«HATROZ»

CAPÍTULO XV DE ‘HATROZ’.- DOÑA MARÍA

Cuando degustamos vino / todos queremos cantar, / después de la panza llena / la lengua sale a juzgar. En gallego: Cando gorxeamos viño / todos queremos chiar, / cando estoupa o bandullo / a lingua sae a cardar.

Era de raigambre remota el atractivo que esta tierra de la comarca de A Maía ejercía sobre todos los miembros de la familia de Rafo. No es un sentimiento exclusivo. Es obvio. Pero, con la inocencia del que no conoce otro mundo, lo vivió en sus primeros años como una regalía que sus ancestros habían otorgado a su familia de modo privativo en siglos pretéritos. Evidente que luego la celebérrima Lo que el viento se llevó inmortalizó      aquellas inolvidables frases de Escarlata O’Hara pisando la tierra de Tara que lo sacaron  de golpe de su exclusivo pensamiento: A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!

La película de La Peregrina tuvo un desenlace muy diferente, pero que muy diferente. No voy a entrar ahora en los pormenores y menudencias de un finiquito que sólo le atañe a la familia de Rafo. No viene al caso. Ya lo contará él.

―La fuerza de la sangre puede con cualquier obstáculo que entorpezca el desarrollo de esta finca, sentenciaba, con un gesto algo más derrotado que la protagonista antes mencionada, una de mis tías mientras se encargaba de ir a la bodega a por el vino para la comida del día de la fiesta. Sólo ella, y por delegación explícita de la mano masculina que mecía la despensa vinícola, podía encargarse de tan trascendental tarea.

Esa era una jornada muy esperada por toda la comarca a lo largo del año.

El párroco, hombre taciturno, con vocación ermitaña y muy rácano en palabras, cuando veía que se acercaba dicha fecha, era incapaz de fabular una disculpa axeitada (apropiada) y cumplía con rigor británico asistiendo a la comida que para conmemorar la fiesta de la aldea se celebraba todos los años en el comedor principal de la Casa Vieja. Aún, en sus últimos días, recordaba cuando en una ocasión tuvo que personarse con un fiebrón descomunal ―lo que le acarreó una semana de cama― y en otra que casi es llevado de las orejas por la tía abuela de Rafo porque había insinuado su inasistencia, ya que había sido invitado a una reunión extraordinaria por el señor arzobispo.

―Usted a su Excelencia Reverendísima la puede ver cualquier día, pero la fiesta patronal de nuestra aldea sólo se lleva a cabo una vez al año, así que no me venga con farrapos de gaita (disculpas huecas) y mañana sin falta está usted oficiando nuestra misa y presidiendo nuestra mesa. Cuando hablaba doña María, subía el precio del pescado.

―Pero, doña María, no es de recibo hacerle un feo al arzobispo que acaba de tomar posesión.

―Por eso mismo, como acaba de llegar, tardará en marcharse. Y tendrá harta paciencia en recibirlo. ¡Y no digamos días!

Y así fue. Los miembros de la familia sabían que debían callar cuando hablaba una voz autorizada como la de doña María. Nadie podía rechistar lo más mínimo. Cuentan las malas lenguas que, cuando se dio media vuelta y bajaba las escaleras de la rectoral de Ortoño, comentó por lo bajo:

―¡Por encima de mí nos va a robar al párroco el monigote del arzobispo! Lo reto a que recuerde los detalles de mi intervención cuando en la primera misa que ofició al llegar como párroco se encontró la capilla vacía. ¡La aldea me escuchó casa por casa!

En diversas situaciones o circunstancias, siempre que alguien intentaba pronunciarse sobre cualquier tema referente a la familia, no había posibilidad de que fuera aceptado dicho comentario por parte de la litigante facción femenina de la casa.

―Nosotras debemos ser las mayores defensoras de este vínculo atávico que es la fuerza de la sangre con la que nuestros ascendientes levantaron hace dos siglos los muros de esta finca. ¡Debemos defender todo lo que en ella se cuece!

Protegían a la familia con una fiereza tal, que eran capaces de sacarle los colores al más renombrado vituperador o entrometido fisgón. No toleraban que de fuera vinieran dardos envenenados.

―Como el caracol, le encantaba decir a la tía María. Y todo el mundo la entendía.

Pero esto no excluía que cada vez que uno de los jóvenes imberbes ―como los llamaba― transgredía las seculares normas de la casa, este fuera reprendido severamente y conminado a una rectificación inmediata y cuasi definitiva. Entre nosotros, en esta ocasión, los jóvenes no le hicieron ni caso. Rafo todavía no estaba en ese grupo de carilampiños. Hacía relativamente poco que aún había dejado los pañales. Era un privilegiado observador.

―Los trapos sucios familiares se lavan en casa. Nada de airearlos y hacerlos públicos.

Cuando visitó Rafo la zona allá por los años 90 ―la finca ya estaba en otras manos― aún se recordaba con gran regodeo en las tabernas de la aldea la durísima respuesta que le espetó en la cara al cura párroco de una aldea vecina, en otra ceremoniosa comida, cuando a este se le ocurrió censurar en voz alta, la vida de «algunos jóvenes», que preferían, víctimas del materialismo imperante en la época, las fiestas profanas a las religiosas. Todo ocurrió en una gran comilona que se celebró en el claro de una carballeira (bosque de robles) de la comarca bajo un sol implacable del mes de septiembre. En el ágape participaron alrededor de cuarenta personas, y entre ellas lo más granado de la zona: el maestro, el farmacéutico, el médico, el titular del pazo que lindaba con el robledal y que apenas salía de su residencia… La discusión comenzó por la justificación por parte de los donceles de las múltiples ventajas del turismo. Era la época en la que la costa mediterránea empezaba a poblarse de jóvenes de fuera que ponían en peligro la decencia inmaculada de la juventud española.

―No hay más que ver las últimas romerías de la comarca. Son un dislate. Esa música pecaminosa e instigadora de malas conductas. Esos lascivos movimientos de cintura y provocadores de las pasiones más bajas. El baile actual es la realización vertical de un deseo horizontal. Y los jóvenes, borrachos de novedad, lo ejercitan con esmerada diligencia. ¡Dios nos libre de tanta perversión pecaminosa! Seguro que ustedes están al tanto de los comentarios de las personas bien pensantes de la comarca, sentenció unos de los religiosos que asistían a dicho ágape.

Y ahí terció como un templado cirujano con su bisturí mi tía abuela.

―Cuando tenga en mente decir algo de los jóvenes de esta casa, primero consúltelo con Roma; y si le autorizan a decirlo, encomiéndese al Santísimo porque de aquí no sale vivo. ¡Por estas! Y continuó tomando sin el más mínimo atisbo de alteración el consomé que había cocinado a fuego lento en una improvisada cocina de leña.

La intervención fue como un hachazo. Nadie se atrevió a rechistar. Cada uno mirando su respectivo plato deseando que se hiciera eterna la degustación de dicho caldo.

Acabado el plato entrante, sin el más mínimo rubor por lo dicho, y agarrándole con el debido respeto el brazo derecho, le susurró al oído:

―Padre, le ruego que siga con su reflexión sobre la permisividad y falta de pudor que hoy en día impera en la juventud española. Estoy fascinada con su valoración, es de alto interés para mí, dijo protocolariamente después de retirar con un extremo de la servilleta unas minúsculas migas que tenía adheridas en la comisura de los labios.

El párroco de la aldea circundante experimentó en su propia piel el lacerante modo de actuar de doña María, la tía abuela de Rafo, a la par que madrina, cuando alguien osaba mentar, de modo directo o indirecto, a cualquier miembro de su familia.

―¡Demo de muller!, (¡demonio de mujer!), farfulló para sí el orondo y coloradote eclesiástico.

Esta comida ―Rafo me recuerda la anécdota que le contaron sus padres― fue también célebre por el gracioso desenlace que ofreció.

Cuando se terminaba la parte sólida de la festividad, y después de los breves discursos con palabras balbucientes de las autoridades de la zona, se empezaba con la tanda hídrica para ayudar a la digestión de la opípara comida. Es decir, los licores; que era tan importante o más que la de las viandas.

