«HATROZ»

CAPÍTULO X DE ‘HATROZ’.- PISOS

Aquel fue un día muy especial. Tenía planificado desde hacía tiempo recorrer el barrio de su infancia y de su primera adolescencia. Hay diversas opiniones sobre la vuelta al lugar de la infancia. Desde la más ecuestre, que nos invita a galopar sin mirar atrás, sin escrutar el pasado, y saltando cuantos obstáculos se presenten en el camino, hasta la más porcina que dice que, como los gorrinos en la comida, en la cochiquera, hay que hozarse en el pasado con un placer casi solemne y pomposo. Rafo nunca dudó de que ese recorrido algún día tendría que hacerlo.

Salió del colegio donde trabajaba a las cinco en punto, cogió el metro y tras varias dudas y equivocaciones salió, por fin, en la Estación del Arte, nombre que lo confundió por unos minutos. Vio que donde había un banco vendía sus productos un Decathlon, que donde estaba el cine Infante rezaba una iglesia evangelista y que el ultramarinos que proveía a la zona estaba ocupado por una cafetería.

Tomó el paseo de las Delicias con paso decidido, a él daba la ventana de su habitación, y entró en el hotel Carlton, en cuyo restaurante comían los cuatro miembros de la familia frecuentemente los domingos y fiestas de guardar cuando el estado emocional de su madre estaba tocado por esa maldita depresión endógena. Lo vio absolutamente renovado y, de nuevo, un despiste, porque no era capaz de localizar la cafetería, aunque tenía un lugar prominente en la planta de la calle. Se sentó, pidió una copa y sacó el móvil para tomar nota de todo aquello que le causase una mezcla de alegría y tristeza.

Pensó en subir al quinto derecha del número 1 de Santa María de la Cabeza, pero no las tenía todas consigo. Otra vez la maldita timidez. Se tomó la copa con un sabor agridulce, pagó y giró por la calle Murcia para acceder al paseo donde él vivió sus primeros 17 años. No conocía nada. Todo era nuevo, hasta el garaje donde guardaba su padre el coche. Cómo no, abundaban también los locales vacíos e inhabitados desde tiempo atrás. Al ver mentalmente ese pasado le vino a la memoria la vivienda en la que residieron esos primeros años.

Al llegar al número 1 del Paseo de Santa María de la Cabeza, casa que de continuo le traía unos imborrables recuerdos, se detuvo frente a ella, la miró con una extraña resignación, mezcla de morriña y soledad, y se sentó en un banco que había a sus pies. Dudó si sacar un cigarro o no. De modo imprevisto, golpeó su memoria un sinfín de recuerdos: los juegos infantiles y las pillerías de Camay en el Jardín Botánico, el enorme bullicio de los disparatados sanjosés por el número de asistentes, en los cuales se mezclaban los canapés, las tartas, las bebidas y las risas de los numerosísimos familiares que allí se reunían, los partidos de fútbol en los pasillos y en mi habitación, donde el cristal del balcón superó la prueba de fortísimos pelotazos, las tabletas de chocolate que yo hacía desaparecer por las noches, los libros de Julio Verne debajo de los cuadernos de estudio, las llamadas furtivas desde la consulta de su padre jugándose casi la vida, el despertar con aquella Maite del «Calderilla» que hoy es ilocalizable, los retrasos en el regreso del colegio argumentando falazmente que había sufrido un mareo en el autobús 36, la mastodóntica construcción del scalextric de Atocha a los pies de nuestra casa, los cigarrillos a escondidas en las proximidades del colegio de los salesianos, las ansias por participar en los partidos de los domingos en los patios de ese colegio y que una rígida timidez le impedía decirlo, los recuerdos de unos veranos agotadores por un severo sol que «castigaba» durante todo el día, las tardes de los domingos de una duración casi imperecedera, los paseos por la cuesta de Moyano para comprar libros…

Rafo no subió a su antigua casa. Rafo hizo el amago en varias ocasiones, pero le imponía lo estrambótico de la idea. Se juramentó que de la próxima vez no pasaba. Tomó de nuevo el paseo de las Delicias, lo cruzó y esperó a coger un taxi que lo llevara a su actual domicilio. Mientras esperaba, sus recuerdos, viajaron a las interminables obras del corpulento scalextric, se inauguró en 1968 con la intención de que fuera el salvavidas del caótico tráfico de la zona, que fue un sufrimiento atroz para los vecinos. Un taxi libre le pitó reiteradas veces. «Se había dormido» comprobando ―ahora que estaba desmontado― todo el interés urbanístico de la glorieta que se había ocultado con el mencionado «pulpo circulatorio». La habitabilidad de la zona había ganado muchos enteros. El trayecto de regreso, cargado de recuerdos, lo realizó en un profundo silencio, a pesar de que el conductor quería hablar sobre la situación actual.

Posteriormente, en torno a 1975, y por un golpe de suerte en la lotería, la familia se pudo trasladar de casa. El doctor Máiz Bermejo abandonó el alquiler de su piso de soltero por una casa en propiedad. «Simpática y berlanguiana» ―surrealista, por lo difícil de imaginar hoy en día, pero absolutamente posible en la época― fue la escena en la que mi padre, rodeado de la familia, firmó un sinfín de letras mensuales a pagar durante veinticinco años. La vivienda estaba situada en la calle Hermanos Miralles 43, luego bautizada con el nombre de General Díaz Porlier.

En esta casa Rafo se hizo hombre. Fueron treinta años. Allí disfrutó de una imborrable postadolescencia y del trabajo en un colegio, el actual, que le hizo crecer como persona. En un piso de 180 metros cuadrados, que estaba diseñado sin los largos pasillos de Atocha, rio, gozó, lloró, creció, se enamoró, sufrió, golfeó, cantó, mintió, estudió, discutió, «noctivagueó», escribió y más cosas que no debo contar sin el permiso del protagonista. Según él, ocupará un capítulo más adelante. La familia había aumentado en un residente. La muerte de su tía María Rosa, por un terrible cáncer, hermana de su madre, soltera que compartía el piso con un hermano también soltero y con múltiples problemas de salud, ocasionó que este, por motivos de cercana atención médica, fuera a vivir con la familia del doctor Máiz Bermejo. Recordemos que su padre era médico.

Con estos recuerdos, durante la interminable carrera en taxi, empezó a pensar que cuál de las dos viviendas le evocaba más cariño. Llegó a la conclusión de que cada una tenía su aquel, su encanto, y que era imposible hacer un podio con ellas.

Con el agradable fluir del taxi por el Paseo del Prado pudo pasar página y se plantó en el momento en el que tomaron la decisión su hermana y él de vender el piso de Díaz Porlier e irse a una zona más económica y a una casa más pequeña. Fue una decisión muy dolorosa porque Díaz Porlier se había adherido a su piel cual tatuaje diseñado por todo el cuerpo. Se trasladaron a la calle Ferrer del Río en el año 2006 que, después de treinta años en la «almendrita de oro», según compañeros de trabajo, parecía que iba a ser el definitivo asentamiento, y que en esos 120 metros cuadrados ―cruzada la báscula económica de Francisco Silvela― envejecerían con dignidad y total tranquilidad. En este piso Rafo vivió años pletóricos de soledades, añoranzas, alegrías, penas… y gastos, como en Díaz Porlier. En este «piso guindaleriano» se tomó en serio escribir. Cierto es que en la «almendrita de oro» publicó varios libros y pasó muchas horas con bolígrafo y papel en mano, pero fue un naufragio literario peor que el del Titanic. Nadie quería leer sus libros. Nadie. Es duro decirlo, pero desde los inicios sintió una soledad literaria terrible. Y aún la siente. Compraron su libro algunas alumnas ―eternamente agradecido se ha mostrado siempre con ellas―, algunos amigos y algunos familiares. No ha negado jamás Rafo que su timidez social, que no en el aula, ha alimentado ese anegamiento literario. Solamente se comportó con él con una seriedad y una generosidad plausibles Lourdes, la dueña de la librería Pérgamo, en la calle General Oráa. Bendita mujer. Dejemos esto para otro capítulo, así como sus penurias blogueras. En Ferrer del río, en el espacio cómodo y creativo de su estudio, logró «cerrar» unos libros de prosa poética, en formato digital, tanto en castellano como en gallego. La estancia en este piso, al salir definitivamente de él, la calificó como grata, feliz y de una gran bonanza personal. Algunos vecinos y Jesús y Pilar dejaron una imborrable huella.

