínima pereza en esta tempranera acción, aunque reconozco que en los últimos tiempos casi me subyuga la sanguinaria tentación de quedarme en la cama. No obstante, desde esos provocativos tiempos, con gesto donjuanesco, la venzo de un guantazo y me levanto adormilado, a la par que contento.

En aquella ocasión, mi intención era darle forma a una nueva entrada de mi blog con las notas que había ido tomando en una aplicación del móvil. Ese blog que estaba atascado en el fracaso y que lo miraba, no era ninguna novedad, con ojos de bloguicida. Lo sigo mirando igual.

Desayuné con mi hermana y hablamos de cosas simples y banales, debido a que no era hora para temas de trascendencia vital. No era el momento para desnudar la ansiedad que se ha convertido en mi perenne compañera como ese astuto lazarillo que trampeaba con el deshumanizado amo de turno. Le volví a dar el turre con el tema de todo profesor: el mal comportamiento y nulo estudio de algunos alumnos, que se contrastaba con la exquisita atención y estudio de unos pocos. Mi hermana era, y es, mi paño de lágrimas con este y otros temas.

A las 6 de la mañana encendí el ordenador y me dispuse a escribir, siempre con esa nube creativa acechante que me esputa que hoy es imposible, que hoy no hay ideas y que hoy es mejor cerrar el documento y ponerme a tocar, a pesar de que no tenga ni idea, la guitarra. Lo harás mejor, imbécil.

Salí a la calle a dar una vuelta para ver si se despertaba mi creatividad. Me puse a andar por las calles aledañas a mi casa, incómodas y negadas para el paseo, y una lluvia de ideas se amontonó de modo súbito en mi cerebro. Satisfacción pasajera. Las fui analizando una a una y las descarté, seco de imaginación, en su totalidad. Subí a casa y como un fornido gladiador ante un desesperado condenado a muerte me senté decidido frente al ordenador.

De pronto, sonó el teléfono. A quien le importa de Alaska. Respondo por educación. El ruido de fondo era espantoso ―vasos, tazas, máquinas tragaperras, televisión…― y apenas pude escuchar la voz de mi interlocutor. Era un voz cazallera y madrugadora, que me decía que estaba viviendo una situación alarmante y que no sabía realmente qué hacer. Después de un saludo rutinario, comenzó su parrafada.

―Ayer cerré mi bar como todos los días, a la una de la mañana y comprobé que todo quedaba en orden. Me fui a casa a descansar porque estaba muy jodido. Hoy abro de nuevo a las 6:30 para preparar los desayunos de los madrugadores y recoger el pedido de churros y porras cuando la mujer de la limpieza se abalanza sobre mí para decirme que no puede abrir la puerta del baño de los hombres. Bajo a toda prisa y compruebo ―en un principio, intuyo― que hay un cuerpo atravesado en el suelo que impide que entremos. Después de varios intentos, logro acceder y me encuentro a un hombre durmiendo casi inconsciente. Está todo mojado y con restos húmedos de vómito en la camisa. He intentado reanimarlo y, sí, sí tiene pulso, muy acelerado, pero tiene. He logrado que abriera los ojos y sin mediar palabra me ha soltado con voz gangosa este número de teléfono. Por eso yo le llamo. No tengo ni puta idea de quién es él ni de quién es usted. Sólo sé que o viene usted a por él o llamo en minutos a la policía. No aguanto más esta situación. Mis clientes no pueden ver eso.

Le dije que se tranquilizara, que lo iba a buscar yo y que me hacía cargo de todo. Le puntualicé, después de escuchar la dirección y consultarla en Google mapas, que tardaría una media hora en taxi.

Cerré el ordenador, llamé a Radiotaxi y me vestí a toda velocidad para no perder ni un minuto.

―Este tipo te va a quitar la vida. Lo tienes que mandar a paseo o, como digo yo, a pastar, me dijo mi hermana cuando escuchó la razón de mi repentina marcha.

En tanto que el taxi me trasladaba a dicho lugar, me pregunté mil veces que qué hacía Rafo en el barrio de los Carabanchelitos. No por desmerecerlo, no, y sí porque se encontraba a más de diez quilómetros de su casa y de su radio de andanzas nocturnas.

―Joder, que Rafo no tiene carné de conducir ni coche, se me escapó en alto. El taxista me miró por el espejo retrovisor con los ojos de un hombre acostumbrado a las más rocambolescas situaciones a cualquier hora del día.

Después de convencer al taxista para que nos esperara en la puerta del bar y de este modo tomar cuanto antes el camino de regreso, me bajé del taxi y accedí al bar, que a esa hora estaba casi lleno de trabajadores que tomaban su primer desayuno. El sonido de la televisión era ensordecedor y, con ese punto de ansiedad que me genera Rafo, bajo al baño a buscarlo.

―Pero…tío… ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha traído? ¿Sabes dónde te encuentras? Cada vez me lo pones más fácil para mandarte a la mierda.

Con una voz pastosa y las comisuras de los labios impregnadas de un líquido cuajado y consistente, me dijo que salió a dar una vuelta y que se perdió.

―No, Rafo, no, no me jodas. Uno no se pierde y se va a trece quilómetros de su casa sin coche. Alguien te ha tenido que traer aquí y, cuando bajaste al baño, lo mismo se largó el tío con el que venías porque se hartó de esperarte. Siempre te he dicho que tanta soledad es muy mala.

Lo convencí para que se levantara a fuerza de repetirle que el dueño del bar iba a llamar a la policía. Intentó caminar con su elegancia innata, pero no, se trastabilló varias veces con una resacosa torpeza al subir las escaleras. Descalzo, y pisando lo que la buena mujer de la limpieza había fregado, logramos alcanzar la planta principal y sentarnos a una mesa que estaba libre. Rafo estaba asqueroso y repulsivo, en nada semejante a la imagen de dandi trasnochador que expande cuando salimos por su barrio o cuando nos sentamos en su bareto preferido para hablar del blog.

Aluciné con el pingajo que tenía delante. La cara llena de chorretones negros, de habérsela frotado con unas manos que parecían haber sido rebozadas con betún o algo parecido. Despeinado y con el pelo lleno de grumos de vómito, intentaba pronunciar alguna coherente frase. La camisa, impregnada casi en su totalidad del líquido regurgitado y con un nauseabundo olor a ácido estomacal. Estaba descalzo, en esa época no usaba calcetines, y fue incapaz de decirme dónde había perdido los zapatos. Siempre ha presumido de tener unos pies cuidadísimos, pero en esa ocasión lucían sucios y pringosos. Los pantalones, mojados por haberse orinado encima y con más lamparones de grasa que cuando tomábamos en plan salvaje pulpo á feira en las verbenas gallegas.

