CAPÍTULO XXVIII DE ‘HATROZ’.- LA PINTURA ORIGINAL

Ayuda al señor arzobispo / cuando tenga que evacuar, / que Dios desde el cielo / bien te lo ha de pagar.

Mientras consumíamos una caña en una terraza de la Plaza de Santa Ana, pude constatar, algo ya intuía, que a Rafo le encantaba volver a su infancia o a esos años en los que se gestaron las anécdotas más graciosas y disparatadas en el entorno de su familia. Creo que tiene muy idealizada esa época, circunstancia que le ha hecho encallarse en un tiempo que jamás volverá. En esta ocasión no respiraba el resquemor de otras ocasiones. Había aparcado el tono hiriente y faltón. Era un verdadero espectáculo contemplar a este hombre relatar cualquier incidente, natural o provocado, que hubiera ocurrido en los aledaños de Compostela, ese locus amoenus que le hacía olvidar los desvelos y las ansiedades generados por lo que él llamaba los fracasos rotundos de su vida.

Hablo desde un presente ―2026― que él califica como la tormenta perfecta porque, por diversos factores de riesgo emocional, dice que llegará tarde o temprano una verdadera catástrofe, acompañada de una viscosa lava de autorreproches, como el culmen de una vida dedicada exclusivamente a vivir sin fruto alguno y a rememorar esas vivencias de su pasado que le anudan la garganta.

Localizado el escenario en las inmediaciones del mítico y legendario Pico Sacro y su desaparecida torre ―se dice que quien pasara por algún camino próximo a ella, durante la noche, oiría con gran nitidez los lamentos y los gemidos de una señora que había sido encantada por un gigante sin que nadie pudiera auxiliarla―, Rafo se dispuso a teatralizarme con admirables gestos faciales y manuales un  sucedido que fue «o acontecemento do mundo mundial», según el matusalénico alcalde la localidad, que cada año ampliaba con una addenda el anecdotario de la comarca. Los paisanos de hábitos taberneiros apostaban, año tras año, en qué siglo acabaría el susodicho libro.

Cando se tome o derradeiro viño que prometerá hai vinte anos, sentenciaba el más conspicuo de los presentes que presumía ser el más retranqueiro de la aldea.

Daquela, teremos que ver antes ó seu paxaro xantar lacón con grelos, le respondía un retador de ironías que no sabía tomar sólo un vino.

Y echaban a reír todos imaginando al bueno del alcalde sin catar «o viño do Ulla» y dándole a su pájaro las sobras de tan selecto plato.

La mandamás de la casa de los Máiz, mujer de armas tomar, allá en los años veinte, decidió que las comidas de la familia, en plena canícula veraniega, tenían que ser un interminable recordatorio de todas las historietas, enredos o intrigas que habían sido protagonizados, unos por su familia, otros por los más insignes invitados y los de más allá por los anónimos habitantes de la aldea. Comentaban los residentes de esa casa que, cuando se le contradecía, se enfadaba como un huracán y daba unos botes, impulsados por sus andariegas piernas, que tocaba el techo con el moño que se hacía todas las mañanas después de llevar a cabo sus diarias abluciones en su dormitorio.

Un vecino de la finca de El Burgo, en Vedra, llamado O estralador, por su hartera forma de reventar las anécdotas antes de que culminara exitosamente su relato, era un digno representante, a pesar de ello, de la narrativa y rumorología oral gallega más ancestral.

―Porque no hay otro igual, decían las lenguas empapadas en vino en la taberna de O corneador do Ulla, por su infructuoso afán de ponerle los cuernos a su resignada mujer.

Este hombre, integrante activo de las diferentes tertulias que en las casas rurales de la comarca ulloana se celebraban, poseía un caudal de historias, unas verdaderas en lo elemental y otras sin ninguna base real, producto de una portentosa imaginación, que iban conformando un rico patrimonio de historietas rurales.

La fiesta de la Virgen de los Dolores, la que más fama tenía en la zona, en el año 1913, culminó sin sacerdote. Este era el titular de la anécdota que manuscribió el alcalde. Robada de un manzano mimado por la familia, una rotunda manzana lanzada por el hijo de diez años de O corneador do Ulla, cual Robin Hood con su arco, atinó a sacudirle al celebrante ―el arzobispo de Santiago― tal golpe en la cabeza mientras hacían las peticiones que cayó desmayado en el suelo como un orondo saco de patatas. Allí acudió el médico de la aldea, amoratado como el vino de Barrantes, a prestarle los primeros auxilios. Además de una micromisa, la fiesta patronal se quedó sin procesión porque el portador del estandarte lo olvidó, como consecuencia de una renombrada beodez, en no se sabe qué lugar de la periferia vedresa.