¿Último piso? No fue así. No. Circunstancias cíclicas de la vida que todo el mundo puede figurarse dieron paso, al cabo de 16 años, a un nuevo piso de 70 metros cuadrados en la misma zona.

La progresión espacial es significativa en todos los aspectos. En este piso han aumentado las incomodidades, pero, como Rafo y su hermana tienen buen conformar, los engorros los han convertido en holguras confortables. Eso dicen. Yo no me lo creo.

Hay que hacer un alto aquí. La importancia de los libros en la vida de Rafo. Yo le he dicho que este texto es un poco cursi, pero se ha empecinado en que lo incorpore en este capítulo y así lo hago.

Una librería en casa es mucho más que un mueble con libros: es un refugio, un mapa de lugares, pasiones, dudas y descubrimientos. En sus estantes se guardan no solo historias, sino fragmentos de quienes somos o soñamos ser. Tener una librería en casa es permitir que el tiempo se suspenda y las ideas respiren. Es rodearse de silencios elocuentes que nos esperan sin prisa. Es, quizás, una forma de resistencia: frente al ruido, el vértigo y el olvido, la presencia quieta y poderosa de los libros.

El escrutinio en el paso de Atocha a Díaz Porlier fue cruel: todos los libros que injustamente llamaron mis padres «infantiles» se quedaron, no se mudaron y ahí perdí definitivamente la inocencia literaria de la infancia y la primera adolescencia. No viajaron conmigo unos doscientos libros que tenía yo en mi habitación: Tintín y Milú, Astérix el Galo, Los cinco, Los siete secretos, Emilio Salgari, Julio Verne, Stevenson, Roald Dahl, Mark Twain, Marcelo Lafuente Estefanía…

El taxi perfilaba la calle Francisco Silvela y al ver Yago el café de sus recuerdos, le solicitó al taxista que parase en ese lugar. Era el café Molière. Algo destartalado y poco frecuentado, pero entrañable y acogedor para él. Se sentó, pidió una copa y empezó a valorar su excursión anímica por los aledaños de su primera casa. Rápidamente esto fue sustituido por el problema que le acuciaba en la actualidad: cómo gestionar algunas vivencias que había empezado a sufrir en el aula. No quería hablar con nadie de ciertos latigazos y bajones emocionales que sufría cuando algún alumno ―cada vez más― se manifestaba grosera y ofensivamente. Esto le ponía muy nervioso porque veía que era incapaz de controlarlo debidamente.

El paseo por la Glorieta de Carlos V tuvo, en un principio, un fin terapéutico, pues el enfado y la tristeza estaban refrenados por esa nostálgica que a él le encantaba. Era lucha encomiable la de un hombre que no quería que se aposentara en su interior un poso de amarguras, tormentos y aflicciones.

Se alternaban los pensamientos optimistas de un hombre satisfecho con su trabajo con otros que eran desesperanzados y agoreros de un futuro en nada atractivo. La enseñanza media, a su edad, era un camino de punzantes espinas. Unas, agradables y salvíficas como pétalos de aromáticas rosas; otras, de una aridez vivencial más dura que un lecho de ariscos cardos borriqueros.

El pulso lo tenía menos acelerado, pero, como una recidivante arcada, vuelve la frase con la que concluyó su última clase vespertina: son ustedes capaces de sacar mi peor yo y un genio amonestador que me encorajina no saben cómo.

El café era un lugar peculiar. Tenía una mezcla de abandono intencionado y de placer ochentero. Se llevaba lo usado, lo que proyectaba una imagen de desatención y dejadez.

Finalizo con las librerías de las diferentes casas de Rafo: abandono dañino de unos doscientos libros en Santa María de la Cabeza. En Díaz Porlier reunió unos tres mil libros de toda índole: poesía, teatro, narrativa, español, gallego… Además del despacho de su padre que estaba repleto de libros de medicina y alguno de carácter literario. El traslado a Ferrer del Río fue durísimo porque la reducción fue drástica, pero nada en comparación con la llegada a Béjar. En Ferrer del Río se quedaron muchas «joyas literarias» que le hicieron en su momento llorar lágrimas de tristeza. 

CAPÍTULO IX DE ‘HATROZ’.- SUS PRIMERAS PALABRAS

Los primeros meses de vida de Rafo fueron tranquilos, plácidos y bonancibles. Alteraciones nocturnas propias de un bebé que tenía en perfecto estado los esfínteres. Se liberaba con una precisión y una regularidad británicas de las aromatizantes cacas cuando su padre estaba profundamente dormido. El proceso siempre era el mismo: el olor se apoderaba del olfato de su madre, que se lo comunicaba con un cariñoso golpe a su padre. La madre avisaba a Chon que asumía la tarea de limpiarlo con gran diligencia. Los ronquidos del padre se oían en toda la casa, hecho que encorajinaba a su madre, que tenía un dormir, digámoslo así, «muy muy muy superficial».

Salvo las características fiebres, las propias mucosidades y las nada edificantes pataletas, podemos entender que los tres adjetivos aplicados en el inicio se refieren a un permanente descubrimiento de objetos, sensaciones y sentimientos.

―Tienes un mundo a tus pies, hijo, un mundo que, si actúas con rectitud, te ofrecerá más luces que sombras. Y el pequeño Rafo le hacía a su padre unas pedorretas bucales que significaban que le importaban un bledo sus «profundas palabras».

Los recuerdos son nulos ―y eso que el día que hablamos de esta época Rafo hizo unos esfuerzos titánicos, casi sobrehumanos, para «reencontrarse» con algún episodio vivido― y lo que sus padres le comentaron posteriormente ―su padre era médico― no va más allá de lo que Piaget estableció los dos primeros años como periodo sensoriomotor y de dos a siete años como periodo preoperatorio. Y aquí me paro. Me niego a seguir con Piaget porque sería un verdadero ladrillo. Para ti, lector, motivo suficiente para «colgar» este libro. Cuando Rafo estudió sus teorías evolutivas, le vino la misma sensación de aburrida matraca que cuando se propuso leer el Ulises de Joyce tras perder una apuesta en el bar de la escuela con el mejor jugar del «póquer de los garbanzos».

―Esto me retrotraería a mi etapa universitaria, se dijo en alto Rafo. Y como decimos en gallego inda é cedo (aún es pronto).

Me importa mucho más el momento en el que pronunció sus primeras palabras. Cuando empezó a hablar. Debe ser inolvidable y casi taumatúrgico el momento en el que los padres logran establecer una conexión verbal con su hijo. El lenguaje es el milagro humano. Los seres humanos nos comunicamos a través de un maravilloso vehículo lingüístico que es el lenguaje. Cierto es que hay otros vehículos de comunicación. Genéticamente, dicen los especialistas, nos vienen dadas unas capacidades lingüísticas que no se desarrollan hasta la plenitud de la vida, lo cual sucede alrededor de los 5 años. Neurológicamente hablando, según los entendidos, un niño de 5 años es un hablante adulto. Hasta esa edad, el cerebro madura a través de unas etapas poco flexibles, siendo el periodo de los 2 a 4 años el que tiene los puntos más críticos de la formación de las vías lingüísticas neurológicas. Las combinaciones de palabras aparecen alrededor de los 2 años. Pero hay niños que comienzan antes de los 2 años a hablar. Y en la familia de Rafo hay testimonios de ello.

En esta época quiero situar a nuestro protagonista.

