«HATROZ»

CAPÍTULO XX DE ‘HATROZ’.- LOLA HIJA

En la madrugada de ayer me despierta el móvil y el ordenador. Me anuncia Rafo, por medio de un acongojado guasap que me ha enviado un correo con el capítulo que le falta a la novela Hatroz, uno dedicado a su hermana Lola.

Desde que empiezo este afán de «malnovelar» episodios de mi vida, se resiste a airear algunos de la suya. Como soy un plasta le digo: o todo o nada. Me repite una y otra vez que hay un acontecimiento que no, que no sale a la luz mientras yo esté viva.

De este modo, escribo 39 capítulos. Espero que los hayas leído todos. Cuando Lola acepte ser el capítulo XX, le daré el cierre definitivo a este engendro de narración que sólo quiere ajustar cuentas con mi memoria, aunque esta nunca es lineal ni es capaz de poner orden a mis escombros.

Lola y yo hemos hablado mucho. Por fin, antes de ayer, me da el plácet para que escriba las partes que yo le esquematizo en un papel. ¡Por fin consigo convencerla para ponerlo todo negro sobre blanco! Por tal motivo tengo que reordenar los capítulos para situar el de mi hermana en el lugar que yo quiero, que es el capítulo XX. Exijo, termina, que, a diferencia de algún otro capítulo, esté escrito en presente porque yo quiero que quien lo ojee lo sienta en la actualidad.

Después de leerlo varias veces y de hacer infinitos cambios, me resulta difícil encadenar con fluidez los diferentes episodios de este capítulo que voy a narrar porque algunos son compactos y muy cerrados, y no admiten una clara transición para no distorsionar el espíritu que quiere transmitir Rafo, que no quiere aceptar que una congénita timidez sirva de explicación para todo.  

Lola Máiz Togores nace en el Sanatorio del Rosario de Madrid el 3 de octubre de 1954. Ella le repite a quien le quiera escuchar que «nace de nalgas y que el parto dura unas 32 horas». En un tono no sé si humorístico culpabiliza a estas dos circunstancias las futuras desgracias de su vida. Ella explica, sin convencimiento alguno, que el destino o el carácter de una persona están determinados desde el nacimiento: si alguien «nace de nalgas» (es decir, de una forma considerada poco favorable o fuera de lo normal), entonces sus dificultades futuras son consecuencia de esa condición inicial.

No le gusta que la llamen Loli a los 71 años que tiene, en cambio acepta el apodo de «Woolite» porque se lo ponen con mucho cariño nuestros dos primos mayores. Habría que investigar si algo tiene que ver con el carácter fuerte que manifiesta, una clara herencia de los Bermejo por vía paterna, y el poder suavizante del susodicho producto.

Estudia el bachillerato en el colegio Mater Salvatoris en la calle Límite donde son 40 alumnas y luego se trasladan a Aravaca donde construyen un gigantesco edificio. Nunca habla con claridad de su experiencia en este colegio ―últimamente, sí― por esa timidez que le impide hablar y actuar con decisión, pero el término acoso está presente en muchas situaciones vividas. Sólo libra en su negativo recuerdo a la madre Madurga, que la tutela con cariño y respeto durante muchos años.

Por estas razones, una tía de la familia les recomienda a nuestros padres en varias ocasiones que la trasladen al instituto Isabel la Católica, donde, ejecutado por fin el cambio, realiza exitosamente COU. Tiene verdaderas amigas, aunque algunas se pierden con el paso del tiempo y otras diversas suertes. Es evidente que la enseñanza en aquellos tiempos es muy diferente. Sólo recordar que en el colegio le dejan solo para septiembre la 4ª evaluación de Química. Hoy eso…

En la etapa colegial, en 4º de bachillerato, sufre la corea mínor ―el conocido baile de San Vito―, enfermedad que no brota de manera brutal hasta el verano de ese mismo año. Mi padre, por entonces, vacacionaba en septiembre, pero nada más verla el diagnóstico es claro y evidente. Tiene una recuperación tan lenta que le dura varios años, asociada al doloroso Benzetacil mensualmente.

Estudia Farmacia, trabaja en diversas oficinas de farmacia, con visiones agridulces los años que a ello se dedica. Tiene la oportunidad de comprar una farmacia y ser codueña de una oficina situada en Vallecas. La experiencia no es buena. La relación es imposible con el otro dueño y decide vender su parte. Cuando se firma dicha venta en la notaría de un familiar, este le dice con clara retranca: es evidente que no llevaste lentillas cuando negociaste con él y realizaste la compra.

Deja el trabajo para casarse con un arquitecto en 1989, ceremonia que se celebra, bajo una intensa lluvia, en el colegio de El Pilar de Niño Jesús, con el objetivo de vivir en Valladolid, ciudad que había ganado el futuro marido en unas durísimas oposiciones.

Este matrimonio, por la intolerancia del novio ante unos vómitos de acetona en la noche de bodas, se rompe el día siguiente de celebrarse. Como van a Pucela a vivir, y en Madrid no tienen casa, ni ella un duro, se encuentra sola a las 11 de la noche con una maleta y una cabina telefónica. Llama a nuestro padre para ver si la acogemos de nuevo en casa. Respuesta afirmativa, evidentemente.

El matrimonio es declarado Matrimonio Rato y No Consumado (Ratum et non consummatum) por la Rota a los dos años de la ceremonia.

Lola pasa una temporada bastante larga muy mal ―con apoyo psicológico y psiquiátrico― porque no entiende nada y se siente psicológicamente maltratada por todo lo que le dice el novio, acusándola reiteradas veces de niña, entre otras cosas. Aclaro yo que conoce a Lola desde hace muchos años.

Se reintegra a trabajar en diferentes oficinas de farmacia con una nociva experiencia en algunas de ellas. En estos momentos le viene a la memoria el argumento de «cómo nace».

En 1979 fallece una tía nuestra soltera de un terrible cáncer de mama que es el sustento económico y anímico de otro hermano soltero, que no puede trabajar por diferentes causas mentales y físicas. La defunción plantea el destino de nuestro tío porque solo no puede vivir ni personal ni económicamente. Para resumir, se decide vender la casa y que se traslade a vivir a nuestra casa porque nuestro padre es médico. Un hermano de nuestro padre dice no se valoran en ningún momento las profundas depresiones cíclicas de nuestra madre. El impuesto de sucesiones entre hermanos en aquella época es brutal.