Las familias de los niños que iban a recibir la Primera Comunión ―tradición que empezó a asentarse a finales del siglo XIX― cayeron en un estado de ansiedad monumental porque intuían que sus hijos se iban a quedar a dos velas y con un palmo de narices si no se recuperaba el noqueado mitrado… de los efluvios vinícolas que expelía por la boca el dispuesto facultativo.

Coincidiendo con la fiesta de la comarca, también se celebraba la Primera Comunión de los pequeños de la aldea que estuvieran en disposición de recibir el mencionado sacramento. Sus esmeradas madres habían cuidado con enorme afán, el peinado y el traje de los primocomulgantes. Un buen negocio había hecho el peluquero el día anterior porque les cortó el pelo y los repeinó de tal modo con el fijador Patrico, para seguir la moda en una época que se llevaba el pelo engominado o el cabello hacia atrás con raya marcada. Era Patrico, en cierto modo, el equivalente español de las pomadas clásicas americanas, pero con un toque propio y un olor fuerte muy característico.

Recuperado del manzanazo el celebrante, más amigo de la calle que del convento, pudo otorgar, muy satisfecho y a toda velocidad, la Primera Comunión a todos los niños, aunque sus ojos estaban puestos en la opípara comida que habían preparado con todo lujo de detalles.

―Necesito recuperarme cuanto antes, acertó a decir con una voz aún herida.

Aquellas fiestas eran pantagruélicas, tanto en la celebración del acto religioso ―aunque en esta ocasión fue de chichinabo, como la tildó un madrileño que llevaba muchos años a la sombra del Pico Sacro― como en la comilona que era la esplendorosa culminación de un día inolvidable para toda la comarca. Decenas de curiosos posaban sus ojos en los diferentes concurrentes que asistían con sus mejores galas al acto casi más importante del año. Como aprendices de tertulianos televisivos, soltaban sus hirientes dardos, bien en forma de sonora carcajada, bien en modo de calificativos irrepetibles, contra todo ser viviente que mostrara un aspecto merecedor de la más dura diatriba.

Las burlas giraban también en torno a la renombrada cogorza que se iba a coger el señor alcalde, a los traspiés que los más torpes cometían en sus andares por el peligroso acceso que circundaba a la casa o en los llamativos trajes que algunos ―sin rubor ninguno― lucían cual esperpento valleinclanesco.

Pero concretemos más. Se organizó un auténtico fangal por culpa de una lluvia torrencial en la zona y la puerta principal, parecido el lugar a un fotocol de famosos, se convirtió en una «chocolatada de barro y agua». De nada sirvió que el acto religioso, por la indisposición del arzobispo de Santiago, fuera fugaz y deslucido. La chuvieira ―lluvia intensa con viento― que cayó fue muy inoportuna y todos los vecinos pudieron disfrutar, con mayor saña que otros años, del hundimiento reiterado de los zapatos en el cenagal que se había formado. Los invitados se vieron obligados a descalzarse para limpiar con esmerada voluntad los casi por seguro ya inservibles zapatos. Las risotadas de los espectadores fueron de escándalo. Ver de esa guisa al médico, al farmacéutico o a la alcaldesa, que tenía unos juanetes que parecían un sexto dedo en plena independencia, era impagable. Estaba asegurada una temporada en la taberna de O corneador do Ulla.

Por entonces, a principios del siglo XX, en estas casas no había cuarto de baño que dispusiera de un inodoro como los de hoy. Uno de los grandes problemas de estos eventos era, cuando se juntaban personajes de cierta entidad, cómo facilitarles la evacuación de sus aguas menores y mayores. El aseo diario se llevaba a cabo en un elegante lavabo que había en cada dormitorio. Las personas que trabajaban la finca se encargaban de dejar la jarra de agua bien repleta y una jofaina limpia para que los durmientes pudieran hacer a primera hora sus purificadoras abluciones.

En la parte posterior de estas viviendas, en la planta baja, en un lugar poco visible, había un excusado llamado común que servía de cagadoiro, como decía vulgarmente la gente de la aldea. Los más refinados se negaban a utilizar ese nombre y hablaban con unos eufemismos dignos de admiración: el excusado, el visitador, el inevitable o el solitario. Consistía en una construcción de madera en la que cabía a duras penas una persona de pie. A la altura de las rodillas había colocada una tabla de madera con un agujero redondo en el centro, lugar por el que se colaba la liberación humana, después de acomodar bien las posaderas, hacia un pozo negro.