En los primeros inviernos madrileños ―estos periodos del año siempre los ha vivido en Madrid― fue descubriendo poco a poco su entorno. De un modo muy primitivo claro está. No era consciente de los logros según los iba consiguiendo. Tranquilidad, que no voy a hacer una exposición de la evolución de Rafo como bebé, pues podríamos encontrarnos con un abanico amplio de experiencias de todo tipo, pero especialmente escatológicas. Sus padres, él no lo recuerda, celebraron con gran algarabía cuando consiguió controlar los esfínteres y mostró por primera vez un continuado y avezado interés por sentarse en el inodoro. Su abuelo, en Santiago, lo celebró con una oración de gratitud ante el apóstol Santiago.

Por más que se empeñe, no son recuerdos lo que tiene de este periodo de su vida sino más bien memorización de situaciones mil veces narradas en los años posteriores por sus padres o por las personas que se encargaron en esos años de su atención y cuidado. Según ellos, la frase más repetida desde que comenzó a caminar era: no toques eso.

Quiso demostrar su arte pictórico cuando, en una pared recién pintada, plasmó con «pintura marrón» una recreación gráfica de la finca de Bertamiráns.

―Ayé, ayé. Y le mostró a su padre su «picassiana obra».

―Tranquilo, hijo, tranquilo, le dijo su padre mientras reprimía una verdadera regañina «mordiéndose las muelas». Su padre le quiso explicar que las deposiciones no deberían salir del inodoro. Hijo, para pintar están los cuadernos que te hemos comprado y que no los usas.

Rafo se empezó a reír con una energía que exasperó a su padre. Lo sentó de nuevo frente a él y, mientras intentaba aclararle dónde debía pintar, Rafo lo celebró con una batería de pedorretas bucales que le dejaron la cara repleta de húmedos salivazos. 

Por lo demás, hay un categórico vacío. Lo que sugiere una normalidad absoluta en su progresión como niño. Habrá quien piense que de esos años sólo se recuerdan las experiencias traumáticas, que las placenteras ―si por placentera se puede entender el destete o la salida de los dientes― caen en el olvido más absoluto. Cada vez que, ya con la madurez del adulto, hizo sus pesquisas sobre esos primeros años las repuestas siempre fueron las mismas: sin novedad. Todo transcurrió con la normalidad de un niño que empieza a descubrir un mundo nuevo para él. Nada de acciones heroicas, de comportamientos intrépidos y mucho menos de acontecimientos homéricos.

La primera vez que escuchó estas palabras sintió una enorme frustración, pues todos pensamos que, como vemos en ciertas películas, nuestros primeros años son un cúmulo de patrioterismos hogareños y caseros.

―Comías, dormías y crecías, le dijeron una multitud de veces.

―¿Tantos meses reducidos a tres simples verbos? ¡Qué frustración! Yo que, cuando por primera vez escuché de los mayores mis experiencias infantiles, había imaginado que no habría horas suficientes en un día para hablar de mis epopeyas. Mi proceder entonces sería un cúmulo de espeluznantes aventuras, intrépidos lances y arriesgadísimas andanzas. ¡Cómo mi hermana me había salvado de morir cuasi electrocutado por meter los dedos en los enchufes!

―Nada, hijo, había unos inventos magníficos que se metían en los enchufes y que impedían que los niños hurgaran en ellos.

¡O cómo fui capaz de poner en funcionamiento la olla exprés para preparar leche merengada al baño María!

―Nada, hijo, si la olla estaba siempre fuera del alcance de los niños.

Cuando fue consciente de mayor de que en esos primeros años no tuvo empresas peligrosas, quizá comprendió un poco, la venganza se sirve fría, por qué en su edad escolar fue tan proclive a recibir toques de atención por parte del profesor por ciertos escarceos en el aula utilizando los rotuladores como perfectas y dañinas espadas.

Según me cuentan, el invierno de sus tres años fue variopinto en su aprendizaje. Días graciosos por ser el causante de muecas y gestos candorosos, y días, llamémoslos inapropiados, por ser una constante lucha contra el dolor de dientes, incisivos y muelas y por una balsámica muda de pañales. En los periodos del invierno que su abuelo paterno pasaba en Madrid no había otro objetivo por su parte que el niño se soltara a hablar. Y todo era una sempiterna frustración, pues lo solucionaba todo con un ayé mayestático.

¿Quieres un vaso de leche? Ayé. ¿Vamos al Jardín Botánico? Ayé. Hay que irse a dormir. Ayé. Llegó un momento en el que la preocupación empezó a invadir la mente de los mayores. Veían cómo niños de su edad y menores ya pronunciaban frases con cierta coherencia mientras Rafo se mantenía en un solitario y convulso ayé. Su abuelo, farmacéutico militar con una profundísima formación humanística, desdramatizaba la situación con un sentido del humor a la vez bullicioso y calmante de ánimos.

―Todos buscamos aprender idiomas porque consideramos imprescindible el dominio de dos lenguas por lo menos para podernos manejar por el mundo. Y este rapaz, egregia criatura del futuro más inmediato, lo soluciona todo con una palabra. Es la reducción del esperanto a su mínima expresión. Pura practicidad. Y soltaba una pequeña carcajada.

Y llegó el verano. Viaje inconmensurable por la magnitud de los bultos. Casi tan numeroso como los trofeos del Cid después de una victoria: incontable el botín. Pues aquí incalculable el número de paquetes y maletas. Ocupaban medio vagón del tren rápido ―ja, casi diez horas de viaje― con destino a Santiago de Compostela. La travesía era una auténtica odisea para los adultos. Sólo basta mencionar que eran diez individuos ―entre adolescentes y niños― y 5 ó 6 personas mayores. Digo individuos porque era como se dirigía a nosotros un tío nuestro cuando nos quería regañar: individuo, venga usted aquí. Su comportamiento deja mucho que desear y… a continuación venía una entrañable reprimenda. Inútil de todo. Duraba el efecto cinco minutos. Algarabía, carreras, caídas, risas y juegos. Cuando no regañinas por parte del revisor, que en aquella época nos parecía, por su uniforme, un comandante de la Marina.

La llegada a Santiago y el posterior traslado a Bertamiráns en diversos taxis era una auténtica liberación para los adultos. La llamada nocturna a los «padres de familia», que trabajaban en Madrid, informando del éxito de la misión era poner una pica en Flandes. Y ese verano fue absorbente, cautivador y ameno hasta lo inimaginable. Pasar casi dos meses con toda la familia materna en pleno campo no tiene precio hoy en día. La naturaleza alimentaba una vivificante ansia de vida campestre.

El dormitorio lo compartía con un primo suyo al que le lleva once meses llamado Jorge. De su hijo mayor Rafo es el padrino en la actualidad. Ya hablaremos en otro momento de las aventuras que pasaron los dos en Galicia. Hoy me remito sólo a ese periodo de tiempo. Escuchar a Jorge era un orgullo, pues hablaba casi con absoluta perfección. Una mujer de allí le llamaba humorísticamente el Académico. Mientras Rafo, que era mayor, seguía con su famoso ayé. Lo curioso es que después de unas intensas y vividas vacaciones, se produjo un sonado trasvase. Llegó el mes de septiembre cuando se trasladaron a Vedra sus padres, su hermana y él, para pasar el mes de septiembre con la familia paterna y la situación cambió radicalmente: Jorge se apoderó del solemne ayé y Rafo se convirtió en un incipiente Castelar. La situación causó cierta gracia en algunos y algo de hilaridad en otros. El ayé de Jorge fue efímero como una huella en la arena o una tarjeta de felicitación. Rápidamente retomó su buen hablar.

La llegada a Vedra fue un rotundo éxito, pues su abuelo Luis, que los esperaba lleno de ansiedad, pudo comprobar que su nieto se había convertido en un competente, a la par que inagotable, disertador. Hablaba, hablaba y hablaba. En algunos momentos no era consciente de lo que decía y en otros erraba más que una escopeta de feria. Pero las frases salían con fluidez de su antaño balbuceante y rácano aparato fonador. Varias veces en situaciones embarazosas y reservadas para los mayores, fue reprendido con una frase que se hizo desde entonces muy familiar: cala, fillo, cala un pouco (Calla, hijo, calla un poco).