En nuestra casa, Lola le cede su habitación. Cambia un espacio, al final de la vivienda, en el que hay un pasillo con un generoso armario, una mesa camilla grande para estudiar y una cama con su correspondiente cómoda por un cuartito junto a la cocina en el que sólo cabe un sofá-cama y una pequeña mesa de estudio. Es decir, cambia la amplitud por la estrechez. Mi hermana no dice nada y manifiesta una generosidad suprema. Este periodo dura ocho años, hasta 1987 en el que muere nuestro tío.

En 1992 muere nuestra madre y supone un golpe durísimo para todos, especialmente para nuestro padre que se culpabiliza de no haber oído nada cuando todo ―el infarto súbito sufrido― ocurre de noche en la cama de matrimonio que comparten ambos.

En 1993, por las indecisiones de nuestro padre, Lola impulsa, dentro de sus posibilidades y conmigo al fondo, la venta definitiva de la finca que tiene la familia de nuestra madre en las proximidades de Compostela.

En 1995 deja de trabajar en una oficina de farmacia ―la dueña le exige una indemnización, hecho que niega el Colegio de farmacéuticos― para atender a nuestro padre durante todo el día, que sufre un deterioro progresivo de sus capacidades físicas y mentales por varios ictus que sufre.

Curioso es decir que lo que pagamos a la persona que cuida de nuestro padre, ocho horas al día, en un periodo breve es muy superior al sueldo de mi hermana en la farmacia. Por tal motivo, decide colgar la bata y entregarse al cuidado de nuestro padre con una ayuda puntual una hora al día para bañarlo y asearlo. Esto dura hasta 2002, año en el que fallece nuestro padre en casa, no en una residencia como nos recomiendan algunos conocidos. La atención fue excelente y continua por sus conocimientos farmacéuticos y por la generosísima ayuda permanente de un amigo anestesista de nuestro padre. (Perdón por repetir tantas veces nuestro padre).

Lola, en su faceta privada, después de este fallecimiento, e impulsada por mí, intenta retomar su vida social con un antiguo amigo, que se trunca por el fallecimiento de él. Lola me cuenta que este hombre la llama semanas antes de la boda para confirmar si ella está dispuesta a casarse con el arquitecto. Como la respuesta es un sí, él desaparece de su vida.

Como consecuencia de ese deseo mío de que retome su vida social, una noche, un cabrón de muy buena facha, con el que comparte una cena, la acompaña hasta el ascensor de nuestra casa y ahí, debajo de las escaleras de acceso a los pisos, la ataca, la reduce por la fuerza física y mantiene con ella una relación sexual contra su total voluntad. Lola lo único que hace es llorar. Se acuesta en casa llorando y como no para de sangrar la ingresan en una clínica por orden de su ginecólogo, donde le tienen que dar varios puntos de sutura por la violencia sufrida. El daño que le causa la acompaña durante años. Es una herida que nadie puede ver, pero que no puede borrar.

Tras esta brutal experiencia, confirmada en todos sus términos por el ginecólogo que la trata, hay quienes expresan recelo con ese relato, como si la verdad necesitara pruebas imposibles. A la violencia sufrida se añade otra forma de sufrimiento: la incredulidad de algunos miembros de nuestra propia familia. Ahora me viene a la memoria aquel juez que, ante una situación en nada parecida, utiliza como eximente del hombre la minifalda de la mujer. Es decir, hay personas de nuestro entorno que buscan la explicación del resultado en una característica de quien lo padece, en lugar de analizar principalmente la inicua conducta de quien toma la decisión de realizar tan ignominioso acto. Con otras palabras, se culpa a quien sufre la violación por el daño que otro decide causar o se traslada la responsabilidad del agente a la víctima.

Esto lo comento en contra de la férrea voluntad de Lola, pero me importa un carallo, porque quiero manifestar que también hay violaciones con traje de Armani o violadores que fingen conocer a la familia ―es el caso de mi hermana―, para lograr un espacio y un entorno que le permita lograr su nefando objetivo. Hay una persona que dice que malinterpreta la timidez de Lola. Asqueroso y vomitivo.

Mi hermana no quiere que lo cuente porque tiene inoculada desde el nacimiento esa obsesión de que no se puede contar nada por vergüenza, cuando ella es la que sufre un ataque sexual que no busca ni provoca en ningún momento.

Saltamos al día de hoy. Recibe una ayuda económica generada por la atención a nuestro padre y por no haber cotizado lo suficiente, ya que por tal dedicación familiar se quiebra de golpe su etapa laboral.

Como consecuencia de una educación muy tradicional, encuentra en la atención de nuestro padre su particular purgatorio. Esta frase la escribo porque no entiendo ―y eso que le doy vueltas para encontrar un mínimo resquicio de razón― que alguien pueda justificar una silenciosa, pero hatroz violación.

Con los años Lola «se acostumbra» a lo vivido, pero no lo olvida porque lo que le marca aquella noche sigue formando parte indisoluble de ella. Si yo no lo olvido, y lo tengo presente todos los días, ¡cómo lo va a olvidar mi hermana!

Ahora, tras dos mudanzas en los últimos veinte años, vivimos armoniosamente los dos juntos en un pequeño piso de La Guindalera. Los dos solteros, y tras un sincero ajuste de caracteres y acuerdos convivenciales, disfrutamos de uno de los periodos más tranquilos de mi hermana.

Como finalización, una lluvia de ideas para clarificar qué carácter tiene Lola: genio y pronto muy fuertes, pero se diluyen enseguida, insegura, generosa, cabezota, impulsiva, ingenua, animalofóbica, risueña, impaciente, sufridora de varios complejos e incapaz de superarlos, bondadosa, botellín, solitaria, de poco trato, derrochona con todo el mundo, insomne, negativa, se autoculpa siempre por todo, hasta del hundimiento del Titanic, miedosa, poco ambiciosa, acuafóbica, cierta incapacidad para tomarse las cosas a broma, ansiedad social, temor al ridículo y a meter la pata en público, poseedora de un dañino complace, minuciosa, sin aires de superioridad… 

CAPÍTULO XIX DE ‘HATROZ’.- EL OCASO LABORAL (II)

Cuando los profesores nuevos escucharon por primera vez esa frase se sonrieron, entendieron que era la resolución de un carrozón y lo observaron con una mirada cargada de una clemente conmiseración.

