CAPÍTULO XXIX DE ‘HATROZ’.- INFIERNO

Estaba muy inquieto y receloso por el silencio de Rafo. Eran frecuentes estas lagunas de absoluto mutismo que duraban varios días. Esta era especialmente preocupante porque el guasap que me mandó la víspera de su prolongada mudez era más crudo que los bautizados por mí como «desnortados», que eran los más frecuentes: «A veces siento que el mundo seguiría girando igual si yo soltara por fin el borde del abismo al que me aferro en silencio. Quizá mañana, cuando amanezca, nadie note que decidí dejar de luchar contra la caída». El cabrón, hasta en plena agonía emocional, sabía mantener el tono poético en sus mensajes.

Llevaba varios días sin saber nada de él, circunstancia habitual como he dicho, pero extraña a la vez, porque cualquier frugal motivo le hacía contactar conmigo de un modo desesperado a cualquier hora del día. La última, otro oasis en medio del taitantos desierto verbal, fue a las tres de la madrugada, me dijo que se había quedado sin tabaco y que estaba desesperado. «Necesito hablar con alguien», me espetó con todo descaro. Cansado de tanto infantilismo, le contesté en un tono abrupto que en Juan Bravo 70 había un estanco nuevo que estaba las 24 horas de todos los días del año abierto. El cachondo me dijo que no me cabreara, como si fuera lo más normal llamar a una persona a esa de la madrugada por semejante gilipollez.

En plan peliculero, en estado de máxima ansiedad, heredado de mi madre, y para tranquilizar ese falso sentido de la culpabilidad que me corroe desde mi más tierna infancia, y con este tipo más, llamé al sanatorio que él considera de cabecera, «pues tienen todo mi prolijo historial», presumía. Después de una prolongada espera, una voz femenina me dijo que no, que en ese sanatorio no estaba registrada ninguna entrada con ese nombre.

Me acosté tarde algo nervioso y me puse los cascos para escuchar en bucle las canciones que tengo seleccionadas en Spotify. No sé si por mi carácter gallego, influenciado por las meigas y las bruxas, mientras repetía y siento que mi vida fracasó de Quiero beber hasta perder el control de Los Secretos, el sueño me venció como un desmemoriado Titán. Durante mi ensoñación casi mortuoria, en forma de contundente pesadilla, aposté por algún incidente grave en la jaranera vida de Rafo.

Me despertó, como siempre, el móvil a las cinco de la mañana. Me puse en pie con rapidez. Sigo sin tener la más mínima pereza en esta tempranera acción, aunque reconozco que en los últimos tiempos casi me subyuga la sanguinaria tentación de quedarme en la cama. No obstante, desde esos provocativos tiempos, con gesto donjuanesco, la venzo de un guantazo y me levanto adormilado, a la par que contento.

En aquella ocasión, mi intención era darle forma a una nueva entrada de mi blog con las notas que había ido tomando en una aplicación del móvil. Ese blog que estaba atascado en el fracaso y que lo miraba, no era ninguna novedad, con ojos de bloguicida. Lo sigo mirando igual.

Desayuné con mi hermana y hablamos de cosas simples y banales, debido a que no era hora para temas de trascendencia vital. No era el momento para desnudar la ansiedad que se ha convertido en mi perenne compañera como ese astuto lazarillo que trampeaba con el deshumanizado amo de turno. Le volví a dar el turre con el tema de todo profesor: el mal comportamiento y nulo estudio de algunos alumnos, que se contrastaba con la exquisita atención y estudio de unos pocos. Mi hermana era, y es, mi paño de lágrimas con este y otros temas.

A las 6 de la mañana encendí el ordenador y me dispuse a escribir, siempre con esa nube creativa acechante que me esputa que hoy es imposible, que hoy no hay ideas y que hoy es mejor cerrar el documento y ponerme a tocar, a pesar de que no tenga ni idea, la guitarra. Lo harás mejor, imbécil.

Salí a la calle a dar una vuelta para ver si se despertaba mi creatividad. Me puse a andar por las calles aledañas a mi casa, incómodas y negadas para el paseo, y una lluvia de ideas se amontonó de modo súbito en mi cerebro. Satisfacción pasajera. Las fui analizando una a una y las descarté, seco de imaginación, en su totalidad. Subí a casa y como un fornido gladiador ante un desesperado condenado a muerte me senté decidido frente al ordenador.

