«HATROZ»

CAPÍTULO XXV DE ‘HATROZ’.- LA INOCENCIA

Bendita sea la inocencia, / mi abuelo siempre rezó, / mientras yo abría los regalos / que el Rey Mago en mi portal dejó.

Rafo, ya lo vas conociendo, es muy terco y tozudo. Me argumenta, cuando me propone saltar a la infancia, que ya me había advertido que no quería linealidad narrativa. Soy así y, otra vez, como la carta que escribe mil veces, pero nunca envía, sale a la luz la amenaza de deshacerse de mí como narrador. Terco y tozudo como ese espejo que solo refleja lo que uno quiere ver o como ese muro que crece en altura cada vez que alguien ―yo, por ejemplo― intenta escalarlo.

Rafo se debía levantar de forma sigilosa, en una acción clandestina y oculta como el asesino de la hermosa mujer del doctor Kimble en El fugitivo. Nadie sabía sus intenciones. Si alguien las hubiera descubierto, seguro que lo hubieran reprendido en extremo con una advertencia severísima de que, ante un comportamiento tan desmandado, los Reyes Magos pasarían de largo y no dejarían ninguna de las peticiones que había plasmado en la ya tradicional carta.

Durante la cena se esmeró en bostezar ruidosa y estridentemente repetidas veces. Varias advertencias paternas sobre la educación y los malos hábitos cuando estaban sentados a la mesa salpicaron una espera que temía que se le fuera de las manos. Nada más terminar el postre, fue conminado a abandonar el comedor y a meterse en la cama nun chiscar de ollos e nun airiño de Deus. Dos expresiones gallegas muy conocidas por su padre que, así sumadas, le invitaban al receptor del dictado a hacer diligentemente lo que se le indicaba.

Embozado hasta las cejas, el corazón se le desbocaba y sonaba con gran estruendo en el silencio de su habitación. Había tenido una infinita paciencia fingiendo que ya estaba inmerso en uno de sus fantasiosos sueños infantiles. Escenificó acertadamente la estrategia que había tramado con esmerado detallismo, pues la última vez que entró su padre en el cuarto se cercioró de que no estaba despierto. Reprodujo el sonido gutural que profería el dormido con tanta perfección que su padre le confirmó a su madre que estaba descansando. Como buen gallego, dijo: parece que duerme.

Calculó cuánto tiempo tardarían sus padres en conciliar el sueño. Son unos pesados, dijo para sí, porque no paraban de recorrer el pasillo una y otra vez. ¡Hasta han salido a la calle! ¡Esto es como una canción desafinada que no deja de sonar!, dijo para sí reproduciendo las palabras del párroco de Ortoño cuando lo escuchó en las pruebas de canto para el coro.

Por aquel tiempo Rafo no era consciente de las dificultades de su madre para conciliar el sueño. Le oía comentar que el insomnio es como un teatro donde la mente no baja el telón o como un laberinto sin salida. No sabía aún que su lucha contra el desvelo con un silencio forzado le producía un nudo en la garganta que apretaba más con cada palabra no pronunciada. Rafo no sabía a esa edad de la lucha de su madre desde tiempos lejanísimos.

―En esa edad temprana todo me parecía tan sencillo que, cuando llegué a la preadolescencia, y me enteré con todo detalle de la realidad, me sentí un poco culpable por no haberme percatado de ciertas experiencias vividas, me comentó el día que estuvimos hablando de este capítulo.

De pronto, explotó el silencio en la casa. Ni vecinos ni camiones por el paseo. O eso creía Rafo en su fingido sueño, porque la noche del 5 al 6, en aquella época, era una auténtica locura con la compra de los regalos descolgados que los niños habían solicitado en la carta a los Reyes Magos.

De vez en cuando, lo que retrasó voluntariamente la puesta en pie de Rafo, un viento gélido golpeaba el cristal del balcón y se colaba por las rendijas de la montura de madera que no asentaba bien. Esto era una cancioncilla que en tiempos pasados habría sido la causa de una apresurada y meteórica incursión en la cama de sus padres.

El miedo era extraordinario como un abismo que empezaba en la almohada y el crujir de la madera era como un invitado no deseado que no se quería ir. Ni aún con la promesa del vellocino de oro se hubiera quedado en su dormitorio otra noche cualquiera. El objetivo que se había planteado para esa noche era tan importante que el éxito de dicha expedición vencía el miedo a cualquier incursión de elementos extraños en su habitación.

Metido en la cama con tres mantas zamoranas, y tapado hasta la nariz, se sentía muy orgulloso por no escapar de la musiquilla maléfica de la puerta del balcón, aunque al otro lado estuviera la señora Danvers, el ama de llaves de Rebeca. No le castañeaban las muelas por más que sintiera en el estómago el aleteo de inquietas mariposas.

Pensó que ya debería levantarse, pero no era capaz de destaparse, paso previo para ponerse en pie y comenzar de este modo sus indagaciones reales. Hacía mucho frío en la habitación y añoraba Rafo la lucecita que sus padres enchufaban de noche para que no cayera en el pavor nocturno, ese miedo que se convertía en un huésped que no veía pero que sabía que estaba a su vera. Lo de la lucecita no lo sabían en el colegio para no ser pasto de las burlas de los compañeros, que siempre presumían de dormir en la más absoluta oscuridad. Hasta su compañero Pedro, cuando hablaban del miedo decía como un fanfarrón: Si viene a asustarme, que traiga algo nuevo, porque los fantasmas ya me aburren. Yo no tiemblo, yo hago temblar al miedo.

Por fin se puso en pie, tanteó la pared y esquivó con suma habilidad la ruidosa baldosa que estaba suelta, mil veces sellada, pero que mis «tranquilos juegos» hacían que se desprendiera reiteradamente. A causa del desasosiego que me generaba la situación llevaba el pijama pegado a la espalda. Hacía un frío invernal, pero sudaba. La zozobra de la situación lo mantenía en vilo, atacado por los nervios y con la mente neblinosa. Estaba convencido de que iba a descubrir uno de los mayores secretos de la humanidad: el mapa del tesoro estaba dibujado con la letra de mamá.

Avanzó por el pasillo como un niño que camina entre dos mundos: el de la fantasía que quiere conservar y el de la verdad que está a punto de descubrir. Olía la presa. Aspiraba un ligero aroma a licor. Era incapaz de distinguir el tipo de bebida que descansaba en la mesa del comedor. Allí estaban las tres copitas llenas con sus respectivos dulces y servilletas. Ajajá, esta noche los pillo seguro, pensó mientras le subía a la boca una regurgitación estomacal. El maldito pudin que se empeñó en cenar ―había sobrado de la comida― haciendo caso omiso a las «advertencias profesionales» que su padre le había hecho sobre los inconvenientes nocturnos de dicha ingesta. Ahí la terquedad infantil es un grado, además de la cierta permisividad que habita en los progenitores en épocas navideñas.