―La acrobacia generacional es de tal dimensión que el humor, en apariencia casposo y trasnochado, provoca en ti generosas dosis de lejana hilaridad. Debes valorar en su justa medida, te lo recomiendo con afecto, la estima que dices que tu entorno laboral proyecta sobre ti.

―Me siento descolocado. En mi historia laboral ya todo es pasado. Me queda muy poco para echar la llave a mi estancia en el colegio y se entremezclan varias sensaciones: alegría por el trabajo bien realizado, tristeza por dejar a unos compañeros que se han comportado conmigo insólitamente bien, bonanza por poderle dedicar más tiempo a mi hermana, escepticismo ante un futuro desconocido para mí, congoja por una brusca escisión con unos alumnos que me han hecho crecer año a año, sosiego por apartarme de un maratón escolar que me ahoga en la actualidad y placidez por el convencimiento de que los que vienen detrás de mí lo harán mucho mejor.

―¿Y tu experiencia?

―¿Qué entiendes por experiencia?

―Llevas treinta y siete años en el aula. Eso es una barbaridad. Lógico que haya luces y sombras en un periodo temporal tan amplio.

―Yo diría mejor, sonrisas y lágrimas. Copiando el título de una película que hoy es, junto con otras, el centro de atención de la corrección política. En un aula puedes reír y llorar en apenas cinco minutos. No voy a negar, sin opulenta vanidad, que he tenido éxitos que me han provocado una silente satisfacción. Y esperaba rematar así.

―Siempre me has dicho que hay muy buen ambiente en tu colegio.

―Y me reafirmo en ello.

Rafo estaba muy nervioso y no era capaz de captar la razón. Lo escruté con severidad y escuché un ligero temblor en su cascada voz, como si hubiera trasnochado cinco días seguidos y al sexto le solicitaran declamar en solitario, ante un selectísimo auditorio, un recital poético de su obra.

―Por otro lado, dejemos a los jóvenes por lo que ellos consideran su camino. No podemos hacer otra cosa que no sea estar a su disposición para cuando soliciten un consejo o una información, pero nunca agobiarlos con una tormenta de recomendaciones que en muchas ocasiones son obviedades que ellos mismos sabrán afrontar en el aula. Son jóvenes, que no incapacitados para afrontar problemas. ¿Errores? ¡Como todos! Lo bueno de los errores es saber rectificar, y, si es necesario, pedir disculpas.

Rafo en este punto cayó en un taciturno silencio. Apoyados los codos en la mesa, y mientras manoseaba el vaso de la consumición solicitada en la terraza del hotel Room Mate Alicia en la plaza de Santa Ana, le sonó el teléfono. Me sorprendió el tono de llamada. Llevaba años con el gallego Pousa pousa y lo había sustituido por un potentísimo A quién le importa de Alaska. La tierra por una declaración de principios.

―Tiene un valor simbólico. Es un grito de libertad ante el pensamiento único y agendado que nos quieren imponer hoy en día. Es algo hatroz lo que está ocurriendo con esta obsesión por controlarnos absolutamente y por uniformar la hermosísima diversidad de nuestra sociedad. No soporto el circuito cerrado que diseñan los nuevos pensadores de una sociedad que quieren homogeneizada y maleable como el blandiblup.

Después de una misteriosa conversación de dos minutos, volvió a caer en un compungido silencio, pero a los treinta segundos lo rompió con una sonrisa morriñenta, con una sonrisa picarona, con esa sonrisa que muestra cuando quiere contar una anécdota que sabe ocurrente.

―¿Sabes? Llevaba muy pocos años en el colegio cuando me ocurrió una simpática anécdota en el aula. En la tutoría de profesores no la comenté nunca porque aún imperaba en mí una injustificada timidez. Carraspeó nerviosamente.

En la clase reinaba un gran ambiente. El tránsito de una asignatura a otra lo ocupaban las alumnas en cotilleos escolares, en entonar alguna canción conocida o en proyectar la salida del viernes, estuviera cercana o no. Entré en clase como siempre, con mis libros en la mano y con un silencio en los labios que tenía que repetir en varias ocasiones. Logré superar la maldita tarima de madera que, en los últimos cursos, se había convertido en un peligroso obstáculo. Una vez en lo alto de la tarima, consulté el plano de sitios que estaba adherido en la mesa del profesor para desmontar los engaños que algunas alumnas provocaban con «despistados» cambios de mesa. Abrimos el libro de Literatura y les expliqué la obra de Garcilaso de la Vega y el Renacimiento. Observé en el extremo superior derecho de mi mesa un papel doblado. Como tenía la seguridad de que no era mío y ante la duda de ser una posible chuleta lo arrugué y lo tiré a la papelera. Terminamos la clase con un comentario pormenorizado del soneto V del autor antes mencionado, aquel que termina con unos versos inolvidables que encierran lo que nadie ha sabido manifestar con tanta claridad: Cuanto tengo confieso yo deberos; / por vos nací, por vos tengo la vida, / por vos he de morir, y por vos muero. Se produjo un emotivo silencio y en cada mente adolescente se dibujó el nombre de algún chico.

Volví al día siguiente con otro memorable soneto en el que Lope de Vega definía el amor con un alarde de paradojas y contradicciones, y de este modo vimos las características del Barroco: Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo, / alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde y animoso… Esto es amor, quien lo probó lo sabe. Volví a encontrarme un papel esquinado en la mesa. Lo volví a arrugar y a tirar a la papelera. Salí con paso firme y tranquilo, haciendo un alto en la carpeta de apuntes de una alumna que, según parecía ella, me sorprendió gratamente: ¿Dónde estás, señora mía, / que no te duele mi mal?, / o no lo sabes, señora, / o eres falsa y desleal. Me mola mil, profe, me dijo. Hoy echo de menos esa costumbre de escribir textos para lucirlos «públicamente».

Al día siguiente tuvimos un examen para reconocer las características del Renacimiento y del Barroco, según fuera el texto. Estaban todas sentadas y colocadas en filas individuales. Repartí las hojas del «encuentro individual con un texto», como decía una profesora. El texto era de Gutierre de Cetina: Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué, si me miráis, miráis airados? / Si cuanto más piadosos, / más bellos parecéis a aquel que os mira, / no me miréis con ira, / porque no parezcáis menos hermosos. / ¡Ay, tormentos rabiosos! / Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, miradme al menos. Mi paseo sorteando las mesas logró que yo no viera a nadie copiar. Eso no quiere decir que no lo hicieran, porque en esa clase había «buenísimas doctoras» en esa especialidad.

