El Tugurio estaba resucitando, o eso creía Rafo, después de unas décadas en las que los clientes se podían contar con los dedos de una mano. El local soportaba con enorme dificultad el paso del tiempo. Nela pensaba, era muy testaruda en su idea, que había que mantener un modelo clásico ―viejo y trasnochado para algunos―, porque siempre habría una minoría que lo eligiera como lugar para tomar copas. Pero su idea había fracasado estrepitosamente. Con el nuevo siglo, locales que parecían incombustibles tras unos duros noventa cayeron en el olvido más absoluto.
―Lo viejo, si no se cuida, se hace más viejo y se deteriora enseguida, sentenciaba la dueña con una voz de resignación carmelita.
Hace unos meses tuvo que echar al pianista porque ya nadie le daba propinas ―cuando eran generosas, podía vivir con cierta holgura porque el borracho «propina» con mucha generosidad― y la caja pasaba más hambre de monedas y billetes que el escudero del Lazarillo. Encontró una razón muy ajustada en los desperfectos que sufría el piano. Sonaba muy triste porque las notas estaban fuera de tono, algunas teclas no respondían al presionarlas y tenía un timbre extraño, digamos que más bien era un chirrido.
Rafo se sentía muy cómodo en ese local y eso que en la última temporada vislumbraba día a día un posible cierre, dado el desencanto y cansancio que proyectaban los ojos de Nela, la dueña. Esta mujer conocía muy bien a Rafo y observaba en silencio su ritual: mirada de gran angular para localizar una mesa, espera de unos decisivos segundos y ocupación de la que estaba más apartada. Sacaba ceremoniosamente el smartphone, miraba con la fijeza de un inspector de aduanas la puerta y las otras mesas, luego le hacía un gesto mínimo de aprobación a Nela y, por último, comenzaba su ritual creativo anotando en primer lugar la fecha del día en la aplicación descargada unos meses antes por recomendación de una compañera.
―Será el recipiente de tu mundología imaginativa. Y si algún día me quieres enseñar lo que escribes antes de colgarlo en tu blog, estoy a tu entera disposición. Soy una gran lectora, le decía con cierto aire engatusador.
Un compañero que sólo respiraba por su órgano testicular pensaba que llevaba varias semanas tirándole los tejos.
―Desde luego, eres imbécil si todavía no te has dado cuenta. Joder, Rafo, queda un día con ella y que surja lo que surja, si tiene que surgir algo. Los dos sois libres. Pero no había mentado en ningún la diferencia de edad. Rafo le tenía un «respeto papal» a las mujeres de treinta años, las veía empoderadas y con una cristalina clarividencia a la hora de cenar con alguien.
Rafo lo escuchaba con parsimonia, pero tenía muy claro que el trabajo y el ocio deberían tomar caminos paralelos, nunca cruzados. Era consciente de que algo sentía cuando la recién llegada lo miraba, pero él se escudaba en una simple admiración nunca en reverdecimiento de pasiones que sentía alcanforadas. En su pesimista carácter tenía una idea muy clara: no quería construir un hermoso castillo de arena porque estaba muy cerca del mar. El amor a mi edad es una distorsión patética de la realidad, pensaba. Se había aficionado a las sentencias y con eso se conformaba.
Le encantaba el sonido de reúma articular que producían las viejas sillas de El Tugurio. Asientos que habían soportado el peso de grandes actores y cantantes, según Nela, frecuentes consumidores durante años de unos combinados que en la década de los ochenta y casi noventa poca gente conocía en Madrid, pero que ahora, en los comienzos de la segunda década del siglo XXI, habían pasado de moda y la infidelidad clientelar le dio un sablazo mortal. Se había convertido el garito de Rafo en un club de viejas glorias taciturnas e individuos que no buscaban nada más que degustar una buena copa en un silencio solamente violentado por una tenue música de fondo, que podía ir desde un caduco Jim Morrison a una llorona Chavela Vargas, pasando por el bourbon de Tom Waits o la entrañable tristeza de Enrique Urquijo.
Se rompió la monotonía ambiental con la entrada de dos bulliciosos adolescentes, siempre ruidosos ―Rafo bien lo sabía―, despreocupados por el entorno y ansiosos de tomar un refresco y hablar. Esto le recordaba a Rafo que debían de ser menores de edad. Él, a su edad, intentaba engañar como podía al camarero. Nunca tuvo éxito, cierto, su cara le traicionaba, pero lo intentó infinitas veces. Dejaron la pesada mochila de los libros en el suelo. Les daba igual que este tuviera mil manchas de diferentes consumiciones resecas y adheridas con «Loctite». Los chicos se sentaron entre continuas carcajadas recordando, casi todo el mundo los podía oír de modo intermitente, la última ocurrencia del profesor de Lengua cuando les planteó un debate literario sobre un tema que Rafo no llegó a oír, pues en ese momento hablaban en voz baja, pero con latigazos de pequeños aullidos. Se empujaban continuamente, porque él quería intimar más de lo que ella permitía. Esa mano masculina que intentaba traspasar una frontera que parecía estar muy bien delimitada.