Rafo tenía ocho años y una misión, repetida mil veces en su mente, muy clara: descubrir de una vez por todas quiénes eran los verdaderos Reyes Magos. Le había dicho Mateo, un compañero de clase con la rotundidad de un niño envalentonado:

―Los Reyes no existen. Son los padres los que compran los regalos. Ayer, mientras rebuscaba en el armario de mis padres, encontré una bolsa llena de juguetes con etiquetas que decían «Para Leo», «Para Clara» y «Para Mateo». Y claro descubrí la mentira: los Reyes Magos no son quienes traen los regalos… ¡son los padres!

La profesora, al enterarse, habló con Mateo. Le explicó que la magia de los Reyes no está en saber si son reales o no, sino en compartir ilusión, esperanza y alegría.

Mateo, avergonzado, comprendió que había roto algo más que un secreto: había chafado la ilusión de sus amigos.

Esa noche, escribió cartas a cada uno de ellos, pidiéndoles perdón y prometiendo que, aunque supiera la verdad, nunca volvería a apagar la magia de los demás.

Los padres de Rafo, cada año, le hablaban de Melchor, Gaspar y Baltasar, pero él, después de escuchar a Mateo, sospechaba que algo no cuadraba. Así que esa noche, la noche mágica del 5 de enero, había decidido ejecutar la operación secreta que había urdido sin decir nada a nadie.

Colocó una manta en el sofá del salón, justo frente al portal de Belén que presidía el salón. Tenía una linterna, una libreta para tomar notas, y hasta un reloj con alarma. Dejó los zapatos bien limpios bajo el portal, junto a los dulces para los Reyes y el agua para los camellos. Todo estaba listo.

—Esta vez no se me escapan —susurró, mientras se acomodaba en el sofá. Pero los nervios y el cansancio, compinchados con sus padres, lograron el milagro: se quedó profundamente dormido. Había luchaba contra el sueño como un titán, pero sus párpados pesaban como piedras y no pudo más. A las cuatro de la madrugada, la alarma sonó… pero él no la oyó. Dormía profundamente, abrazado a su linterna.

A las siete de la mañana, sintió una mano suave en el hombro.

—¡Feliz Día de Reyes, campeón! —le dijo su padre.

Rafo abrió los ojos y vio el salón lleno de regalos, los zapatos rebosando de sorpresas, y los dulces mordisqueados.

—¡No puede ser! ¡Me dormí! —exclamó, frustrado.

Su padre sonrió, cómplice.

—Los Reyes son muy rápidos. Quizás el año que viene tengas más suerte. Tal vez los Reyes solo se dejan ver cuando uno no los espera. Quizás la magia está en no verlos.

Rafo miró su libreta vacía y suspiró. Pero en el fondo, sabía que la magia no estaba en descubrir el secreto… sino en que realmente existían los Reyes Magos. 

CAPÍTULO XXIV DE ‘HATROZ’.- LA GUISANDEIRA

Falan que as guisandeiras son as mellores cociñeiras, falan todos moi ben delas como si aínda as houbera.

(Cuentan que las guisandeiras son las mejores cocineras, todos hablan muy bien de ellas como si aún las hubiera).

―La comida casera es una parte esencial en el desarrollo de los jóvenes y no esas porquerías que comen en los bares a los que van.

Así hablaban los queridos ascendientes de los pequeños cuando sesteaban delante de la casa vieja de La Peregrina después de un buen elaborado almuerzo en una vella cocina de leña.

Lo cierto es que en verano todos engordaban unos cuantos kilos. Mil argumentos varios para una realidad gallega: las patatas gallegas, el pan, los huevos de corral… ¡Hasta algunos decían que el aire puro del valle de Amaía engordaba más que el contaminado de Madrid!

Rafo, cuando era pequeño, escuchó reiteradas veces un elogio un tanto desmesurado de las patatas gallegas y los tres pequeños iban a la cocina con la misma frase. 

―Pepa, no hay nada como as patacas da terra.

La buena guisandeira miraba a Rafo, a Jorge y a Rosa con cierto gesto de incredulidad campesina y paciencia quincuagenaria, se frotaba las manos y les soltaba con profundo acento gallego:

Da terra son todas.

Y volvía a sus tareas culinarias.

Jorge aclaró que la frase era respuesta de Maruxa, una mujer que trabajó en su casa durante muchos años.

―Nunca conseguiréis que acepte el doble significado de esa expresión. Sois muy tercos. Cada verano le decís lo mismo con el afán vuestro de que en esa oportunidad se vaya a reír con vosotros. Ni lo soñéis. Pepa es de una simpleza argumentaría que no buscará nunca el doble sentido de esa palabra. ¡Ojo que lo digo como elogio y no como descalificativo!

Así hablaba el tío Filoso cada vez que veía que se multiplicaban las visitas de los pequeños a la cocina.

En realidad, las incursiones al «territorio de Pepa» tenían en muchas ocasiones una razón muy diferente. Eran las «requetefamosas galletas de nata» las responsables.

Pepa las elaboraba con la nata de la leche de las vacas recién ordeñadas cada noche en una granja vecina. Cuando los quehaceres de la cocina de leña le permitían otros cometidos, los pequeños lo celebraban con gritos de alegría que querían imitar al linajudo e inconfundible aturuxo (grito agudo, fuerte y prolongado que se emite en señal de alegría en las fiestas mientras se realizan algunas labores agrícolas).

Anhelaban que entre esos otros cometidos estuviera la elaboración de las inimitables y singulares galletas de nata. Todo dependía de la inexistencia de algún encargo familiar.

Hacía muy pocas galletas para la cantidad de comensales que estaban dispuestos a saborearlas. En algunas ocasiones protestaba polo miúdo (en voz baja) cuando podía comprobar que esa noche se había pertrechado el más escandaloso de los ataques. El placer, con el recuerdo actual, no se sabe si estaba en la galleta, que seguro que sí, o en la sensación de exención de culpa cada vez que, en la fría y húmeda oscuridad de la noche, se abalanzaban casi obscenamente sobre el bote que las albergaba.