Al día siguiente, clase a las ocho de la mañana. La mayoría, dormidas. Lo sabía. En mi mesa había un folio horizontal con la siguiente leyenda: ¡¡¡No me tires y léeme!!! Con una flecha dibujada que me llevaba de nuevo a la esquina superior derecha de la mesa. Obedecí y leí el papelito después de deshacer las mil dobleces que presentaba. Ponía: Para quererte sólo valgo. Sabían mi devoción por Los Secretos y en especial, en aquella época, por la canción Otra tarde, en la que Enrique Urquijo nos invita a reflexionar sobre nuestras propias luchas emocionales. Lo interpreté en aquel momento, estábamos en invierno aún, como el irreprimible brote primaveral de una adolescente que no sabía a quién decírselo ―me eligió a mí― y el secretismo de una situación que la encendió sobremanera. No niego que la curiosidad me incitó a hacer con los ojos, desde mi sitio, un barrido visual por todas las mesas. No logré nada. El grupo de teatro que teníamos en pañales por entonces había logrado que una alumna hiciera una grandísima actuación. Sigo sin saber su autora.

―Eso es lo de menos, le dije. La anécdota tiene su gracia. 

CAPÍTULO XVIII DE ‘HATROZ’.- EL OCASO LABORAL (I)

El viernes pasé la tarde y la noche con Rafo. Me pidió que lo recogiera en su casa a las seis y me dijo que me llevaría un sorpresón cuando me dijera el lugar al que quería ir. Nada más sentarse a mi derecha, vi sus intenciones. Después de un tímido carraspeo, burdo pretexto de una naturalizada timidez, se explayó con banales argumentos sobre los beneficios anímicos que les reportaría la visita a su antigua facultad. Deseaba recordar su época universitaria. Me olía mal. Lo que quería era que yo conociera la facultad donde estudió, donde realizó su querida Filología, que viera que era verdad, donde despertó a un mundo que él apenas conocía y donde se dio cuenta de que había tenido una adolescencia entre algodones. El recorrido fue muy tranquilo y lleno de anécdotas añejas y antediluvianas, como decía él.

Llegamos a la facultad de Filosofía y Letras, que desde 1975 compartía sus aulas con Filología, cerca de las siete de la tarde. No quiso sorprenderse por la gran cantidad de carteles que adornaban la entrada y me dirigió con certero paso a la cafetería. Allí tomamos un pincho de tortilla y un café con leche creyendo el pobre hombre que su ingesta lo retrotraería a aquellos primeros ochenta en los que cada día se desayunaba con una novedad política, social o cultural.

Se levantó repentinamente y me pidió que saliéramos, que nos fuéramos, que ya había visto todo lo que quería ver. Es decir, nada, ausencia total de recuerdos. Su rostro dictaba una frustración absoluta y reflejaba que las segundas partes, cuando había un lapso temporal tan amplio, no eran recomendables si lo que se pretendía era recuperar el pasado.

Como si nada hubiera ocurrido, o como si ya estuviera más que acostumbrado a las frustraciones, me pidió que fuéramos a la Cervecería Alemana en la plaza de Santa Ana, cuyos dueños, acertadamente, la califican de madrileña, bulliciosa y cosmopolita. Yo le advertí que por la cantidad de clientes que acudían cualquier día de la semana a este sanctasanctórum de la noche madrileña era un lugar incómodo para mantener una tranquila conversación como él quería. Le ofrecí otros baretos que habíamos pateado los dos, pero todos cayeron en saco roto porque tenía entre ceja y ceja «La Alemana».

En ocasiones ocurría que Rafo se ilusionaba con un establecimiento por el simple recuerdo subjetivo de unos ojos que allí se cruzaron en su camino. Entonces, lo empezaba a dibujar con el mismo pulso que como cuando copiaba con enorme interés apuntes sobre Rosalía de Castro en las clases de Literatura Gallega con la inolvidable Marina Mayoral. Estos arreones emocionales y consumistas le otorgaban un gran conocimiento de bares, tabernas y tugurios que poca gente de su entorno dominaba. Todo comenzó, en soledad, en la Bodega de la Ardosa, hoy desaparecida, en la calle Hermanos Miralles, hoy General Díaz Porlier; El Barril de Goya o la Cervecería Alemana de la plaza de santa Ana. Se prolongó durante años con algunos compañeros de la facultad en El anciano rey de los vinos de la calle Bailén. Y la puntilla, con mi entorno más cercano e íntimo, se movía entre La Cruz Blanca, La Gallina loca, Cleo, Narizotas, Tula, El Escenario, La Cesta, My Flower, Fass… Rafo disfrutaba callejeando en solitario con el único afán de saborear una cerveza bien tirada y poder apuntar en su cuaderno de notas cuatro versos impactantes, condensación de una experiencia frustrada.

Cuando entré yo en su vida, por decirlo así, siempre me invitaba a compartir con él esos cenobios o templos del bebercio nocturno. Conocí de este modo lugares en nada higienizados, lugares con un aroma a cerrado que se habían convertido en perfectos comunicadores de virus, lugares con un ambiente tan cargado que necesitábamos pico y pala para entrar en ellos que, por ejemplo, nadie había repuesto las bombillas fundidas.

―Esta luz opaca y tenebrosa, como dices tú, es el arte de la noche, le dijeron mientras le servían una caña en un vaso que tenía ligeramente marcada pintura de labios.

―No se confunda conmigo, no. Me gusta lo cutre, lo añejo y lo ochentero, pero limpio e higienizado. No disfruto oliendo una butaca con olor a culo. Y siento mucho esta expresión.

Su primo Jorge tenía un compañero de clase Alfonso M., que vivía en la calle Velázquez, muy cerca del Retiro, y que, forrada de pasta la familia, él vestía con ropa vieja y descuidada, pero limpia, limpísima. Esa es la imagen que le encantaba a Rafo.

Ponderaba siempre esa atmósfera de encanto misterioso, de solitaria intimidad en compañía de una creadora melancolía.

―Es mi deriva de ser asocial, se justificaba entre dientes mientras jugaba muy torpemente con el móvil. Quizá por los nervios.

Cuando accedimos a la cervecería, me miró buscando mi aprobación. Joder, el caso es que ahora le tengo que agradecer el haber seleccionado un sitio limpio y bien iluminado, me dije sin palabras.