A moito falar, moito errar (Quien mucho habla, mucho yerra), le decía, después de ponerlo firme delante de ella su abuela María, poseedora de un colosal genio. Rafo salía corriendo y repitiendo una palabra que le había oído en Bertamiráns a su tío Filoso:

Tururú, tururú, tururú, tururú…

CAPÍTULO VIII DE ‘HATROZ’.- EL DESEO

Rafo pasó unos años oscuros y un tanto descontrolados. Él no me quiere decir con exactitud los años en los que perdió el norte y se sumergió en un carrusel de bares nocturnos de mínima categoría. Él, que siempre se ha esmerado en aparentar una estética elegante y cuidada, durante esos años encontró una serie de pubs en los que las noches eran anárquicas y desmesuradas en todo momento.

El aire en el club es un denso cóctel de humo, sudor y perfume barato, pero Rafo solo percibía la presencia de Soledad. La había visto días antes, pero nunca se había atrevido a dirigirse a ella.

Está al otro lado de la pista, perfila una silueta que se mueve con la música, su vestido rojo es una segunda piel que promete más de lo que cubre. Rafo, se sorprende como si hubiera intercedido Zeus, porque acepta su invitación en forma de guiño de ojo prolongado. Se autoengaña y se justifica a sí mismo diciendo que es por pura curiosidad. Pero ahora, viéndola más cerca, el huroneo se transforma en algo más visceral. Su figura voluptuosa se realza con un elegante traje rojo entallado que abraza sus curvas con precisión y confianza. El escote sutil insinúa sin exagerar, mientras que la tela satinada resplandece bajo la luz, revelando un equilibrio entre vulgaridad y sensualidad. Ese escote del traje es pronunciado pero cuidado, mostrando lo justo con una clase chabacana y tosca. Las mangas ajustadas enmarcan sus brazos firmes, mientras que la cintura entallada resalta la forma de reloj de arena que define su figura. El vestido, de caída recta hasta la rodilla o quizá con una ligera abertura lateral, sugiere movimiento con cada paso que da, dejando entrever unas piernas torneadas que se elevan sobre unos tacones altos, desgastados y afilados.

Su cabello cae en cascada, largo y ondulado, oscuro como la noche o quizás teñido en tonos caoba que brillan bajo la luz. Se mueve con una mezcla de poder y sensualidad que no necesita exageración: basta su andar firme, el vaivén sutil de sus rudas caderas, la mirada segura con la que recorre el lugar. Sus ojos, intensos y ligeramente entrecerrados, parecen analizarlo todo, y sus labios, gruesos y perfectamente delineados en rojo profundo, se curvan en una sonrisa enigmática, cargada de intención.

Su presencia impone sin esfuerzo. No necesita levantar la voz ni hacer gestos exagerados para ser notada; de hecho, el silencio le sienta bien. Donde ella está, el ambiente cambia: las conversaciones bajan de volumen, las miradas se desvían hacia ella, y hay un aire de expectación, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir.

Más que bella es poderosa y contundente. Hay una fuerza interna en su forma de estar que hace evidente que no busca agradar: se viste de rojo porque quiere, se muestra porque lo elige, y su estilo refleja una confianza que no se aprende, se conquista. Es el tipo de mujer que no se olvida fácilmente, no por lo que dice, sino por lo que transmite de impudicia.

Soledad se abrió paso entre los cuerpos. Cada paso, una provocación silenciosa. Cuando se detuvo frente a Rafo, el espacio entre ellos vibró con una electricidad palpable. Su voz, un susurro ronco apenas audible sobre el estruendo de la música, le llegó directamente al oído.

―Rafo, pensé que te acobardarías. Me he equivocado. Nos vimos el otro día en una situación semejante y estaba convencida de que no querías nada conmigo.

Una sonrisa ladeada y peligrosa apareció en el rostro de Rafo.

―Nunca me subestimes, Soledad. Especialmente cuando hay un desafío de por medio. Y menos si el desafío eres tú. ¿O ya no te acuerdas cómo te despediste? Hablaste de un desafío. Yo me escaqueé. Estoy arrepentido.

Ella soltó una risa baja y gutural, un sonido que se deslizó por su piel como el licor.

―Me gusta eso. La noche es larga, Rafo. Y mis ganas… insaciables. Se deslizó un poco más cerca, su muslo rozando el suyo a través de la tela. El calor que emanaba de ella era un fuego que amenazaba con consumirlo.

―¿Y qué tienes en mente, Soledad?, preguntó Rafo, con voz más grave, y una mirada fija en el leve temblor de sus pechos bajo el vestido.

Soledad inclinó la cabeza, su cabello oscuro y suelto le rozó el cuello, erizando los vellos de su nuca.

―Lo que te atrevas a imaginar. Pero primero, un pequeño juego. De su diminuto bolso sacó una flor de jazmín y, con una lentitud exasperante, la acercó a la solapa de la chaqueta de Rafo.

El aroma embriagador del jazmín llenó el espacio entre ellos, mezclándose con el de su propia piel. Sus dedos, finos y seguros, se demoraron en la solapa, la punta de uno de ellos rozando apenas la tela de su camisa, casi tocando su pecho. Rafo contuvo el aliento. La cercanía era una tortura para él porque su cuerpo no era la de un hombre fornido y vigoroso, como esperaba ella. La intensidad de sus ojos, una invitación descarada.

―Estas son las reglas del juego, susurró ella, con unos ojos anhelantes de romper la distancia. No podemos tocarnos con las manos. Solo con la intención. Con la mirada. Con el deseo que no podemos nombrar. Y veremos quién se rompe primero.

Rafo sonrió, una sonrisa lenta y oscura.

―Me parece un juego interesante. Pero te advierto, Soledad, que soy un animal cuando me provocan en… soledad.

Ella se echó un poco hacia atrás, sus ojos explorando cada rasgo de su rostro, deteniéndose en sus labios, luego en sus ojos.

―Eso lo veremos. El premio es… la rendición total.

La noche avanzó, y el juego se transformó en una danza cruel y excitante. Sus miradas se cruzaban a través de la pista de baile, se buscaban en los reflejos, en las sombras. Rafo la observaba y pudo comprobar que cada movimiento de Soledad era una afrenta directa a su autocontrol. Ella, por su parte, le devolvía la mirada con una intensidad que prometía cada fantasía. El baile de Rafo era tosco, rudimentario y patán.

En un momento, cerca de la barra, Soledad deslizó su mano abierta por la espalda de Rafo, a apenas un milímetro de su piel, sin llegar a tocarlo. El calor que emanaba de su palma, la promesa de su tacto, fue una agonía deliciosa. Rafo sintió un escalofrío que le erizó el cuerpo. Se inclinó, su aliento caliente rozando su oreja.

―Estás jugando con fuego, Soledad.

Ella rio, un sonido bajo y ronco, mientras la mano aún suspendida, prolongaba la tortura. ―¿Y tú, Rafo? ¿Estás listo para quemarte?

La atmósfera estaba hirviendo. Cada palabra, cada mirada, cada respiración se sentía como una caricia prohibida. El juego de la contención se volvía más salvaje a cada minuto. La línea entre el deseo puro y la prohibición se desdibujaba, dejándolos a ambos prisioneros de su propio desafío.

Los minutos se estiraban como horas, cada uno cargado de una tensión casi insoportable. Rafo vio a Soledad bailar, la tela roja del vestido tensándose con cada giro, revelando y ocultando. Sus caderas se movían con una cadencia hipnótica, una invitación silenciosa que él sentía en cada fibra de su ser. Él la siguió con la mirada, notando cómo su cabello oscuro se agitaba, revelando la curva de su cuello, una línea delicada que él anhelaba explorar.

En un instante, mientras la música cambiaba a un ritmo más lento y sensual, Soledad se acercó de nuevo. Esta vez, se detuvo tan cerca que Rafo pudo sentir el calor de su aliento en su cuello. No había espacio entre ellos para el aire, solo para la electricidad cruda.