Pepa se levantaba muy pronto. A las seis de la mañana ya había ruido de cacerolas en la cocina. Así lo aseveraban los primos mayores de la casa que, como habían llegado de madrugada, se quejaban de tal alboroto organizado. Su cuarto se encontraba justo encima de la cocina. Los suelos de madera de entonces no aislaban lo suficiente para amortiguar los golpes protagonizados por la guisandeira cuando preparaba todo para la comida del día. Mientras reposaban en los mullidos colchones de lana, oían con absoluta nitidez el vetusto ritual de Pepa, en forma de sintonía culinaria. Únicamente se mitigaba cuando el aroma inconfundible de un caldo gallego se colaba por las rendijas que tanta madera vieja ofrecía. Hoy, con el dolor de la nostalgia que destroza realidades pasadas, recuerdan todos aquel exquisito caldo elaborado a fuego lento y en cocina de leña. El crepitar de la leña era música de un galán que cortejaba a los ingredientes del caldo gallego.

Su afán era tener todo dispuesto a media mañana, para poder dedicar algún tiempo al tratamiento de sus variados achaques médicos. Las varices, la tensión… y cuantas dolencias habitaban en su pequeño cuerpo.

Como tenía muy cerca de la cocina el baño que ella utilizaba para sus abluciones matinales y otros menesteres, no había que ser muy lince para imaginar que, cuando la comida reposaba a medio elaborar en las diferentes mesas de la cocina, y la «circunstancia física» lo requería, las visitas al excusado eran reiteradísimas.

No le gustaba nada que hubiera fisgones mientras ella cocinaba. Los expulsaba de su pequeño reino como el más déspota y despiadado monarca. A la familia, los espectadores, siempre les dirigía unas palabras que hoy nadie es capaz de recordar. He buceado en la memoria de los familiares que aún viven con saña inquisitorial, pero nada. Todo ha sido baldío. Esas palabras les hacían salir a toda velocidad de la cocina y disimular ante ella que cumplirían a rajatabla tal indicación.

Duraba el precepto unos cinco minutos. La curiosidad infantil, en muchas ocasiones, era superior a la de los adultos cuando eran expulsados y amagaban con marcharse para dar vueltas continuas con el único afán de seguir fisgando en la «propiedad de Pepa».

Célebre fue la reacción de esta buena mujer cuando visitó a su médico de toda la vida y le recetó unos supositorios. La cara de ella era todo un poema, cada vez más impactante, según iba escuchando al doctor lo que le había recetado para atenuar ciertos dolores que tenía en la zona baja del vientre.

―Lo que le receto en esta ocasión es algo novedoso para usted, pero que es muy efectivo si se utiliza debidamente. Los supositorios son muy positivos para aliviar el dolor de modo casi inmediato. ¿Me entiende usted? ¿Lo ve? Y le mostraba uno como referencia visual. Es un medicamento sólido de forma alargada y acabado en punta que usted debe introducir por el ano con una presión continua hacia el interior hasta que usted se percate de que no va a salir. Puede ser que haya experimentado en ocasiones otros tratamientos también exitosos que se utilizan introduciéndolos por la vagina. Cuando lo introduzca por el ano debe cerciorarse de que lo retiene perfectamente en su interior para que el supositorio libere su ingrediente activo cuando se funda con la temperatura del cuerpo.

La cara de Pepa iba de susto en susto. Lo único que le apaciguó el pudor que invadió su rostro fue la contundencia de las palabras del médico cuando le aseguró su efectividad. Sus palabras fueron persuasivas y concluyentes.

―Lo tiene que hacer usted. No tenga reparo alguno. Esto es una práctica muy frecuente hoy en día. Es evidente que no es un tema para una conversación, pero si usted indaga un poco, muchas mujeres le corroborarán mis explicaciones.

La salida de la consulta fue todo un concierto sin preludio. La ansiedad le había producido una gasificación que no fue capaz de reprimir y hubo una liberación absoluta de música de viento.

Su enrojecido rostro subió de tono al recibir el frío de la mañana y el camino hacia el taxi lo hizo cabizbaja y consternada.

No abrió la boca en todo el recorrido de la consulta a La Peregrina. Se bajó aturullada y torpe por los nervios, y se tropezó con el patinete que había en la era. Rogó a lo más alto que ningún hombre de la casa le preguntara por la visita al médico.

―Por poco la tengo que llevar a urgencias, le dijo el taxista. Algo muy grave le ha tenido que comentar el médico para postrarla en ese azorado atontamiento. Espabile, mujer, espabile, que seguro que no es nada grave.

Pepa, haciendo caso omiso a cualquier comentario que llegaba a sus oídos, se introdujo en la casa vieja mirando fijamente al suelo y con el rostro aún encendido de vergüenza. No veía el momento en el que pudiera descansar en su dormitorio a solas. Era su mayor deseo en ese instante. El movimiento de la llave se oyó con nitidez en la acera de la casa vieja. Golpe seco y firme con el siguiente significado: no me molesten.

―Algo peliagudo ha tenido que ocurrir, comentó el tío Filoso, mientras saboreaba un cigarrillo perfectamente liado con mano habilidosa y ducha en esta labor desde la adolescencia.

Como la comida estaba hecha, Pepa no salió de su habitación hasta el atardecer. De hecho, varios miembros de la familia golpearon con los nudillos en la puerta de su dormitorio y no encontraron respuesta alguna. La preocupación era evidente. Empezaron a barajar la posibilidad de que lo hablado en la consulta del médico fuera más allá de una simple dispensación de recetas.

―Ningún médico sensato se lanza a hacer un diagnóstico sin pruebas previas. Tiene que ser algo muy molesto, pero nada grave. Es lo mínimo. A no ser que fuera, que no lo es porque lo conozco yo muy bien, o carniceiro de Reboredo, cerca de San Andrés de Teixido que sajaba los granos de la cara haciendo tres grandes cortes en distintas direcciones para así garantizar la extracción de todas las impurezas.

―Ninguén o fai mellor ca eu. E, cando me reclaman anestesia, doulles un augardente de oruxo blanco de 50º, o mesmo que utilizo después para limpiar a pel, que os deita na cama como si recibiran un puñetazo en seco de Mujamá de Alí.

Los pequeños, a lo suyo como es evidente, entraron reiteradas veces en la cocina con la esperanza de que estuviera elaborando galletas de nata. Estos «tres elementos» ―Rafo, Jorge y Rosita― no podían calibrar la gravedad de la posible enfermedad de Pepa. En la niñez no se conocen nítidamente los imponderables que se van presentando en la vida adulta. Ninguno de los tres valoró los achaques que sufría la buena de Pepa y que la postraron de aquel modo tan significativo.