Comprobé que no tenía ni un euro en los bolsillos. Bajé de nuevo al servicio y me encontré, colocados por la mujer de la limpieza encima de la cisterna, las llaves de casa, el tarjetero y el teléfono. Me ayudé con un poco de papel higiénico para rescatar sus pertenencias y limpiarlas en el lavabo. El olor era repugnante y me dieron varias arcadas mientras lavaba las llaves de su casa. Los subí, los puse delante de sus narices y le exigí que los guardara en sus bolsillos.

―Perdona, pero yo no me meto esa mierda en los bolsillos. Dile al camarero que me los limpie, contestó con ese ramalazo de hombre acostumbrado a que le hicieran ciertas tareas de limpieza de complementos.

No le hice ni caso, claro está, y se los metí con cierto aire violento en su bolsillo derecho después soltarle tres o cuatro insultos irrepetibles.

En ese momento terció uno de los clientes que se estaba desayunando un «sol y sombra» (coñac con anís dulce), acompañado de un café con leche y tres churros.

―Bah, eso no es nada, hombre. Como si lo viera, mañana ya ni se acuerda. Tres lavados de estómago me hicieron a mí, ¡tres!, y aquí me tienes, entero como un roble. La primera vez fue por celebrar un ascenso en el trabajo que no era ni mío; la segunda, en El Escorial, por despecho; y la tercera… bueno, la tercera fue porque sí, que también hay que ser constante en la vida. Y mírame ahora: el médico me saluda por mi nombre y todo. Aún me invitan a bodas. Y me comporto como un señor. Anda, llévatelo a casa, dale agua y una sopa, que lo peor que tiene no es la borrachera… es la resaca que le va a enseñar mañana mucha humildad.

Le metí un poco de prisa con el argumento de que estaba esperándonos un taxi en la calle. El conductor, ante el aspecto hediondo y sucio de Rafo, se negó a que se subiera a su taxi.

―Tiene cinco meses y me lo va a dejar hecho un cristo.

El dueño del bar, al ver el generoso redondeo que le puse en la mano por los servicios prestados, salió con una sábana tamaño 4XL para que la extendiera en el asiento de atrás y así no tocar en absoluto la tapicería. El taxista lo examinó y cedió, pero me exigió que fuera generoso con la remuneración en destino.

Sobra la marcha decidí que tenía que verlo un médico y que no le venía mal una cura de humildad sanitaria. Sin decirle nada a Rafo, nos dirigimos a su sanatorio de cabecera y lo dejé sentado en el vestíbulo de urgencias, después de asegurarme que conservaba la tarjeta de su aseguradora privada. La enfermera lo reconoció y, sobrecogida porque el habitual olor a colonia se había convertido en un emético aroma a detritus, tomó nota de las circunstancias sin necesidad de mirar la tarjeta.

Sin ningún remordimiento, salí precipitadamente del sanatorio y me puse los cascos de música para aislarme de la experiencia que acababa de vivir. Saltó la canción de Ignacio Canut y Carlos García Berlanga, interpretada por Enrique Urquijo, Encerrado en este hospital…

Al anochecer recibí un guasap de Rafo: «eres un cabronazo. Me has hecho pisar el infierno en un lugar que tenía una imagen irreprochable. No hay derecho. Lo que me has hecho hoy es un putadón como nunca he recibido en mi vida. Mañana, sin falta, a las 13 horas, en Santa Bárbara, en Alonso Martínez».

Ni una palabra del pastón que me había dejado en el bar y en el taxi. Eso le importaba un carajo. ¿Lo importante? Su imagen en su sanatorio de cabecera. Lo demás le importaba un carajo. 

CAPÍTULO XXVIII DE ‘HATROZ’.- LA PINTURA ORIGINAL

Ayuda al señor arzobispo / cuando tenga que evacuar, / que Dios desde el cielo / bien te lo ha de pagar.

Mientras consumíamos una caña en una terraza de la Plaza de Santa Ana, pude constatar, algo ya intuía, que a Rafo le encantaba volver a su infancia o a esos años en los que se gestaron las anécdotas más graciosas y disparatadas en el entorno de su familia. Creo que tiene muy idealizada esa época, circunstancia que le ha hecho encallarse en un tiempo que jamás volverá. En esta ocasión no respiraba el resquemor de otras ocasiones. Había aparcado el tono hiriente y faltón. Era un verdadero espectáculo contemplar a este hombre relatar cualquier incidente, natural o provocado, que hubiera ocurrido en los aledaños de Compostela, ese locus amoenus que le hacía olvidar los desvelos y las ansiedades generados por lo que él llamaba los fracasos rotundos de su vida.

Hablo desde un presente ―2026― que él califica como la tormenta perfecta porque, por diversos factores de riesgo emocional, dice que llegará tarde o temprano una verdadera catástrofe, acompañada de una viscosa lava de autorreproches, como el culmen de una vida dedicada exclusivamente a vivir sin fruto alguno y a rememorar esas vivencias de su pasado que le anudan la garganta.

Localizado el escenario en las inmediaciones del mítico y legendario Pico Sacro y su desaparecida torre ―se dice que quien pasara por algún camino próximo a ella, durante la noche, oiría con gran nitidez los lamentos y los gemidos de una señora que había sido encantada por un gigante sin que nadie pudiera auxiliarla―, Rafo se dispuso a teatralizarme con admirables gestos faciales y manuales un  sucedido que fue «o acontecemento do mundo mundial», según el matusalénico alcalde la localidad, que cada año ampliaba con una addenda el anecdotario de la comarca. Los paisanos de hábitos taberneiros apostaban, año tras año, en qué siglo acabaría el susodicho libro.

Cando se tome o derradeiro viño que prometerá hai vinte anos, sentenciaba el más conspicuo de los presentes que presumía ser el más retranqueiro de la aldea.

Daquela, teremos que ver antes ó seu paxaro xantar lacón con grelos, le respondía un retador de ironías que no sabía tomar sólo un vino.