De pronto, sonó el teléfono. A quien le importa de Alaska. Respondo por educación. El ruido de fondo era espantoso ―vasos, tazas, máquinas tragaperras, televisión…― y apenas pude escuchar la voz de mi interlocutor. Era un voz cazallera y madrugadora, que me decía que estaba viviendo una situación alarmante y que no sabía realmente qué hacer. Después de un saludo rutinario, comenzó su parrafada.

―Ayer cerré mi bar como todos los días, a la una de la mañana y comprobé que todo quedaba en orden. Me fui a casa a descansar porque estaba muy jodido. Hoy abro de nuevo a las 6:30 para preparar los desayunos de los madrugadores y recoger el pedido de churros y porras cuando la mujer de la limpieza se abalanza sobre mí para decirme que no puede abrir la puerta del baño de los hombres. Bajo a toda prisa y compruebo ―en un principio, intuyo― que hay un cuerpo atravesado en el suelo que impide que entremos. Después de varios intentos, logro acceder y me encuentro a un hombre durmiendo casi inconsciente. Está todo mojado y con restos húmedos de vómito en la camisa. He intentado reanimarlo y, sí, sí tiene pulso, muy acelerado, pero tiene. He logrado que abriera los ojos y sin mediar palabra me ha soltado con voz gangosa este número de teléfono. Por eso yo le llamo. No tengo ni puta idea de quién es él ni de quién es usted. Sólo sé que o viene usted a por él o llamo en minutos a la policía. No aguanto más esta situación. Mis clientes no pueden ver eso.

Le dije que se tranquilizara, que lo iba a buscar yo y que me hacía cargo de todo. Le puntualicé, después de escuchar la dirección y consultarla en Google mapas, que tardaría una media hora en taxi.

Cerré el ordenador, llamé a Radiotaxi y me vestí a toda velocidad para no perder ni un minuto.

―Este tipo te va a quitar la vida. Lo tienes que mandar a paseo o, como digo yo, a pastar, me dijo mi hermana cuando escuchó la razón de mi repentina marcha.

En tanto que el taxi me trasladaba a dicho lugar, me pregunté mil veces que qué hacía Rafo en el barrio de los Carabanchelitos. No por desmerecerlo, no, y sí porque se encontraba a más de diez quilómetros de su casa y de su radio de andanzas nocturnas.

―Joder, que Rafo no tiene carné de conducir ni coche, se me escapó en alto. El taxista me miró por el espejo retrovisor con los ojos de un hombre acostumbrado a las más rocambolescas situaciones a cualquier hora del día.

Después de convencer al taxista para que nos esperara en la puerta del bar y de este modo tomar cuanto antes el camino de regreso, me bajé del taxi y accedí al bar, que a esa hora estaba casi lleno de trabajadores que tomaban su primer desayuno. El sonido de la televisión era ensordecedor y, con ese punto de ansiedad que me genera Rafo, bajo al baño a buscarlo.

―Pero…tío… ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha traído? ¿Sabes dónde te encuentras? Cada vez me lo pones más fácil para mandarte a la mierda.

Con una voz pastosa y las comisuras de los labios impregnadas de un líquido cuajado y consistente, me dijo que salió a dar una vuelta y que se perdió.

―No, Rafo, no, no me jodas. Uno no se pierde y se va a trece quilómetros de su casa sin coche. Alguien te ha tenido que traer aquí y, cuando bajaste al baño, lo mismo se largó el tío con el que venías porque se hartó de esperarte. Siempre te he dicho que tanta soledad es muy mala.

Lo convencí para que se levantara a fuerza de repetirle que el dueño del bar iba a llamar a la policía. Intentó caminar con su elegancia innata, pero no, se trastabilló varias veces con una resacosa torpeza al subir las escaleras. Descalzo, y pisando lo que la buena mujer de la limpieza había fregado, logramos alcanzar la planta principal y sentarnos a una mesa que estaba libre. Rafo estaba asqueroso y repulsivo, en nada semejante a la imagen de dandi trasnochador que expande cuando salimos por su barrio o cuando nos sentamos en su bareto preferido para hablar del blog.

