«HATROZ»

CAPÍTULO V DE ‘HATROZ’.- LA CRUZ

Rafo pasó otra noche de perros. Noche hatroz. Era una pesadilla recidivante. Como pecaba de ser un crédulo utópico, pensó que con la instalación definitiva en su nueva casa, y con el correr de los meses, en la calle Hermanos Miralles todos los demonios que brotaron en sus sueños la fatídica primera noche se difumarían. Rafo sufrió mucho con el cambio, pues tenía creado en su dormitorio una micromundo en el que era feliz. 

―Hijo, este piso es nuestro. Dejamos el alquiler por la propiedad. Eso es un gran avance para nosotros. Ya verás como nada de tu pasado infantil y de tu primera adolescencia se ha perdido. Todo ha venido a aquí con nosotros, no materialmente, pero sí de corazón.  Todos hemos tenido que ceder. Es el lado humano de todo cambio. Tú tienes una habitación nueva para construir tu futuro. En tu memoria están todos los libros que has leído y todo lo que allí has vivido… Pero eres casi un adulto y tus necesidades sociales tienen que ser otras. Yo te voy a seguir comprando libros, pero de otra índole. No puedes seguir apegado a los libros infantiles.

¿Tanto ha podido influir en mí el cambio de casa?, se preguntaba constantemente en un diálogo absurdo consigo mismo. Sé que abandonaba la casa de mi infancia y de parte de mi adolescencia, sé que perdería ese mundo de ilusiones y fantasías que había creado en mi habitación y sé muy bien que nada volvería a ser lo mismo. Esto debe ser lo que ha agitado mis emociones y me produce estas pesadillas.

Rafo asimilaba muy mal los cambios. Era un joven de lugares fijos. Adquiría una rutina y era muy difícil cambiarla si no era, como en este caso, por un imperativo familiar. Por tal motivo, su lenguaraz e indiscreto subconsciente aseguraba que, una vez acomodado definitivamente en el estrenado domicilio, todos esos fantasmas nocturnos que empezaron a hacerse presentes la primera noche lo abandonarían dejándolo rotundamente en paz.

Pero no fue así. Cuando le contaba a su primo Jorge el sueño recidivante y cansino que sufría, alucinaba porque él dormía como un monje de Silos.

―Una fila de gusanos sangrantes, contaba estremeciéndose, se introduce por mis fosas nasales y sale por la cavidad ocular vomitando sangre en una repulsiva sucesión casi interminable. Penetran posteriormente en mi boca y con verdadera fruición los mastico como el más exquisito manjar. Al momento me despierto despavorido, espantado y con la camiseta adherida a mi cuerpo por lo sudado en esa sobrecogedora escena. Convulso y taquicárdico miro el despertador y compruebo que sólo ha pasado una hora desde que me acosté. ¿Cómo dormir entonces?

―Rafo, se lo tienes que contar a tus padres. No es normal que un tío de 17 años tenga esos sueños, esas pesadillas. Yo te conozco bien y no hay motivo para esas alucinaciones.

Pero Rafo se lo ocultaba a sus padres, así como el hecho de que últimamente se acostaba con unas pequeñas dosis de un nerviosismo electrizante, que iban en aumento según avanzaban los minutos y que todo explotaba en la desazonadora visión mencionada.

Una noche, descontrolado por la pesadilla, abrió la ventana y profirió un alarido que su madre pudo escuchar con toda nitidez desde su dormitorio. Habitada por un insomnio lacerante, despertó muy asustada a su marido que dormía profundamente. Los dos, a toda velocidad, se hicieron presentes al instante en la habitación de Rafo, que tuvo que jurar mil veces que el grito no salió de él, que debería haber sido un grupo de gamberros que con frecuencia celebraban festines en la vivienda de enfrente.

―Hijo, los gritos venían de aquí, de esta ventana, no del patio de enfrente. Su madre le hablaba en un tono lastimero que no ocultaba una grandísima preocupación. Te veo tan excitado y todo empapado en sudor que algo terrible has tenido que soñar. 

―Papá, de verdad. Yo no he hecho nada. Estaba durmiendo plácidamente y el grito fue el que me despertó a mí dándome un susto de muerte. Tranquilos, no os preocupéis y volved a la cama.

Su madre, quizá por esa naturaleza balsámica y protectora, bajó la mirada y aceptó su explicación.

De la habitación contigua, donde dormía su hermana, se oyó un nítido «ya te vale».

Rafo se quedó recostado en la cama exhausto por lo vivido y con el convencimiento de que sus padres no se creyeron ni una de sus palabras.

Los dos salieron de la habitación con cara de desconfianza y preocupación y cerraron la puerta con un exceso de celo.

―Mañana hablamos, mañana, mañana… Frase paradigmática pronunciada con mucha frecuencia por su padre en diferentes y preocupantes situaciones.

La noche concluyó en un silencio absoluto, solo violentado en diversos momentos por el llanto de una madre que pensaba que había legado a su hijo el patrimonio de los temores nocturnos.

Su padre terminó de arreglarse y, después de beberse de pie un café con leche, se despidió con mucho cariño de su mujer, que regresó a la cama para aprovechar el último sueño, si lo hubiere.

Rafo era consciente de que cada vez duraba menos tiempo ese alarmante estado de nerviosismo, síntoma de una cómoda aclimatación a la situación.

―Me estoy familiarizando en demasía con esta alucinación.

―Rafo, tío, debes luchar porfiadamente para desterrar tal delirio, le decía su amiga Lucía mirándolo a los ojos sin pestañear. Tienes que ir al médico.

―La exigua voluntad que rige mis actos no logra ni un punto en combate tan desigual. No logro escapar de él.

―Esta frase la has tenido que leer en algún libro de tu padre. No es tu manera de hablar, joder. Habla claro y sin maestros de la fraseología médica.

Una vez comprobado que se había quedado solo en su habitación, tres acciones casi simultáneas eran las que sucedían a tan endiablada secuencia vivida hacía unos minutos. A punto de desentumecerse, y con un ligero olor a sudor, se frotaba con deleite los ojos hasta que lograba quitarse las legañas. Tras ello, y antes de ponerse en pie, un estiramiento de cuello giratorio para poder confirmar que todo seguía en su sitio. Ni sueños, ni sombras, ni palabras. Por último, una agradabilísima sensación de placer inmediato al entrar en contacto sus pies descalzos con la mullida moqueta.

―¿Por qué olvido todas las noches el lugar en el que duermo? No logro recordar el lugar en el que sufro esa pesadilla. ¿Estaré enfermo? Lucía tiene razón, debo ir al médico. Pero… ¡si lo tengo en casa! Cuanto antes me digan qué me ocurre, mejor. Esto se lo repetía mil veces, pero siempre en la soledad más absoluta. No quería que nadie conociera sus pensamientos.

De nuevo recostado en la cama, con los ojos cerrados, y aliviado reflexionaba en los acontecimientos del día anterior, y se autoengañaba con un larriano «lo haré mañana, hablaré mañana con mi padre».

En los momentos de racional sensatez sabía perfectamente que debía hablar cuanto antes con su padre para consultarle el tormentoso transcurrir de las últimas noches desde un punto de vista exclusivamente médico. Le daba miedo porque no quería ni oír hablar de herencias familiares.

Pero esa voluntad se perdía cuando, después de bañarse, «predesayunaba» (horrendo neologismo) un cargado café con leche con cualquier cosa que hubiera sobrado de días anteriores y que «dormitaba» en la nevera: un trozo de tortilla, unas croquetas o un poco de fiambre.

De nuevo vuelta a la cama. Mientras permanecía en su cama pensando en qué hacer ese día, se acordó de que había quedado con el secretario de la Escuela de Magisterio a las 12 de la mañana y posteriormente con su amiga Lucía, la Sensata. Decidido ya a levantarse definitivamente, oyó de fondo la voz de su madre lamentándose de su mal dormir y de las inquietudes de su zozobra emocional. La voz era dañina y lastimosa, aunque no lo hacía intencionadamente, era el sufrimiento que hería sus entrañas.