Y echaban a reír todos imaginando al bueno del alcalde sin catar «o viño do Ulla» y dándole a su pájaro las sobras de tan selecto plato.

La mandamás de la casa de los Máiz, mujer de armas tomar, allá en los años veinte, decidió que las comidas de la familia, en plena canícula veraniega, tenían que ser un interminable recordatorio de todas las historietas, enredos o intrigas que habían sido protagonizados, unos por su familia, otros por los más insignes invitados y los de más allá por los anónimos habitantes de la aldea. Comentaban los residentes de esa casa que, cuando se le contradecía, se enfadaba como un huracán y daba unos botes, impulsados por sus andariegas piernas, que tocaba el techo con el moño que se hacía todas las mañanas después de llevar a cabo sus diarias abluciones en su dormitorio.

Un vecino de la finca de El Burgo, en Vedra, llamado O estralador, por su hartera forma de reventar las anécdotas antes de que culminara exitosamente su relato, era un digno representante, a pesar de ello, de la narrativa y rumorología oral gallega más ancestral.

―Porque no hay otro igual, decían las lenguas empapadas en vino en la taberna de O corneador do Ulla, por su infructuoso afán de ponerle los cuernos a su resignada mujer.

Este hombre, integrante activo de las diferentes tertulias que en las casas rurales de la comarca ulloana se celebraban, poseía un caudal de historias, unas verdaderas en lo elemental y otras sin ninguna base real, producto de una portentosa imaginación, que iban conformando un rico patrimonio de historietas rurales.

La fiesta de la Virgen de los Dolores, la que más fama tenía en la zona, en el año 1913, culminó sin sacerdote. Este era el titular de la anécdota que manuscribió el alcalde. Robada de un manzano mimado por la familia, una rotunda manzana lanzada por el hijo de diez años de O corneador do Ulla, cual Robin Hood con su arco, atinó a sacudirle al celebrante ―el arzobispo de Santiago― tal golpe en la cabeza mientras hacían las peticiones que cayó desmayado en el suelo como un orondo saco de patatas. Allí acudió el médico de la aldea, amoratado como el vino de Barrantes, a prestarle los primeros auxilios. Además de una micromisa, la fiesta patronal se quedó sin procesión porque el portador del estandarte lo olvidó, como consecuencia de una renombrada beodez, en no se sabe qué lugar de la periferia vedresa.

Las familias de los niños que iban a recibir la Primera Comunión ―tradición que empezó a asentarse a finales del siglo XIX― cayeron en un estado de ansiedad monumental porque intuían que sus hijos se iban a quedar a dos velas y con un palmo de narices si no se recuperaba el noqueado mitrado… de los efluvios vinícolas que expelía por la boca el dispuesto facultativo.

Coincidiendo con la fiesta de la comarca, también se celebraba la Primera Comunión de los pequeños de la aldea que estuvieran en disposición de recibir el mencionado sacramento. Sus esmeradas madres habían cuidado con enorme afán, el peinado y el traje de los primocomulgantes. Un buen negocio había hecho el peluquero el día anterior porque les cortó el pelo y los repeinó de tal modo con el fijador Patrico, para seguir la moda en una época que se llevaba el pelo engominado o el cabello hacia atrás con raya marcada. Era Patrico, en cierto modo, el equivalente español de las pomadas clásicas americanas, pero con un toque propio y un olor fuerte muy característico.

Recuperado del manzanazo el celebrante, más amigo de la calle que del convento, pudo otorgar, muy satisfecho y a toda velocidad, la Primera Comunión a todos los niños, aunque sus ojos estaban puestos en la opípara comida que habían preparado con todo lujo de detalles.

―Necesito recuperarme cuanto antes, acertó a decir con una voz aún herida.

Aquellas fiestas eran pantagruélicas, tanto en la celebración del acto religioso ―aunque en esta ocasión fue de chichinabo, como la tildó un madrileño que llevaba muchos años a la sombra del Pico Sacro― como en la comilona que era la esplendorosa culminación de un día inolvidable para toda la comarca. Decenas de curiosos posaban sus ojos en los diferentes concurrentes que asistían con sus mejores galas al acto casi más importante del año. Como aprendices de tertulianos televisivos, soltaban sus hirientes dardos, bien en forma de sonora carcajada, bien en modo de calificativos irrepetibles, contra todo ser viviente que mostrara un aspecto merecedor de la más dura diatriba.

Las burlas giraban también en torno a la renombrada cogorza que se iba a coger el señor alcalde, a los traspiés que los más torpes cometían en sus andares por el peligroso acceso que circundaba a la casa o en los llamativos trajes que algunos ―sin rubor ninguno― lucían cual esperpento valleinclanesco.

Pero concretemos más. Se organizó un auténtico fangal por culpa de una lluvia torrencial en la zona y la puerta principal, parecido el lugar a un fotocol de famosos, se convirtió en una «chocolatada de barro y agua». De nada sirvió que el acto religioso, por la indisposición del arzobispo de Santiago, fuera fugaz y deslucido. La chuvieira ―lluvia intensa con viento― que cayó fue muy inoportuna y todos los vecinos pudieron disfrutar, con mayor saña que otros años, del hundimiento reiterado de los zapatos en el cenagal que se había formado. Los invitados se vieron obligados a descalzarse para limpiar con esmerada voluntad los casi por seguro ya inservibles zapatos. Las risotadas de los espectadores fueron de escándalo. Ver de esa guisa al médico, al farmacéutico o a la alcaldesa, que tenía unos juanetes que parecían un sexto dedo en plena independencia, era impagable. Estaba asegurada una temporada en la taberna de O corneador do Ulla.

Por entonces, a principios del siglo XX, en estas casas no había cuarto de baño que dispusiera de un inodoro como los de hoy. Uno de los grandes problemas de estos eventos era, cuando se juntaban personajes de cierta entidad, cómo facilitarles la evacuación de sus aguas menores y mayores. El aseo diario se llevaba a cabo en un elegante lavabo que había en cada dormitorio. Las personas que trabajaban la finca se encargaban de dejar la jarra de agua bien repleta y una jofaina limpia para que los durmientes pudieran hacer a primera hora sus purificadoras abluciones.