Uno de los más renombrados asistentes, solo en apariencia, era un anticlerical recalcitrante y bastante blasfemo. No soportaba, año tras año, tanta solemnidad eclesial y a cada paso intentaba emponzoñar, ayudado por los efluvios del vino, la situación. Cierto es que solo blasfemaba en voz baja, cosa que causaba bastante extrañeza en el resto de los comensales.

―Si blasfema, que lo haga delante de los curas y demás autoridades, especialmente de doña María, no a escondidas y en voz alta. Es un cobardón y un medroso, lo calificaban por lo bajo. Cuando se acusa, se hace de tal modo que lo oiga todo el mundo.

Era habilidoso a la hora de sentarse en esta tertulia. Un poco apartado y con el farmacéutico y el maestro a diestra y siniestra, dos personajes curiosos. Por la mañana eran capaces de ondear ardorosamente, a escondidas, la bandera republicana y por la noche, en la tertulia de adeptos al régimen ponderaba descaradamente los logros del alcalde falangista. Siempre encontraba el momento oportuno para hacer el comentario hiriente. Ese año le tocó a una humilde y apocada recién casada, que se convirtió en la chanza de todos sus furibundos ataques, que terminaron con una apostilla bastante soez sobre una circunstancia intrascendente como era el buen sonido que ofrecía ese año la campana parroquial. Quería explicarle las circunstancias del hecho a la mujer del farmacéutico.

―Mujer, mira, atiende… Todo el mundo estaba bastante disperso y atendían muy poco a las diferentes conversaciones. Mira, mujer, yo te lo explico. Cuando se rompió el badajo de la campana, subieron los dos, a escondidas, a repararlo. ¡Y cómo lo arregló o Carallón! Todos sabemos de las habilidosas maneras de Santiago en solucionar ciertos asuntos colgantes. Y rompió a reír escandalosamente mientras se levantaba y aderezaba sus palabras con una serie de movimientos con las piernas abiertas bastante obscenos. Todo esto evitando astutamente las miradas del resto de comensales, que formaron un círculo aparte para hablar de la descristianización que estaba sufriendo la sociedad. Todos habían sido bautizados años ha, pero ya no asistían nunca a misa, se quedaban en el atrio de la capilla fumando y hablando. En una de esas interminables comidas que se celebraban después de la misa mayor, los «bautizó» como «los soldados del arco iris» un feligrés ―que hoy nadie recuerda su nombre― porque habían probado una docena de diferentes licores de muy diversos colores.

―A ver, Camay, le dijeron a Rafo, que estaba con otros niños jugando con una pelota, acércate a la improvisada cocina y trae una botella de licor que hay junto a la mesa que tiene los restos de comida.

Rafo hizo con diligencia el encargo, pero confundió, sin darse cuenta, una botella de aceite con una de licor. Y así, el clérigo principal, después de apurar el vaso de un buen lingotazo, no le quedó más remedio que aceptar como broma lo que había sido un trágico error de Rafo.

―Gamberrazo, ya vendrás a mí cuando seas mayor, le susurró el sacerdote en son de burla al oído mientras le tiraba «cariñosamente» de las orejas.

El bien lubricado clérigo, después de tan grata experiencia, tuvo que ir sin demora a un claro del bosque que refrescaba las espaldas de los comensales para liberarse de todo lo que «había agilizado» improvisadamente el «riquísimo licor». Estaba, por lo que había observado, en una zona del bosque que se tragaba sus propios árboles como si estuviera en plena creación de un cuadro diarreico. La defecación, acompañada de palabras muy gruesas que nadie escuchaba, salvo Rafo que se había escondido para ver el daño que había ocasionado, fue muy espontánea y sonora, como un retumbante festín de vehemente cohetería.

Liberado y satisfecho, algunos burlones decían que había adelgazado cinco quilos, recibió encarecidas e interminables disculpas por parte del padre de Rafo, que había sido «el autor del trágico error». 

CAPÍTULO XIV DE ‘HATROZ’.- PROLONGACIÓN

Rafo llevaba mucho tiempo anclado en un pasado que le obsesionaba. Interiormente necesitaba explicaciones que no se atrevía a plantear: empezaba a conocer jóvenes como él que ideológicamente no tenían nada que ver. Estaban en las antípodas de lo que él había escuchado en su familia. No entendía «su rareza» y él, que siempre se había manifestado tímido y timorato, encajaba como un buen fajador de boxeo las sentencias que escuchaba con una rotundidad pasmosa sobre una época que en su familia no habían cesado de calificar como «de progreso y paz». Un pasado del que empezaba a conocer situaciones que le costaba mucho asimilar a bote pronto porque el martillo pilón de la paz franquista le llevaba a un escenario en el que el protagonista no era el profesor de Formación del Espíritu Nacional y sus sátiras sobre la traición de Suárez porque lo más frecuente era escuchar chistes del tipo siguiente: Un español regresa a España y charla con un familiar. «¿Y por aquí cómo estáis?», pregunta. «No nos podemos quejar», le responde. «Entonces, bien, ¿no?», dice. «No, no: que no nos podemos quejar».

Rafo, ilusionado con el comienzo del curso académico era un pequeño pulpo que se iba reforzando con experiencias ajenas. En su etapa de universitario, en la Complutense de Madrid, en Magisterio, antes de Filología, experimentó que sus pulmones se iban oxigenando con un aire nuevo porque había conocido bruscamente un mundo que jamás imaginó que existía. Era el mundo de una juventud desinhibida, apenas politizada, sin prejuicios familiares y con unas ansias locas de vivir sin derramar un segundo de su destreza festiva.

La Escuela de Magisterio se encontraba en la calle Jerte, en un lateral del conjunto conventual de aspecto catedralicio San Francisco el Grande. Entró en la escuela tan despistado que sintió la mirada de unos jóvenes que ya eran habituales, bien porque llevaban disfrutando de las «glorias» de la cafetería, bien porque su objetivo primordial era meter la cabeza en algún seminario.

Rafo comprobó que «la selva humana de la juventud» era tan dispar que le resultó imposible hacer una clasificación de la riqueza de familias estudiantiles que tenía delante. Se adentró en la cafetería y se sentó a esperar que le sirvieran. Nada. No había camareros a la vista. Todos detrás de la barra. Para aparentar que tenía todo controlado encendió un cigarro, abrió la carpeta que llevaba bien agarrada y con un cerco del sudor de la mano, notoria manifestación de su nerviosismo.

Consumido el cigarro, se levantó y emprendió el camino hacia la barra para pedir un café con leche y un pincho de tortilla. Solicitó lo dicho con aparente tranquilidad, lo abonó y se lo llevó a la mesa para tomárselo con imaginada intimidad. Lo siguiente sería componer su horario de asignaturas y aulas. Tenía controlado el panel en el que se mostraba toda la información necesaria. Mientras se tomaba la tortilla, una joven se plantó delante de él y se presentó con una frescura y una desenvoltura rayanas en el descaro, sería el calificativo de su padre. Y tras una pausa, rematar con un «estas jóvenes de hoy en día se pierden, se pierden…».

―Soy Asun y te veo hecho un lío. Tu aspecto, perdona que te lo diga, es el de un imbécil perdido. Bueno, ¿me vas a decir que me siente o lo tengo que hacer yo?

Ante el bloqueo de Rafo, Asun se sentó enfrente de él tras dejar su bolso y carpetas en una silla del otro lateral de la mesa. Todo ello para poder observarlo con un rigor que le excitaba sobremanera… ¿A los dos?

―Joder, tío, ¿me vas a decir tu nombre o tengo que ir a la cárcel de Carabanchel a pedir información sobre ti?

Asun se rio de su propia ocurrencia mientras la cara de Rafo era un poema. En su familia Carabanchel era sinónimo de revolucionarios, maquis y conspiradores contra un régimen que estaba en absoluta demolición. O eso creían los más optimistas.

―Soy Rafo. La boca pastosa como un saco de harina mojada y sintiendo en esos instantes que la tenía llena de trocitos de tortilla que era incapaz de tragar. El semáforo rojo de la timidez había frenado repentinamente la ingesta. Dudó, balbuceó y logró ingerir el resto de la comida. Bebió el café derramando un hilillo que se prolongaba por la barbilla con aires de grotesca exhibición de que no controlaba la situación.

―Tranquilo, tranquilo, que yo voy a comprar una ficha para llamar a mi madre y decirle que llegaré tarde a cenar, si llego.