Corría finales del mes de septiembre de 1975. Un tiempo convulso, un tiempo que presagiaba numerosos cambios, según los más optimistas. Rafo vivía con el mayor desinterés los acontecimientos diarios que mantenían en vilo a su padre, que había sido incapaz de olvidar los logros de una guerra en la que participó cuando era un joven imberbe. Siempre que veía a su padre tan afectado al escuchar Radio Nacional, tenía unos segundos de aflicción, que se evaporaban en el momento en el que empezaba a recordar los acontecimientos del día anterior.

Como una densa niebla que se iba levantando, las legañas pesan muchísimo, comenzaron a tomar forma las risas de una noche que transcurrió entre La Gallina Loca, Cleo y el Narizotas, en la zona de Moncloa. Empezó a recordar cómo nada más llegar a casa, buscó entre sus papeles emborronados a las dos de la madrugada de otro día, esos versos dirigidos a Marisa, joven que sin intención alguna por parte de ella, lo tenía en una encrucijada que ponía a las claras su ya incipiente dificultad a la hora de tomar de decisiones: o seguir juntos o mandarlo todo a paseo y cumplir los «consejos» de su familia, que se había entrometido como elefante en cacharrería en su relación de modo directo e indirecto. Era consciente de que estaba haciendo mucho daño a Marisa y se repetía mil veces que «no se lo merece». Su padre, regente de un bar en el barrio de Salamanca, le advertía cada dos por tres que Rafo era un inmaduro incapacitado por su nula firmeza de carácter para solucionar conflictos emocionales.

―Quiere todo y nada. Sal de él cuanto antes. Cuando lo miro a los ojos sólo veo un joven enmadrado emocionalmente e incapaz de tomar una decisión de cara a su futuro.

Ella, en esos momentos de consejo paternal, se acordaba de un simpático compañero irlandés de COU que diagnosticaba su carácter con una expresión inglesa: never too high, never too low (nunca muy arriba, nunca muy abajo). Cuando lo comentó al cabo de unos años con su hermana le dijo burlonamente que parecía un lema electoral. 

Oyó cómo su madre se encerraba en su dormitorio, se incorporó y fue al cuarto de baño. Se colocó delante del espejo para observar la evolución de su perfil, meses atrás adánico y muy estilizado. Se desnudó y comprobó con repugnancia que las tetas y la barriga cada vez destacaban más y volvió a dibujar su silueta en una esquina del espejo con una barra de labios que tenía su hermana encima del lavabo. Le gustaba poner la fecha para dejar testimonio de su examen visual, aunque luego la vergüenza le hacía borrarlo. Esta locura duraba tanto tiempo como el que transcurría hasta una nueva quedada con sus amigos. Después de verificar su pronta decadencia física, y decir que era un imbécil de muestrario, borraba el pseudodibujo con un endemoniado cabreo a la par que se juramentaba en ponerle remedio a su inflado físico.  

Reflexionó sobre su culpa sentado en el inodoro y posteriormente dirigió los ojos a la bañera, que estaba a punto de rebosar de agua. ¿Gimnasio? ¿Natación? ¿Caminatas urbanas? Había probado en diferentes momentos de los dos últimos años dichas modalidades de ejercicio, pero nunca experimentó el placer de adelgazar. Nunca. Tirones, contracturas, roturas de fibras… Ese era el recuerdo de sus breves etapas de vida sana. Como decía Quevedo en El Buscón, no progresa quien, cambiando de lugar, no cambia de hábitos y costumbres. Disfrutaba con las disculpas que manejaba cuando hacía dos meses decidió darse de baja del club Ponte en forma con nosotros. Que si la piscina era una asquerosidad, que si el gimnasio era un zoco de estimulantes, que si no podía andar mucho porque tenía los pies planos y las plantillas de acero le machacaban, que si… Repetía cansinamente las mismas razones cuando los amigos más optimistas lo retaban a retomar alguna de dichas actividades en otros clubes más atractivos.

―La mierda de gimnasio que has elegido lo has hecho a propósito. Así te verías obligado a dejarlo, porque sucio estaba un rato, te ofrecían pastillas nada más entrar y «tocaculos viejos» los había a mogollón.

Cerró el grifo del baño y, antes de meterse en él, fue a su cuarto y abrió la ventana para ventilar. La rutina doméstica la tenía muy bien aprendida. Cierto es que en tres o cuatro cosas.

Comprobó que su madre seguía en su dormitorio. Regresó al baño y esta vez no se miró al espejo ni de reojo, echó gel de aceite para piel extraseca en abundancia y la costumbre diaria lo llevó a introducirse en la bañera con paso lento y calmoso. Diez minutos para relajarse pensando en la nada o pensando en su futuro, que era lo mismo. Otros diez para enjabonarse con el coraje, la furia y la rabia que destilaba su cabreo. El aclarado, como siempre, después de vaciar el baño, lo realizó con agua fría, lo cual le hacía dar un respingo y de este modo comenzar su simulacro de actuación teatral en el mundo exterior. Le dio por recordar la actuación de final de curso que tuvieron en 6º de bachillerato cuando Serafín, el alumno más aventajado y excelente imitador, presentó un programa parodiando a José María Íñigo. Aprovechó su nimia retentiva para recordar a duras penas los textos memorizados en el bachillerato. Bien, un Segismundo encerrado en una mazmorra y lamentando su suerte; bien, un Tenorio implorando la ayuda de doña Inés; bien, un esforzado pirata fanfarroneando en la proa del barco sus últimos laureles bélicos. Su recitado era tortuoso y entrecortado, pero con un timbre muy acertado porque sabía meterse rápidamente en el papel. Salió de la bañera para secarse. Intenso, minucioso y profuso, no dejó un centímetro de piel sin frotar con la toalla.

A los cinco minutos sonó el teléfono. Sabía que no era para él. Su primo debería de estar todavía durmiendo. Tenía clarísimo que iba a estudiar arquitectura y eso le hacía dormir como el angelote de cualquier capilla. Al tener que ir a cogerlo, profirió un gruñido acompañado de un molesto joder. Tomó nota del aviso para su padre y se cansó de reprocharse día tras día la aseada imagen que proyectaba en la calle y la desaliñada de su casa. Tocaba autoperorata higiénica.

Estaba harto de repetirse infinitas veces que debía tener el mismo aspecto en los dos sitios, que no le valían en absoluto las justificaciones basadas en la comodidad.

―Si pulcro en la calle, aún más en casa, rezaba el lema que su madre le repetía todas las mañanas. Y tú en casa te abandonas. No te lo puedo decir más veces.

Salió del baño, abrió la nevera y colocó sobre la mesa de la cocina un trozo de tortilla y una jarra de agua helada. En dos minutos dio cuenta de ello.

Se vistió después de probarse cinco camisas diferentes. Eran tan similares en el color y en el diseño que resultaba realmente difícil elegir una. Siempre realizaba las compras sin mirar lo que tenía en el armario. Las dos camisas que veía claramente diferentes mientras estaban colgadas, luego en la realidad de la calle se confundían como dos gemelos idénticos. Y no cedía. Nada de ver lo que colgaba en la barra de su armario antes de ir de compras. Nada. Al final, se puso unos chinos de color crema y una camisa de tono azul claro. El cinturón y los zapatos, entonados, los dos de color azul marino. Sin calcetines a pesar de estar en un «casiotoño» muy desapacible.  El aspecto sudoroso con el que se había levantado le crispaba enormemente y al verse reluciente, limpio y perfumado con Agua Brava una alegría temporal se reflejó en su rostro.