―¿Sigues en pie, Rafo?, susurró, su voz como una seda enardecida y su aliento cosquilleando su piel.

Rafo se obligó a responder con una voz que parecía un ronquido bajo.

―Aún de pie, Soledad. ¿Y tú? Pareces… tentada. Veo que caes tú primero.

Una sonrisa maliciosa se extendió por sus labios.

―Siempre. Pero el juego es el juego.

Sus ojos, oscuros y brillantes, bajaron por su pecho, demorándose en el nudo de su corbata, húmedo por el sudor que los invadía. A Soledad le atraía ese aroma y la excitaba verle la camisa ligeramente desabrochada. Se inclinó un poco más, y Rafo juró que sintió la ligera presión de su pecho contra el suyo, una presión tan sutil que podría haberla imaginado.

Entonces, con un movimiento casi imperceptible, Soledad deslizó su pie. La punta de su zapato de tacón rozó el interior del muslo de Rafo, justo donde la tela del pantalón se hacía más delgada. Fue un roce fugaz, un destello, pero el efecto fue devastador. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y su pulso se aceleró.

Rafo cerró los ojos por un instante, saboreando la prohibición y la promesa de ese contacto. Cuando los abrió, Soledad lo miraba, sus labios curvados en una sonrisa triunfante, sus ojos una chispa de picardía. Ella había roto su propia regla, o al menos la había llevado al límite. Y él, Rafo, sintió una descarga de adrenalina que lo hizo anhelar más y la tocó, caliente y nada recatada.

―Tramposa, murmuró Rafo con una voz apenas audible.

Soledad se encogió de hombros, con una expresión inocente y diabólica a la vez.

―Son las reglas del juego, Rafo. Quien se rinde primero… pierde. Se alejó un paso, pero la huella de su roce, la promesa no cumplida, permanecía en el aire entre ellos, densa y casi insoportable.

La música del club pulsaba a su alrededor, pero Rafo solo escuchaba el eco de ese roce, el susurro de su voz, la promesa inaudita de lo que podría venir si el juego terminaba. El filo del deseo se había clavado hondo, y la noche, apenas comenzaba.

Ella, en el umbral de la puerta del club, lo miraba ansiosa y sin vergüenza alguna. Rafo dudó, pero se acercó a la barra, pagó las consumiciones y salió camino de la estela que había dejado Soledad. Por el aroma era muy fácil seguirla.

Al día siguiente, en el colegio, cuando lo vieron con una cara con unas gigantescas ojeras, sus compañeras le preguntaron reiteradas veces por la causa de dichos socavones. El, con una elegancia proverbial les dijo:

―Ha sido una noche muy personal. Lo que pasó (o no pasó) no tiene nada que ver con el colegio. A veces las cosas simplemente fluyen de una manera sorprendente, y no hay necesidad de hurgar en ello.

―Pero…¿la conocemos?

―¿A quién?

Y recogió sus libros para seguir con las clases que marcaba su horario. 

CAPÍTULO VII DE ‘HATROZ’.- CONFORT

Rafo desconocía el concepto de zona de confort. En su adolescencia no se había planteado nunca que existiera otro mundo al margen del de su familia y su entorno más cercano. Cuando en la infancia visitó por motivos festivos la casa de algún compañero siempre daba la casualidad de que ese hogar respiraba el mismo ambiente que el suyo.

En los cursos del Instituto Calderón de la Barca sí que vio retales de otro mundo, el de los derrotados en la guerra civil, pero no llegó a conocer que eso afectara a un número considerable de españoles. En su casa siempre le hablaron de una minoría y la palabra maquis era sinónimo de guerrilleros antifranquistas que estaban fuera de la ley y que había que detenerlos para ser juzgados. Le hablaron de los que vivían escondidos en los montes de las provincias de León y Zamora y que atacaban esporádicamente organizados en partidas de combatientes. Pasados tres años de una “merendola” en casa de José Antonio ―curioso nombre que recordaba al fundador de la Falange― le vinieron a la mente una serie de palabras que escuchó en boca del padre y que su familia no pudo ―o no quiso― aclararle: justicia histórica, la construcción del Valle de los Caídos, republicano, dictadura, ley de vagos y maleantes, terror rojo y terror blanco…

En este ambiente transcurría el mes de noviembre y como un goteo permanente las noticias sobre la salud de Franco. Todas las conversaciones de mi padre giraban en torno a tres pilares básicos:  sus pacientes, el estado anímico de mi madre y la salud del Generalísimo. ¿Los estudios de Rafo? También eran una fuente de preocupaciones. Todas las mañanas José María se levantaba, ponía la radio, se afeitaba y se bañaba con agua fría. Y un día de esos que parecía otro más la noticia explotó:

Franco ha muerto.

La voz del locutor de Radio Nacional de España, de una gravedad inusitada, y tras un silencio muy significativo, a las 6:30 horas de la mañana del 20 de noviembre de 1975, retumbó, y no por no esperada, cual cohetería fallera en el día de la fiesta mayor, en la casa de la familia de Rafo. El padre de familia se quedó mirando la radio con una expresión de tristeza y preocupación. Terminó de lavarse los dientes y decidió que había que despertar a su mujer e hijos para rezar una breve oración en memoria del Jefe de Estado que les había proporcionado cuarenta años de paz.

Sentados frente al televisor, y a la espera de que hablara Arias Navarro, presidente del gobierno por entonces, los cuatro miembros de la familia miraban fijamente al suelo como queriendo asimilar tan luctuosa noticia.

Lola, la hija mayor, se tocaba constantemente el pelo en un ademán que manifestaba unos nervios a flor de piel. Era consciente, mucho más que el hermano, de que en esos instantes, hasta en lo más insignificante, debía hacer alarde de ese complace familiar que llevaba como una losa y que había empezado a trabajar sin resultado alguno por el momento. Sabía que no estaban en una realidad cómoda y la controversia generacional, junto a un desconocimiento más que notable de la situación, podía saltar a la mínima oportunidad. Miraba con cariño a su madre y escuchaba con atención filial las palabras que estaba pronunciando su padre con una solemnidad casi pontificia. Supo controlar, con muchísimo esfuerzo ese destemplado pronto que le caracterizaba y que había heredado de la abuela paterna. Todo el mundo decía que esta buena mujer daba auténticos botes cuando se enfadaba por cualquier motivo, circunstancia que era muy frecuente. Lola, físicamente, era menuda y delgada. Había estado en tratamiento por un reconocido endocrino nutricionista, que con un marcado acento andaluz le decía una y otra vez cuando veía que no engordaba: ere mi fracaso, ere un granito de arró.

Rafo, el hijo, tenía una mirada que expresaba cierta vergüenza por tener dos sentimientos diametralmente opuestos: por un lado, el de tristeza, porque se olía que se iban a fastidiar sus salidas vespertinas durante unos días; por otro, el de su incapacidad para entender como un adulto el alcance de la noticia que había bloqueado emocionalmente a sus padres. En situaciones como esta es cuando se perciben con más nitidez los saltos generacionales.

Lola y Rafo compartían por ósmosis la ideología de sus padres. Eso decían al menos. Lola, por ser mayor, asimilaba mucho mejor las profecías de su padre cuando comentó días posteriores al luctuoso acontecimiento que alguien de muy alta condición iba a traicionar al régimen. Nunca aclaró si él aceptaría esa felonía como mal menor para España.

―Lo aclararé cuando las circunstancias lo exijan, dijo mientras la televisión proyectaba a un Arias Navarro demacrado, compungido y emocionado.