Rafo no salía de su asombro. Él siempre era el que daba el primer paso, después de dos o tres cañas. Nunca la chica. ¿Porcentaje de éxitos? Decía, con una mueca en la boca, que «no mal», como respondía un tío suyo cuando le preguntaban por su salud.

Deslizó hacia la derecha de la mesa la taza vacía y se dispuso a recordar las asignaturas que tenía en ese primer curso. Pero se encontraba aturdido con la «incursión beligerante» de Asun.

―A ver, cuéntame qué haces aquí. Pareces salido de una urna en la que has estado metido toda tu vida.

Lo de la urna le fastidió mucho porque también se lo había dicho alguna conocida con la que él había intentado ligar.

―Chico, respira, sé natural, deja para otras ese sombrío gesto… Esto se lo habían dicho en varias ocasiones. Hasta una vez, en El Narizotas, le dijeron que estaba más envarado que César, un compañero de COU que llevaba, por culpa de un desvío de la columna, un corsé ortopédico que le aprisionaba todo el tronco.

Rafo no hablaba. Estaba avergonzado de su comportamiento infantil. Intentó proseguir la conversación, más había entrado en un serpentín de silencios que lo mantenían bloqueado y sin palabras. Faltaban sus amigos, el primero también primo, Jorge y Víctor, los dos puntales que rompían su mutismo con algún chascarrillo descarado y con sus diestras «buscarrespuestas».

―Recoge tus cosas, que nos vamos a tomar un vino a la Cava baja. Ante la estatua que tenía delante, le soltó un tío, espabila, que nos van a dar las doce de la noche en esta «acogedora» cafetería y son las doce del mediodía.

Salieron tranquilamente, enfilaron la calle Bailén, posteriormente la calle de Don Pedro y allí entraron en el primer local que vieron abierto. Sortearon a los clientes que enfilaban la barra discutiendo acaloradamente de política y lograron ocupar una mesa que estaba en una esquina del viejo bar. Pidió Asun una botella de vino con dos vasos y unas patatas fritas.

Rafo comenzó con un discurso que tenía muy sobado, pero que era como una carta de presentación cuando no le salía nada o en su mente bullía aquel manido «¿estudias o trabajas?»

―Nunca he sido un buen estudiante. Nunca. Tampoco malísimo como dice una prima mía. Tampoco. La apatía en el estudio, la falta de interés por nada y un comportamiento timorato y hablador, según mis profesores, me han convertido, hasta la actualidad, en un tío perdido en los estudios. Mi padre, esperando una reacción que todavía no ha llegado, me cambió de colegio en varias ocasiones. Pequeños fracasos de un hijo que no sabe lo que quiere ni en el día de hoy.

―A mí lo que me gusta es leer. Leer. Silencio largo. A Asun le había dado por observar y no hablar.

―No sé si habrás leído El Buscón de Quevedo. Termina la primera parte del libro así: Y fueme peor, como vuesa merced verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres. Esto lo llevo grabado en el frontis de mi vida.

―¿Y te sabes de memoria esa cita? No te entiendo. Si eres capaz de memorizar a Quevedo… ¿cómo no tienes narices de estudiar su vida y su obra? Por ejemplo. Eres un tipo muy curioso. ¿Eres un gamberro?

―No. Gamberro nunca. Lo que te he dicho antes. Creo que soy buena gente, aunque esto lo tienen que decir los que me conocen. Me sentí ridículo cuando Ana, una compañera de COU, en un desayuno en Dickens soltó que tenía clarísimo lo que quería estudiar y ser en el futuro: abogada. Yo la veía tan decidida que me dejaba siempre muy jodido. Yo no sabía qué hacer. Y eso alimentaba que mostrara un nulo interés por todo.

―No busques disculpas. Mal estudiante y punto.

A Rafo le sentó fatal que dijera eso, aunque lo hiciera sin intención de ridiculizarlo.  Le recordó a su querida prima cuando en medio de una reunión soltó aquello de «malísimo». Esto ocurrió hace unos años. Sí. Pero aún le duele porque notó un tono fiscalizador muy desafortunado.

Él nunca se consideró un mal estudiante. Como cualquier adolescente, culpaba de todo a los profesores, algunos con infinita razón, pues no tenían, con alumnos como él, ninguna mano izquierda.  Otros, los menos, como Don Luis, director del Calderón de la Barca, que se volcó en ayudarlo para que saliera adelante. Quizá la vocación de boxeador en su juventud le configuró como un experto en situaciones difíciles.

(Como narrador de la vida de Rafo, quiero que sepan ustedes que sí cambió de hábitos y costumbres, aunque no mudó de sitio. La imagen de Rafo, en la actualidad, después de 37 exitosos años de profesor en el mismo centro, es la de un hombre satisfecho y querido por su alumnado. Me permito copiar las palabras de una madre tras tener a su hijo como alumno. Si se entera que lo hago, me mata; pero los narradores somos así. La carta dice: Muchísimas gracias por tantas veces que te has interesado por nosotros, por tus consejos y por tus ánimos. Ha sido un placer volver a coincidir contigo un curso más. Se agradece enormemente cuando das con personas que sienten verdadera vocación por su profesión, más aún cuando se trata de los hijos. Espero que con C. volvamos a coincidir porque has sido un bonito regalo para ella. Mi más sentido respeto hacia tu manera de enseñar y ayudar a tus alumnos. De llevar sombrero me lo quitaría. O bien esta otra: ¡¡¡Hola, José María!!! Soy A. A. No sé si te acuerdas de mí. Fuiste mi tutor en 1° de BTO hace 9 años. Te escribo para decirte que ayer elegí plaza para hacer la residencia de Psiquiatría en el hospital Puerta de Hierro de Madrid. Lo que siempre había querido. Hay que dar las gracias a las personas que te han ayudado durante el camino para conseguir lo que quieres. Y tú fuiste una de ellas. Cuando en el colegio todos los profesores me decían que pensara en hacer otra carrera, o en irme a una universidad privada, porque no todo el mundo podía hacer medicina, tú fuiste casi el único que confió en que podía conseguirlo. Te estaré agradecida siempre. Te deseo lo mejor en la vida. Te lo mereces. Un abrazo enorme.

Esta es una pequeña muestra de todas las que ha recibido a lo largo de su dilatada experiencia y que guarda como oro en paño. El primero, una excelente persona con dificultades académicas; el segundo, una alumna con una carrera siempre exitosa. Repito, si se entera me mata).

Después de unos ridículos chupitos de vino ―no era lo suyo―, Asun le puso la mano sobre la suya y la acarició con extrema suavidad. A Rafo le gustó y de golpe le vinieron a la memoria inolvidables escenas que vivió con Marisa. Asun sintió un leve movimiento de la mano que interpretó como repudio y no como un síntoma de aceptación. La realidad era que tenía la mano sudada.

―No me rechaces. Tú me gustas, seas quien seas. Me trae sin cuidado. Lo que quiero saber es tu respuesta en caso de que empecemos a salir. No quiero imberbes y antojadizos. Y tengo la sensación de que tú eres las dos cosas. Por lo que me has contado de Marisa, me das un miedo hatroz. Quiero salir contigo, pero no quiero que nadie se ría de mí.

No supo qué decir. Dejó que Asun se sentara a su lado y lo besara en los labios. Él no lo rechazó en absoluto y le correspondió debidamente al segundo beso que le dio.

―Vaya, joder, vaya. Si eres un saco de sorpresas. Para ese aspecto de ingenuo adolescente que tienes besas muy bien.

Al cabo de unos minutos se levantaron, pagaron en la barra y salieron a la calle. En la puerta del bar se miraron durante unos segundos. El gesto de Asun no le dijo nada bueno porque daba a entender que no le había gustado lo que había leído en los ojos de Rafo. Se vieron en tres ocasiones más, intensificando la relación, y en la última acordaron una cena en un lugar típico del Madrid bohemio.

―De acuerdo, nos vemos el sábado.

Cada uno enfiló calles diferentes, pues sus destinos familiares eran distintos.

Rafo pasó unos días anclado en lo que había vivido. No sabía qué hacer. Su breve historial de plantones, propios y ajenos, lo llevaban a un laberinto con más difícil salida que el de Creta.