Descubrió en el pantalón que se había puesto una servilleta con el autógrafo de Tip, cómico surrealista que junto a Coll se estaban convirtiendo en un auténtico fenómeno social, ya que sus tics y frases hechas eran adoptados por el público en general como forma habitual de lenguaje. Sus coletillas, desde el «Dame la manita, Pepe Luí», pasando por «¡Hija de mis entrenalgas!» hasta el popular «La próxima semana…hablaremos del Gobierno», recorrieron en aquellos años toda la geografía española con muchísimo éxito. Su primo y él lo vieron un día en «La Cruz blanca». Se decidieron a pedirle un autógrafo. Y el entrañable Tip los regañó por no llevar un bolígrafo y un papel encima. En unos jóvenes… ¡eso es inaudito! Entonces, tras un ritual incoherente, partió ceremoniosamente una servilleta y nos escribió una estrafalaria dedicatoria, fiel reflejo de su humor absurdo y descabellado.

Recogió el ABC del felpudo de su casa y con un desdén rayano en el desprecio leyó los titulares del periódico varias veces mientras sentía ciertas náuseas que controlaba perfectamente. Lo llevó al despacho de su padre y lo colocó en la mesa de trabajo, atestada de libros de cirugía y de un muestrario de material de quirófano. Vio que había en un lateral de la mesa unos recortes del mismo periódico de otras fechas: El gobierno no está en crisisGerald Ford, presidente de EEUU visita EspañaManifestación a favor de España en ParísLa necesaria reforma económica… Se quedó mirando fijamente estos recortes y se dio cuenta de la preocupación que anegaba el mundo en el que se movía su padre mientras se sentaba en un sofá del salón cuyo brazo derecho estaba muy sobado y vaticinaba que necesitaba un tapizado nuevo. Con la grandísima preocupación de su madre ante el deterioro de cualquier mueble de la casa, no entendía que sus padres lo hubieran retrasado sine día.  Algo pasa, se decía. La pasta, joder, ¡qué va a ser! Verlo y venirle a la memoria la canción que le adjudicaban a la inconclusa catedral de Vitoria: larán, larán, larán…

Rutinariamente despidió a su hermana que se fue a la universidad. Se dirigió a la cocina con la libertad de saber que su madre todavía no había salido del cuarto de baño y se sentó en el suelo para notar el frío que transmitían las baldosas de la cocina. Al cabo de quince minutos, su madre salió de su habitación y se condujo al baño para terminar de arreglarse con el cuidado y el esmero que siempre ponía en estas acciones. Recordaba la frase que llevaba en el frontispicio de su estética: de joven me arreglaba para gustar, ahora para no asustar

CAPÍTULO IV DE ‘HATROZ’.- EL ORIGEN

Estamos en 2025. Cervecita en la mesa. El ordenador encendido. Hago crujir mis dedos y me dispongo a escribir con el ánimo de un hombre que tiene el cerebro enjaulado para no olvidar todo aquello que le ha relatado oralmente, por correo electrónico o por guasap Rafo en diferentes momentos.

Comienza un nuevo año pletórico de ilusiones y destemplanzas. Y no estoy triste, dice Rafo.

―No quiero caer en la distopía. Nuestra sociedad, casposa y patente de una descomposición que no sabemos aún a dónde nos llevará, vive en una inmediatez vital que desbarata cualquier proyecto que pueda plantearse uno a años vista. Nos devora la política de lo próximo, ya sea en la compra de cualquier producto ―Rafo ha sucumbido en este aspecto― como en la publicación de un libro que habla de las memorias de un treintañero, entelequia producto de una alucinación natural o inducida.

Tengo un miedo Hatroz a fracasar y que esta historia de Rafo se convierta en un bodrio incomprensible. Estoy dispuesto a hacer un esfuerzo sobrehumano para no darle la razón a mi venerado Charles Dickens cuando dijo que «cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender». ¿He logrado aprender la lección? Mejor me callo la respuesta. Como narrador, soy teimudo (en gallego, cabezota) y sigo tropezando en lo mismo con una clarividencia insultante.

―Mi tempo a la hora de trabajar no es el actual. Me gusta la calma. Soy pausado. Soy un estorbo en las aceras. Aborrezco las prisas. Soy un obstáculo en la caja de los supermercados. No soporto andar como si tuviera un cronómetro en el obispillo y el último récor del mundo pendiente de mi velocidad.

Sentado al ordenador y con música gallega de fondo me rompo la cabeza en presentar limpio y claro este tercer capítulo de Rafo. Hablaré de su origen, de esos años en los que él ha puesto un enorme cariño y que, ya me advirtió, se extinguirá ―el cariño― en otros capítulos de esta historia. 

Rafo nació en Galicia. ¿Es gallego? No quiero ser indulgente con él. Ser gallego significa no tener miedo, ser un luchador y tener una gran capacidad de adaptación para reinventarse las veces que haga falta.

―Todo lo contrario de lo que tú eres, le dice siempre una amiga. No me fastidies, tío. Tú, Rafo, eres un ser apocado que quiere atraer la simpatía de la gente continuamente y eso te pierde. Es tu puto complace, como dices tú. No lo vas a lograr nunca. Todo lo contrario. Estás más cerca de que tus amigos abominen de ti que de que adopten una actitud de un admirado respeto. 

La palabra afouteza es la que define a la perfección al gallego. «Nada se nos pone por delante». Son palabras de Isabel Pérez Dobarro, una pianista santiaguesa de prestigio internacional involucrada en las Naciones Unidas y que actualmente realiza su doctorado en la Universidad de Nueva York.

―Tú eres un madrileño testarudo y encabuxado en decir que eres gallego porque conservas algunos vínculos con tu tierra y chapurreas la lengua de Rosalía. Mierda de tío. No tienes sangre en las venas y adoptas una postura acomodaticia que te convierte aparentemente en un ser vanidoso, pero en tu interior bulle un desquiciamiento hatroz.

Cuando escucha estas palabras en la voz de su amiga Paloma, se cabrea muchísimo, le vienen a la mente las palabras de un velliño que se sentaba en la famosa Herradura de la Alameda: o galego nace e vive onde quere. O galego non ten que xustificar a súa orixe, non. (el gallego nace y vive donde quiere. El gallego no tiene que justificar su origen, no).

Otros, por no defenestrarlo definitivamente del podio de la galleguidad, le dicen con ternura barata que es un madrigallego. Es decir, un mix de ambos orígenes. Este término fue creado en 1998 para destacar a los miembros de la Orden de la Vieira ―él no pertenece― que residen en Madrid y que, por su actividad o por su éxito profesional, han alcanzado significado prestigio y relevancia social, manteniendo estrechas relaciones con la comunidad gallega. Y Rafo, como comprenderás, no es quién para ser uno de ellos. No.

―Únicamente lo eres ―si es posible aceptarlo con una generosidad palpable― en la última condición, le remata Paloma.

Y otros, más certeros en el letal y luciferino diagnóstico, lo descalifican categóricamente bautizándolo como un simple mesetario que ha perdido la identidad de su tierra. Para ser gallego hay que vivir en Galicia, dicen estos con cierto desdén sectario. Es decir, lo ven como un apátrida o un castellano sin más.

En algunas ocasiones, cuando esa pregunta obnubila su entender por persistente, no sabe responder realmente lo que es. No sabe si sube o si baja la escalera. Todo depende. Si entra o si sale. La verdad es que se siente picheleiro (natural de Santiago), responde siempre con una pregunta y cada vez que marcha para cama su mente viaja en gallego a la capital compostelana. Las personas que lo conocen en el día a día sí afirman que tiene a flor de piel el carácter gallego.

Pero eso es lo de menos. Huyendo como Dafne de Apolo, y «convirtiéndose» en laurel paulatinamente, intenta romper ese complace personal, y adoptar una actitud unívoca y alejada de una enojosa complacencia.