Ante este hecho, y con la absoluta certeza de que a lo largo del día el reverendísimo arzobispo iría a visitarlo, un miembro de la familia de la mandamás le dijo entonces a un rapaz que raposeaba por allí:

―Cuando vaya su excelentísimo arzobispo a hacer hueco (a cagar, rapaz, a cagar, ante la cara de sorprendido del chiquillo), estate bien atento, para que en el momento de terminar su liberadora tarea ―no puedes quitar ojo de su libramento, ¿eh?―, tú le pasas por la enlodada comisura de sus nobles nalgas un palo con un paño de tela muy fina ligeramente humedecido con agua y untado con el aromático jabón que elaboramos en nuestra finca. De este modo, su ilustrísima no se ensuciará en absoluto ni la ropa interior ni los faldones de la sotana. La labor tuya es vital para que el único olor que percibamos sea el del aroma del jabón de Consuelo.

El chaval, acobardado, estuvo practicando con esmero desde que fue elegido para tal «ilustre tarea», pues hablaban de las malas pulgas que manifestaba el prelado cuando algo no acababa como él tenía previsto.

Fuco, llamemos así al chaval, al recibir la señal salió como un cohete y se colocó justo detrás del armazón de madera que daba rudimentaria forma al precario retrete. La madera rugió dolorosa cuando los voluminosos glúteos del mitrado descansaron en el tablón agujereado. Gracias a que el maderamen estaba un poco húmedo no se quebró como una plancha seca. Allí, el asustado rapaz tenía los cinco sentidos puestos en la acción liberadora del que había pronunciado minutos antes, como colofón de la comida, un «emotivo sermón» sobre las tentaciones del matrimonio cristiano.

Cuando el joven, magníficamente adiestrado pensó que el ciscador ya había terminado ―el volumen del vaciado y la trompetería que lo acompañó fueron de récord Guiness―, le ajustó el palo a su entrenalgas y frotó con una energía brutal. El mitrado, ante tan sorprendente y enojosa caricia, se puso tieso como un roble. Fuco pensó que tal vez no había realizado una limpieza completa, ya que no subía el aroma del jabón. Debía realizar una segunda e higiénica tarea que le asegurara que estaba todo limpio como una patena. Repitió la operación con más diligencia e impetuosa porfía si cabe. Pero… ¿Cómo iba a pensar el raparigo que el zampón prelado iba a meter la cabeza en el maloliente agujero para ver qué había ocurrido? El resultado fue que, en lugar de limpiarle por segunda vez el trasero, le endilgó unas buenas zurrapas que se habían adherido al paño en la primera limpieza en su rostro que brillaba coloradote por el vino consumido.

El buen hombre bramó como un cerdo por San Martín, despotricó de los hombres y de todo lo que no se encontraba en los escritos. Sin pudor alguno, se presentó en el remate de la comida ―podía ser cena, por la hora― con la cara enmarronada y exigió, tras unas cuantas expresiones malsonantes, que se esclareciese cuanto antes el móvil de aquella sucia ofensa y que se castigara con severidad al desvergonzado responsable. La reparación debería ser pública y notoria.

Y allí había que ver al pobre Fuco, delante del señor arzobispo, que no había permitido que le limpiaran la cara con diligencia, por lo que aún llevaba, según los asistentes que permanecían en riguroso silencio, pero con unas locas ganas de soltar una carcajada, en el rostro algunos restos de lo ingerido copiosamente en el desayuno y comida. Fuco le pidió perdón reiteradas veces ―nada se supo del instigador― con la cabeza gacha y sin mirarle a los ojos. Le aseguraron al gran libertario que el escarmiento iba a ser de los que harían época.

Los rapaces, solidarios con Fuco, estuvieron una semana sin salir de casa por la mañana, pero, por las tardes de esos días nadie les impidió ir al río a bañarse.

Durante esos días, los parroquianos, después de hablar con algún testigo de excepción, decían, entre burlas y parodias, que el verdadero responsable de la trastada sonreía más de la cuenta, como si una alegría interior rebosara de continuo por los poros de su plisada piel. Y este no era otro que el único tío soltero de la familia.

De la pintura del señor arzobispo habló toda la aldea durante meses. Hasta dicen que el hijo de Mariquiña, la de la tienda de comestibles, que pintaba muy bien, por cierto, hizo un lienzo para inmortalizar la heroica hazaña de Fuco. La verdad es que nadie lo vio.

En la tasca de la aldea sí se escucharon, durante bastante tiempo, muchas chanzas cuando los sedientos discípulos de Baco iban al común. Cuentan que salían disparados del estudio de pintura del señor arzobispo (así fue rebautizado el común de la taberna), por si alguno de los pícaros que por allí correteaban los confundían con su reverendísima.

―De la ceremonia religiosa decapitada y del sermón admonitorio sobre los peligros del baile moderno nadie habló lo más mínimo. Lo que se recuerda de la fiesta aún hoy es el gracioso y maloliente incidente del mitrado. Tantos preparativos por parte de la familia y de los vecinos para caer sin remedio en el más injusto olvido, se lamentó Rafo cuando terminó, satisfecho, la narración de la pintura original