Aluciné con el pingajo que tenía delante. La cara llena de chorretones negros, de habérsela frotado con unas manos que parecían haber sido rebozadas con betún o algo parecido. Despeinado y con el pelo lleno de grumos de vómito, intentaba pronunciar alguna coherente frase. La camisa, impregnada casi en su totalidad del líquido regurgitado y con un nauseabundo olor a ácido estomacal. Estaba descalzo, en esa época no usaba calcetines, y fue incapaz de decirme dónde había perdido los zapatos. Siempre ha presumido de tener unos pies cuidadísimos, pero en esa ocasión lucían sucios y pringosos. Los pantalones, mojados por haberse orinado encima y con más lamparones de grasa que cuando tomábamos en plan salvaje pulpo á feira en las verbenas gallegas.

Comprobé que no tenía ni un euro en los bolsillos. Bajé de nuevo al servicio y me encontré, colocados por la mujer de la limpieza encima de la cisterna, las llaves de casa, el tarjetero y el teléfono. Me ayudé con un poco de papel higiénico para rescatar sus pertenencias y limpiarlas en el lavabo. El olor era repugnante y me dieron varias arcadas mientras lavaba las llaves de su casa. Los subí, los puse delante de sus narices y le exigí que los guardara en sus bolsillos.

―Perdona, pero yo no me meto esa mierda en los bolsillos. Dile al camarero que me los limpie, contestó con ese ramalazo de hombre acostumbrado a que le hicieran ciertas tareas de limpieza de complementos.

No le hice ni caso, claro está, y se los metí con cierto aire violento en su bolsillo derecho después soltarle tres o cuatro insultos irrepetibles.

En ese momento terció uno de los clientes que se estaba desayunando un «sol y sombra» (coñac con anís dulce), acompañado de un café con leche y tres churros.

―Bah, eso no es nada, hombre. Como si lo viera, mañana ya ni se acuerda. Tres lavados de estómago me hicieron a mí, ¡tres!, y aquí me tienes, entero como un roble. La primera vez fue por celebrar un ascenso en el trabajo que no era ni mío; la segunda, en El Escorial, por despecho; y la tercera… bueno, la tercera fue porque sí, que también hay que ser constante en la vida. Y mírame ahora: el médico me saluda por mi nombre y todo. Aún me invitan a bodas. Y me comporto como un señor. Anda, llévatelo a casa, dale agua y una sopa, que lo peor que tiene no es la borrachera… es la resaca que le va a enseñar mañana mucha humildad.

Le metí un poco de prisa con el argumento de que estaba esperándonos un taxi en la calle. El conductor, ante el aspecto hediondo y sucio de Rafo, se negó a que se subiera a su taxi.

―Tiene cinco meses y me lo va a dejar hecho un cristo.

El dueño del bar, al ver el generoso redondeo que le puse en la mano por los servicios prestados, salió con una sábana tamaño 4XL para que la extendiera en el asiento de atrás y así no tocar en absoluto la tapicería. El taxista lo examinó y cedió, pero me exigió que fuera generoso con la remuneración en destino.

Sobra la marcha decidí que tenía que verlo un médico y que no le venía mal una cura de humildad sanitaria. Sin decirle nada a Rafo, nos dirigimos a su sanatorio de cabecera y lo dejé sentado en el vestíbulo de urgencias, después de asegurarme que conservaba la tarjeta de su aseguradora privada. La enfermera lo reconoció y, sobrecogida porque el habitual olor a colonia se había convertido en un emético aroma a detritus, tomó nota de las circunstancias sin necesidad de mirar la tarjeta.

Sin ningún remordimiento, salí precipitadamente del sanatorio y me puse los cascos de música para aislarme de la experiencia que acababa de vivir. Saltó la canción de Ignacio Canut y Carlos García Berlanga, interpretada por Enrique Urquijo, Encerrado en este hospital…

Al anochecer recibí un guasap de Rafo: «eres un cabronazo. Me has hecho pisar el infierno en un lugar que tenía una imagen irreprochable. No hay derecho. Lo que me has hecho hoy es un putadón como nunca he recibido en mi vida. Mañana, sin falta, a las 13 horas, en Santa Bárbara, en Alonso Martínez».

Ni una palabra del pastón que me había dejado en el bar y en el taxi. Eso le importaba un carajo. ¿Lo importante? Su imagen en su sanatorio de cabecera. Lo demás le importaba un carajo.