Durante la cena, mientras saboreábamos un doble de cerveza y un pulpo a la vinagreta, me habló de sus primeros años de trabajo en un colegio del barrio de Salamanca. Estaba triste y apenado porque se le iba el tiempo de las manos.

―No puedo con este tiempo transitorio y fugaz. Me despierto en ocasiones con el verso de Quevedo de soy un fue, y un será, y un es cansado y en otras con el pensamiento de un joven de 30 años que se quiere comer el mundo. Entonces unas certeras palabras de los que me rodean me colocan en mi sitio bruscamente. Esos cinco segundos de gloria se evaporan y vuelvo a mi realidad con otros versos de Quevedo: Ya no es ayer, mañana no ha llegado; / hoy pasa y es y fue, con movimiento / que a la muerte me lleva despeñado.

Esta visión negativa del paso del tiempo hizo que su rostro se tornara trascendental y en un zigzag nada cerebral me dijo que todo era literatura, que se recreaba en los versos más letales para purificar un alma dolorida y dañada por no saber atrapar el presente:

Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde. / Como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos. / Envejecer, morir, eran tan solo / las dimensiones del teatro. Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma. / Envejecer, morir / es el único argumento de la obra.

Me recitó estos versos de Gil de Biedma con el apoyo de su móvil ―siempre la maldita memoria, casi bramó―. «No volveré a ser joven». No los conocía. Me comentó que los leyó por primera vez hace mucho tiempo, pero lo que le impactó fue oírlos en la voz de Gonzalo de Castro.

(https://www.youtube.com/watch?v=EGN-cVssLbc&list=LL&index=145)

―Esa voz, Dios mío, esa voz. Luego pude escucharlos recitados por el propio autor y en otra ocasión musicados por Loquillo y Ara Malikian.

Los repitió. Una pareja de jóvenes que estaba en una mesa contigua le preguntó por el autor de esos versos.  Rafo, feliz por su interés por la poesía, recibió un tortazo:

―Es que soy un admirador de Loquillo y me falta la «canción que usted ha leído».

Miré a Rafo rogándole que no actuara como un profesor indignado por la mala expresión de un joven porque, aunque fuera de modo desafortunado, se había interesado por la poesía. Le dio el enlace y punto.

―Atiende, Rafo, el remordimiento por no haber aprovechado el tiempo es un lugar común y el teatro es una metáfora extraordinaria para expresarlo. Borges decía que ese sentimiento no me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado.

Lo veía venir. Lo veía. Cuando empezó a hablar de sus principios laborales y de su actual cansancio psíquico, le dio un trago a la caña y silabeó con orgullo su laudatorio veredicto:

―Entré en el colegio gustando a algunas alumnas, luego empezaron a fijarse en mí algunas madres y hoy en día me miran con buenos ojos algunas abuelas jóvenes.

―Eres muy pesado con algo que yo considero un juicio certero y gracioso, pero que si lo conviertes en una sentencia repetida cien veces perderá toda la simpatía que tuvo el día que lo creaste.

No me hizo ni caso. Una sonrisa picarona se dibujó en su rostro. He dado en la diana, debió pensar. Yo le insistí en que no podía convertirse en un disco rayado. Eres como una enciclopedia de queso manchego: madura, sabrosa, pero siempre abierta en la misma página. Me sentí orgulloso por la metáfora, aunque cerró este tema contundentemente:

―Soy como un reloj sin manecillas: no marco la hora, marco territorio. Y, si repito, es porque mi historia merece eco.

Nos levantamos y le oferté la posibilidad de sentarnos en una terraza de Santa Ana. Aceptó dócilmente porque iba saboreando la rotundidad de su metáfora y no me prestaba la menor atención. 

CAPÍTULO XVII DE ‘HATROZ’.- SU MADRE

Y llegamos a Dolores, Lola o Lolita.

Tras la guerra civil, empezó a trabajar en las oficinas del Banco de España. Había que arrimar el hombro. No había hombres suficientes que pudieran sostener familia tan numerosa. Este trabajo la mantuvo activa en unos tiempos dificilísimos. Lo curioso de esta ocupación, a la par que dramático, es que en muchas ocasiones los trabajadores eran recompensados con alimentos no perecederos como garbanzos o lentejas y no con dinero contante y sonante.

De esta época poco sabemos fehacientemente. Lo más que me ha llegado es que empezó a sufrir un insomnio severo y crónico, así lo calificaron los psiquiatras de la época, pues se veía claramente afectada su salud, ya que estaba «enquistado» en su rutina diaria. No puedo decir si era «extrínseco» (causado por una dinámica de interacción con el exterior) o «intrínseco» (el que es consecuencia de una alteración en el funcionamiento del cerebro). En el entorno familiar habían ocurrido suficientes desgracias para que el lector se decante por el primero, pero esto es opinable y no basado en datos médicos. Algún miembro de la familia opinaba que era genético porque había un silencio glacial y nada analítico en torno a las singularidades de la enfermedad y fallecimiento de la madre.

El noviazgo con José María Máiz Bermejo fue lento y cansino. Cada vez que llegaba a casa, su hermana María Rosa le preguntaba por «alguna novedad» y la respuesta era breve y escueta: no. Para sacarle una sonrisa a la situación, propia de la parsimonia de José María, su hermana le cantaba: Quizás, quizás, quizás… [Se dice que la historia que hay detrás del bolero Quizás (1946), del compositor cubano Osvaldo Farrés, se remonta a su juventud, cuando un insistente enamorado que cortejaba a su hermana Olga le preguntaba «¿Bailaremos alguna vez?», a lo que ella siempre respondía: «Quizás… quizás… quizás»].

Se casó en 1953 con José María, médico que aceptó plenamente las incipientes circunstancias vitales de Lola. Tuvieron dos hijos con una diferencia de cuatro años. Entre Woolite y Rafo padeció un aborto que le hizo llorar como si no hubiera un mañana. El primer parto duró treinta y dos horas y, aunque la niña venía de espaldas, la habilidad del experto doctor Matanzo, en el sanatorio del Rosario de Madrid, logró que viniera al mundo de nalgas, hecho que utiliza siempre como argumento de por qué «le ha ido de culo» en la vida.