Y si ando escornado (=de mal humor), comerei ferro, para non lle faltar a ninguén ó respecto (comeré hierro para no faltarle a nadie el respeto). 

Lo importante es que yo, el narrador de la historia, soy el único que conoce al dedillo la vida de Rafo. Pocos lo conocen como yo. Pocos. Querido lector, si alguien te dice que lo conoce muy bien, huye de él como de un rayo, el hermetismo de nuestro protagonista sólo ha sido vulnerado por mí. Eso sí, con su permiso.

Como comprobarás, yo aparezco de vez en cuando. Espero no caerte pesado y que no me consideres un embarazoso impedimento para que puedas llegar a lo más profundo de Rafo.

Soy un caos a la hora de relatar los avatares de su vida. Él también vive en una anárquica vorágine de emociones y calibrar un punto más o menos objetivo me ha resultado en ocasiones imposible. Esto se contradice con la pulcritud y el orden de su armario en el trabajo y en casa. Siempre que me he sentado con él a ordenar sus ideas lo único que he logrado es un cajón de sastre de andanzas y locuras. El zarandeo anímico al que está sometido de vez en cuando lo deja destartalado, emotivamente manga por hombro, pero con una fuerza motriz intacta e impoluta.

―Impórtame un carallo o que son. Veña. A traballar. Comeza a escribir. (Me importa un carallo lo que soy. Venga. A trabajar. Comienza a escribir).

Como he dicho, Rafo nació en la ciudad de Compostela. La ciudad de la piedra y de la lluvia. Su querida Santiago, que pateaba palmo a palmo (polo miúdo, en gallego) todos los veranos incansable y plácidamente en compañía de su hermana. Por razones personales, que se sabrán más adelante, llevan siete años sin ir. 

Es una ciudad especial, una ciudad que conserva la gracia ingenua de los viejos tiempos. Todos los que se acercan a ella, nativos, peregrinos o simples visitantes, lo hacen con el anhelo de experimentar un milagro. Ese es su feitizo (hechizo). Como dice Jesús Torbado, «ya conoces que apenas lleguemos a Compostela serán perdonados todos nuestros pecados, incluso aquellos que ni siquiera conocemos, pues al final de nuestro viaje nos veremos a nosotros mismos como niños recién nacidos. Veremos lo invisible». Es su Ítaca particular. Y desde esa edad tempranera quiere empezar a relatar estas memorias hatroces. O expresado de otro modo, a través de mi escritura quiere lograr que vosotros os transportéis a un mundo que él considera más humano y que disfrutéis de unos recuerdos que viven un tanto apolillados en el desván de sus lembranzas (memorias de unos hechos pasados).

Es un viaje del pensamiento a la pantalla del ordenador, del ipad o de tu smartphone. Perdona si mi escritura es desordenada. Es el desorden que manifiesto yo, el relator, cuando quiere seguir al pie de la letra lo narrado por nuestro protagonista.

¿Que si tienen un hilo conductor? Rafo. ¿Qué si es un ególatra? No lo creo. Mala historia debe de ser si no tiene algo que embaste todos los capítulos.

―Eso no me vale. Tú no sabes novelar. Te lo he repetido mil veces. Tú eres el Zeus del caos. ¿Conoces la palabra estructura? ¿Dónde tienes el guion de tu obra? Todo esto me lo dice un viejo profesor con el que comparto tertulia en el café Molière desde hace mucho tiempo.

―Ya te he dicho que el protagonista es Rafo y es el que va a servir de hilo conductor en los sucesivos capítulos. No quiere estructura ni nada que se le parezca.

―Es decir, eres la voz de su amo.

Mi intención es escribir capítulos independientes y deslavazados, pero sin caer en la anarquía más estridente. Es lo que quiere Rafo. Cada historia tiene su sentido, pero no esperéis que entre los capítulos haya un hilván que los relacione estrechamente. Esa es su determinación.

¿Que si son auténticas y verdaderas las historias? ¡Qué más da! ¿Por qué agarrarse a la simple consideración de la autenticidad de unos hechos? Lo importante es disfrutar con este viaje al pasado más personal e íntimo.

Empecemos.

¿Cuándo nació? Esto es más comprometedor. No quiere decir una fecha en concreto porque hablar de edades es altamente espinoso. Mencionaré una serie de hechos que en aquel inolvidable año fueron noticia. Habrá quien piense que no son significativos, y que faltan muchos otros. ¡Claro está! Pero eso depende de la subjetividad de cada individuo. Esa es su belleza. Los ha elegido Rafo con sumo cuidado.

Trasladémonos con la liana de la añoranza a ese emblemático año.

El Derby es, en Compostela, un excelso salón para meriendas y desayunos, el físico norteamericano Chester Carlson inventa la primera fotocopiadora, es imparable el crecimiento del número de supermercados en España, las canicas, las peonzas y la pídola se convierten en los juegos preferidos de los niños, se produce una acogida multitudinaria en Moguer de los restos mortales del poeta Juan Ramón Jiménez, muerto en el exilio y premio Nobel de Literatura, los teléfonos de Santiago tienen cuatro cifras, el cine más elegante en la época es el Yago de la rúa del Villar nº 51, un kilo de pan cuesta 0’65 pesetas, una camisa 7’50 y un periódico 0’10, en Nápoles encuentran un loro que habla inglés y recita párrafos de Shakespeare (según la prensa del día), la película que tiene mayor éxito es Las chicas de la Cruz Roja, mandar una carta a otra ciudad cuesta 0’80 céntimos y al extranjero 3 pesetas, se inaugura la base naval de Rota, un albañil no cualificado gana 9’20 pesetas al día, una noche en el lujoso Hostal de los Reyes Católicos, en la catedralicia plaza del Obradoiro, cuesta como mínimo 105 pesetas, se observa una gran proliferación por las calles de las grandes ciudades de la motocicleta con sidecar, se produce la muerte del papa Pío XII, la empresa juguetera Famosa lanza la muñeca Güendolina, presentación en sociedad de la fregona en España en la Feria de Zaragoza, Mortadelo y Filemón, agentes secretos de la TIA, entretienen a los niños del momento, el Madrid se alza con la Liga y la Copa de Europa y el otro gran invento español de la época hace furor, el Chupa-Chups.

¿Y ahora qué?

Ahora empieza lo apasionante: ese construir una sucesión de historias inconexas entre sí con los pequeños retales que voy a ir esbozando con mano firme, aunque un tanto temerosa.

―Sólo debes tener miedo de tu propio miedo, me recuerda Mon mientras consumimos una copa, ya lo conoces, en mi lugar preferido de los míticos ochenta, Tula.

En este libro habrá de todo: risa, llanto, ironía, sarcasmo, dudas, obscenidades, engaños, cuernos, denuncias, fracasos, excesos… Pero siempre con la misma intención, que es la de hacer, sin ánimo de molestar u ofender, un bosquejo más o menos acertado de diferentes momentos de su ya dilatada vida. No quiere derribar el tiempo pasado. No quiere hacer un registro del dolor. ¿Relatar hechos ocurridos solamente en la buhardilla de su memoria? Tal vez. ¿Son más lecturas que sucedidos? Él no lo cree así. De verdad. Yo soy el transcriptor de su historia. Como decía Kavafis, ten siempre a Ítaca en la memoria… porque, aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti nunca se ha burlado. 