El sábado salió una hora antes de lo acordado. Le gustaba patear un poco Madrid en solitario para dejar que la imaginación volara y le pintara un futuro inmediato que lo alejara de los malos augurios que alimentaban sus miedos y temores.

Rafo volvió a mirar el reloj y se percató de que lo lógico era aceptar un nuevo plantón. Había perdido toda esperanza de verla, aunque un hilo de ilusión subyacía en su memoria. ¿O era un espejismo? Antes de conocerla, en soledad, se crecía ante el mundo; ahora, en soledad, sin ella, era un rastrojo de crepúsculos opacos.

Perdió la cuenta de las veces que miró el reloj. El camarero que le sirvió la copa hizo un particular gesto como queriendo descifrar las cavilaciones que plasmaba en una hoja que veía emborronada y llena de frases. Se sintió mínimamente importante por su celo en saber lo que estaba escribiendo. O eso creyó.

Por lo menos alguien se fija en mí, pensó fiel a su desaliño emocional.

Dos sentimientos se entremezclaban en su interior: el abatimiento, porque la ausencia de Asun llenaba de ebria locura su vacío existencial; y la nostalgia porque el breve pasado que vivieron nunca regresaría por mucho empeño que pusiera.

A Rafo le corroía la posibilidad de que su espacio estuviera ocupado por otra persona, porque sabía que había jugado con ella a ser un niño grande otra vez. Ella, harta de sus incertidumbres y vacilaciones, le había respondido con un silencio punzante y acerado.

―Mira, tío, no entiendo que no puedas hablar por teléfono sin que te escuchen tus padres. Yo le digo a mi madre que me deje sola en el cuarto de estar y ya está. Me voy a una cabina telefónica cuando tengo verdadero interés en hablar con alguien. Tú eres un mierda. Te callas como un crío y eso me repatea. No te importo nada.

Ahora ya no había vuelta atrás, ahora no podía pedirle al sol que volviera a calentar el presagio de un otoño sombrío y glacial. No era capaz de descifrar su silencio. Aún así, seguía esperando, anclado en una utopía casi suicida, un gesto suyo que le hiciera revivir emocionalmente el páramo en el que se había convertido su vida.

Pero esa noche estaba más ausente que nunca. Rafo vivía el todo de la nada. Y le dolía el volumen de su ausencia como si llevara en sus entrañas un cilicio de desvanecimientos y universos falsos. No sabía cómo ni por qué, pero había vuelto a exhibir el polvoriento rosario de sus interminables disculpas. Tenía mil palabras para justificar su actitud, pero ella era evidente que no lo quería escuchar. Soñaba con una cena en la que él no se limitara a escribir en una servilleta su nombre y luego dejarla olvidada en la mesa o simplemente dejarla caer.

Lo que tenía escrito en una hoja era el borrador de un futuro texto poético en prosa. Dudó mucho en llevarlo o no. En entregárselo o no. Lo escribió en una noche de desvelo casi eremita.

Tu nombre enturbia mi sangre y lacera mi espíritu. Te prometo que el aturdimiento y la insensibilidad de aquel día, si te haces visible, los tornaré en un rayo fecundo de sinceridad y pasión. Te garantizo que nunca te volverás a sentir sola en mi compañía. Porque a solas, sin ti, he podido comprobar hoy que no soy nadie. ¡Con cuánto desacierto y torpeza masculina he actuado! Te sentía tan segura a mi lado que jamás vislumbré la posibilidad de que eligieras otro puerto. No te imaginaba viajando por el vastísimo enjambre de otras manos. Solo un día sin verte y mi vida zozobra, mi vida naufraga calamitosamente en un mar de canciones tétricas y siniestras. Si me vieras en estos instantes vociferando tu nombre por los rincones más recónditos de mi existencia, seguro que correrías a mi encuentro y me aceptarías otra cita. Pero eso ya no es posible. Te has perdido, no entre los sublimes y generosos, no, sino entre los que no niegan sus deseos. Tal vez por dicho motivo hoy no me has querido ver. O tal vez sí. No lo sé. Lo mismo ahora estás soñándome. Y yo no tengo fe suficiente para atisbar tal situación. Me han alertado tanto de que lo que vemos o nos parece ver en sueños, no es otra cosa que un sueño viviendo en otro sueño. Un sueño que me ha convertido para ti en un torrente de malentendidos y desconfianzas. Pero te sigo esperando. Porque amar, como decía Pessoa, es cansarse de estar solo. En las últimas letras de esta carta te adivino enganchada a otro perfil con la furia de un titán. Y yo, Quasimodo de los pies a la cabeza, te espero abierto de espíritu y enemistado con la humanidad.

(En un principio no quise incorporar en este capítulo este texto. Lo distorsiona y lo vuelve melifluo. Yo quería destacar una realidad social de Rafo: en el segundo lustro de la década de los setenta era un joven desnortado en todos los aspectos. Cuando estudió en el Calderón de la Barca percibió algunos sucesos y comentarios que le entreabrieron los ojos. Su padre, con un discurso perfectamente trillado por sus tiempos en las juventudes de Acción Católica, lo convenció de que esas «verdades» eran la voz de una minoría de ingratos rebeldes que no se quisieron incorporar a la nueva España. Ahora, con la eclosión de la «democracia real, no la orgánica», lo que decía su familia, lo que veía en la universidad, lo que leía a escritores exiliados que regresaban, lo que editaba El País y El Alcázar, lo que escuchaba a algunos profesores, lo que veía en las manifestaciones, lo que susurraba un vecino de Santa María de la Cabeza comparado con una nueva vecina de Hermanos Miralles… Todo ello, asimilado sin orden ni concierto, llevaron a Rafo a unos años de convulsión ideológica que le ocasionó algunas discusiones con su primo Jorge).

Rafo seguía absorto en la relectura de su carta. Estaba tan abstraído, que no se percataba del grupo de amigos, habituales en el local, que iban por la segunda ronda de cañas, ni de la pareja de turistas que saboreaban una sangría con patatas bravas, ni los dos enamorados, más arreglados que el resto, y que se comían con la mirada, fase previa del intercambio salivar, ni de los que iban «de solanas a pescar pareja», ni de los dos camareros, uno agradable y algo curioso, y otro, gran coleccionista de desplantes y borderías.   El primer camarero, que no paraba de moverse entre los clientes para renovar las consumiciones que veía vacías, no quitaba el ojo de Rafo. Lo miraba con cierta pena, era consciente del plantón, y le sirvió una nueva copa a la par que se le trocaba el gesto de curiosidad en la más viva mueca de conmiseración. 

CAPÍTULO XIII DE ‘HATROZ’.- CONQUISTA

Ser adulto es cosa valiosa, / pero es mayor perfección / hablar brillante y pausado / como si fuera un gran cicerón. (Rafo cuenta que escribió estos versos el día de su Primera Comunión bajo la sombra de un castaño en un pequeño cuaderno con candado que le regalaron sus tías de Ferrol. No tenía ni idea de los cuadernos Moleskine que eran los herederos del histórico cuaderno usado por Vincent Van Gogh, Pablo Picasso o Ernest Hemingway).

―Este rapaz ten que falar menos e traballar máis, decía Filoso mientras simultaneaba la lectura de un ejemplar de El Correo Gallego, único periódico, eso creía, que por entonces llegaba en el día de su edición a Bertamiráns, y la escucha de una anécdota que Rafo estaba intentando narrar con afectado tono policíaco. ¿Sentencia premonitoria de lo que posteriormente sería una frecuentísima adenda en sus notas? No lo sabemos. Tal vez. Lo cierto  es que el tío Filoso poseía tal sagaz zorrería que era capaz de intuir las futuras peculiaridades de Rafo.

Tras dar por terminada precipitadamente su incongruente historieta, nadie le prestó verdadera atención, se dispuso a jugar con plastilina mientras intentaba cantar una canción que les había escuchado a sus primos mayores. No era la primera vez que Rafo, entonces era Camay, intentaba entonar una melodía a la par que procuraba realizar con una brillante torpeza no sé qué rocambolesca figura. Se desesperaba y cerraba los ojos como cuando su padre, a la par que hacía un chasquido con la boca, leía una noticia que le contrariaba. Cuando apenas tenía conocimiento del mundo, le enfurecía que su desmaña para con   los trabajos manuales se manifestara con tanto escarnio y fulgor. Poco a poco, y con el paso del tiempo, se fue confirmando, ante la desesperación de sus mayores, que lo suyo no era la manipulación habilidosa de materiales ya fueran más o menos maleables. Nadie se explicaba, la ayuda de sus primos debió ser manifiesta, el periódico que lograron diseñar a los diez años los primos pequeños de la casa.