En el silencio del atardecer, y entre ronquidos indignantes, parecidos a una motosierra, de algún familiar, se oyó de pronto el chirrido de las bisagras de una puerta. La madre de Rafo levantó la vista del punto que estaba calcetando y, en un silencio casi nocturno, se puso en pie y se dirigió con rapidez a la cocina. Después apareció la madre de Jorge. La de Rosa no estaba presente porque se había a dar con su marido el paseo de todos los días.

Allí estaba Pepa, en el umbral de la puerta que daba acceso a su territorio con la caja de los supositorios en la mano derecha en plan de afrenta medieval.

Las hermanas se interesaron y le preguntaron si precisaba algún tipo de ayuda con las croquetas de la noche.

―Ustedes tranquilas. La masa ya está hecha y sólo me falta envolverlas en pan rallado y huevo. Ahora voy al baño, ya saben ustedes, y luego las envuelvo.

Lo curioso de la noche es que todos se sorprendieron muchísimo cuando las madres de Rafo y Jorge decidieron no tomar croquetas esa noche. Si es vuestro plato preferido, les bombardearon todos mientras se iban sirviendo ritualmente.

Nadie supo la razón. Bueno, sí, dos personas. 

CAPÍTULO XXIII DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (II)

Rafo, a los dieciocho años, había comenzado una relación que se le estaba yendo de las manos. Sabía que era un inmaduro para afrontar algo serio y con proyección de futuro. En su casa la presión era muy grande, o él la sentía así, para que abandonara esa «amistad», ya que se negaban a tildarla de noviazgo. Ella era la que se obstinaba en mantener una relación más seria y él la procuraba más física que sentimental. Yo me dejo llevar por una inercia egoísta y cobarde, decía en la intimidad a sus amigos sin rubor ninguno. Iba de la respuesta más desabrida al beso más turbador en un abrir y cerrar de ojos.

Todo esto que estoy narrando me lo contó Rafo de una tacada mientras comíamos en Mingo, restaurante especializado en pollos asados y sidra de elaboración propia. No soportaba la grasa de los pollos, pero reconocía que la pechuga asada, él no comía ni muslos ni zancos, era riquísima.

Hizo una pausa en la narración y se le fue de la mente la idea que estaba a punto de comentar. Distraído, y con un cigarro sin encender entre los dedos, se mostraba incapaz de mantener la mirada. Sabía que estaba dejando al descubierto una personalidad pusilánime y endeble. Hablar de ese pasado tan lejano le suponía hacer un esfuerzo tal que sólo le estimulaba el café que se ofrecía aromático y retador delante de él. Estaba frío por la tardanza en su consumición. Su rostro, mientras, reflejaba las lejanas huellas de una ruptura que él llevó a cabo de forma torpe, abyecta e innoble.

Marisa nunca entendió el motivo aducido por Rafo. Nunca. Él cortó por lo sano una noche en la que le repitió infinitas veces ese endeble argumento de la falta de libertad y ese manoseado hasta la saciedad por los adolescentes de que no podía atarse a una mujer en edad tan temprana. Marisa vislumbró detrás de esas palabras la sombra de los padres de Rafo. El argumentario no resistió ni la más nimia de las réplicas de Marisa, que fueron consistentes y lúcidas, como era ella. Con la sencillez de la verdad, le hizo unas cuantas preguntas que él, acunado por una alcurnia de hojalata, respondió con muy mal gusto y con cierto tono de oligarca emocional, dada su incapacidad para afrontar la verdad simple y transparente.

Me confesó que le daba un miedo pavoroso la naturalidad con la que se regía Marisa en todos los ámbitos de su vida.

―Yo, un tempestuoso mar de titubeos, miedos y desaciertos; ella, siempre cabal, íntegra y decidida. Te lo juro, yo me pasaba tres noches en vela dándole vueltas a una simpleza que era incapaz de resolver y ella con una clarividencia insultante la solucionaba exitosamente en cinco minutos. Y siempre acertaba, joder, siempre acertaba.

Esto le retraía y ponía en evidencia su incapacidad en la toma de decisiones. Y esperaba como agua de mayo que llegara el sábado. Cada vez más mentiras de compromisos que ni él mismo se creía. Sonaba el teléfono y un Te esperamos en La Cruz Blanca rompía cualquier expectativa de pareja tradicional. Fue la primera huida hacia delante que terminó con las grandes ilusiones de un futuro compartido que habían pergeñado Marisa y él. Más Marisa que él.

Por otro lado, volviendo a los inicios universitarios, el comienzo de Rafo fue de sentimientos encontrados. Muy encontrados todos ellos. Y aquí encajaba perfectamente el título de la entrada.

¿Agridulces las sensaciones? Fue un auténtico encontronazo con una realidad que Rafo desconocía, aunque la profesora de Historia de COU algo les había insinuado. Corrigió enseguida lo dicho por un compañero y enumeró de modo claro y diáfano las características de una dictadura.

―Y si no me comprenden, no tienen ningún derecho a realizar estudios universitarios, remató. Vayan al museo de cera que están montando cerca de aquí y muéstrense en él tal como son ustedes: unos alcornoques revestidos de piel humana. Y se quedaba tan tranquila sin hacer ni caso al profesor de Formación del Espíritu Nacional, que le reprobaba que cargara de ideología sus clases. Este último entendía que hablar de los éxitos de Franco no era inyectar de ideología a los alumnos.

―Le dijo la sartén al cazo, y apagaba el cigarro en el cenicero de pie con una virulencia casi inquisitorial la libertaria profesora de Historia.

La mampara ideológica que su familia había diseñado a su medida durante décadas todavía aguantó unos embates más, pero se observaban en ella, cada vez más nítidas, unas grietas que daban luz a una realidad para él desconocida.

Se pueden imaginar el aspecto que proyectaba Rafo en esos años. Barbilampiño como era, con una cara de crío descomunal, con una forma de vestir pseudopija y con un abanico de temas de conversación tan limitado que fue enseguida catalogado por un descarnado profesor como un burguesito inmaduro. A tanto llegó el incomprensible desprecio que le profesaba ese barbado docente de magisterio que cuando quería intervenir en un debate abierto sobre temas muy polémicos le estaba a la cara:

―Usted baje la mano que sus argumentos serán rancios e insustanciales. Le aseguro que no aportarán nada nuevo, sólo una visión retrógrada y ultramontana de la realidad española.

En aquella época ni derechos del estudiante ni nada. En aquella época había que apechugar con lo que decía el profesor y punto. Esto lo digo yo y no nuestro protagonista.