CAPÍTULO III DE ‘HATROZ’.- PRESENTACIÓN

(En este espacio, en el blog, está insertado un vídeo ―sólo con la letra― con la canción «Se me olvidó otra vez». Canción interpretada por muchos artistas, pero con dos inolvidables para Rafo: Chavela Vargas y Enrique Urquijo. Las dos versiones son irrepetibles. La segunda, por alusión a su época vivida, y por diferentes fracasos amorosos, la lleva grabada a fuego. En los años 80 y 90 habitaba en él un error mayúsculo ―ya se verá en su momento― y por tal motivo repetía, en la soledad de su habitación, esta canción de modo «cansino y electrizante». En el vídeo, como verás, sólo aparece la letra. Lo ha pensado mucho ―si insertarlo o no en este mundo de la imagen―, pero al final la letra y la voz han borrado cualquier duda inicial).

Hace unas semanas, después de una deliberación previa que duró varios meses, Rafo se propuso visitar algunos de los lugares más emblemáticos de los años ochenta, unos pocos frecuentados por él, otros por referencias de amigos y conocidos y los menos por lecturas de prensa. Sabía que tendría un alto coste anímico, pues la visión idílica de aquellos años, que había construido durante décadas, desaparecería en un abrir y cerrar de ojos. Por tal motivo, habitaba en él un espanto Hatroz a que se fracturase esa burbuja de ensoñaciones que moraba placenteramente en él.

Volvamos al presente. Rafo vive un periodo de «microcrisis laboral y personal». Se encuentra totalmente desubicado y, como dicen algunos cursis, no es capaz de visualizar nada positivo en los dos ámbitos de la vida antes mencionados. Especialmente en el primero, porque la jubilación, que cada vez se acerca más, sorpresivamente, está desnudando pensamientos que nunca pensó que habitaran en él y en vivencias que, para un ser apocado, timorato y consumido emocionalmente como él, están asaetando los pocos recursos que le quedan.  En el segundo, porque van pasando los años y, por sus raíces galaicas, no sabe si está subiendo o bajando la escalera más importante de la vida. Sabe que va a echar de menos a sus compañeros, a sus alumnos y al colegio en general, pero decidida está su retirada. Nada de prolongaciones laborales.

Rafo habla con una sinceridad absoluta. No quiere desviarse del camino iniciado en este capítulo y me ha asegurado que dejará negro sobre blanco los sentimientos que surjan naturalmente en las distintas situaciones que narraré en esta historia. La crudeza de algunas vivencias, los descomunales errores cometidos y las relajaciones estudiantiles no se deben ocultar. No niega que habita en su interior un evidente desconcierto cuando le asaltan múltiples quebraderos de cabeza y esa maldita obsesión por lamerse las heridas. Le dijo una compañera, experta en analizar mentes ajenas que no la suya entre cafés americanos lo siguiente:

―Para poder clarificar tu estado de ánimo deberías estar tumbado en un cómodo diván hablando con tu psiquiatra a corazón abierto y no en tu casa, sentado frente al ordenador, esforzándote sobremanera para que salga un capítulo con un mínimo de decencia.

A Rafo los años ochenta le han dejado momentos de gloria inolvidables, pero también vivencias que aún sangran hoy en su corazón.

―Si escribiera un libro de esos años en el que participasen un ciento de vividores de esa década, estoy convencido de que habría cien opiniones diferentes, desde las más floridas a las más hipercríticas, pasando por las más cínicas e incluso las que niegan su existencia. No pretendo ser uno de esos adultos, en aquella época jóvenes, que manifiestan hoy haber estado en todas las citas emblemáticas de aquellos años. No quieren comprender que en aquella época no todo el mundo estaba en la onda de la movida, y que algunas personas, hoy en día, pueden sentir cierto rechazo por lo que algunos calificaron de transgresor y contracultural y otros de cutre y hortera. Si fuéramos contables, el concierto―homenaje a Canito en el salón de actos de la Escuela de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid el 9 de febrero 1980 habría tenido tranquilamente decenas de miles de asistentes. Necesitaría el Maracaná. Hace unos días leí en una web que asistieron quince mil personas. Quienes conocemos aquel recinto sabemos perfectamente de sus limitaciones. Dejemos las fingidas asistencias a la gloria de los falsarios y de los hipotecados por las mentiras.

Rafo no asistió. Lamentable, así fue; pero es la pura verdad.

De los ochenta Rafo guarda recuerdos de loables comentarios de un amigo que en aquella época ―en la actualidad imposible porque desgraciadamente ha fallecido― era un apasionado de la música y pertenecía a un grupo llamado Los voltios. Rafo escuchaba música evidentemente. Pero siempre iba a rebufo de sus amigos. Nunca era el conocedor primario de una canción. Nunca. Era de los últimos que se enteraba y cuando la intentaba reproducir su arrítmico sentido musical la destrozaba. Bueno, había otro amigo que su sonoridad musical era tan mala como la suya.

Hay una persona en la actualidad que le dice que ese mal oído era perfectamente educable por entonces. Nadie lo sabe hoy. Lo veo muy difícil.

Intentó aprender a tocar la guitarra. Como es zurdo, adaptó la guitarra «a su destreza manual», pero el desastre alcanzó límites lunáticos. Entonces, saltó a la armónica, con clara oposición de su madre, pues su hermano pequeño, Carlos, murió en los años veinte por una infección en los labios, y, como no había en aquella época penicilina, murió de una septicemia. Con manual, y decenas de horas dedicado a dicho instrumento musical, concluyó que se le daban mejor las matemáticas ―¡fíjate bien!― que la armónica. Esto es una «boutade».

La primera vez que Rafo escuchó a Los Secretos ―antes eran Tos― le resulta imposible datarla. Un sábado por la noche. Unas copas. Tabaco. Risas. Conversaciones absurdas sobre el infinito. Música. Incongruencias metafísicas. Intentos de ligoteo. Manos inquietas. Besos con sabor a cerveza o a vodka con naranja. Un sábado como otro cualquiera. Los Secretos entraron en él de modo impetuoso ―y aún siguen, aunque sea sin Enrique Urquijo― al sonar sorpresivamente en los altavoces de un bar en el que llevábamos varias horas «Ojos de perdida». Bendito sea aquel sitio en el que se comió un buen roscón amoroso ―de ahí la canción «Se me olvidó otra vez»―, pero que sirvió de presentación de Enrique Urquijo y su banda.

Un San Isidro, no puede datar el año, en la plaza Mayor, por San Isidro, tras leer una brevísima nota en un periódico ―en aquel tiempo la información sobre la naciente movida era muy sesgada y estaba muy manipulada―, los pudo ver en directo. Posteriormente en otros recintos. Aunque, por culpa suya, aún le duele una ausencia que podría adjetivar de ciclópea.

Sus lugares emblemáticos en aquella época no coinciden exactamente con los de la denominada Movida Madrileña. Algún casposo y envalentonado por las copas de la juerga nocturna, después de recibir el inmaduro de Rafo dos fuertes puñetazos suyos en plena cara, les quiso ofender con un contundente pijos de mierda. Hablamos de los «bajos de Aurrerá». En ellos habitaba lo bueno y lo malo, lo legal y lo ilegal, lo cutre y lo fetén, lo cheli y lo pijo, lo indecente y lo comedido. Sólo había que saber elegir. En los ochenta había pubs tranquilos que solían frecuentar después de quedar en «La Cruz Blanca», en «El Parador de la Moncloa», en «el Narizotas», en «La Gallina Loca», en «Fass», en «La Cesta», en la cervecería «Cleo», en «El Escenario» o en el concurrido «Chapandaz» con su famosa leche de pantera.

En esos escenarios «actuaron» debidamente y reiteradas veces el pequeño grupo de amigos que «cerveceaban» por entonces. Posteriormente, muy avanzados los noventa, los bajos de Aurrerá se hicieron irrespirables y algo peligrosos. Como otros tantos sitios, los abandonó.