―Perseverancia, rapaz, perseverancia, comentaba otra voz adulta a sus espaldas. Todo en esta vida se puede conseguir con perseverancia.

A Rafo esas frases realmente le sonaban a chino. No las soportaba. Y si coincidía dicha reflexión adulta con la creación de los ojos del busto que estaba realizando le introducía los dedos hasta el cogote como cuévanos quevedescos.

Rafo, desde que había descubierto lo placentero que era platicar, no paraba  de hablar por los codos con quien tuviera a su alcance. Y si no, los buscaba desesperadamente para que lo escucharan. Era un sablista de la charleta. Y si no, solo. Ahí lo veían al pequeño Rafo manteniendo animadísimas charlas con los objetos más disparatados que uno se puede imaginar, desde el grifo de la bañera hasta el plato en el que descansaba  el bocadillo de la merienda. Ante esta locuacidad, unos se reían a carcajadas  escuchando algunas de sus incongruencias, otros se encolerizaban y se marchaban a un lugar más tranquilo, pues no les dejaba concentrarse en lo que en ese momento estaban haciendo. Su primo Jorge cogía el patinete que le había traído de Suiza su padre y subía hasta la puerta de la finca muy despacio para luego bajar a toda velocidad simulando perfectamente el ruido de una moto de carreras. Él, ante estas reacciones, se quedaba mirándolos unos segundos y salía después escopetado ―con lo que se podía correr a esa edad― en dirección a la bodega, donde, por la oscuridad y la humedad del lugar, pensaba que se gestarían las grandes aventuras ese verano.

En otros momentos del día, su primo Jorge y Rafo pasaban mucho tiempo sentados  en la arena de la era jugando a lo más dispar. Desde la conversión en auténticos héroes utilizando como arma de ataque las ramas desprendidas de algunos árboles o una  simple escoba ―con el consabido disgusto de las madres― hasta el aprisionamiento en pequeñas cárceles o jaulas de plástico de inofensivos escarabajos de la patata. Por entonces, estos animalitos les parecían peligrosísimos miuras que posteriormente serían toreados por los dos en un improvisado albero diseñado en la acera de una de las casas.    En aquellos años el género por excelencia de música de la fiesta taurina era el pasodoble Suspiros de España, que Jorge lo tarareaba con gran perfección como inicio de la posterior faena, otro de los rasgos de su primo que le despertaban una corrosiva envidia. El ritmo alegre y festivo de la canción conectaba con la tradición española y les impulsaba a los dos canijos a perfeccionar «la fiesta» elaborando con gran animación unas banderillas, con los colores de la bandera española, con alfileres sustraídos del alfiletero del costurero de la madre de Rafo.

Aunque los protagonistas más frecuentes de sus juegos eran los paracaidistas, los indios y los vaqueros. Lanzaban desde la ventana de una habitación del piso superior un muñeco de plástico que llevaba enrollado un paracaídas; y que gracias al débil impulso ejercido por su parte subía escasamente para luego descender mientras se abría espectacularmente el paracaídas. Bueno, no siempre ocurría así. Entonces el tortazo era de época y nosotros lo celebrábamos como la llegada del hombre a la luna. Con los indios  y los vaqueros siempre había pelea. Los dos queríamos ser vaqueros, pues era evidente que los indios eran siempre derrotados por un habilísimo cowboy, que era capaz de disparar hasta de espaldas. ¿Y por qué le tocaba a Rafo en casi todas las ocasiones ser indio? ¿Incipiente complace? Buena pregunta.

A su corta edad, y por consiguiente aún muy limitada su formación, ya empezaba a sentir admiración por algunos de sus mayores. En cada uno de ellos, desde su pacata perspectiva, se iba perfilando una peculiaridad que le hacía que la fascinación agrandara el afecto que ya iba sintiendo por cada uno de ellos. Rafo pensaba que podía levantar alguna ampolla. Ese miedo pavoroso al qué dirán lo atenazaba ya de pequeño. Es la visión de un niño de muy poquitos años. De su tía María Rosa, la abnegación familiar; de su padre, la entrega y el altruismo; de su tío José Luis, la inteligencia y la naturalidad; de su tío Filoso, la fabulación literaria y personal; de su abuelo Luis, el conocimiento y la bonhomía; de su madre, la bondad y el tormento; de su tía Elena, el carácter y la decisión; de su madrina Cuca, la elegancia y la historia; de su tío Luis, la constancia en el aprendizaje; de su tía Maruja, el estudio y la sociabilidad…

Yo, como narrador de esta historia, creo que ya es suficiente. No quiero que el lector se pregunte: ¿Y tan pequeño era capaz de ver todas estas cualidades? Hombre, es cierto que resulta muy difícil deslindar ciertas cualidades en espaciados periodos temporales, y sobre todo siendo tan menudo, las singularidades de las personas. Después de hablar con él, se reafirma en lo dicho.

Como ya contaré más adelante, un grupo aparte lo merecen sus dos primos mayores. Bueno, no quiero adelantemos nada más. Ya lo hice homeopáticamente en un capítulo anterior. Ya tocará.

En este tejer y destejer de las tardes de verano, y cuando la sombra le ganaba el pulso al sol, las conversaciones de los mayores invadían con parsimonia levítica la acera de la llamada «casa vieja», por ser la más antigua. La perfecta orientación de la misma favorecía que los atardeceres fueran interminables y hubiera a sus pies un calmoso y constante trasiego humano. Algunos familiares iban ocupando las sillas que estaban libres, otros se levantaban para iniciar una diferente tarea en otro apartado rincón de la casa, pues el bullicio y la algarabía en ocasiones se hacían insoportables. Las fieles a la cita eran las mujeres, que no les quitaban el ojo de encima, pues según su criterio, si los dejaban ceibes (libres, en gallego) eran capaces de provocar un cataclismo.

―Como te vuelvas a mojar, te pongo a hacer pis como las mujeres. Esta lapidaria amenaza ―hoy, insignificante; pero por entonces tan terrorífica como una burla hiriente de tu mejor amigo en la adolescencia delante de la chica que te gusta― rondó por la cabeza de Rafo semanas. Tal vez meses. Estaba en esa etapa del crecimiento en la que se empezaban a mirar con extrañeza inusitada a los niños que aún llevaban pañales.

―¿Todavía no le quitaste los pañales a tu hijo? (Este uso verbal de tiempos simples es propio de los gallegos). Pero si Lolita los dejó antes.

―Ya ves… Tengo miedo a que…Y en esas disquisiciones se eternizaban la madre de Rafo y sus hermanas, sentadas todas ellas delante de un velador de piedra, a la sombra, y cada una de ellas enredadas en su labor manual preferida: el punto, los bordados, el ganchillo… O la lectura.

―Lo que tienes que hacer es amenazarlo ―ya sabes, con cariño― con la frase que te decía antes. Es como mano de santo.

Rafo nunca pensó que su madre fuera a llevar a la práctica tal conminación, pero hoy todavía habita en él la duda de saber qué hubiera hecho sin la amenaza. Espabiló como el día que le pusieron la primera vacuna. O ya o el sufrimiento eterno. Pues ya. Lo cierto es que ese mismo verano empezó a olvidarse de los pañales. Es cierto que más de un día hubo «alguna sorpresita», pero unas veces el astuto de su primo mayor y otras su querida Carmen se encargaban ―según sus palabras posteriores― de disimular semejante «desfeita» (desastre, en gallego).

Y así procesionó sin pañales el día de La Peregrina. Todos los mayores estaban encantados con su decisión de incorporarse con «ropa de adulto» a la comitiva religiosa.

―Se está haciendo mayor.

―¡Qué buen rapaz es!