Rafo decidió no comentar en casa nada de lo que escuchaba en la universidad y menos aún lo que le escupían a la cara. Nada. Lo que sí es cierto es que empezó a entender algunos comentarios que oía a universitarios mayores en un bar de la calle Conde Peñalver llamado La Cuba. Expresiones como cambio, constitución, democracia, rojo, traición, libertad de expresión, franquista, censura o derechos civiles fueron tomando forma en una época de convulsiones ideológicas. Lo que tristemente le sorprendía era que un profesor que estaba educando a futuros educadores se mostrara tan sectario e insultante.

Un día, ya en Filología, entró en la cafetería con aire tímido e indeciso. Le habían dicho que no había clase de Latín porque estaba indispuesto el profesor, una tal Agustín García Calvo, desconocido en ese momento para Rafo, pero posteriormente lector compulsivo de su poesía. Sus compañeros, aún desconocidos para él, estaban allí. Con esa manida falta de seguridad, echó un vistazo a las mesas ocupadas y de pronto vio una mano levantada al compás que escuchaba su nombre. Una chica le estaba indicando que se sentara con ellos. La mesa estaba ocupada por tres chicas y dos chicos. Así podemos jugar al mus por parejas, barruntaban. Rafo no conocía ningún juego de cartas y desbarató con una sonrisa el lúdico propósito de sus nuevos compañeros de clase.

A su lado estaba sentado un joven al que todo el mundo llamaba Lete. Manuel, Manolo, Manolete. Simpático, juerguista y con enormes ganas de vivir los tiempos que estaban diseñando los políticos de la época. Hubo un momento de cierta tensión, porque se dieron cuenta de que Rafo no había dicho la verdad cuando hablaron de la ideología de los padres. Como siempre, el complace que crecía obscenamente en él. Hizo mención a Paracuellos y un perturbador silencio se extendió por toda la mesa. De pronto, sin comerlo ni beberlo, un recién incorporado llamado Quique le preguntó:

―¿Tu padre ha estado en la cárcel?

Rafo, inmaduro y desconocedor de la «otra realidad» como había empezado a calificar su padre, balbuceó muy bajo.

―Mi padre es un hombre honrado.

Desafortunado por ignorante. Muy desafortunado por una ignorancia que cada vez se aireaba más. El compañero saltó como un muelle.

―Más honrado que él mío, no. Lo que pasa es que mi padre ha estado cinco años en la cárcel por rojo.

Rafo se quedó petrificado y apenas pudo atender a las explicaciones de Quique: un conflicto que hubo en los años sesenta en la universidad y que supuso prisión para varios profesores universitarios, su padre entre ellos. Llevaba varios días noqueado por este comentario y cuando él lo creyó oportuno, una reunión familiar de las muchas que había, lanzó la preguntita comprometedora:

―¿Alguien de la familia ha estado en la cárcel?

Hubo un silencio muy significativo y miradas comprometedoras. De pronto, un familiar intervino de forma tajante:

―Algo más habrá hecho ese tipejo. Seguro. Más que dar clase, como es su obligación, habrá vociferado mítines políticos en el aula. Ahora resulta que todo hijo de vecino justifica su paso por Carabanchel con las revueltas antifranquistas de los años sesenta. Todos han sido unos luchadores clandestinos contra la dictadura. Yo leo la prensa a diario y no salgo de mi asombro por la cantidad de hombres y mujeres que han sufrido un «exilio interior» y que han participado en todos los motines que proliferaron en los «últimos años franquistas». Crecen como setas. Aunque nosotros bien lo sabemos.

Rafo era un experto inquisidor que, como no lo frenaran, no soltaba la presa. Su padre bien lo sabía. Los mayores vieron que la conversación tomaba unos derroteros incómodos y embarazosos. El padre de Rafo le dijo con tono paternal:

―Vete a tu cuarto a estudiar, que, ante los exámenes que se te avecinan, aprovecharás más el tiempo que con preguntas que ya te contestaré yo otro día. Aquí, ahora, no… ¡Venga!

―Sí, ese día que nunca llega, dijo para sí Rafo.

Sabía que ese melón lo abriría su hijo con sumo placer y «minaría» la reunión con un sinfín de preguntas.

Rafo, malhumorado, se fue a su habitación y, en lugar de estudiar, actitud infantil, se puso a escuchar mil veces La otra España, de Mocedades que le había grabado en un casete un compañero de clase. Aquí entenderás muchas cosas, muchas, le dijo con tono críptico. Entendió que era una canción que versaba sobre la emigración de aquella época y no vio el claro mensaje político que algunos decían que transmitía. 

CAPÍTULO XXII DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (I)

Rafo, cuando la familia vivía en el Paseo de Santa María de la Cabeza nº 1, según iba creciendo, se empezó a dar cuenta de ciertas realidades que chocaban con una visión idílica del vecindario. Él, en su ingenuidad infantil, pensaba que todos los vecinos tenían un «trabajo honrado y decente», creyendo con fe absoluta las palabras de su padre y de Felipe, el portero que velaba, desde su ilimitada bondad, por una comunidad bien avenida solventando todos los problemas que surgían día a día.

Pero un día, en el que la vecina del cuarto centroizquierda requirió la atención de su padre, los ojos de Rafo observaron unos movimientos extraños y los oídos, conversaciones en voz muy baja.

Rafo, curioso como todos los niños, se lo preguntó a su padre y este le contestó sin ningún tipo de remilgos con una sentencia que levantó más dudas que aclaraciones:

―Hijo, en medicina no debe haber ningún tipo de miramiento cuando hay que atender a un enfermo. Ninguno, hijo, ninguno.

La vecina de este piso, Marijuana, no tenía un oficio conocido. Eso decían. Como decía un vecino excombatiente, es una «roja». Sé positivamente que participó en todas las algaradas antirreligiosas de la República. Una elementa, Felipe, una elementa de aúpa. Y ya no hablemos del oficio actual.

Su padre, cuando lo consideró oportuno, subió andando con su hijo las seis plantas y le hizo una radiografía de cada vivienda. Cuando pasaron por delante del piso de la susodicha, su padre carraspeó y sólo le dijo su nombre. Esto abrió un interrogatorio por parte de Rafo que su padre bandeó con palabras y expresiones inconexas de muy difícil comprensión para él.