Como hijos obedientes que eran, no escatimaron esfuerzos en ello y junto a los progenitores y la familia habían asistido a todas los actos y manifestaciones que en esos últimos años se habían celebrado en Madrid en apoyo de Franco. ¡Harto difícil no dejarse llevar por la patriótica marea familiar! Nunca dudaron de que la España real era la que ellos vivían, la España que se sentía humillada por una Europa descristianizada, marxista y masona. ¿Había otra España, como insinuaba Cecilia en su canción? Su padre, después de la breve alocución del presidente del gobierno, les dijo con una suntuosidad única:

―Nunca olvidéis a los enemigos de España, que los hay y muchos. Pausa emotiva que nunca entendió el bisoño de Rafo. Me acabáis de escuchar el vaticino de una magna traición. Lo veremos. Ahora los conoceréis ―a los enemigos de España― porque saldrán de sus cómodos y calientes hogares y se atribuirán una lucha antifranquista que nadie ha visto ni intuido en estos últimos años.

Con estas palabras Lola y Rafo tuvieron una visión retrospectiva compartida y recordaron varias populosas manifestaciones que habían visto asustados por algunas de las principales arterias que bordeaban su vivienda en el Paseo de Santa María de la cabeza nº 1. En ellas habían oído con toda claridad gritos contra Franco y en favor de la huelga general. Su padre achacó dichos movimientos populares a reclamaciones puramente económicas por una crisis que afectaba a toda Europa. Rafo, por entonces, no se cuestionaba nada y escuchaba ―es un decir―, junto a su hermana, las peroratas dominicales de su querido padre. Su madre, ante tal «exhibición marxista», los tranquilizaba diciéndoles que esa tarde era mejor que se quedaran en casa y que rezaran por la salvación de España. Su madre sonreía interiormente cuando veía que aún sus palabras tenían el efecto planificado. ¿Cuánto durarán? Sólo Dios lo sabe.

En ese mundo vivían Lola y Rafo. Con una naturalidad difícil de entender hoy en día. Habría que aclarar que en aquellos tiempos no había ni internet, ni smartphone, ni cadenas de televisión privadas y el teléfono del domicilio estaba perfectamente controlado por los padres. El envoltorio en forma de zona de confort era muy sencillo de diseñar y ofrecía, en este caso, una gran fortaleza. Además, la inmadurez de Rafo, natural o planificada, le hacía no cuestionarse el porqué de unas manifestaciones que rodeaban regularmente la vivienda familiar en el populoso barrio de Atocha. Los dos hermanos no tenían la menor sospecha de que lo hacían dentro de una burbuja que había sido diseñada sin ninguna intención por unos padres que, desde su perspectiva sociológica, querían ofrecerles a sus hijos lo que ellos no tuvieron por causa de la trágica Guerra Civil. Pensaban que ese era el hábitat patrio de todos los españoles. Lola no podía intuir nada, o eso decía, porque, aunque ya estaba estudiando en la universidad la acomodada y prestigiosa carrera de Farmacia, las explicaciones de casa en torno a las protestas de los universitarios nunca le hicieron ver que había otra realidad paralela a la suya. Su carácter enérgico salpicado de arrepentimientos inmediatos, además de una educación muy tradicional, la convertían en una complaciente, geniuda y muy familiar hija. Se había llevado un desmesurado disgusto cuando la familia (aquí se pueden incluir muchos nombres) se opuso con negativa innegociable a que estudiara Magisterio. Lo vivido el 20 de noviembre la convenció con una ligera rapidez que tenía que ejercer en casa el papel que habían diseñado sus padres con cariño y cierto sesgo carpetovetónico para los momentos trágicos. En este terreno a Rafo había que darle de comer aparte. Parecía que no vivían en la misma casa. Rafo estaba verde ―en todos los significados de la palabra, menos el fisiológico― como ese adulto que a escondidas se quedaba prendado sin comprensión alguna de Epi y Blas en Barrio Sésamo y de Fofó, el payaso favorito de la época.

José María, el padre, con la constancia del trabajador infatigable que era, les había explicado en varias ocasiones los motivos de la Guerra Civil y los posteriores y gratificantes cuarenta años de paz. Cierto es que «algo diferente» creían ver los domingos cuando iban a misa a la iglesia de los salesianos en la Ronda de Atocha y los conocidos de mis padres los abordaban con comentarios insidiosos, según él; a la par que le enseñaban radiografías o analíticas para que manifestara su certera opinión. Esto último, la imagen de José María analizando una radiografía en medio del atrio eclesial, lo hacía con verdadera devoción médica.

―Son pequeños reductos de insubordinación porque no todo el mundo puede estar contento, decía el padre al llegar a casa.

Los hijos miraban y escuchaban con interés el relato paterno, pero el progenitor no las tenía todas consigo porque veía mucha inquietud, especialmente, en el rostro de Rafo. No podía imaginar que tal desazón estuviera motivada por causas muy diferentes.

―Lo mismo están influyendo en él algunos desafortunadísimos comentarios que algunos feligreses sueltan sin ningún miramiento al final de la misa en el pórtico de la parroquia, le decía a su mujer.

La realidad era que, a los diecisiete años, cuando las hormonas ya estaban en acción, era complicadísimo mantener viva la atención por mucho que el tema fuera trascendental para el suelo patrio, como le gustaba decir a un vecino que con toda seguridad estaba por el cuarto o quinto rosario de los misterios dolorosos.

José María era médico de profesión. Un médico de vocación filantrópica. Desde las 7 de la mañana hasta la hora que fuera, incluidos los sábados por la mañana, siempre en el quirófano, y los domingos por la mañana, ocupados en un inacabable rosario de visitas de pacientes suyos o de familiares y allegados. Siempre fue un modelo para sus hijos, que veían en él a una persona que no pensaba nunca en la remuneración de sus intervenciones y sí en la sanación de los enfermos. Veían en él la filantropía en estado puro. Palabra que buscó con ansia en el diccionario cuando la oyó por primera vez Rafo. La consulta que tenía todas las tardes de 4 a 6 en su casa era gratuita y era muy frecuente en él, cuando el paciente no tenía recursos económicos, realizar sin sus honorarios la necesaria operación con el único coste del anestesista y del sanatorio por parte del enfermo. Siempre se rigió por un nunca dejes de atender a un paciente por dinero. Jamás pensó en la remuneración económica. Muchos amigos y colegas le decían abiertamente que era «tonto», pero él tenía muy claro que su verdadera vocación arruinaba cualquier embrujo económico. Cuando falleció y publicitaron la necesidad urgente de un sustituto en la Mutualidad de futbolistas, hubo muchas renuncias entre los candidatos porque el sueldo que ofrecían, ese que recibía religiosamente el fallecido sin queja alguna, descubrieron que era una insignificancia. Una merda, dijo alguno de raíces gallegas.

En su largo historial médico había pacientes de toda índole: los propios de sus consultas, familiares, amigos, cualquier enfermo que se acercara a él con la mediación de un familiar o amigo, personajes televisivos… Un sobrino suyo ―también de apellido Máiz―, excelente médico en la actualidad, les ha comentado a los hijos que cada vez que escuchan su apellido le preguntan si tiene alguna relación familiar con el doctor Máiz Bermejo, fallecido el 18 de enero del 2002.

Una de las imágenes de su padre, de los hijos de José María, era verlo, a eso de las 11 de la noche, sentado en su despacho, estudiando las últimas novedades que se iban produciendo en traumatología y en cirugía general. El médico tiene que estar al día, decía.

Mención aparte merece su carácter. Fuerte, impulsivo y de un pronto que hacía retumbar los cimientos de la casa. A los cinco segundos caía en un arrepentimiento que era muy poco comprendido por algunos miembros de la familia; los cuales, con comentarios sibilinos y acerados, rechazaban radicalmente ese temperamento. No se sabe si este ―o la venta de La Peregrina― fue el motivo por el cual en los últimos años de su jubilación ―cuentan Lola y Rafo― cogía el teléfono pensando en que alguien llamaba preguntando por él y sólo se encontraba con el silencio más absoluto. También recuerdan los hijos con mucha pena las lágrimas que le producían a su padre las vivencias del último verano en Bertamiráns, en el 1993.     