Todos veían en Rafo una propensión hacia los hábitos eclesiásticos, cuando en realidad lo único que ocurría es que, habiendo abandonado ya la «ropa de bebé», se sentía como un adulto más. Concentrado, recto como un carballo (roble, en gallego) y perfectamente sincronizado con las dos filas que conformaban el desfile caminó portando una vela que cada dos por tres se apagaba. Él se sabía el centro de las miradas y ante tal situación su pequeño cuerpo se estiraba aún más hasta alcanzar las proporciones de un legionario en plena parada militar.

Aquel día recibió mil felicitaciones. Todas ellas acogidas con cierto orgullo disimulado, pues ya entonces su carácter se iba configurando de modo paulatino. La mayoría destacó su emotividad gestual; algunos, su elegancia imperturbable y los menos hablaron de cierta agonía sensitiva. Su madre presumía de un perfecto y rectilíneo flequillo.

Nadie cayó en la cuenta de que su verdadera razón, y por la que fui mentalizado noblemente por su tío Filoso, fue la exquisita promesa, si se portaba bien, de ser recompensado con dos helados de la todavía marca Camay escogidos por él libremente. 

CAPÍTULO XII DE ‘HATROZ’.- DESCONCIERTO

Rafo pecó de excesivo la noche anterior al desconcierto. Aquella noche se le turbó el entendimiento porque el dueño del pub que él frecuentaba por entonces en los aledaños de la Glorieta de Bilbao se empeñó en enseñarle los borradores de poemas que había escrito en su juventud. Era un conjunto (en gallego, feixe) de papeles amarillentos y llenos de manchas, que no de tachones y correcciones. Manifestó el mismo defecto que en su adolescencia: parco en palabras y rebosante de una buscada soledad. Se sentó de nuevo en su apartada mesa, colocó sobre la mesa el «poemario de San Miguel» y se dispuso a leer los versos horizontalmente para salir del paso lo antes posible. Sólo pudo comprobar que eran unos poemas soeces, sin ninguna sonoridad y un título absolutamente provocador. Tras unos minutos de atención, pudo conformar una opinión en nada ofensiva.

―Todo el mundo tiene plena libertad para escribir lo que quiera, pero si me pides mi opinión, te diré que les has dado muy pocas vueltas, están a medio hacer. Se ve que son superficiales y un tanto burdos porque la única temática que tienen es cómo conseguir una penetración lo antes posible.

A Miguel, el dueño del pub, se le quebró la sonrisa cuando escuchó las palabras de su admirado cliente. Podía haber tenido más tacto, coño, pensó. Luego entendió que Rafo obraba con sinceridad y que había logrado aparcar ese complace que desde la adolescencia le acompañaba.

―Hay versos logrados. Hay versos que sólo necesitan una pasada. Pero hay otros que son el esqueleto de algo futuro que puede llegar a tomar vida.

Rafo le dio un trago a la copa, sonrió a Miguel y remató diciéndole que insistiera en la forma, que era mejor insinuar que enseñar, y que podría alcanzar con esfuerzo y dedicación un aceptable nivel de calidad.

La compensación de Miguel, no tenía a mano otra, fue recargar muy generosamente la copa que estaba un tanto calentorra ya. Rafo tenía la vista nublada y la palabra torpe, tarda y poco diestra. Raro en él. Rafo se plantó y le dijo que eso no eran dos dedos horizontales, que eran verticales. Conocía perfectamente sus límites y antes de trastabillar por la calle, logró salir del Miguelón y coger un taxi con cierta rigidez muscular. Todo se solucionó cuando se vio entrando en su portal de Ferrer del Río. Una pareja intercambiaba fluidos bucales en la parte más oscura, donde era casi imposible verlos, pero se oía con claridad la resonancia, que no la vibración, de los besos. Eran como pequeños descorches de benjamines que sonaban cuando las bocas hacían un vacío en el ósculo y se «destapaban» cuando se separaban unos milímetros.

Y llegó el día del desconcierto. Se levantó el domingo un poco espeso. Se encontró a su hermana desayunando en la cocina e inmediatamente le pidió disculpas por haber hecho ruido. Estaba equivocada. Lo que realmente le despertó fue el zumbido que sus oídos habían percibido cuando se dio media vuelta en la cama, casi se cae por la estrechez de la misma, y empezó a sonar el Pousa pousa en su teléfono. Le dijo a su hermana que no lo había despertado ella, que había sido esa música gallega, que algunos calificaban de cargante, que ponía en su móvil para poderlo oír en la calle. Estaba muy harto de los bocinazos de sus amigos cuando le decían si era el profesor Tornasol, el anciano rey de los sordos o un Cuasimodo cualquiera. Le comentó que después de la ducha se iría a la cuesta de Moyano a ver libros, uno de sus mayores placeres.

―¿Para qué vas? Ya te digo. Las últimas diez o doce veces que has ido has vuelto con las manos vacías y con un cabreo monumental. Es cierto eso de que quien la busca la consigue, pero en ti se debe cumplir la excepción en toda regla. Pero, tranquilo, no seré yo quien te quite la ilusión.

Rafo callaba porque era incapaz de contradecir a su hermana cuando tenía más razón que un santo. Desayunó una magdalena de La Bella Easo con un café con leche bien cargado. Seguro que alguno de sus compañeros de trabajo le diría que era lamentable la mala alimentación que ingería a diario. A Rafo las reglas academicistas de la comida le parecían una ñoñez y se guiaba en todo momento por sus gustos y apetencias. De ahí ese generoso flotador que le cubría toda la cintura, por no hablar del colesterol. Cuando se miraba en el espejo, sonreía con una tristeza gélida, pero era incapaz de seguir un régimen o hacer ejercicio de un modo continuado. La última mujer que le vio el cinturón de grasa humana que le rodeaba la cintura se enamoró de ese complemento el primer día, hasta le hizo gracia, pero después de varios meses lo rechazaba con la misma contundencia que un perro rehúsa siempre una medicina, aunque vaya en el interior de una croqueta. A Rafo no le valían las croquetas.

Se duchó, se vistió, se acicaló con todo cuidado, se perfumó como siempre y echó un vistazo a su dormitorio por si se dejaba algo importante. Cogió el metro, dudó si tomar un taxi, y tras varios trasbordos ocasionados por su desconocimiento y su rechazo a consultar los paneles informativos, salió en la Estación de Atocha. Vio El Brillante, famoso bar con excelentes bocadillos de calamares y tortilla, y a poca distancia la discoteca Kapital, una de las que más reputación tenía, y no solo a nivel nacional, también internacional. Esta discoteca se encontraba en la calle Atocha en lo que, por los años 70 era el Cine San Carlos, cine muy visitado por Rafo en sus épocas de soledad cinematográfica. También locales vacíos.

Vio a lo lejos la decrépita Cuesta de Moyano. ¿Por qué decrépita? Porque en aquella época, 2021 ya iniciado, era un negocio ruinoso tener una librería, aunque fuera de segunda mano.

Rafo se fue acercando a la cuesta de Moyano con paso decidido, como si en alguna de sus casetas fuera a encontrar un incunable o ese libro que desde hace años no hallaba en ninguna librería. La última vez que lo intentó fue en una vieja librería de Barcelona donde le dijeron que estaba descatalogado por raro. Pensó en un principio que eso era una contradicción porque, por el hecho de ser raro, debería estar en las primeras páginas de cualquier catálogo de libros.

La cuesta de Moyano tenía un olor peculiar. Era una mezcla del humo que expelía el tubo de escape de los coches que la bordeaban, aunque la cuesta fuera peatonal, los múltiples aromas que invadían las librerías desde el hermosísimo Jardín Botánico y el olor a libro viejo. La celulosa y la lignina eran los responsables de este último. Un papel de buena calidad contenía menos lignina que el papel que se utilizaba para imprimir periódicos y revistas. Además de ese olor a libro viejo, también eran los responsables del color amarillento del papel. Algunos, por otros elementos que llevaban, decían que olían a almendra y a otras variadas flores.

Los potenciales compradores, observó que había mucho mirón y manoseador de libros, recorrían la calle de Claudio Moyano con parsimonia y con el corazón desbocado esperando encontrar ese ejemplar que los sacará de un ostracismo jubilar en nada parecido a la actual explosión de actividades y ofertas que hay para los jubilados.