En la parte posterior de estas viviendas, en la planta baja, en un lugar poco visible, había un excusado llamado común que servía de cagadoiro, como decía vulgarmente la gente de la aldea. Los más refinados se negaban a utilizar ese nombre y hablaban con unos eufemismos dignos de admiración: el excusado, el visitador, el inevitable o el solitario. Consistía en una construcción de madera en la que cabía a duras penas una persona de pie. A la altura de las rodillas había colocada una tabla de madera con un agujero redondo en el centro, lugar por el que se colaba la liberación humana, después de acomodar bien las posaderas, hacia un pozo negro.

Ante este hecho, y con la absoluta certeza de que a lo largo del día el reverendísimo arzobispo iría a visitarlo, un miembro de la familia de la mandamás le dijo entonces a un rapaz que raposeaba por allí:

―Cuando vaya su excelentísimo arzobispo a hacer hueco (a cagar, rapaz, a cagar, ante la cara de sorprendido del chiquillo), estate bien atento, para que en el momento de terminar su liberadora tarea ―no puedes quitar ojo de su libramento, ¿eh?―, tú le pasas por la enlodada comisura de sus nobles nalgas un palo con un paño de tela muy fina ligeramente humedecido con agua y untado con el aromático jabón que elaboramos en nuestra finca. De este modo, su ilustrísima no se ensuciará en absoluto ni la ropa interior ni los faldones de la sotana. La labor tuya es vital para que el único olor que percibamos sea el del aroma del jabón de Consuelo.

El chaval, acobardado, estuvo practicando con esmero desde que fue elegido para tal «ilustre tarea», pues hablaban de las malas pulgas que manifestaba el prelado cuando algo no acababa como él tenía previsto.

Fuco, llamemos así al chaval, al recibir la señal salió como un cohete y se colocó justo detrás del armazón de madera que daba rudimentaria forma al precario retrete. La madera rugió dolorosa cuando los voluminosos glúteos del mitrado descansaron en el tablón agujereado. Gracias a que el maderamen estaba un poco húmedo no se quebró como una plancha seca. Allí, el asustado rapaz tenía los cinco sentidos puestos en la acción liberadora del que había pronunciado minutos antes, como colofón de la comida, un «emotivo sermón» sobre las tentaciones del matrimonio cristiano.

Cuando el joven, magníficamente adiestrado pensó que el ciscador ya había terminado ―el volumen del vaciado y la trompetería que lo acompañó fueron de récord Guiness―, le ajustó el palo a su entrenalgas y frotó con una energía brutal. El mitrado, ante tan sorprendente y enojosa caricia, se puso tieso como un roble. Fuco pensó que tal vez no había realizado una limpieza completa, ya que no subía el aroma del jabón. Debía realizar una segunda e higiénica tarea que le asegurara que estaba todo limpio como una patena. Repitió la operación con más diligencia e impetuosa porfía si cabe. Pero… ¿Cómo iba a pensar el raparigo que el zampón prelado iba a meter la cabeza en el maloliente agujero para ver qué había ocurrido? El resultado fue que, en lugar de limpiarle por segunda vez el trasero, le endilgó unas buenas zurrapas que se habían adherido al paño en la primera limpieza en su rostro que brillaba coloradote por el vino consumido.

El buen hombre bramó como un cerdo por San Martín, despotricó de los hombres y de todo lo que no se encontraba en los escritos. Sin pudor alguno, se presentó en el remate de la comida ―podía ser cena, por la hora― con la cara enmarronada y exigió, tras unas cuantas expresiones malsonantes, que se esclareciese cuanto antes el móvil de aquella sucia ofensa y que se castigara con severidad al desvergonzado responsable. La reparación debería ser pública y notoria.

Y allí había que ver al pobre Fuco, delante del señor arzobispo, que no había permitido que le limpiaran la cara con diligencia, por lo que aún llevaba, según los asistentes que permanecían en riguroso silencio, pero con unas locas ganas de soltar una carcajada, en el rostro algunos restos de lo ingerido copiosamente en el desayuno y comida. Fuco le pidió perdón reiteradas veces ―nada se supo del instigador― con la cabeza gacha y sin mirarle a los ojos. Le aseguraron al gran libertario que el escarmiento iba a ser de los que harían época.

Los rapaces, solidarios con Fuco, estuvieron una semana sin salir de casa por la mañana, pero, por las tardes de esos días nadie les impidió ir al río a bañarse.

Durante esos días, los parroquianos, después de hablar con algún testigo de excepción, decían, entre burlas y parodias, que el verdadero responsable de la trastada sonreía más de la cuenta, como si una alegría interior rebosara de continuo por los poros de su plisada piel. Y este no era otro que el único tío soltero de la familia.

De la pintura del señor arzobispo habló toda la aldea durante meses. Hasta dicen que el hijo de Mariquiña, la de la tienda de comestibles, que pintaba muy bien, por cierto, hizo un lienzo para inmortalizar la heroica hazaña de Fuco. La verdad es que nadie lo vio.

En la tasca de la aldea sí se escucharon, durante bastante tiempo, muchas chanzas cuando los sedientos discípulos de Baco iban al común. Cuentan que salían disparados del estudio de pintura del señor arzobispo (así fue rebautizado el común de la taberna), por si alguno de los pícaros que por allí correteaban los confundían con su reverendísima.

―De la ceremonia religiosa decapitada y del sermón admonitorio sobre los peligros del baile moderno nadie habló lo más mínimo. Lo que se recuerda de la fiesta aún hoy es el gracioso y maloliente incidente del mitrado. Tantos preparativos por parte de la familia y de los vecinos para caer sin remedio en el más injusto olvido, se lamentó Rafo cuando terminó, satisfecho, la narración de la pintura original

CAPÍTULO XXVII DE ‘HATROZ’.- LA NOCHE DE LAS AVIONETAS

He tenido tres horas para escribir y corregir este capítulo. Rafo me entregó las pinceladas del mismo a las 6 de la tarde y me exigió que debía estar en internet colgado a las 9 de la noche. Le dije que era imposible, que tenía otras cosas que hacer, pero todo cayó en saco roto. Cuando Rafo se pone testarudo es imposible que razone. Si tú, lector, encuentras alguna errata, te pido disculpas de antemano. Insiste Rafo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La romería comenzaba mucho antes de llegar al campo de la fiesta. Empezaba en la carretera estrecha, entre montes oscuros y eucaliptos húmedos, cuando los coches avanzaban despacio siguiendo las luces de otros vehículos que parecían perderse entre la niebla. Risas, voces, canciones, ruidos malsonantes, ocupaban la carretera a esa hora de la noche. Los conductores se exasperaban porque los caminantes invadían continuamente la calzada.