José María les transmitió el miércoles por la noche previo al fallecimiento, cuando un amigo personal le comunicó que no había sanación posible en la enfermedad terminal de Franco, que el infausto momento había llegado. Llevaban varios días anunciando la muerte del Jefe del Estado, pero ese día no llegaba, aunque parecía que estaba al caer. Ante el silencio filial de Lola y el nerviosismo del hijo ―los diecisiete años le bullían en su interior como una cafetera a punto de estallar― insistió en el argumentario más que conocido de los domingos después de comer. Pero Rafo era incapaz de quitarse de la cabeza la importante cita que había concertado con una amiga y que era la causa positiva de sus últimos desvelos y sufrimientos.

Rafo sabía jugar muy bien las cartas con su padre. O eso creía él, más bien. Para sus padres la cita era con una amiga que era, como gran parte de su familia, más franquista que Franco. Tranquilidad familiar por ello. Ella, les teatralizaba como nadie el adolescente a sus padres, sí ha bebido y digerido con sanísima asunción la ideología del momento.

―Es lo normal, papá. Queremos comentar los últimos acontecimientos.

Semanas más tardes se percató de todo lo contrario y pudo conocer en primera persona la traición que estaba en boca de su padre por esas fechas.

Rafo, con el pasar de los años, y con una lentitud que hoy se podría calificar de premiosa, llegó a la conclusión de que en él se había producido, con la naturalidad de la época, una profundísima ideologización ―como he dicho antes― por ósmosis. La primera vez que se lo dijo a un primo suyo, se llevaban como hermanos, tuvieron una discusión colosal que sólo supieron atemperar con las cañas de La Cruz Blanca.

Pero la realidad era muy distinta, muy diferente. Con quien había quedado era con una compañera de COU, que después de un sinfín de equívocos, producidos todos ellos por la inmadurez congénita de Rafo, le había respondido afirmativamente a la última proposición de salir. Guapa, sincera, espontánea y con unas ganas locas de comerse el mundo, mientras él era un atribulado y tímido joven que siempre pensaba que era el más feo, el más soso y el peor vestido de cualquier fiesta o reunión. Esta joven, que se llamaba Marisa, lo impulsaba a que tomara las riendas de su vida, a que dejara ese complace familiar que lo estaba machacando.

―Parece que te tienen en casa entre algodones. Fuera de tu zona de confort hace mucho frío, le decía ella, pero hay muy buenos abrigos y un sinfín de coyunturas que tú tendrás que valorar.

Rafo, junto a ella, se bebía el mundo a grandísimos sorbos, pero cuando estaba solo no sabía ni dar un paso, fruto de una educación muy paternalista y complaciente, a no ser que fuera después de haber consumido unas cuantas cervezas.

En las calles había una efervescencia inusual. Parecía que todos los viandantes, muchos de ellos mirando al suelo, tenían algo importantísimo que realizar en esas primeras horas de la mañana. Posteriormente, en un mismo bar convivirían el aperitivo que unos pocos se podían permitir entre semana o la rutinaria comida de día laborable que otros tenían obligatoriamente que realizar. A la hora del desayuno, en ese lugar común para los madrileños, convivían ese significativo e inolvidable jueves diferentes pareceres. Los que peligrosamente bromeaban de la situación con el viejo chiste de «a la mierda el régimen», y se lanzaban a comer grasientos aperitivos, los que mostraban una indiferencia absoluta y sólo pensaban con preocupación en la endeblez de su trabajo, en su novia o en las infinitas letras del piso que aún le quedaban por pagar y por último los que, plenamente convencidos del día aciago que estaban viviendo, llevaban corbata negra o se colocaron antes de salir de casa en la manga derecha a la altura del bíceps una cinta negra en señal de luto. Eso sí los desayunos caseros, por un motivo o por otro, se seguían sirviendo a un ritmo endiablado y muy vivo.

El portero de la casa en la que vivía la familia de Rafo, excombatiente en Teruel, con una diligencia casi pareja al horario de la muerte de Franco, se había encargado de cerrar la hoja derecha del portal como símbolo del luto que iban a vivir en los siguientes días. Ningún vecino podía dudar de su fidelidad al régimen. Sorpresivamente vio cómo entre los vecinos de la casa, tras unas semanas de exteriorizada aflicción, empezaron a surgir demócratas de toda la vida. Y el silencio se apoderó de él porque no quiso, a partir de esos momentos, que los vecinos lo situaran ideológicamente. Se preveían tiempos revueltos y de muy difícil pronóstico. La mujer, ya entrada en edad, desde que apenas cumplió los treinta años no conocía otro color que no fuera el negro riguroso de luto o el gris de alivio de luto, pues desde esa temprana edad en su familia se habían encadenado con fechas muy estratégicas varios fallecimientos.

―Estoy presa de la cadena del luto, decía ella con resignación a la madre de Rafo. Aunque, lo que realmente me mata es esta bili que se me sube asín a la boca después de comer. Tendré que hablar con su marido. Y la pobre mujer se acostaba todas las noches muy revuelta. 

CAPÍTULO VI DE ‘HATROZ’.- COMPLEJOS

La tardoadolescencia de Rafo era una pura contradicción. En ocasiones, anhelaba la libertad de la vida independiente y no quería saber nada de «cadenas emocionales». En otras, envidiaba el equilibrio que observaba en otros amigos casi de la misma edad que él, y buscaba ante este resquemor la cariñosa caricia de su madre. Llevaba toda su corta vida viviendo anímicamente de unos pocos recuerdos y, aún peor, de recuerdos de recuerdos. Debo romper el cordón umbilical con mi entorno y familia.

―No es, le explicaría a mi madre, dejar de vernos. No. Yo siempre estaré a tu lado. Nunca te abandonaré, pero te tienes que dar cuenta de que hay facetas de mi vida en las que yo soy el protagonista y la familia no tiene nada que decir.

―¿Que le vas a decir a tu madre eso? ¿Con esas palabras? No te lo crees ni en broma. Son palabras, seguro, que las has copiado de una de esas novelas dramáticas que te da por leer. La veneración que sientes por tu madre no te permitiría darle el más mínimo disgusto, le censuraba su primo cuando unos días antes le propuso que escuchara, para que le diera su opinión, el discursito que quería pronunciar en casa.

―Rafo, nuestra familia es así, te guste o no. Para lo bueno y para lo malo. Estas palabras de su primo reflejaban con toda claridad el peso que tenía el ambiente familiar. Ya te lo dije un día: diversión y familia, eso es lo que tienes que saber compaginar.

Sentado en su habitación, en el sofá cama, pinchó en el tocadiscos Samba pa ti de Carlos Santana. Mientras escuchaba la canción que lo revolucionó a los quince años, cuando asistió a su primer guateque, y conoció a Maite, se acordó del diagnóstico del padre de un amigo psiquiatra, una tarde que fue a recogerlo a su casa, cuando le esclareció que el vecino del tercero se había quitado la vida porque, cuando se fue a la mili, aún no había roto el cordón umbilical con su madre. Se recreó un poco en este diagnóstico de ligazón emocional con la madre.

Es verdad que Rafo sintió, recién cumplidos los 17 años, esa imperiosa necesidad de independencia y de equivocarse en la toma de sus propias decisiones. Pero no se produjo emocionalmente. Seguía unido a su madre, aunque cada vez hacía más vida fuera de casa que en el domicilio paterno. Le daba pudor hablar de esto. Tenía que buscar el modo de «liberarse» de determinadas ataduras emocionales. Cuando caminaba solo por la calle, sentía que alguien lo acompañaba y le susurraba al oído palabras que era incapaz de comprender. La voz era similar a la de su madre. No lo comentaba con nadie porque lo llamarían lunático o majareta. Lo achacaba a su mal dormir, a sus pesadillas nocturnas y a su búsqueda constante de encontrar afecto y cariño en las personas de su entorno.

Después de despedirse de su madre, salió de su casa, echó los tres cerrojos de la puerta, y le dio un pequeño golpe con el hombro para asegurarse que estaba bien cerrada. Su madre se quedaría así tranquila hasta que llegase Juani, pensó con cierta desazón. Cogió el metro en Juan Bravo instintivamente y realizó el mismo trayecto que otras tantas veces tendría que realizar si al final se decidía por estudiar magisterio. Destino: La Latina. La universidad estaba junto a la iglesia de San Francisco el Grande.