En una época en la que cada vecino vivía en su casa, pero a la vez en la de todos. El recato, palabra que era bandera de lustrosa visibilidad en la convivencia de los residentes de todas las comunidades de vecinos, debía brillar con total nitidez. Según los parámetros que regían el recato vecinal, esta mujer no los cumplía, y los inquilinos que decían ser modelos de decoro público la evitaban como si fuera portadora del más infecto comportamiento.

Para el padre de Rafo no existía esa pudibundez cuando era reclamado para realizar una revisión médica, como en este caso, porque se encontraba indispuesta con una fiebre muy alta.

Rafo se empezó a dar cuenta de que sus padres se habían obcecado desde bebé en protegerlo con unos intranspirables algodones para que su contacto con la calle en la adolescencia no perturbara su educación y su formación. Eran conscientes de que lo que se planteaba en los primeros años de la educación de sus hijos luego crecería recto y auténtico. Por eso nunca entendió, quizá fuera por desesperación, que en la crucial edad de los catorce años lo matricularan en un instituto de la ribera del Manzanares, donde los orígenes familiares eran de una clara diversidad ideológica y social y no tenía nada que ver con la homogeneidad del colegio anterior.

En el Calderilla «empezó a ver» situaciones familiares y a «escuchar» frases que le conectaron con la ocupante del cuarto centroizquierda de su casa. Hablo del primer quinquenio de los setenta, muy convulso en todos los sentidos. Las manifestaciones, las protestas, las huelgas y los registros empezaron a ser el pan nuestro de cada día en las zonas más populares de Madrid. El cabeza de familia, entonces el padre, era consciente de que en la capital había una serie de reivindicaciones que él ocultaba a sus hijos por un, llamémosle miedo, a que los «árboles crecieran torcidos y pútridos».

La desprendida y lenguaraz madre de un simpático compañero de clase llamado Serafín, cuando celebraron en su casa los quince años del joven, le preguntó a Rafo si su padre médico era un represaliado. Guardó silencio porque no sabía lo que significaba esa palabra. Era nueva para él. La madre, sin quererlo, estropeó la fiesta, que era el primer guateque al que asistía Rafo, porque la frescura de los quince años se vio ahogada por el peso de una mochila familiar que muchos creían tener a buen recaudo. Ese primer guateque será pieza primordial de otra entrada.

―Papá, ¿qué es un represaliado?

El padre de Rafo tragó con cierta dificultad el trozo de pescado que se había llevado a la boca. Guardó silencio durante unos interminables treinta segundos, y, después de mirar a su mujer, expuso, en un paradójico circunloquio, aquello que él consideraba que su hijo debía saber.

―Mira, hijo, hemos vividos unos esplendorosos años y ahora, en los setenta, vivimos una crisis económica brutal. Es la conocida como crisis del petróleo. Los empresarios seleccionan muy astutamente a los trabajadores que quieren contratar. Y no quieren problemas. Los conflictos, del tipo que sean, nadie los desea en su negocio y según este criterio los que aún no han aceptado la nueva realidad española tienen muchas dificultades para ser contratados. Te estoy hablando de republicanos y simpatizantes de la República, miembros del clero y laicos católicos perseguidos. Estos, según la legislación actual, deben ser juzgados y encarcelados y de este modo nunca serán contratados. Y punto.

―Entonces…don Fausto, el del sexto derecha, y los vecinos que se acercan a ti después de misa para pedirte ayuda porque su marido lleva muchos años sin trabajar…

―Aunque sea en silencio, pero el resentimiento arraigado que manifiestan los que tú mencionas en un claro impedimento para que puedan empezar una nueva vida.

―La madre de Serafín me comentó que haber pasado por el TOP era una cruz insalvable. ¿Qué es el TOP?

Los padres se dieron cuenta de que había sido un craso error la elección del centro escolar. Estaban comprobando que su hijo se adentraba en una poblada fraga, como la de Cecebre, residencia del generoso bandido Fendetestas, protagonista de El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez.

―Un tribunal, hijo, un tribunal como otro cualquiera. Juzga delitos. Y punto. A la cama, y, como dice tu hermana, chimpún. Se acabó.

―Pero la madre dice que su marido no ha hecho nada malo. Y no lo entiendo. ¿Juzgarte por no hacer nada?

―Venga, me estás cansado. Tengo que estudiar un poco, que mañana tengo dos operaciones muy importantes.

El sintagma que titula esta entrada se hizo muy famoso en posteriores años, en el entorno universitario de Rafo.

Sus comienzos, en horario de tarde por las consabidas razones familiares, le ofrecieron una sucesión de imprevistas novedades. El primer paseo por la cafetería le mostró una fotografía viviente que le retrotrajo a los años del Calderón de la Barca.

Después de hablar con un grupo que estaba disfrutando de un bocata con un refresco, no quiso decir ni palabra, empezó a entender muchas circunstancias que él había vivido siempre bajo el prisma familiar. Las manifestaciones por el paseo de las Delicias, los comentarios airados de unos pocos feligreses en el atrio de María Auxiliadora, las críticas soterradas de alguna madre de sus compañeros de clase cuando lo invitaban a merendar, las visitas continuas de dos policías a un profesor del Instituto con apellido vasco…

Rafo estaba desconcertado y en ese lapso temporal de tres años de magisterio intentó desenmarañar un ovillo que estaba lleno de nudos. En esos tres años se sintió incapaz de procesar tanta novedad. La familia tenía todavía un peso decisivo en su formación y las valoraciones de sus diferentes integrantes, la mayoría, de modo compacto iban en una misma dirección. Hay que desmantelar tanta mentira, decía un tío suyo.

Aunque Rafo quería evitarlo, casi siempre coincidía en la barra de la cafetería de la universidad con un «agitador político y subversivo», según palabras de su padre cuando le comentaba las valoraciones de dicho compañero.

―Tío, y se envalentonaba el Sindiós, hiperactivo y metomentodo, parece que te han bautizado en el puto Vaticano, le decía con cierta frecuencia para poner sobre la mesa su ramalazo anticlerical cada vez que se quejaba del café, que a Rafo le parecía un exceso casi ofensivo decir que venía directamente de Colombia.

Nuestro protagonista en esa época era un aprendiz de hombre. Como dice ahora en tono humorístico, en esa época era un hombrín. Corazón y razón estaban enfrentados a sangre y fuego. Estaba muy confuso porque por entonces él entendía que simplemente escuchar ciertas ideas era traicionar a la familia. 

CAPÍTULO XXI DE ‘HATROZ’.- DESNUDO

Mientras tomábamos un café en Milford ―el paraíso de la juventud, según Rafo―, hablamos torpemente de nimiedades, especialmente porque Rafo salió del colegio indignado e incendiado por el comportamiento de un grupo de alumnos en la última clase de la tarde.