Aquella noche del verano de 1978, Jesús conducía el Seat 124 de su padre con una mano apoyada en la parte superior del volante y la otra sujetando un cigarrillo que apenas fumaba.

—Como volvamos a coger otra curva así, me bajo y sigo andando —protestó Clara desde atrás.

—No exageres —contestó Jesús—. Esto no es una carretera, es una prueba de supervivencia.

Pedro soltó una carcajada.

—Pues yo creo que vas más rápido que otras veces para impresionar a Sofía.

—Mira quién habla —respondió Jesús—. El que lleva media hora peinándose con el retrovisor.

—Eso es mentira.

—No es mentira. Y además has gastado más colonia que mi padre en Nochebuena. Apesta el coche.

Sofía, sentada junto a la ventanilla, negó con la cabeza mientras sonreía porque presagiaba que iba a ser una gran noche.

—Los hombres sois ridículos cuando queréis haceros los interesantes.

—Y vosotras disfrutáis viendo cómo hacemos el ridículo —dijo Pedro.

—Eso también.

Detrás venía la furgoneta donde viajaban Carmen, Luisa, Julio, César, Tomás y Marga. Desde lejos ya se escuchaban sus voces.

Cuando por fin aparcaron junto a una hilera de coches mal colocados sobre la hierba, todos bajaron hablando al mismo tiempo.

—¡Madre mía, qué frío hace aquí! —dijo Marga, cruzándose los brazos.

—Frío ahora —respondió Julio—. Espera a las cuatro de la mañana.

—A las cuatro de la mañana tú no distingues entre el frío y una farola.

—Porque a esa hora ya se alcanza la sabiduría.

—No, Julio. A esa hora tú ya no sabes ni cómo te llamas —contestó Carmen.

El campo de la fiesta aparecía iluminado al fondo, lleno de bombillas de colores suspendidas entre postes de madera. La música de la orquesta llegaba amortiguada por el aire húmedo.

Sonaba una canción de Fórmula V y varias parejas bailaban ya sobre la pista de hierba desigual.

El olor a churros, vino y pulpo hervido se mezclaba con el humo de los puestos y del tabaco de los asistentes.

Tomás observó aquello con una sonrisa tranquila.

—Hay algo en las romerías gallegas, este ambiente festivo y familiar, que no existe en ningún otro sitio.

—¿El qué? —preguntó Clara.

—Que aquí nadie viene solo a divertirse. La gente viene a sentirse parte de algo, parte de una fiesta que cada año que pasa está más concurrida.

—Mira qué profundo vienes hoy —se burló César.

—Es que todavía no bebió.

Aquella frase provocó las primeras carcajadas serias de la noche.

Y como si fuese una señal, Pedro levantó el brazo señalando hacia el otro extremo del campo.

—Primera parada: las avionetas.

Todos aprobaron la idea inmediatamente.

El puesto estaba rodeado de gente. Un hombre con camisa remangada llenaba pequeñas tazas de barro mezclando licores de varias botellas alineadas frente a él.

Un cartel pintado a mano decía: AVIONETAS ESPECIALES.

—Yo sigo sin entender qué llevan exactamente —dijo Luisa.

—Nadie lo sabe —respondió Julio—. Y probablemente sea mejor así.

—Seguro que eso lleva gasolina.

—O aguarrás.

—O directamente veneno.

El hombre del puesto los miró con media sonrisa.

—Mucho hablar y luego repetís todos.

—Porque no aprendemos —contestó Jesús.

Pidieron una ronda completa.

Las avionetas quemaban la garganta y dejaban un calor instantáneo en el pecho.

Sofía cerró los ojos tras el primer trago.

—Esto puede arrancar la pintura de una pared.

—Eso significa que está bueno —dijo César.

—No, eso significa que mañana voy a despertarme ciega.

Pedro levantó la taza.

—Escuchadme bien. Esta noche tenemos tres objetivos importantes.

—Ya empezó —murmuró Carmen.

—Primero: bailar.

—Aceptable.

—Segundo: no perder a Julio.

—Difícil.

—Y tercero: conseguir volver todos vivos.

Tomás asintió solemnemente.

—Ese último me preocupa.

La orquesta cambió de canción.

Comenzaron los primeros acordes de Déjame, de Los Secretos.

La zona de baile empezó a llenarse todavía más.

Marga agarró de la muñeca a Luisa.

—Ven conmigo antes de que nos quedemos aquí oyendo tonterías toda la noche.

—Yo no bailo.

—Eso decís siempre y luego sois las últimas en dejar de bailar.

—Porque insistís demasiado.

—Porque si no insistimos os pasáis la vida apoyadas contra una barra mirando cómo viven los demás.

Luisa terminó cediendo.

Mientras caminaban hacia la pista, César se acercó a Tomás.

—Te digo una cosa. Marga tiene razón.

—¿En qué?

—En eso de mirar cómo viven los demás. Hay gente que viene a las fiestas y parece que tiene miedo de pasarlo bien.

Tomás encendió un cigarrillo.

—Porque hay gente que piensa demasiado.

—¿Y tú?

—Yo llevo años pensando demasiado.

—Pues deja de hacerlo esta noche.

Las bailonas hacían que la fiesta fuera un desmadre de movimiento.

La orquesta tenía un cantante con traje blanco brillante que sonreía incluso cuando no cantaba. Parecía feliz de estar allí, bajo aquellas luces, viendo cómo la gente coreaba canciones conocidas.

Jesús empezó a bailar con Clara casi por obligación.

—No me pises.

—Entonces deja de moverte tanto.

—Eso es bailar. Hay más agujeros que en la carretera de la playa.

—No. Eso es intentar derribarme.

Clara soltó una risa sincera.

Pedro, mientras tanto, intentaba acercarse a Sofía sin parecer demasiado evidente.

—¿Te apetece bailar?

—¿Y tú sabes?

—Lo suficiente para no hacer el ridículo.

—Eso ya es bastante.

Comenzaron a bailar despacio.

Pedro estaba mucho más nervioso de lo que aparentaba.

—¿Siempre vienes a esta romería?

—Casi todos los años.

—Entonces igual ya nos habíamos visto.

—Puede.