Como ya he dicho, la familia vivía en el Paseo de Santa María de la Cabeza número 1, 5º Dcha. Piso alquilado, junto a dos habitaciones en el primer piso que realizaban la función de consulta médica. En este piso vivieron hasta el año 1976. Tuvo una vida tranquila, pero enseguida un desaprensivo estrés, el pozo negro de la depresión y la hiriente ansiedad la empezaron a visitar de modo recidivante con una crudeza desmesurada. El insomnio seguía lacerando su vivir diario. «Es como actuar en una obra en la que tengo que fingir estar bien mientras me desmorono por dentro», le decía a José María padre cuando hablaban de cómo afrontar el día a día. Por diagnóstico psiquiátrico, para «tratar» el insomnio, se le aplicó en dos ocasiones «una cura de sueño» (inducir al sueño día y noche con medicación durante seis días para «normalizarlo»), una terapia intensiva que en la actualidad es germen de mucha controversia y que hoy ya no se administra.

Estos sucedidos perfilaron progresivamente su carácter. Le hacían caminar por un bosque denso envuelto en niebla, sin saber dónde estaba ni hacia dónde iba.

Físicamente era una mujer muy guapa, que sabiamente potenciaba cuando se arreglaba y se pintaba con una habilidad envidiada por muchas personas. La visita a la peluquería, donde la trataban con un cariño sincero y espontáneo, era semanal. Bueno, en ocasiones, cada dos o tres días, para que le dieran un retoque.

Tenía tendencia a la obesidad, aunque se cuidaba mucho. Una anécdota graciosa se repetía casi diariamente. Hubo una temporada en la que cenaban una tortilla francesa, bien de un huevo, bien de dos, acompañada por un trozo de queso de Arzúa a la par que un trozo de pan y dos galletas. Lolita, como le gustaba que la llamaran, «devoraba» el plato y, después de unos minutos de placer gustativo, repetía: «volvería a cenar otra vez».

En el apartado culinario, Woolite, la hija mayor, decía que Rafo estaba muy mimado y que le consentían todo. «Fíjate, le decía a su tía María Rosa, si estará mimado que cuando sale un huevo frito perfecto se lo dan a él, nunca a mí».

Cuando la «nube negra» se situaba, anclada con amarres infalibles, en su cerebro, era una mujer necesitada de cariño, comprensión, ternura, devoción y todo tipo de ayuda. Ver el sufrimiento ajeno en una madre, marcó en cierto modo el carácter de sus hijos. Rafo ha contado en diversas ocasiones una durísima anécdota cuando tenía veinte años: un sábado por la tarde, ya en Hermanos Miralles, su padre tenía que hacer unas visitas médicas y le previno diciéndole que estuviera atento y que evitara que su madre se acercara a los balcones de la casa. Rafo lo tiene grabado a fuego en la memoria.

Pero cuando la «nube negra» pasaba, era recurrente en el tiempo, y salvaba una nueva, pero no última etapa, se convertía en una mujer simpática, alegre, charlatana, cantarina y con una bondad nada impostada. Cocinaba muy bien y tenía una gran imaginación para crear platos en tiempos que no había otro manual que el Picadillo. Cuando les pregunté a sus hijos por el plato preferido, dijeron, entre otros, carne mechada, huevos rellenos, tocinillos de cielo, flan, arroz con leche o volován de gambas. Era una divertida conversadora, sociable y ocurrente en las reuniones familiares y sabia escuchadora con las personas que se acercaban a ella. Generosa e incapaz de ahorrar siempre que le pedían dinero. Especialmente, cuando lo hacía su hijo. Gran experta en «hacer punto», proveía a sus hijos de jerséis, chalecos y chaquetas, así como complementos para el cuarto de baño.

La ingenuidad le llevó a caer en todas las inocentadas que le gastaba año tras año su sobrino Carlos. La más sonora tuvo lugar unas navidades, un 28 de diciembre, cuando su sobrino se hizo pasar por Emilio Núñez, un gallego de pro que era muy generoso con la familia en los meses de agosto en La Peregrina. La llamó por teléfono y le dijo que iba a recibir inmediatamente un regalo de cigalas, camarones y almejas. A toda velocidad empezó a preparar cazuelas para cocer todo lo que estaba a punto de llegar. Cuando Carlos entendió que la inocentada «podía tildarse de excesiva», la llamó para decirle la verdad. Carlos se lo repitió dos o tres veces, pero Lolita le cortaba cada intervención con un «déjate de tonterías que estoy agobiadísima en preparar unas cazuelas para cocer el marisco que ha anunciado Emilio Núñez». Su sobrino tuvo que utilizar mil estrategias para que se diera cuenta de que «todo era una broma». En absoluto se enfadó y todo se convirtió en una agradabilísima sesión de risas y carcajadas.

Era una experta en cambiar regalos. Estamos en una época en la que era frecuentísimo que el paciente le hiciera un regalo al médico que lo trataba y notaba en él una atención filantrópica. En ocasiones, porque reunía varios regalos exactos; en otras, porque no encontraba el modo de «colocarlos» en casa. Cuando se encontraba en una situación de las mencionadas, se iba incansable a la tienda donde el paciente había comprado el regalo y se inventaba cualquier excusa contundente: tengo varios en casa, a mi marido no le gusta nada, rompe la estética de mi casa… En algunas ocasiones, la negativa del vendedor era firme y tenía que recurrir a sus argumentos más convincentes. Cuando salía de la tienda con el objetivo cumplido, la cara de satisfacción era un poema quevedesco.

Una de sus preocupaciones era la fragmentación de la familia. Siempre sonreía cuando veía que en casa estaban todos y cenaban juntos los cuatro, o los cinco cuando se sumó su hermano José Luis. En un principio Rafo, por mor de su inmadurez, luego le hicieron ver que estaba equivocadísimo, argumentaba que en su familia nunca le habían incitado a que formara una nueva. Sal, diviértete y haz lo que quieras, pero luego vuelve a tu casa. No lo olvides. Esta es tu casa.

Una noche, un 2 de abril del año 1992, cuando parecía que el matrimonio Máiz Togores dormía plácidamente, Lola, debilitada por un catarro propio de la primavera, murió de un infarto que sufrió en la madrugada, quizá por una crónica y descontrolada ansiedad nocturna que le paró el corazón súbitamente. 

CAPÍTULO XVI DE ‘HATROZ’.- FILOSO

Las cosas con Rafo han cambiado algo. Muy desafortunada la entrada del otro día, me dijo mientras disfrutábamos de una cerveza en Santa Bárbara. Debe ser que «alguna incursión literaria» que he realizado en su vida le ha sentado a cuerno quemado, pensé yo.

―A partir de ahora, yo leeré, antes de publicarlo, cada capítulo que escribas.