Bebió compulsivamente el café. No le salían las palabras y yo comprendí que no era un buen momento para una prolongada conversación. Me dijo que le dejara diez minutos, que le permitiera dar una vuelta a la manzana, que con eso le llegaba. Salió taquicárdico y cayó de nuevo en el tabaco. Dos caladas y al cenicero público. Se llamó mil veces imbécil y juró que no lo volvería a hacer.

Rafo entró con un rostro un poco más relajado. Estuve a punto de llevarlo a urgencias, preocupado por el estado de nerviosismo que reflejaba su aspecto. Al despedirnos, me dijo que yo me había comportado como un señor, porque lo había acompañado a su casa y me dijo que luego me mandaría un guasap para confirmar su mejoría. Así fue.

Una nueva cita, pero esta vez en el Penta de la calle de la Palma. Me planteó tres exigencias: no tomar nota de nada, no releer ni reescribir lo escrito y no matizar nada. Yo protesté con palabras gruesas y, animado por la cerveza, hice el ademán de irme, pero Rafo ni se inmutó, dio un trago a su cerveza y se puso a leer los guasaps que latían en su teléfono. Había uno, según él, que esperaba con acongojante zozobra.

―Te lo repito, me dijo, como lea algo matizado o reescrito por ti, te planto. Te dejo y que me escuche otro tío. Tú, no. No me cuesta nada cambiar de negro literario o escritor fantasma en cuanto te desvíes de mi camino. Peculiar e inexplorado, pero es el mío. En el caso de que no te lo creas, provócame y lo verás. Te planto sin decir adiós. Los anillos que nunca he tenido no se me caerán por ello.

―Pero… ¿Quién te crees que eres? Si nadie te conoce. Eres el genio anónimo detrás del bostezo literario o el autor favorito de nadie. Perteneces a la más vulgar de las intrahistorias de este país. Además, utilizas unos adjetivos trogloditas y altamente casposos. Si cierras el blog, piensa que yo tengo todas las contraseñas, ¿nadie pierde, nadie? ¿Y tú? El gran perdedor. Porque al final, como decía Freddie Mercury, eres el gran farsante, el gran simulador. Los grandes perjudicados somos tú y yo. Tú, porque te conocerán como el escritor fantasma que ni los fantasmas leen; y yo, seguiré con mis deudas. Nada. Piénsatelo bien. ¿Otro autor en la sombra? ¿No ves que el problema eres tú y tus descabelladas condiciones?

Rafo guardó silencio ante mi invectiva y sólo hizo un gesto de enfado, que se quedó en una ridícula mueca de fastidio.

―Dejando esto a un lado porque así no se avanza, te comento dos aspectos de mi vida literaria: lo que yo escribo lo leo, lo releo y corrijo mil veces. No me puedes pedir que no rehaga los errores porque puede ser caótico. Aún estoy reescribiendo poemas que escribí en los años 90. Ya sé muy bien tus principios, pero…también tienes que entender cómo soy yo. ¿Qué prefieres? ¿Lo caótico o lo perfectamente estructurado? Si me obligas a no retocar textos, nuestro blog se puede convertir en algo calamitoso y nada apetecible.

―Pues eso es lo que quiero, joder. Mi vida y mi cabeza son caóticas, pues que mayor constatación de ello que los relatos muestren una atractiva anarquía.

―De atractiva, nada de nada. Tú no lees los correos que me envían zascándome por el desorden. Sería un galimatías. Además, tengo muy mala memoria. Lo mismo confundo escenarios, frases o vivencias. Entonces… Si no me ajusto a lo dicho por ti… ¿Vas a creer que yo no he matizado nada y que todo ha sido fruto de mi incapacidad de plasmar en azul con exactitud absoluta lo narrado por ti? Me los vas a reprochar. Y te cabrearás. Por favor… ¡déjame tomar notas!

Me comenta que me tiene que dejar cinco minutos porque tiene que contestar una llamada importantísima para él. Vital, la califica. A los cinco minutos exactos vuelve y se sienta, en esta ocasión, frente a mí y no a un lado como elegí yo. Yo, a lo mío.

―Observo que eres feliz relatándome episodios superficiales y candorosos de tu vida, pero están tan deshilvanados que me resulta inexcusable no meter mi pluma. Me exiges objetividad, que me convierta en un componedor de textos ajenos y no en un narrador omnisciente que sabe todo de ti, el protagonista. Por tal razón, no me permites ver tus miserias, tus vergüenzas y tus debilidades. Las tengo que intuir y colegir de lo que tú me cuentas. Creo que es un grave error no permitirme hacerlas públicas.

―Tú, cuando escribas, no deduzcas, no; tú, escucha, teclea y cuelga en el blog. ¿Que me quieres decir algo de viva voz? Pues adelante, suéltalo. Si fuera boxeador, diría ―y lo dice muy convencido― que soy un encajador que se faja muy bien en las distancias cortas.

―Lo considero un trabajo hatroz, que si no fuera por mis necesidades económicas lo mandaría todo a pastar. Me desasosiega saber si mi visión de la realidad que tú me relatas y la que yo transcribo se compenetran como una pareja bailando un sensual tango.

Hacemos una pausa mientras guasapea con una lentitud que me relaja. Aún hay personas más torpes que yo.

―Por lo que voy conociendo de ti, y por lo que me cuenta tu entorno, puedo decir, en una espontánea lluvia de calificaciones, que eres noble, que no linajudo, generoso en las acciones, poseedor de un pronto muy dañino, sincero y raudo en la petición de perdón, muy buen escuchador, desubicado geográficamente ―son palabras tuyas―, parco en palabras, prolífico intermitente en la escritura ―también son palabras tuyas―, nada altanero, desinteresado en lo material, abatido por nimias preocupaciones, lleno de debilidades y dudas, disfrutador en la intimidad de tus pocas certezas, agradecido con los gestos ajenos y con una tendencia clara a la soledad. Y, por último, con un póker de complejos que nunca desvelas.

―¿Y todo lo has deducido de nuestras conversaciones? ¡Ah, perdón! Que hablaste con mi entorno. En contra de mi voluntad.

―No me lo prohibiste radicalmente.

―¿Y ahora qué hago contigo? ¿Me largo? ¡Eres un auténtico cabrón, tío! Y yo confiaba plenamente en ti.