—Yo me acordaría.

Sofía lo miró divertida.

—Qué seguro estás de ti mismo.

—No, de mí no. De ti.

Ella bajó la mirada un instante.

La música siguió sonando.

Cerca de los puestos, Julio ya había encontrado conversación con un grupo de hombres mayores que discutían sobre fútbol.

—Os digo yo que el Dépor va a cambiar muchísimo en diez años —decía uno.

—Sí, claro. Y yo voy a acabar siendo titular del Celta.

—No os riais. Las cosas están cambiando mucho en el fútbol.

Julio intervino levantando la taza.

—Pues mientras cambian, habrá que seguir bebiendo.

—Eso sí que no falla nunca —respondió uno de los hombres.

Poco después fueron hacia uno de los puestos del pulpo.

Las mujeres cortaban los tentáculos con enormes tijeras sobre platos de madera. El vapor subía espeso hacia las bombillas de colores.

El olor era irresistible.

—Ahora sí que soy feliz —dijo César cuando le entregaron su ración.

—Tú eres feliz con muy poco.

—Eso es una virtud.

Se sentaron todos en bancos largos de madera.

Durante unos minutos apenas hablaron, concentrados en comer.

El aceite rojizo y el pimentón manchaban el pan y las servilletas.

Tomás observó al grupo con calma.

Jesús discutiendo con Clara. Pedro intentando impresionar a Sofía. Julio hablando demasiado alto. Marga riéndose de cualquier cosa.

Carmen y Luisa compartiendo churros antes incluso de haberlos comprado.

Y sintió una especie de nostalgia extraña, como si aquella noche ya estuviese convirtiéndose en recuerdo mientras todavía la estaban viviendo.

—¿En qué piensas? —preguntó Carmen.

—En nada.

—Mentira. Tú siempre estás pensando.

Tomás tardó un poco en responder.

—Estaba pensando que dentro de muchos años vamos a recordar esto exactamente así.

—¿Así cómo?

—Con ruido, con humo, con orquestas infames y creyéndonos eternos.

Julio soltó una carcajada.

—La música no es mala.

—La canta alguien vestido como una lámpara.

—Eso es elegancia.

Después del pulpo llegaron los churros. El puesto estaba lleno de humo dulce y niños con las manos pegajosas de azúcar.

Marga pidió chocolate caliente para todos.

—Esto entra solo —dijo Clara.

—Como las avionetas —añadió Jesús.

—No compares una cosa sagrada con una bebida hecha para matar gente.

Sofía observó el movimiento continuo de la romería.

—Mira alrededor.

Pedro siguió su mirada.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo que parece que aquí el tiempo tiene un ritmo distinto.

Él asintió.

—Eso es verdad.

—La gente se ríe más.

—Porque aquí nadie piensa en mañana.

—Eso da miedo.

—¿Por qué?

—Porque las noches mejores son las que luego uno no consigue olvidar.

Pedro se quedó callado unos segundos.

—Entonces espero que no olvides esta.

Ella no respondió enseguida. Solo sonrió levemente.

Más tarde fueron hacia el puesto de tiro.

Tomás insistió en competir con César.

—Te gano fácil.

—Llevas diciendo eso desde pequeños.

—Porque es verdad.

El feriante les entregó las escopetas de balines.

Varias personas comenzaron a mirar.

—Venga, Tomás —gritó Marga—. Demuestra que tantos años cazando moscas sirve para algo.

—Cuando gane quiero respeto.

—Si ganas te compramos otra avioneta.

Los disparos comenzaron. Latas cayendo.  Botellas vibrando. Balines perdidos golpeando la madera.

César derribó más objetivos y alzó los brazos victorioso.

—Aprende del maestro.

—Ha sido suerte.

—No. Ha sido talento.

El premio era un peluche horroroso con forma de perro. César se lo entregó ceremoniosamente a Carmen.

—Para ti.

—¿Y yo qué hago con esto?

—Recordar por siempre esta noche.

—Preferiría una empanada.

La música seguía creciendo. Cada vez había más gente bailando. Las avionetas continuaban circulando de mano en mano. La noche parecía avanzar más rápido de lo normal.

Cerca de las dos de la madrugada, Julio se subió a un banco con una taza en alto.

—¡Silencio un momento!

—Eso nunca es buena señal —dijo Luisa.

Varias personas alrededor comenzaron a mirarlo divertidas.

—Quiero decir algo importante.

—Bájate antes de romperte la cabeza —gritó Jesús.

—Escuchad primero.

Julio carraspeó teatralmente.

—Pasamos el año entero trabajando, estudiando, aguantando problemas y escuchando a gente aburrida. Y luego llega una noche así… y de repente todo parece más sencillo.

—Eso es la bebida que te suelta la lengua —dijo Clara.

—No. Eso es la verdad. Miradnos. Dentro de veinte años igual estamos casados, calvos o viviendo lejos unos de otros… pero esta noche la vamos a recordar siempre.

Hubo varios aplausos y silbidos. Incluso algunos desconocidos levantaron sus vasos.

Tomás sonrió mirando al suelo.

—El idiota tiene razón. Dentro de veinte años lo mismo ya no hay fiestas como esta.

La orquesta empezó otra canción rápida. Jesús sacó a bailar a Carmen. Pedro volvió a acercarse a Sofía. César y Marga discutían riéndose. Luisa, que al principio aseguraba no querer bailar, terminó girando en mitad de la pista.

Las luces de colores atravesaban la niebla ligera que comenzaba a levantarse desde los prados.

Por momentos todo parecía un sueño. Un lugar suspendido fuera del tiempo.

Cerca de las tres de la mañana, algunos niños dormían sobre las sillas mientras los mayores seguían bebiendo y cantando.

La voz del cantante de la orquesta sonaba ya cansada, pero nadie parecía dispuesto a marcharse. La fiesta estaba a punto de terminar porque sonó el Miudiño.

Pedro y Sofía caminaron unos metros apartados del ruido.

Detrás de los coches aparcados apenas llegaba la música.

—¿Sabes una cosa? —dijo él.

—¿Qué?

—Llevo toda la noche intentando parecer más interesante de lo que soy.

Ella soltó una risa suave.

—Eso ya lo sabía.

—¿Y funciona?

—A ratos.

—Bueno, algo es algo.

Hubo un silencio tranquilo.