―Me niego a ello, le dije. Si tú lees antes de tiempo cada entrada, estarías actualizando esos rescoldos absolutistas que tanto desdeñas. ¿O ya no recuerdas tus críticas a ese pasado tan autoritario que te había doblegado  de modo consciente? Volvemos, observo, a la censura con mano firme y sin remordimientos.

Rafo se calló porque se dio cuenta que había tocado una fibra sensible de su tardoadolescencia.

―Nunca te he permitido hablar de mi familia con tanta profundidad. Nunca. Esto no es una justificación, pero hay algún dato erróneo que me ha jodido muchísimo. Y cuando me dijiste que ibas a hablar de Filoso, me puse en guardia.

―Además, querías ser tú el único protagonista y metiéndome en tu vida así, me das un protagonismo que dice muy poco de ti. Me tienes que dejar libertad y que luego el lector deduzca si es real o literario. También te tengo que decir que la información que me has ofrecido en algunos casos es mínima. ¿El capítulo VII? Pero… ¿si tú fuiste más detallista que yo en la narración final de ese capítulo?

Antes de irse, analicé profundamente su rostro. Estaba satisfecho y orgulloso, pero se lo reservaba para él. Seguro. No he entendido nada. Esos ramalazos de injustificada injerencia en mi redacción me han descolocado. Más aún, cuando lo vi salir de la cervecería. Todo eran atenciones y gestos simpáticos con los camareros, aunque no pagara. Eso me tocó a mí.

Yo, como narrador, creo que debo tocar todos los temas desde la sombra, hasta los más delicados y censurados por el protagonista de nuestro recopilatorio de anécdotas. No me puede condicionar el hecho de que no le gusten.

Para escribir esta entrada he hablado con algunos familiares cercanos y otros conocidos de los mismos que aún viven. Tengo que aclarar que otros muchos ya han fallecido y me ha resultado muy difícil entrar en detalles particulares.

José Luis, Filoso para los más conocidos, nació en 1916, en una habitación de la finca La Peregrina, en Bertamiráns, el único. La mayor parte de sus parientes son compostelanos. Cinco hermanos conformaban su familia: José Luis, Elena, Dolores, Maruja y María Rosa. Los hermanos eran en un principio siete.  La mayor se llamaba Mercedes y murió a los pocos meses de nacer. Se convirtieron en seis cuando nació Carlos, el último de la fila, que falleció muy pequeño cuando contrajo una septicemia, por la infección de un grano en un labio que no pudo ser atajada, pues no había penicilina en aquellos tiempos. Volvieron a ser cinco.

Salvo estas dos desgracias puntuales que fueron vividas con gran sufrimiento, a pesar de que en aquellos tiempos era frecuente el fallecimiento de niños recién nacidos, la infancia fue tranquila y sin otras circunstancias que la alterara. Dicen que cuando no hay recuerdos de esa etapa de la vida se puede calificar como plácida y amable.

La adolescencia fue otra cosa. En 1934 falleció su madre. Cuando uno pierde a los quince años a su madre, la huella de dolor y tristeza se agranda según va tomando uno conciencia de la ausencia de ese pilar de la familia. La casa de los Togores Paramés se tiñó de luto y, cuando empezaban a levantar cabeza, por una labor encomiable de los familiares cercanos, llegó otro golpazo. El padre, en septiembre del 36, tras unos incidentes vividos como consecuencia de la guerra civil poco aclarados ―estuvo retenido en una checa― falleció en su casa tras un fulminante infarto de miocardio.

Paralelamente a esta defunción, entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre, se produjeron miles de masivas ejecuciones extrajudiciales de presos encarcelados en checas madrileñas en Paracuellos del Jarama, por parte del gobierno de la República, en un enfrentamiento terrible con los sublevados por el control de Madrid. En estas ejecuciones fueron fusilados tres tíos directos y un tío abuelo.

Como consecuencia de todo ello, los cinco hermanos Togores Paramés quedaron huérfanos. Circunstancia que conmovió a todos los familiares. Tras varias reuniones, en una familia en la que apenas quedaban hombres adultos, se decantaron por un «quíntuple reparto» de los hermanos entre los diferentes miembros de la parte Togores. Esta decisión no satisfizo en absoluto a una tía abuela de los jóvenes que, haciendo gala de una fuerza emocional brutal, resolvió asumir la educación y el mantenimiento de los cinco hermanos, que continuaron de este modo unidos, deseo primordial de esta mujer. María Paramés, conocida como Pía, era el nombre de esta corajuda fémina.

Centrémonos en dos de los cinco hermanos. José Luis, el mayor, como dije antes, nació en la Finca La Peregrina, en la aldea de Bertamiráns, residencia en los meses de verano de la familia Togores Paramés. Su locus amoenus. Y el  de Rafo. Se licenció en ciencias exactas, pero todos los intentos de trabajar se vieron frustrados por una quebrada salud mental muy tocada por todas las causalidades que sufrió en sus primeros años de vida adulta. Vivió con su hermana María Rosa y con su tía abuela Pía en una casa alquilada de la calle Castelló de Madrid. La tía Mota, como era llamada por sus sobrinos, trabajó durante muchos años en la biblioteca del CSIC y fue el sustento generoso y desinteresado en todas las penalidades psiquiátricas que sufrió Filoso, apodo cariñoso de José Luis.

Filoso era un hombre con un agudísimo sentido del humor y una poderosa retranca que manifestaba en las mil y una anécdotas que contaba o inventaba y que mantenía a sus sobrinos atentos durante minutos y minutos. Pero cuando los ciclos de su enfermedad se apoderaban de él, la convivencia se hacía muy difícil. Sufrió tratamientos psiquiátricos muy duros ―el adjetivo en grado superlativo absoluto «muy duro» aquí puede hiperbolizarse sin exageración ninguna― y difíciles de entender hoy en día y pasaba temporadas en un sanatorio en los aledaños de Compostela dedicado a los trastornos mentales tipo esquizofrenia y otros. Algunos psiquiatras actuales se atreven a calificar de «desmesurados y excesivos» los tratamientos psiquiátricos de los años 30 y 40.