Tú, querido lector, te preguntarás en cuál de ellos «volvió a actuar» Rafo en esa visita de hace unas semanas. Buena pregunta. Pero te llevarás inmediatamente una decepción ―¿otra?―, pues, después de reflexionar con una cerveza en «Santa Bárbara», concluyó que las segundas partes nunca fueron buenas ni positivas. Al contrario, suelen ser frustrantes y descorazonadoras. Como decía Lope de Vega cuando hablaba del amor: «el que lo probó lo sabe». La desaparición o la transformación en lugares nada parecidos a los mencionados quiebran la nostalgia de las evocaciones gloriosas.  El recuerdo que tenía de alguna esporádica visita que había hecho en solitario en los dorados ochenta a «El Penta» ―sale en la canción «Chica de ayer» de Nacha Pop― se vio decapitado con sangrante crueldad cuando lo «revisitó» décadas después y lo vio convertido en un decadente museo de «La Movida».

No negó que «el regreso al lugar de siempre» sufriera una visión muy subjetiva influida por el estado de ánimo del protagonista de esta historia.

Esos «lugares de siempre» le hacen un daño terrible porque lleva un tiempo en el que todo lo ochentero le hace sangrar. Su mejor amigo lleva muchos años casados felizmente, otro buen amigo, fallecido, otro, desaparecido y a Rafo lo que le queda es lamerse las heridas en tugurios de mala muerte solo o mal acompañado.

Aunque sabía que estaba equivocado por lo experimentado, quiso aplicarse, como si fuera la pócima milagrosa del druida Panoramix, para superar su acongojante abatimiento, un remedio equivocado: «visitar de nuevo sus sitios» con ánimo de recuperar el espíritu de los ochenta. Pensó que una golondrina no hace primavera. Sería una terapia salvífica anímicamente porque lo vería con ojos diferentes y con una mentalidad más positiva. Si cabe. Como avancé antes, fue un error garrafal. Con Enrique Urquijo, Antonio Vega, Antonio Flores y Manolo Tena muertos, esa intención se hizo inviable. Lo único que consiguió fue que se produjera en su interior una incomible ensalada de hirientes recuerdos, continuos pero ridículos éxitos, angustiosos silencios, sonoros fracasos, desaprensivos tormentos y frustradas ensoñaciones. Fue un desacierto descomunal aquel tour en una época en la que él no podía ni con su alma.

Pero todos los que lo conocemos sabemos que es un teimudo ―cabezota en gallego― en temas relacionados con su juventud. Decidió, para redondear la noche y salir por la puerta grande, rematar la faena en un bar de copas que, como dije antes, se sigue llamando igual:  «Tula», en la calle Claudio Coello número 116. Sincerándose conmigo, me confesó que este lugar lo machacaron mil veces un grupo de amigos durante los ochenta después de quedar en El Escenario de la misma calle como preámbulo para una exitosa actuación. Son las dos caras de la moneda: «Tula» sigue con vida, «El Escenario» bajó el telón hace tiempo.

Allí conoció de modo intempestivo, persiguiendo el rastro de una vieja novia, a Mon. Estaba con una amiga de toda la vida, que se empeñó, nada más verlo, en que lo conocía. ¡Cómo no me va a conocer!, pensó. El alcohol siembra la testarudez cuando fluye en abundancia por las venas. Todo lo que decía lo hacía con buenas intenciones, pero se tornó cargante tanta insistencia. Le preguntó a Rafo el nombre mil veces y mil veces que se le olvidó. Le vinieron a la mente aquellas «cansinadas» de los años ochenta y noventa, cuando se creían graciosos y ocurrentes, y le daban el latazo de un modo inmisericorde a cualquier chica que veían con aquel ingenuo «yo a ti te conozco». Al final se empeñó ―no quiso oponerse― en que se habían conocido muchos años atrás en ese mismo lugar en una fiesta de un tipo ―en absoluto conocido por Rafo― al que le habían tocado varios millones de pesetas en la lotería. Su frase final, después de rematar la copa y pagar, fue: «¿En esa fiesta o en el psiquiatra?» Se fue soltando una estentórea carcajada.

La verdad es que el tal Mon, cuando se marchó su amiga, se sinceró con Rafo sin comerlo ni beberlo. Se mostró muy despreciativo con Ana, así se llamaba la amiga, y le advirtió que la evitara.

―Es una esponja andante. Tiene en su bolso su peor enemigo: la pasta. De verdad. Como te coja por banda, no te suelta. Tiene más tentáculos que un pulpo.

―Es decir, que tú la usas simplemente como monedero. ¡Ya te vale, tío!, dijo Rafo. Su silencio fue muy significativo.

Le pidió que se sentaran más tranquilamente en la planta superior del bar y le respondió con una sinceridad total:

―Me tomo una copa contigo y me largo. Trasnochar ya no es lo mío. Si me hubieras pillado en los ochenta…

―Ya veremos, dijo muy convencido de sí mismo. Lo miró y sonrió calmadamente.

La hora se le hacía muy dura, ya que había perdido el hábito a esas madrugadas de copas y charlas. Las suyas estaban en el baúl de los recuerdos.

Lo más llamativo, que sirvió para empezar con buen pie una sucesión de «quedadas», es que eran del mismo año. Esto le hizo reflexionar sobre el porqué de soportar perfectamente las madrugadas este hombre y, por el contrario, su endeblez física más allá de la hora de Cenicienta.

Mon lo vio callado y con ganas locas de irse a casa a dormir. Esto se lo aclaró en sucesivas reuniones que, por petición suya, las hicieron a media tarde en el Vips que hay en Ortega y Gasset esquina a Velázquez.

―¿A qué llamas tú media tarde?

―Pues las cinco, las seis, las siete…

Después de varias quedadas pudo constatar que para Mon la media tarde abarcaba desde las cinco hasta altas horas de la madrugada. Y para engancharlo definitivamente le soltó una cita del gran Enrique Urquijo que la lleva en la frente como lema de justificación ante ciertas situaciones: «cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario».

Esa noche fue ocupada en su totalidad por Los Secretos. Se sintieron muy cómodos haciendo un recorrido por las canciones más significativas del grupo y, por supuesto, un punto y aparte se lo llevó Enrique Urquijo. Nada positivo en cualquier otro tema. Intercambiaron teléfonos y correos electrónicos en la calle con el único fin por su parte de que Rafo convirtiera en relatos las vicisitudes de su vida.

―Por lo que has contado, tienes tantas cosas que narrar…, me dijo haciendo un alarde de orgullo y vanagloria. Yo te ayudo en lo que quieras. Quedamos cuando quieras y hablamos de lo que quieras.

―Yo tomo nota de todo lo que me dices y se lo paso a un amigo. Lleva años queriendo escribir la historia de algo o alguien y no voy a desaprovechar la ocasión. Verás que no te engaño. Tiene un blog y piensa ir colgando los capítulos, las entradas o lo que sean, que vaya escribiendo.

Se quedó en silencio viendo el rostro ilusionante de Mon.

―Pero… ¿A quién le pueden interesar mis correrías, mis amoríos o mis frustraciones?

―Seguro, Rafo, seguro que sí. Somos muchos los que hemos vivido esos años y queremos rememorarlos.

La erre, al pronunciarla, le provocaba en la boca una sonoridad que ponía en evidencia su animado estado.

―Si quieres me convierto en tu confesor profano o en tu confidente para matizar lo que nos quieras contar en tu libro.

Nos despedimos en la puerta de «Tula», y Rafo, mientras atravesaba el barrio de Salamanca, camino de su casa, reflexionó largamente sobre su proposición. Con toda sinceridad, le excitaba la idea.

―Pero, yo soy el que lleve la batuta. Nada de dos manos. Tengo experiencias pasadas que se han torcido por no tener clara la autoría. Y llevaré el orden que yo quiera…

Todo esto se lo decía a sí mismo para autoconvencerse, pues conocía muy bien «su complace» y cómo respondía ante algunas presiones emocionales.