—No quiero que esta noche termine —dijo Sofía.

—Entonces no termina.

—Sí termina. Todo termina.

Pedro la miró con atención.

—Puede. Pero hay noches que luego se quedan contigo muchos años.

Ella suspiró.

—Eso precisamente es lo peligroso.

Cuando regresaron junto al grupo, Tomás estaba sentado sobre la hierba fumando en silencio.

Jesús se dejó caer a su lado.

—¿Cansado?

—Un poco.

—Pues todavía queda amanecer.

Tomás miró hacia el campo iluminado y observó cómo la orquesta iba recogiendo todos los instrumentos.

—¿Sabes qué pasa?

—Qué.

—Que uno cree siempre que estas cosas van a repetirse eternamente.

—Y no.

—Y no.

Jesús permaneció callado unos segundos.

—Por eso hay que vivirlas bien.

La niebla cubría ya parte del campo y el palco se empezaba a quedar vacío y oscuro.

Los feriantes empezaban a cerrar algunos puestos.

Olía a hierba mojada, café recién hecho y humo apagado.

Marga se sentó en la hierba abrazándose las rodillas.

—No quiero volver.

—Nadie quiere —respondió Carmen.

Julio señaló el horizonte que empezaba a ponerse gris claro.

—Mirad eso.

Todos guardaron silencio un instante.

Las primeras luces del amanecer aparecían detrás de los montes.

Y de pronto, sin necesidad de decirlo, todos entendieron que aquella noche quedaría unida para siempre a sus vidas.

No solo por las canciones. Ni por las avionetas. Ni siquiera por los bailes y las risas.

Sino porque durante unas horas fueron exactamente quienes querían ser. Jóvenes. Libres. Y completamente felices.

Cuando arrancaron los coches, todavía seguían tarareando canciones de la orquesta.

El campo de la romería quedó atrás entre niebla y bombillas apagándose lentamente.

Y mientras la carretera volvía a perderse entre montes húmedos y aldeas dormidas, todos llevaban encima esa sensación extraña que solo dejan las noches verdaderamente importantes.

La sensación de haber vivido algo irrepetible: la noche de las avionetas.

CAPÍTULO XXVI DE ‘HATROZ’.- ADJETIVOS

Rafo es un hombre sorprendente. En lo bueno y en lo malo. En lo primero te lleva a horas de gran entretenimiento, y a soltar alguna espontánea carcajada, en lo segundo te hace pasar por indignos momentos en los que disfruta, como quien triunfa humillando al otro, si muestras una actitud servil y aduladora. Es prematuro para ver en él atisbos de una madurez serena y reflexiva. Sigue siendo un inmaduro de injustificadas rabietas, de silencios castigadores, de sarcasmos fuera de tono y de un victimismo propio de los adolescentes. Me escribió hace unos días un guasap interminable. Son los que le gustan. En este mensaje me comentaba que había encontrado entre sus papeles un texto que presentó a un concurso literario convocado por un ayuntamiento extremeño en el año 2000, el año siguiente de la muerte de Enrique Urquijo. Estaba pletórico sin causa, con esa positividad farandulera que emana de las cuatro «avionetas» que te has bebido en la fiesta de La Peregrina. Me recuerda a James Dean cuando, en la piel de Jim Stark en Rebelde sin causa, trata, con desesperación, de encontrarse a sí mismo en medio de una juventud igual de confundida y perdida como él.

―Tal vez me influyó el torrente de nostalgia que me invadió cuando leí en un banco de la calle Goya la noticia de su fallecimiento y las especulaciones del momento al aparecer su cuerpo en un portal de la calle Espíritu Santo del barrio madrileño de Malasaña. Sensible, frágil y vulnerable, decían de él los que lo conocieron en persona. Tres adjetivos, salvando las distancias, con los que me siento plenamente identificado.

―Antes de que te dé el bajón, volvamos a tu guasap, Rafo. Refleja una inusitada alegría, la propia que precede a un posterior bajón anímico espeluznante… ¿O me equivoco? Te lo digo muy clarito: está a punto de salir a la luz con toda su irreflexiva inmadurez. Dices que te encantaría que yo lo incorporara a Hatroz, pues forma parte de mi idiosincrasia amorosa. Así me entenderás algo más, sentencias. ¿No crees que tus lectores, si es que los tienes aún, están muy hartos de tu pasado, de ese tu primer amor? Joder, Rafo, parece que te has quedado encasquillado en ese momento. Deja en paz a esa Maite. Me tienes a mí hasta las narices… pues a tus lectores… Estoy siendo abiertamente franco contigo…Quizá te duelan mis palabras, pero es lo que pienso.

―Sí, claro que me joden. Y ahora no pongas esa cara de sorprendido. Sí. Estoy torciendo el gesto para que lo veas «muy clarito». Eres un imbécil de cojones. ¿Ahora me vienes con esas, cuando tú has sido quien ha alimentado esa idea, la de novelar mi vida? Soy yo el que está hasta el gorro de ti y de tus innumerables advertencias. No he visto escritor, salvo tú, ―y hace un gesto con el índice y corazón de ambas manos― tan pejiguero y tocapelotas.

Sin levantar los ojos de la mesa, se va encendiendo poco a poco.

―Tío, desaparece de mi vista. Piérdete. Esfúmate. No me des más la chapa. Si estás harto, lárgate de una puta vez. Me haces un bizum con lo que te he adelantado y ancha es Castilla, como dice un conocido mío. Estás y no estás. Quieres que te cuente mi vida y, cuando así lo hago, surgen los «esques» y los «peros». Tío, prefieres la comodidad del «pero» a la incomodidad de actuar. Escribe, coño, escribe.

La tensión se masca. Yo he llegado a mi límite. No aguanto más. Apago mi ordenador, lo cierro y lo meto en el maletín. Me levanto sin decir nada, bajo las escaleras, pago la cuenta y no vuelvo la vista en ningún momento. Entiendo que el libro no se está escribiendo: se está imponiendo. El silencio y la calle son lo único que no intenta dictarme.

Rafo se quedó desenmascarado con su copa a medio terminar en Tula, en la calle Claudio Coello 116. Ese lugar mítico de la noche madrileña, ampliado y renovado en la actualidad, aunque con el recuerdo de los años ochenta impregnado en sus paredes y en su música. Tanto Rafo como yo lo pateamos con explosiva juventud, con palpitaciones amorosas y con una sed de diversión incontrolables.