―Tus certezas siempre se tambalean cuando vuelves los ojos a tu infancia y tu adolescencia, tanto la temprana como la tardía. No deberías caer, como muchos de nosotros, en valoraciones extremas cuando hablamos de aquellos años. Lo que ocurre es que te gusta la sangre emocional, te gusta exudar congojas y desdichas.

―Sigue, sigue. Estoy alucinando.

―No puedes hacer un juicio sumarísimo de la época en la que sufriste algunas experiencias impropias de un adolescente. Pero… ¡no te equivoques! No pierdas la perspectiva… ¡Mucha gente sufre como tú y muchísimo más!

Sé sincero y noble, ya te juzgará el lector. Creo que fuiste un niño feliz y, como dices tú, un tardoadolescente hipersensible con las afecciones, enfermedades y fallecimientos de tu familia. Hoy serías un PAS clarísimo.

―¿Cómo?

―Persona Altamente Sensible.

―¡¡¡Lo que me faltaba!!!

―Yo creo que tienes un miedo pavoroso a que se resquebraje esa imagen celestial que tú has cincelado a lo largo de los años. Pero tienes que entender que este paso que tú has dado va en esa dirección. Es absurdo que te quieras convertir en un segundo principito cuando tú eres realmente un hombre de carne y hueso, con tus virtudes y tus defectos. Una compañera tuya ―torció el gesto― me dijo hace unos días que te encantaba darle lustro a esa segunda vida que muchos creen que tienes.

―Cuando sale ese tema, se sonríe como un tuno en una rondalla y se le ponen unos ojillos de inocente libertino que me encantan, me susurró confidencialmente.

―Vamos a ver. Vamos a ver. Como soy un lector compulsivo de la literatura decimonónica y de las primeras décadas del XX, no soy ni un desahogado juanitosantacruz ni un disoluto baudelaire. Pero si me retas a elegir, te diré que tengo más del primero que del segundo, aunque… Estoy soltero y el buey suelto bien se lame. No tengo yugo alguno que me impida cualquier movimiento. Me encanta la palabra. Soy un crápula.

Nos despedimos con un fuerte abrazo y acordamos que nos guasapearíamos para concertar otra entrevista.

Tú, lector de este blog, o de un futuro libro, te habrá extrañado muchísimo mi silencio como narrador en algunas entradas anteriores. Como bien sabes, en un principio, mi única fuente de información era la voz de Rafo porque no me atrevía a fisgar en su entorno. Si llegara a sus oídos, la capitulación sin acuerdo posible sería inmediata.

Yo he puesto en duda algunas partes de su relato. Me parece increíble que tuviera dentro de su casa un comportamiento filial―paterno ejemplar que no se movía un ápice del ideario o credo familiar. Ahí empezó, en mi opinión, su pernicioso y famoso complace. No quería dar disgustos a su madre. Los académicos eran otra cosa. Ahí no había complace alguno. Y en la calle vivía lo mismo que la mayoría de los adolescentes del momento.

Luego, cuando decidí hablar con el entorno, lo tenía muy fácil realmente, porque algunas voces me dijeron enseguida que no era oro todo lo que relucía y que los años universitarios ―como hemos visto en entradas anteriores― los vivió, por muy diferentes motivos, que retomaré en otros momentos, anegados de emprendedoras juergas y temerarias francachelas con sus amigos de toda la vida. No sé el porqué de su empeño en ocultar unos largos años de descarado e imprudente desfase. 

En lo que se refiere a enfermedades, situaciones familiares difíciles de soportar y fallecimientos de parientes se atiene a la verdad más absoluta en su justa medida. Como dice él: con este tema no me gusta la fabulación. Todo ha sido y es como yo lo cuento.

Cuando habla conmigo, no miente; ya que está convencido plenamente de que lo que narra es la verdad absoluta. No es consciente de que a esos momentos de evocación les está poniendo un filtro de adulto. Era un joven incoherente en su grado máximo. Se creía adulto cuando era un adolescente o joven poseído por una inmadurez, que no le impedía sentir física y emocionalmente, como es lógico, los primeros latidos del crecimiento. Pero las responsabilidades académicas se perdían en innumerables promesas que se evaporaban en dos o tres días.

Yo sabía con quién hablar para confirmar expresiones, valoraciones o acontecimientos que me dejaban perplejo, pero que no los hago públicos por respeto a él. Mis artimañas han logrado romper su hornacina emocional y alguna perla ha soltado. Rafo no miente. Lo afirmo. Oculta, que es diferente. ¿Ocultar no es mentir? Rafo, en este punto, ha exteriorizado la misma inmadurez que ha regido sus actos a lo largo de su vida: un miedo hatroz a romper la imagen que tienen ahora los que lo conocen. En los temas familiares, ha esperado a que la mayoría de sus parientes de más edad fallecieran para ceibar (soltar) la lengua.

Lo poquito que he podido recabar en su entorno me confirma que fue un niño feliz y un adolescente lleno de pulsiones, inquietudes y obsesiones que habitan per sécula en una negra nube que no se ha separado de él desde entonces.

Otra de sus obsesiones era su madre. Él no quería que sufriera por su culpa, pero no lo logró. Sus juergas, su tío Filoso, su endeblez en los estudios no hicieron más que acrecentar el insomnio y las depresiones de Lola madre. No quiso, no pudo, no supo, no entendió que él era, en esos años, un puntal para su madre y el hacerle compañía no era suficiente.

Un psiquiatra con el que coincidí en una cena de amigos ―conocidos, mejor― me dijo, al consultarle mi miedo de tergiversar las palabras de Rafo, que la memoria siempre traiciona, ya sea la de un pez o la de un elefante.

―¿Uno recuerda el pasado tal como pasó? Imposible. La memoria tiene sus triquiñuelas que ponen en duda los hechos que uno relata con una certeza absoluta. Pero eso le pasa a todo el mundo, hasta a los que juran tener una magnífica memoria. Sólo con olvidar un dato, ya estamos tergiversando esa verdad.

Aprendí que la psiquiatría se mueve entre dos planos básicamente. Uno, la alomnesia o ilusión del recuerdo, que consiste en falsear el recuerdo provocando una rememoración errónea. Se recuerdan las situaciones de una forma equivocada. La persona no tiene conciencia de la alteración, mostrándose convencido de su recuerdo. Y, por otro lado, hablamos de amnesia anterógrada o de fijación, que manifiesta la incapacidad para la aprehensión o la fijación de nueva información. También se conoce como olvido a medida.

―Creo que, en tu actuación como narrador de la historia de Rafo, estás entre las dos situaciones, de ahí tu obsesión por tomar nota de todo aquello que te cuenta el protagonista.