De pronto, un buen hombre se acercó a Rafo para interesarse por lo que estaba diciendo en alto sentado en un banco. Pensaba que estaba desvariando o que llevaba una tajada como un piano. Cuando comprobó que ni una cosa ni la otra, se tranquilizó y constató que lo que estaba haciendo era grabar en el teléfono lo acontecido esa noche. 

CAPÍTULO II DE ‘HATROZ’.- EL VIAJE DE RAFO

Rafo tenía 18 años y su vida era un caos organizado. Era un adolescente como muchos, pero con un enfoque peculiar: la diversión era su única prioridad. Los estudios los tomaba como una obligación que no podían enturbiar el deseo de pasárselo bien. Las fiestas, las copas, la música estruendosa y las luces parpadeantes de algunos pubs eran su refugio. Como he dicho, no le importaba el estudio. Las clases eran solo un trámite, una mera pasarela por la que debía pasar para seguir con su vida de esmorga, como decía Eduardo Blanco Amor en un libro homónimo en el que narraba una noche de excesos, alcohol y deriva de tres hombres en Ourense, con un tono muy crudo, humano y decadente.

Tenía esa despreocupación insolente de quien nunca ha sentido de verdad el peso de las consecuencias. Con dieciocho años vivía convencido de que la vida era una sucesión interminable de noches, música y amigos, y de que siempre habría alguien detrás resolviéndole el futuro. Estudiar le parecía un trámite aburrido y lejano, casi una molestia injusta frente a todo lo que él consideraba urgente: salir, reírse, gustar, desaparecer de casa durante horas y sentirse libre sin preguntarse demasiado de qué. Había en él una inmadurez cómoda, propia de quien confundía privilegio con independencia y diversión con vivir.

Sus padres estaban preocupadísimos porque no veían que fuera capaz de encauzar su vida académica: el sueño paterno de que estudiara medicina se había evaporado como un azucarillo en un vaso de café caliente. En una conversación nocturna y telefónica le dijo a su hermano Ramón, que vivía en Coruña:

―Bueno, Ramón, pues hasta aquí llegó mi fantasía. Supongo que una ilusión no puede sostenerse sola cuando la realidad insiste en mostrar otra cosa. Se lo decía ayer a Lola: Idealizar algo funciona hasta que los hechos empiezan a hablar más alto que las ganas.

―No es que me dé igual todo. Es que estoy cansado de sentir que cada cosa que hago está mal. Llega un punto en que desconecto porque discutir, explicarte o intentar hacerlo bien tampoco cambia nada. Paso de estudiar porque estoy agotado de tener que justificarme todo el tiempo. A veces es más fácil desconectar que seguir peleando por cualquier cosa.

José María, el padre, le contó por teléfono a su hermano Ramón los argumentos que empleaba Rafo para no estudiar lo que la familia esperaba y el «gallego», como llamaba Rafo a su padrino, no pudo refrenarse.

―Entiendo que Rafo esté cansado, pero crecer no consiste en desconectar de todo lo que no le gusta. En tu casa, José María, como en la mía, hay responsabilidades, normas y respeto, incluso cuando uno está enfadado. Que se sienta en nada comprendido no significa que pueda actuar como si nada importara. La vida no funciona solo según lo que le apetece en cada momento. Tú no estás aquí para caerle bien todo el tiempo; estás para educarlo. Y educar también implica poner límites, aunque no le gusten.

La conversación del padre de Rafo se convirtió en un desahogo, pues los esfuerzos durante meses fueron ímprobos y el resultado nulo.

Una noche de viernes, Rafo se preparaba para salir. Su habitación era un verdadero desastre: ropa tirada por todas partes, música a todo volumen y un cuaderno abierto sobre la mesa de trabajo con tres o cuatro versos escritos. Abrió la ventana y con la seguridad de que sus padres no entrarían encendió un cigarrillo que apagó a toda velocidad ante un ruido extraño en la puerta. Se miró en el espejo infinitas veces para comprobar qué tal le había quedado el pelo impregnado con una fina capa de fijador Patrico. Su reflejo le devolvió una sonrisa confiada, un aire de despreocupación que le gustaba.

―¡Vamos, Rafo! ―gritó su amigo y compañero de COU Luis desde la sala, sin respetar a los padres de Rafo que alucinaban con la escena―. ¡La fiesta empieza en una hora!

Rafo cerró la ventana después de airear la habitación, se puso una camisa azul y unos vaqueros ya muy usados, que no le gustaban nada a su madre. Se sentía listo para conquistar el mundo, o al menos, la noche. Salió de su habitación y se dirigió a la sala donde Luis les comentaba a sus padres asuntos familiares, pues, por lo visto, había alguna relación familiar lejana. Luis lo esperaba con una mochila llena de botellas.

―¿Listo para divertirnos? ―preguntó Luis, mientras, insisto, el padre de Rafo observaba la escena con una cara de alucinante sorpresa. El desparpajo de su amigo, familiar lejano, que no le valió para nada, dejó sin habla a los padres de Rafo.

―Siempre ―respondió Rafo, mientras les daba un beso a sus padres y les farfullaba que llegaría pronto.

Su hermana Lola, harta del mal ambiente que había en casa en ocasiones por culpa del mimado de su madre, le soltó a la cara lo que pensaba. Él la miró con indiferencia.

―Tú llamas libertad a ir de fiesta y olvidarte de todo. Yo lo veo como una forma de no querer mirar la realidad. No sé cómo hablar contigo ya. Cada vez que intento entenderte siento que te alejas más.

Fue cerrar la puerta y Lola, su madre, rompió a llorar con un llanto pausado, silencioso y sobrecogedor. Sumida en una profunda depresión, hablaba desde una mezcla de dolor, agotamiento, culpa y desconexión. Sus argumentos sonaban más emocionales, vulnerables y a veces contradictorios.

―No entiendo cómo puede vivir como si nada, mientras yo siento que todo se me cae encima. Me duele verlo tomarse la vida como una broma cuando yo apenas puedo levantarme cada día. Me siento muy sola viéndolo vivir como si no necesitara ya a nadie.

La música sonaba a todo volumen en la casa de un amigo de Luis, un chico que apenas conocían, pero que siempre organizaba las mejores fiestas. Aprovechaba que la casa se quedaba sin sus padres cuando estos se iban de viaje a Barcelona a un concierto del Palau. La verdad es que a Rafo no le importaba tanto conocer a gente, él creía que tenía muy bien cubierta la parcela de los amigos. De lo que realmente disfrutaba era del ambiente: las risas, las copas, las chicas y la sensación plena de estar vivo, de no sentirse ninguneado. Anímicamente lo dejaban a ras del suelo los éxitos académicos de algunos de sus primos.

Al llegar, la casa estaba llena de gente. Luis pasó a su amigo la mochila de las bebidas. Había un fondo común. Chicos y chicas bailaban al ritmo de la ELO (Electric Light Orchestra), los Rolling Stones, Rod Stewart, Bee Gees, Village People o Queen. Los movimientos de los bailones eran cada vez más exagerados y descoordinados, fruto del alcohol que corría por sus venas. Mientras, otros se agrupaban en la cocina y en otros lugares de la amplia casa, riendo y compartiendo historias. Rafo se adentró sin ninguna intención de bailar, a no ser que fuera lento, lo tenía muy claro. Por eso le insinuó al que ponía la música que pinchara a Eric Clapton, Elton John o Commodores, en cuanto buscaba a alguna chica que lo hiciera sentir aún más vivo.

En la terraza estaban los modernos, los sofisticados, los cosmopolitas, los rebeldes con elegancia o los que querían aparentar libertad y madurez compartiendo porros de hachís. Era un consumo nada callejero y bastante mezclado con un postureo intelectual o estético.

―¡Rafo! ―lo saludó una chica de cabello rubio y ojos azules, a la que apenas recordaba de una fiesta anterior—. ¡No te había visto desde la última vez!