Rafo saca su móvil, lo coloca frente a él y abre el guasap. Es tan previsible en sus movimientos que me los imagino, camino de mi casa. ¿Te has equivocado? No lo veo, pero seguro que no me equivoco lo más mínimo. Rafo se dispone a seguir con su historia.

―A mí no me deja ni dios con la palabra en la boca. Mientras no me llegue el bizum, el tío este sigue siendo mi escritor, y vuelve a hacer mentalmente el gesto que con anterioridad hizo con las dos manos. Como si nada hubiera ocurrido, su guasap retoma la conversación de un texto que había mandado a un concurso literario en el año 2000. Eran las correcciones.

―Como siempre ―él debe de pensar que seguimos frente a frente―, no gané ni el premio de consuelo o de cartón, como dicen algunos. Nada. Después de muchas gestiones, internet en el año 2000 estaba en pañales, de cambios de gobiernos municipales y traslados a sedes más amplias y más prestigiosas, me pude hacer con el periódico en el que publicaron los textos premiados. Un profesor universitario, y sigue mirando hacia donde estaba yo sentado, después de leer los tres premiados y el mío en cuatro folios sin nombre y nada identificable, escogió sin dudarlo el escrito por mí. No digo más.

El texto es el siguiente. Tú, sigue escuchando mi guasap, y, si te sale de las pelotas, lo cuelgas en mi blog, para mañana que es un día clave para los lectores, y dejas que estos lo juzguen.

Me envía el guasap pensando que lo voy a leer antes de acostarme. Está muy equivocado. Oigo cómo suena mi teléfono, pero no me levanto de la cama y sigo con la relectura de «El conde Montecristo», de mi adorado Alejandro Dumas, novela en la que Edmundo Dantès, envidiado por su entorno, y acusado de agente bonapartista, sufre una de las penurias carcelarias más sangrantes de la literatura mundial.

Rafo sale de Tula muy desconcertado y mirando con obsesión el teléfono para ver si se marcaban las dos rayas azules de lectura. Se encamina hacia su casa, envarado como si llevara un corpiño antiguo imaginario, se encuentra a dos vecinos a los que saluda con un fingimiento hatroz y que se ofrecen a ayudarlo en lo que fuera ―en esto los despacha con displicencia― mientras lo observan cómo hace esfuerzos ímprobos para planchar con las manos las arrugas de su camisa de algodón egipcio almidonada. Antes muerto que sencillo. Tumbado en su cama, navega entre un mar de cabreos, otro de falacias y el tercero de reproches injustificados. El guasap sigue gris. Lo termina, obsesivo él, con una innecesaria aclaración: piensa que este texto es de diciembre de 1999 y está sin tocar en su parte esencial, lo único que he corregido son tres cositas de… Y se queda dormido.

Maite fue mi primer amor. Era una chica de dieciséis años, uno más que yo. Tenía el pelo moreno y el cutis blanco, salpicado por unas pecas en torno a la nariz que hacían de ella, cuando se reía, una chica de una absoluta fascinación. Recuerdo de ella también unos labios generosos y rojos, unos ojos dulces, una sonrisa caliente y un aliento que te seducía sin argucia alguna. La nostalgia hace que el recuerdo se aproxime al endiosamiento.

El recuerdo del primer amor lleva incorporado un placentero mérito. Jamás recordamos los malos momentos ni los defectos. Se produce en nuestra mente el mismo efecto que cuando usamos un tamiz: la harina que nos hace sufrir no se filtra y no cae en el saco de los recuerdos positivos, para contaminarlos, que está ansioso de recibir y casi de espiritualizar las vivencias «reales» del pasado. Recordamos los ratos de placer, de aquellas tardes interminables al lado de ella, hablando de un mundo aislado y que solo nosotros podíamos palpar. Esa burbuja que se instala en nuestro cerebro es indestructible y aguanta con una fortaleza desaforada los hirientes golpes de la memoria posterior al primer amor. De vez en cuando se despierta y nos dice que está ahí, reproduciendo un idílico pasado, y que por nuevos amores que vengan, ninguno será como él.

Los recuerdos nos proyectan una película que jamás encontraremos en ninguna parte y que, por lo tanto, aunque los protagonistas y el encuadre espacio-temporal fueran los mismos, nunca podremos saber el grado de veracidad de esa evocación. Es una película de un tono ceniciento con algunas notas de color ―influencia del presente― que vemos en un inexistente cine ―el Mármol de aquella época― con una mezcla de voluptuosidad, ensoñación y nostalgia. Voluptuosidad, porque nos recreamos en el recuerdo de unas vivencias que causan en nosotros un placer inigualable. Jamás gocé como aquellas tardes quinceañeras, dicen algunos con un tono agridulce… pero que, a la par, esa ensoñación les deja un sedimento de tristeza y de acidez emocional imposible de borrar. Y nostalgia porque, desde la soledad actual que sufrimos algunos, amamos con verdadera fogosidad nuestro pasado, y pensamos que nadie puede llenar esa hornacina que permanece vacía de emociones en el día de hoy. ¿Alguien me puede negar que lo que vivimos, piel con piel, Maite y yo bajo el puente que cruzaba el río Manzanares cuando estaban construyendo la M30 no existió?  Por otro lado… ¿Cómo soy incapaz de recordar los malos momentos? ¿Por qué soy un incompetente a la hora de escenificar el instante en el que ella me dejó o yo la dejé? No lo sé. Eso también alimenta la voracidad y la sublimación de ese amor en una invulnerable vanidad. ¿Por qué no me ahogan las discusiones, las peleas, los celos y las malditas horas de silencio esperando ―ella o yo― la deseada llamada que no llegaba? ¿Por qué cada vez que echo atrás la vista el espejo de mi sueño brilla con mayor fulgor?

Son tantas las preguntas que me vienen a la mente que no me dejan vivir en paz porque no sé quién me las podría responder. Pero siempre entre ellas se asoma el rostro de ese primer amor que sacia cualquier carencia presente. Es un huésped permanente que, silencioso y oscuro, como un rayo electrizante, me visita con nocturnidad e invade mi memoria con el deseo de compartir el brebaje efímero de la nostalgia. Desde entonces, tengo sed todas las noches y bebo de él en un vaso como si fuera el santo grial. Nuevo recuerdo, vieja locura.