El olor a libro viejo trastornaba a todo el que se acercaba a ese mítico espacio. Cuando aún era un postadolescente de medio pelo, le oyó decir a su profesora de Literatura Francesa que el olor del libro viejo era casi orgásmico. En esa ocasión, su compañero Luis y él se miraron con la misma sorpresa que ponía cuando recibía en casa una llamada de la calderoniana Maite.

Y Rafo no encontró nada interesante en las casetas. Otra vez su hermana tenía razón. Atisbado a pocos metros el parque del Retiro, una vez terminada la hilera de puestos de libros le sorprendió que, pegado a la verja del Jardín Botánico, se encontraba un hombre joven sentado ante una mesa portátil muy parecida al chiolo de las aldeas gallegas, donde unas mujeres mayores vendían rosquillas y otros placeres gastronómicos de las aldeas de la zona en los días de fiesta. El cartel situado a los pies de la mesa rezaba lo siguiente: Libros de poesía del autor a 5 euros. Rafo se acercó con muchísima curiosidad porque siempre le había atraído el mundo del verso y encontrarse de bruces con un poeta le aceleró el interés, nunca momentáneo. Lleno de vergüenza, uno de sus lastres más dañinos, se acercó a él y le preguntó por el contenido de los libros que vendía.

―Me llamo José María Máiz Togores y como las distribuidoras no quieren saber de los escritores noveles aquí me ve usted intentando vender mis libros por mi cuenta. Son libros de poesía que un excelente profesor de la Complutense calificó como soberbios. Quizá la pasión por Ya no es duda, lo prologó él, le llevó a calificar el todo de mi obra por esta parte de ella.

―Pero…, muy sorprendido Rafo por la respuesta, pero… ¿no le interesa a nadie la poesía? Yo, en mis ratos de libertad laboral, me siento a escribir versos un tanto deslavazados pensando en que un día me decida a darles una unidad y una calidad que ahora mismo no tienen.

―Pues dedíquese a otra cosa, amigo. En este país somos más los poetas que los lectores de poesía. Así de claro se lo digo. Escribir es llorar. Sólo una decena de escritores, que tienen gran calidad, han logrado encauzar sus obras en editoriales de prestigio y solventes. Los que pretendemos meter la cabeza en ese mundo sólo recibimos falsas promesas que nunca se ven cumplidas.

―Aquí tiene usted tres libros publicados. ¿Me permite ojearlos?

Antes de acabar la pregunta Rafo tenía en su mano un ejemplar de cada libro: Ya no es duda, De donde nace mi voz y Algunas tardes al borde de mí. Abrió el primero y se puso a leer algún poema de modo arbitrario. Estaba muy nervioso porque José María tenía sus ojos clavados en él y con el mismo pensamiento repetido a lo largo de la mañana: muy interesante, pero no puedo comprarlo.

Rafo se paró unos segundos en unos versos breves pero muy certeros a la hora de expresar lo que sufre una persona cuando siente cerca a la persona amada: Mientras mi necesidad de vida / se anega de crudas imágenes, / la sensación de tenerte cerca / destruye todas mis miserias. Se quedó pensando unos segundos y le vino a la memoria esa mujer que le obsesionaba convulsamente en los últimos meses.

―Quiero un ejemplar de cada uno.

La cara de sorpresa de José María dejó a la vista unos ojos marrones brillantes y expresivos. Rafo vio en ellos un halo de tristeza y un rastro dolorido de experiencias de vida poco afortunadas.

―Mire, ahora mismo no tengo dinero para los tres libros. Le podría pagar con tarjeta, pero usted no tendrá datáfono, como es normal. Voy inmediatamente a un cajero y saco el dinero necesario. Ya no uso metálico. Desde la pandemia sólo empleo tarjetas. ¿Le parece bien? José María asintió con la cabeza.

Bajó con paso decidido la cuesta de Moyano, cruzó varios semáforos y, después de recordar el banco en el que su padre tenía la cuenta corriente, localizó en el mismo local un banco diferente, pero con un cajero reluciente. Tuvo que esperar más de la cuenta porque tenía una numerosa cola. Impaciente y nervioso, miraba fijamente a una pobre señora que no se aclaraba con las múltiples opciones que ofrecía el cajero. Si yo sólo quiero actualizar mi cartilla, se le oía decir quejosa. Una pareja de policías que patrullaba a pie por la zona, después de ser reclamada por uno de los integrantes de la cola, se dirigió a la mujer y le indicó que eso lo tenía que hacer en el interior del banco. La acompañamos nosotros. Venga usted. A Rafo le vino a la memoria la canción de The Buggles Video killed the radio star. El resto pudo satisfacer sus necesidades monetarias con gran fluidez.

Rafo deshizo el camino de bajada, aunque en esta ocasión sustituyó la parsimonia por un andar raudo y veloz. Según se iba acercando al lugar donde había dejado a José María Máiz Togores, pudo comprobar que en esa esquina no había nadie. Se paró en el punto exacto del chiolo y, desconcertado, examinó cada baldosa meticulosamente. Nada. Hasta que al levantar un poco la vista vio colgada en la reja del Jardón Botánico una bolsa de plástico. Se acercó y vio su nombre escrito en ella. La cogió y observó su contenido. Allí estaban los tres libros de José María Máiz Togores. Echó una vista a su entorno y no lo vio. Abrió el primero y leyó con mucha calma la dedicatoria: Dice Simone de Beauvoir que escribir es un oficio que se aprende escribiendo. No ceje en su empeño. El éxito se palpa cuando uno siente que ha escrito el mismo libro que estaba en su génesis. Aunque sea sin lectores. Gracias por leerme.

Rafo se dio cuenta que escribir es un oficio miserable. Horas, días, semanas, meses para escribir un poemario de sesenta páginas y tener que regalarlo para que tenga al menos un lector. Junto a los tres libros, dentro de la bolsa, un papel firmado por él con unos versos con letra atolondrada. Después de leerlos, le vinieron a la memoria otros versos en prosa que escribió ante el silencio de una escritora que había recibido un libro suyo y que presumía de contestar a todos los noveles o desconocidos.

Escribí con la sangre que no supe llorar, verso a verso, como quien reza en ruinas, pero mis palabras convertidas en cenizas nadie las mira, nadie las quiere tocar. Fui jardín de tinta y semilla en el viento, soñé con mil lectores como frutos sin par, pero solo crece en mi interior el silencio y un estante repleto de versos en difunto carnaval. ¿Dónde están los ojos que debían leerme? ¿Dónde el temblor ajeno al sentir mi verdad? La poesía es fuego… pero aquí, en mi vida, una ardiente soledad, que lo único que quiere es morir sin sepelio ni funeral. No vendo un libro. No vendo un alma. ¿Será que en este mundo egoísta los gritos de mis versos son solo una sombra fantasmal?

Rafo se introdujo en el Retiro y advirtió un banco apartado y solitario. Abrió uno de los libros y leyó unos certeros versos que cierran esta historia: Entonces, juré, como un petrarca ante su laura, aprehender en mis manos, y en mi memoria, tus joviales huellas, y, sorbo a sorbo, en mis momentos de soledad, embriagarme con ellas. 

CAPÍTULO XI DE ‘HATROZ’.- EL TUGURIO

El Tugurio estaba resucitando, o eso creía Rafo, después de unas décadas en las que los clientes se podían contar con los dedos de una mano. El local soportaba con enorme dificultad el paso del tiempo. Nela pensaba, era muy testaruda en su idea, que había que mantener un modelo clásico ―viejo y trasnochado para algunos―, porque siempre habría una minoría que lo eligiera como lugar para tomar copas. Pero su idea había fracasado estrepitosamente. Con el nuevo siglo, locales que parecían incombustibles tras unos duros noventa cayeron en el olvido más absoluto.

―Lo viejo, si no se cuida, se hace más viejo y se deteriora enseguida, sentenciaba la dueña con una voz de resignación carmelita.

Hace unos meses tuvo que echar al pianista porque ya nadie le daba propinas ―cuando eran generosas, podía vivir con cierta holgura porque el borracho «propina» con mucha generosidad― y la caja pasaba más hambre de monedas y billetes que el escudero del Lazarillo. Encontró una razón muy ajustada en los desperfectos que sufría el piano. Sonaba muy triste porque las notas estaban fuera de tono, algunas teclas no respondían al presionarlas y tenía un timbre extraño, digamos que más bien era un chirrido.