―Hazte de rogar, hija, hazte de rogar, eran las sabias palabras de la madre. Lo fácil el joven de hoy lo detesta. La hija las escuchaba con mucha paciencia y con el convencimiento de que era un postureo maternal, ya que tenían muy poca vigencia en la actualidad.
Él la intentaba besar con gran torpeza, como si acabara de aprender una nueva lección que quería poner en práctica lo antes posible. De pronto, ella le recordó el examen del día siguiente:
―Cinco temas de historia. Y mi padre me los preguntará a las doce de la noche. Como falle, otra semana sin móvil. Tú tienes suerte porque como pasas de todo, no tienes el agobio que tengo yo.
Pidieron dos batidos de chocolate. Bebida nada frecuente en el lugar que le hicieron recordar a Nela los escarceos amorosos de su adolescencia. Mientras llegaba la consumición, ella le soltó de improviso:
―¿Hablaste con tus padres del verano?
El silencio del joven era revelador de un respeto ancestral a sus padres en ese terreno, que era incapaz de superar. A escondidas, todo; a la cara, nada.
―Tu familia será aburrida, a veces un dramón… pero no puedes dejar de cumplir sus deseos. Como me cuentas tú mil veces de tu querido Antonio Flores, que no había roto el cordón umbilical con su madre y por eso la palmó quince días después. Pues tú estás igual, joder, igualito.
―Multa. Sabes que tengo que buscar el momento oportuno para plantear situaciones rupturistas, como decía su profesor de Lengua cuando les hablaba de las vanguardias.
―Otra vez lo mismo, joder, le dice ella. Tú te irás a Galicia y yo a Gandía y en dos meses te olvidas de mí seguro. Te tengo calado.
El silencio se hizo espeso. Eran como dos estatuas que estaban en diferentes museos. Como si alguien hubiera pulsado el «freeze» de un proyector.
―Es decir… ¿No les has planteado que yo quiero ir a pasar quince días a tu casa? Silencio monacal. Pues sabes lo que te digo, que te vayas a tomar por culo.
Habían acordado una lista de multas por cada taco que dijeran. Se acordaron de la obra Los ochenta son nuestros de Ana Diosdado, que habían leído en clase de Literatura.
―No te aguanto más. Conmigo tienes el corazón tan inflado como un globo, pero cuando te plantas delante de tus padres te desinflas como si te hubieran pinchado los huevos. Dices que es por culpa de tu timidez, pero, joder, cuando me quieres meter mano, poca timidez veo.
La chica se levantó, cogió sus libros y se fue llorando a la velocidad del 5G. Él no hizo ademán de seguirla. Su pusilanimidad era evidente. Era la viva imagen de la desolación del niño que se ha perdido en la tómbola. Se sentía derrotado, se sentía tan infantil que le vino a la memoria aquella Primera Comunión en la que se cortó el flequillo a hurtadillas y del posterior castigo que cayó sobre él. Alguien le había dicho que primero la familia y él no supo comprender el verdadero significado de esas palabras.
Rafo cerró la aplicación del móvil. Pensó que lo que había escrito tenía visos de ser leído con cierto interés. Con esmero y muchísimo cuidado lo colgará en su blog y planeó hacer lo mismo en la cuenta de Instagram, pero recordó que estaba a punto de cerrarla. Bebió de un trago el culín aguado de la copa y pagó automáticamente con el móvil. Con ella acordó hace meses, incluida una buena propina, un precio fijo. Le quedaban treinta exámenes por corregir.
―Pues a por ellos, que son pocos y cobardes, le dijo Nela rememorando a un inolvidable Loquillo.
Se levantó y el dolor articular que experimentó era el suyo y no el de la silla. Salió a la calle Francisco Silvela con la mente limpia de malos recuerdos y memorizando la Generación del 98, que era el tema que le esperaba sobre la mesa que había habilitado para corregir en su nueva casa. Se encaminó a ella con el infortunio del que sabía que la infelicidad era quien gobernaba sus pasos. Una pareja de jóvenes embriagados, como diría su padre, lo abordaron pidiéndole un cigarro y fuego a la vez. Ante la manifestación del tópico no fumo, el más alto le soltó a la cara con palabras espesas, parsimoniosas y ocurrentes:
―¡Joder, otro ecologista!
Multa, pensó Rafo. Sin nada más remarcable, los tres prosiguieron sus respectivos caminos, uno muy seguro de cuál era el suyo, otros con paso trastabillante hacia un lugar que nadie sabía su nombre ni su ubicación.

Muy descrición de nuestra familia. 👏 Estoy totalmente de acuerdo contigo 👏 👏