La visita fue muy interesante. Le enseñaron las instalaciones y quedó muy satisfecho del espíritu educativo que allí se vivía. Le dieron las pautas para realizar la matrícula y le comentaron cómo serían los primeros días de clase. Satisfacción plena. Ahora sólo te queda estudiar, se dijo a sí mismo.

Salió muy contento y volvió a tomar el metro con dirección a «La Cruz Blanca» de Goya, donde había quedado con su mejor amiga, Lucía.

Entró en la cervecería y le saludó con gran afecto el Cafetero, el veterano y atentísimo camarero que cuidaba y vigilaba la caja y que veía en Rafo a ese hijo que nunca tuvo. Se sentó en una mesa del primer piso y pidió lo de todos los días que paraba en dicho establecimiento antes de comer. Lo conocían algunos camareros y lo saludaban con el mismo afecto que manifestaba él. Sonreía cuando le preguntaban reiteradas veces por su actividad diaria.

―Me gusta muchísimo el diseño de esta cervecería, les decía, así como el de su hermana Santa Bárbara. Los camareros sonreían ante tal volantazo, pero seguían, eran auténticos mihuras y no los podía torear fácilmente.

―¿Trabajo sin lugar donde currar o matriculado en una facultad que no existe? Y se reían todos cuando Rafo dudaba y no sabía qué decir.

¿Por qué dudas?, reflexionaba.

Por la ventana del primer piso se percató del titubeo de Lucía, bajó las escaleras a toda velocidad y le hizo una seña para indicarle dónde se encontraba. No era la tradicional ventana que estaba cerca de las escaleras que dirigían a la clientela al cuarto de baño. No. Era una mesa en la primera planta.

―Te estás buscando un problemón, le dijo sin saludarlo, mientras se sentaba en una silla un poco desvencijada. Al igual que la mesa.

―No aguanto estudiar. Vengo de la Escuela de Magisterio y ya he perdido toda la ilusión que allí me transmitieron.

―Pero… ¿Qué has hecho, tío? ¿Matricularte en Magisterio? Si no estudias nada. No haces nada. Además, clarito como el agua, y esta palabra la pronunció con un marcado tono irónico, clarito como el agua, tu padre quiere que hagas una carrera universitaria tipo Medicina. Lo has hablado con él mil veces y con don Pedro, ese amigo de tu padre que le sirve de consejero educativo. Lo que pasa es que tu Selectividad les ha trastocado todas sus ensoñaciones de que fueras médico.

―No lo soporto. Estoy quemado. Tengo que estudiar una carrera universitaria. Nadie tiene la culpa de mis titubeos. La tengo yo. Nunca me he visto en esta situación. Lo que perturba mis actuaciones y trastoca mis decisiones es un sentimiento externo a mí. Hay en mí un vínculo con un «algo», no sé cómo llamarlo ni cómo identificarlo, que me sujeta y que inmoviliza mis acciones. Soy un mar de dudas y mi padre se altera cada domingo que me pregunta después de comer por mis intenciones académicas. Cuando le hablé de realizar en un principio Magisterio para seguir con una filología, se sobresaltó. Recuerda, lo lamenta una barbaridad, cuando me forzó a estudiar el bachillerato de ciencias. Hijo de médico, médico tiene que ser, le repetía un primo de su padre de Orense cuando hablaban por teléfono.

―Déjate de disculpas. El camino está muy bien pensado. Tienes las puertas abiertas para estudiar en primer lugar Magisterio, como tú bien has dicho, y posteriormente Filología. De este modo, pruebas la enseñanza y en caso de aborrecerla das el salto a Filología, pero como investigador. No busques disculpas y, si rechazas este plan, reconocerás que te estás equivocando mogollón. Mientras no lo hagas, no podrás encauzar tu futuro. Como me sentenció mi profesor de Matemáticas, después de intentar enseñarte a derivar. Ese amigo tuyo es un pusilánime, un timorato.

Además, medio molesta y cabreada, le dijo a Rafo que ella no venía para elucubrar sobre tu futuro.

―Vengo porque no soporto lo que estás haciendo y miró con fijación la caña que tenía en la mano.

Lucía abrió el sobrecito de azúcar y volcó su contenido en el café con leche que tenía frente a sí. Revolvía y revolvía con insistencia, pero no logró su absoluta disolución. Desistió y se bebió en diez segundos el café.

El silencio presidía la mesa porque Rafo sabía que Lucía estaba buscando el momento para soltarle su principal reproche.

―Gracias a Dios, ya tengo el futuro diseñado. No es el más idóneo para una familia que está acostumbrada a grandes éxitos en carreras superiores y de jodida dificultad. Voy a ser el «garbancito negro de la familia».

―Ya te veo venir. Aquí explotará «tu ser acomplejado». Enumérame tus complejos, que ya los olvidado…¡Son tantos!

―No te cachondees. Los complejos son anclas en mis pies que no me dejan crecer, que hacen que me aferre a «un mundo feliz» que he construido en mi soledad, donde no aireo mis complejos.

Lucía sacó un papel de su bolso y se dispuso a leerlo. Le dijo que un tío suyo, psiquiatra en el Marañón, le estuvo aclarando conceptos en una reunión familiar.

―La comprensión de los complejos es una de las herramientas psicológicas que necesitamos para la vida. Identificar y dar sentido a nuestros complejos (remarcó estas palabras) nos abre muchas puertas y nos ayuda a entendernos a nosotros mismos, ya que sobre ellos construimos nuestra personalidad. ¿Te queda claro? Pues, tío, espabila, que tú tienes una mierda de personalidad.

―Tú y tu maldita manía de tomar nota de todo. Ya te veo en tu reunión familiar, todos riéndose, y tú, mientras hablaba tu tío, con un cuaderno y tu inseparable Bic cristal tomando notas a todo meter.

―No cambies de tema. No cambies de tema. No puedes conformar tu personalidad en las barras de los bares. No. Todos salimos y nos divertimos. Todos. Pero hay una parte de ti que ocultas concienzudamente y que te lleva a ese progresivo aislamiento. Como le digo en broma a mi madre: este chico no tendría ningún problema en una celda de castigo.

Ni pizca de gracia le hizo a Rafo la bromita. Le costaba encajarlas. Torció el gesto claramente y tardó unos significativos segundos en volver a la normalidad.

―Mira, no me psicoanalices. De aquí me mandas a la clínica del Doctor León en una patada. No, mujer, no. Yo me manejo muy bien en mi desorden emocional y en mi anarquía psíquica.

―Entonces…¿Por qué me llamas cada dos por tres para que yo te lama las heridas? ¿Por qué tienes complejos? ¿Por qué necesitas una mano directriz para que te resuelva el caos que vives con Marisa? ¡Joder! ¡Toma tú las decisiones!

El silencio de Rafo era muy significativo.

―Sabes perfectamente que llevo semanas detrás de tus cervezas. Esto sí me preocupa más. Comprobarás que tuerzo el gesto cada vez que te veo con una caña en la mano. No lo aguanto. No te aguanto. Me voy a casa, que me espera mi madre para comer y para ir de compras luego.

Guardó silencio Rafo y, con el vaso en las manos, lo dejó bruscamente en la mesa. Sabía que tenía toda la razón Lucía. Lo sabía. Pero su voluntad de blandiblup lo acogotaba y le ponía en bandeja otra recaída emocional. Vio cómo salió su amiga sin volver la cabeza.  Cogió un taxi con una decisión que yo envidiaba. Quiso hablar con ella para refrenarla y prometerle… Pero, como en tantas ocasiones lo hizo tarde, tarde.

―Lucía, tía, no te vayas…Y la mirada del Cafetero se clavó en los ojos de Rafo y este leyó claramente el mensaje: Un mar calmado no hace marineros.