Rafo se sentía muy cómodo en ese local y eso que en la última temporada vislumbraba día a día un posible cierre, dado el desencanto y cansancio que proyectaban los ojos de Nela, la dueña. Esta mujer conocía muy bien a Rafo y observaba en silencio su ritual: mirada de gran angular para localizar una mesa, espera de unos decisivos segundos y ocupación de la que estaba más apartada. Sacaba ceremoniosamente el smartphone, miraba con la fijeza de un inspector de aduanas la puerta y las otras mesas, luego le hacía un gesto mínimo de aprobación a Nela y, por último, comenzaba su ritual creativo anotando en primer lugar la fecha del día en la aplicación descargada unos meses antes por recomendación de una compañera.

―Será el recipiente de tu mundología imaginativa. Y si algún día me quieres enseñar lo que escribes antes de colgarlo en tu blog, estoy a tu entera disposición. Soy una gran lectora, le decía con cierto aire engatusador.

Un compañero que sólo respiraba por su órgano testicular pensaba que llevaba varias semanas tirándole los tejos.

―Desde luego, eres imbécil si todavía no te has dado cuenta. Joder, Rafo, queda un día con ella y que surja lo que surja, si tiene que surgir algo. Los dos sois libres. Pero no había mentado en ningún la diferencia de edad. Rafo le tenía un «respeto papal» a las mujeres de treinta años, las veía empoderadas y con una cristalina clarividencia a la hora de cenar con alguien.

Rafo lo escuchaba con parsimonia, pero tenía muy claro que el trabajo y el ocio deberían tomar caminos paralelos, nunca cruzados. Era consciente de que algo sentía cuando la recién llegada lo miraba, pero él se escudaba en una simple admiración nunca en reverdecimiento de pasiones que sentía alcanforadas. En su pesimista carácter tenía una idea muy clara: no quería construir un hermoso castillo de arena porque estaba muy cerca del mar. El amor a mi edad es una distorsión patética de la realidad, pensaba. Se había aficionado a las sentencias y con eso se conformaba.

Le encantaba el sonido de reúma articular que producían las viejas sillas de El Tugurio. Asientos que habían soportado el peso de grandes actores y cantantes, según Nela, frecuentes consumidores durante años de unos combinados que en la década de los ochenta y casi noventa poca gente conocía en Madrid, pero que ahora, en los comienzos de la segunda década del siglo XXI, habían pasado de moda y la infidelidad clientelar le dio un sablazo mortal. Se había convertido el garito de Rafo en un club de viejas glorias taciturnas e individuos que no buscaban nada más que degustar una buena copa en un silencio solamente violentado por una tenue música de fondo, que podía ir desde un caduco Jim Morrison a una llorona Chavela Vargas, pasando por el bourbon de Tom Waits o la entrañable tristeza de Enrique Urquijo.

Se rompió la monotonía ambiental con la entrada de dos bulliciosos adolescentes, siempre ruidosos ―Rafo bien lo sabía―, despreocupados por el entorno y ansiosos de tomar un refresco y hablar. Esto le recordaba a Rafo que debían de ser menores de edad. Él, a su edad, intentaba engañar como podía al camarero. Nunca tuvo éxito, cierto, su cara le traicionaba, pero lo intentó infinitas veces. Dejaron la pesada mochila de los libros en el suelo. Les daba igual que este tuviera mil manchas de diferentes consumiciones resecas y adheridas con «Loctite». Los chicos se sentaron entre continuas carcajadas recordando, casi todo el mundo los podía oír de modo intermitente, la última ocurrencia del profesor de Lengua cuando les planteó un debate literario sobre un tema que Rafo no llegó a oír, pues en ese momento hablaban en voz baja, pero con latigazos de pequeños aullidos. Se empujaban continuamente, porque él quería intimar más de lo que ella permitía. Esa mano masculina que intentaba traspasar una frontera que parecía estar muy bien delimitada.

―Hazte de rogar, hija, hazte de rogar, eran las sabias palabras de la madre. Lo fácil el joven de hoy lo detesta. La hija las escuchaba con mucha paciencia y con el convencimiento de que era un postureo maternal, ya que tenían muy poca vigencia en la actualidad.

Él la intentaba besar con gran torpeza, como si acabara de aprender una nueva lección que quería poner en práctica lo antes posible. De pronto, ella le recordó el examen del día siguiente:

―Cinco temas de historia. Y mi padre me los preguntará a las doce de la noche. Como falle, otra semana sin móvil. Tú tienes suerte porque como pasas de todo, no tienes el agobio que tengo yo.

Pidieron dos batidos de chocolate. Bebida nada frecuente en el lugar que le hicieron recordar a Nela los escarceos amorosos de su adolescencia. Mientras llegaba la consumición, ella le soltó de improviso:

―¿Hablaste con tus padres del verano?

El silencio del joven era revelador de un respeto ancestral a sus padres en ese terreno, que era incapaz de superar. A escondidas, todo; a la cara, nada.

―Tu familia será aburrida, a veces un dramón… pero no puedes dejar de cumplir sus deseos. Como me cuentas tú mil veces de tu querido Antonio Flores, que no había roto el cordón umbilical con su madre y por eso la palmó quince días después. Pues tú estás igual, joder, igualito.

―Multa. Sabes que tengo que buscar el momento oportuno para plantear situaciones rupturistas, como decía su profesor de Lengua cuando les hablaba de las vanguardias.

―Otra vez lo mismo, joder, le dice ella. Tú te irás a Galicia y yo a Gandía y en dos meses te olvidas de mí seguro. Te tengo calado.

El silencio se hizo espeso. Eran como dos estatuas que estaban en diferentes museos. Como si alguien hubiera pulsado el «freeze» de un proyector.

―Es decir… ¿No les has planteado que yo quiero ir a pasar quince días a tu casa? Silencio monacal. Pues sabes lo que te digo, que te vayas a tomar por culo.

Habían acordado una lista de multas por cada taco que dijeran. Se acordaron de la obra Los ochenta son nuestros de Ana Diosdado, que habían leído en clase de Literatura.

―No te aguanto más. Conmigo tienes el corazón tan inflado como un globo, pero cuando te plantas delante de tus padres te desinflas como si te hubieran pinchado los huevos. Dices que es por culpa de tu timidez, pero, joder, cuando me quieres meter mano, poca timidez veo.

La chica se levantó, cogió sus libros y se fue llorando a la velocidad del 5G. Él no hizo ademán de seguirla. Su pusilanimidad era evidente. Era la viva imagen de la desolación del niño que se ha perdido en la tómbola. Se sentía derrotado, se sentía tan infantil que le vino a la memoria aquella Primera Comunión en la que se cortó el flequillo a hurtadillas y del posterior castigo que cayó sobre él. Alguien le había dicho que primero la familia y él no supo comprender el verdadero significado de esas palabras.

Rafo cerró la aplicación del móvil. Pensó que lo que había escrito tenía visos de ser leído con cierto interés. Con esmero y muchísimo cuidado lo colgará en su blog y planeó hacer lo mismo en la cuenta de Instagram, pero recordó que estaba a punto de cerrarla. Bebió de un trago el culín aguado de la copa y pagó automáticamente con el móvil. Con ella acordó hace meses, incluida una buena propina, un precio fijo. Le quedaban treinta exámenes por corregir.

―Pues a por ellos, que son pocos y cobardes, le dijo Nela rememorando a un inolvidable Loquillo.

Se levantó y el dolor articular que experimentó era el suyo y no el de la silla. Salió a la calle Francisco Silvela con la mente limpia de malos recuerdos y memorizando la Generación del 98, que era el tema que le esperaba sobre la mesa que había habilitado para corregir en su nueva casa. Se encaminó a ella con el infortunio del que sabía que la infelicidad era quien gobernaba sus pasos. Una pareja de jóvenes embriagados, como diría su padre, lo abordaron pidiéndole un cigarro y fuego a la vez. Ante la manifestación del tópico no fumo, el más alto le soltó a la cara con palabras espesas, parsimoniosas y ocurrentes:

―¡Joder, otro ecologista!

Multa, pensó Rafo. Sin nada más remarcable, los tres prosiguieron sus respectivos caminos, uno muy seguro de cuál era el suyo, otros con paso trastabillante hacia un lugar que nadie sabía su nombre ni su ubicación.