María Rosa, la tía Mota para los sobrinos, murió en 1979 por un agresivo y metastatizado cáncer de mama, que por razones pudorosas ―las amigas la amenazaban con decírselo al padre de Rafo, si ella no lo hacía― y una absoluta carencia de pautas de prevención en aquella época, fue detectado muy tarde. La coincidencia de una visita de María Rosa a su hermana Lolita con la casual presencia del doctor Máiz Bermejo hizo que la consulta no se demorara. José María, que así se llamaba el padre de Rafo, nunca manifestaba con el rostro lo que tenía delante para diagnosticar, en esta ocasión sufrió un golpe emocional brutal porque la realidad superaba cualquier ficción cancerígena. La operó urgentemente, pero estaba tan extendido que su futuro tomó una dirección funesta y un final trágico. Fueron años de un sufrimiento hatroz por parte de María Rosa Togores.

Como era imposible que José Luis pudiera mantenerse económicamente, y mucho menos la casa, hubo que tomar una apremiante decisión con él. Además de sus problemas psiquiátricos, era paciente de un problema circulatorio implacable, seguía fumando como un carretero ―frase coloquial utilizada para describir a alguien que fuma en exceso o de manera desmesurada―, circunstancia que era muy difícil de controlar, pues por entonces tenía cierta libertad de movimientos para acceder a estancos y farmacias.

La familia decidió, no he llegado a saber cómo se produjo tal determinación, que se fuera a vivir a casa de Rafo, ya que el padre era médico y podía ser atendido con mayor dedicación y cercanía. Lola, la hermana de Rafo, dice que fue una petición directa de María Rosa a su padre. Todo el mundo pensó en Filoso y nadie, absolutamente nadie, en su hermana Lola Togores, que sufría unas incapacitantes depresiones cíclicas y un insomnio hatroz. Ha llegado a mis oídos un comentario que realizó una mujer de la familia residente en Coruña: tal vez, por la enfermedad de Lolita, no es la casa más idónea. Aún así, Filoso ocupó, por «cesión voluntaria de Lolita hija», su habitación, que de un dormitorio con pasillo, un armario propio de cuatro puertas, una mesa camilla para estudiar aislada, una voluminosa cómoda, una comodísima cama y una cierta independencia, pasó a un cuartito pequeño junto a la cocina, perdiendo absolutamente la privacidad. Woolite, que era como la llamaban cariñosamente sus primos, no manifestó ni la más mínima queja ante tal permuta. La aceptó plenamente. Pero hay que recalcar que cambió una generosa cama ―ella también padecía de insomnio― por un sofá cama bastante incómodo. En esa habitación sólo se podía estar acostado en la cama, sentado en ese mismo sofá o sentado en una silla. No se podía hacer vida alguna. ¡Ah! Y sin armario.

Filoso vivió allí casi ocho años. Los gastos que suponía contratar a un hombre para que lo lavara y lo arreglara a diario, y otros numerosos gastos diarios fueron sufragados en los primeros años con el dinero que recibió tras vender la casa que había comprado, con alguna ayuda externa, su hermana María Rosa. La cuantiosa liquidación de Hacienda del piso fue cubierta con parte del dinero antes mencionado.

En la casa de Hermanos Miralles (hoy, General Díaz Porlier) hubo de todo, momentos muy buenos y momentos muy malos. Las costumbres nocturnas (insomnio, radio a gran volumen, fumar en la cama, paseos continuos por la casa para ir al baño…) y una cada vez mayor dificultad por controlar los esfínteres modificó los hábitos de toda la familia. A las 10 de la mañana quedaba perfectamente aseado y perfumado por el enfermero que iba a realizar a diario esa tarea y sentado cómodamente en su sofá preferido. Todo fenomenal. Pero a las 12, por no controlar los esfínteres, volvía a estar todo sucio. Decía él que no le hacían falta los pañales. ¿Quién afrontaba la labor de lavarlo y vestirlo de nuevo? Pues ese, el de siempre. Rafo. La habitación de Rafo, que daba pared con pared con la de Filoso, era su lugar de «peregrinaje nocturno». Entraba con una linterna en la mano y se la enfocaba en los ojos a Rafo en distintos momentos de la noche para solicitarle cualquier ocurrencia de nula relevancia: cambiar una pila a la radio que se oía a todo volumen, un poco de charleta o buscar el mechero que había perdido…

El deterioro físico llegó a tal extremo que Lolita, la hermana de Rafo, planteó abiertamente que había que ingresar en una clínica a Filoso. La amputación de un dedo de un pie engangrenado y el progresivo deterioro físico le llevó a situaciones límite, que por pudor y petición propia de Rafo no transcribo porque sólo alimentarían el morbo y no aportarían nada relevante. Se decidió ingresarlo en una clínica para que lo atendieran debidamente. Allí falleció pocos meses después, en 1987. La decisión tomada entonces por razones estrictamente médicas cayó muy mal en parte de la familia, que veían en ella una resolución desproporcionada. Antes del ingreso se barajaron otras casas familiares, pero cuando eran informados los posibles afectados de las andanzas nocturnas de Filoso y de las necesidades higiénicas a cualquier hora del día rechazaban dicha posibilidad «porque era necesario descansar». Rafo lo quería muchísimo, pero era imposible compaginar estudio, descanso y andanzas noctámbulas, y por ello, junto con otras razones menores, tuvo que cambiarse al horario nocturno de Filología.

Rafo quería sobremanera a Filoso desde siempre. Era una adoración mutua que quizá empezara cuando tenía cuatro años y su tío se sentaba todas las tardes pacientemente a leer un libro con él ―Páginas de la infancia― y así practicar la lectura, que era una de las «cojeras» de Rafo niño. Digo esto porque llegó un momento en que la vida se hacía insoportable. Cuando estaba acostado, a la derecha tenía al nocherniego Filoso ideando qué danza tocaba esa noche y a la izquierda la voz lacrimógena de su madre lamentándose de su insomnio.

Como ejemplo de lo difícil que era, en ocasiones, el trato con él, el día de la mudanza a Hermanos Miralles, la madre de Rafo envió a su hijo al mercado de Hermosilla a comprar merluza fresca para la cena. Preparada con esmero y todo el cariño del mundo, no la tomó porque estaba demasiado fresca y sabía a agua.

La vida de Filoso era monótona, constante y rutinaria. Las comidas las repartía entre las casas de sus hermanas Elena y Maruja, periplos que, en un principio, realizaba en autobús y posteriormente en taxi, cuando la salud se tornó quebradiza. Esas «excursiones diarias» eran el alimento de una vida inútil y de carga familiar, como la calificaba él mismo en los momentos de «bajonazo psíquico». Descanse en paz.