―¡Hola! ―respondió él, tratando de recordar su nombre. Pero eso a él le importaba una mierda. Lo que quería era vivir con intensidad el momento.

Se acercaron a la barra improvisada y la chica le ofreció un trago de su cubata. Rafo aceptó con gusto. La noche avanzaba y la música se hacía más intensa. La chica, que se llamaba Susana, lo llevó a la pista de baile. Allí, rodeados de cuerpos en movimiento, Rafo se olvidó de todo cuando empezó a sonar Angie de los Rolling Stones.

―Bailas muy bien lento ―le dijo Susana, mientras se movía al ritmo de la música.

Rafo se enteró de que tenía el mejor expediente de su colegio en COU y era una clara candidata a hacer una excelente Selectividad. Se dio cuenta, pero hizo oídos sordos, de que se puede estudiar y pasárselo muy bien.

―Y tú eres una excelente compañera de baile ―replicó él, riendo.

Los vasos iban y venían, y el tiempo parecía dilatarse. Rafo se sentía invencible, como si nada pudiera detenerlo. Sin embargo, en el fondo había algo que le daba vueltas; un leve susurro que le decía que había más en la vida que solo fiestas y copas. Pero Rafo ignoró esa voz, sumido en la música y el alcohol.

En un momento de la noche, mientras se alejaba un poco de la multitud para tomar aire, se encontró con un grupo de chicos que se ponían a prueba con un juego de cartas.

―¿Quieres unirte? ―le preguntó uno de ellos, con una sonrisa desafiante.

―Claro, ¿a qué jugáis? ―respondió Rafo, sintiéndose intrigado.

El juego era una mezcla de verdad o reto con apuestas. Rafo se sentó, emocionado. Las primeras rondas fueron simples: algunos secretos divertidos y retos ridículos. Pero luego, la cosa se puso más seria.

―Rafo, te toca ―dijo uno de los chicos―. Tienes que buscar a una chica que no conozcas y decirle lo que sientes por ella.

Rafo se rio, pensando que era una broma. Pero, al mirar a su alrededor, sus ojos se encontraron con los de Susana, que lo observaba desde la distancia. Sin pensarlo dos veces, se acercó a ella de nuevo.

―No vale, a esa tía la conoces.

―¡De un baile! ―lo justificó Luis con intención de exculparlo.

―Voy a hacerlo ―dijo Rafo, decidido.

Cuando Susana contestó a lo lejos, Rafo se sintió más vergonzoso que nunca.

―¡Hola! ―dijo ella, levantando la voz por el ruido que había.

―Hola, Susana. Solo quería decirte que… realmente me gustas, que me vuelves loco. Las palabras salieron de su boca como un torrente. Nada de naturalidad. Todo, efusión verbal por las copas.

Hubo un silencio. Luego, ella se rio.

―¿De verdad? Has bebido, Rafo.

―Sí, pero eso no cambia lo que siento —respondió él, riendo, tratando de restarle importancia.

Al final de la conversación, Susana le prometió que lo pensaría. Rafo se alejó, sintiéndose un poco más ligero. Había hecho algo fuera de lo común, algo que no encajaba con su exacerbada timidez en estas fiestas de excesos.

La noche continuó, pero Rafo ya no estaba tan concentrado con las copas. Empezó a observar a su alrededor, notando las dinámicas de la gente. Algunos se reían, otros discutían, y otros simplemente estaban perdidos en sus pensamientos.

Finalmente, la fiesta comenzó a desmoronarse. La música se apagó, y la gente empezó a irse. Rafo y Luis se sentaron en el suelo, cansados pero satisfechos.

―¿Te das cuenta de lo que has hecho? ― le preguntó Luis―. Le dijiste a Susana que te gusta.

―Sí, y no sé si eso es bueno o malo —respondió Rafo, pensativo.

―A veces, hay que arriesgarse. La vida no es solo juerga; también hay que vivir otras experiencias, ¿sabes?

Rafo asintió. En ese momento, sintió que la noche había sido más que una simple fiesta. Había tomado un paso hacia algo nuevo, algo que no podía ignorar.

Los días pasaron, y Rafo continuó con su vida habitual. Sin embargo, algo había cambiado en él. Se dio cuenta de que las fiestas eran divertidas, pero había un vacío que no podía llenar con alcohol y música. Decidió comenzar a estudiar un poco más, a explorar sus intereses, pero tenía el convencimiento de que ese curso ya era tarde.

Un día, mientras caminaba por el jardín de Maldonado, vio a Susana sentada en un banco, leyendo un libro: El guardián entre el centeno, el gran libro del adolescente inconforme, según su profesor de Filosofía. Se acercó, lleno de vergüenza y con un enrojecimiento facial hatroz, pero decidido, porque, si el lunes, en clase, le comentaba a Luis que había pasado de largo, la bronca podía ser monumental.

―Hola ―dijo, y ella levantó la vista, sonriendo.

―Hola, Rafo. ¿Cómo estás?

―Quería hablar contigo sobre lo que te dije la otra noche…

Susana sonrió, y Rafo sintió que, por primera vez, estaba haciendo algo más que solo salir de fiesta. Estaba empezando a descubrir quién era realmente.

Y así, Rafo les contó a sus padres que había comenzado un viaje, no solo hacia el crecimiento personal, sino también hacia nuevas formas de conexión y significado en su vida. Las fiestas seguirían siendo parte de su vida, pero ahora, sabía que había más allá de la juerga, un mundo lleno de posibilidades que lo esperaba. El padre, después de escucharlo, se lamentó de las mil y una promesas.

―Quevedo dijo: Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres, le comentó su padre. Es decir, hijo, cambiar de ciudad, ambiente o circunstancias no sirve de mucho si uno sigue arrastrando los mismos hábitos, errores o forma de vivir. Tú nos has prometido mil cambios y luego nada de nada. Entenderás que hasta que no veamos tu madre y yo los resultados de ese cambio no podemos fiarnos.

Y Rafo experimentó que, por su única culpa, su padre estaba harto de las promesas incumplidas del pasado y de la endeblez del equipaje que había preparado para un viaje que no tenía ningún destino claro.

CAPÍTULO I DE ‘HATROZ’.- INTRODUCCIÓN

Cuando en 2025 decidí relatar la vida de un hombre «muy conocido» por mí, y por querer ser original en Hatroz tejí una embarullada maraña de personajes, autores y heterónimos. Y la montaña parió un ratón, diría mi profesor de Literatura del siglo XVI para calificar como una piltrafa aquello que aparentaba ser un valiosísimo tesoro. Quise crear una historia atractiva en grado sumo y, por hacerla diferente, los parámetros de la narración se alejaron tanto de la lógica habitual que sucumbí ―creo que me casi ahogué― en un monumental caos.

Nunca recibo correos o guasaps, y eso que los deseo con fervor. Cuando colgué varias entradas, allá por enero de 2025, en unos tambaleantes blogs, me llegaron a las pocas semanas tres anónimos manifestándome una gran desesperación: ¡¡¡Para ya, por Dios!!! ¡¡¡Vuelve al sentido común!!! ¡¡¡Una historia y un blog, nada de múltiples autores y protagonistas!!!

Este último comentario me hizo reflexionar durante días sobre cómo enfocar la vida de Rafo, heterónimo mío cuyo nombre me subyugó desde que se lo escuché a un grupo de adolescentes en la plaza de Colón. Mi imaginación, que se había decantado por Camay o Yago, se instaló en una estática nube creativa que me frenó toda posibilidad de retomar la historia con clara determinación. ¡Qué breve, pero qué diestro y certero fue ese último comentario! Ahora entiendo con perfecta nitidez que un compañero, mientras nos tomábamos un café en el recreo, me manifestara hace unos meses «hasta aquí he llegado, piérdete y déjame en paz».

En diferentes blogs empecé tres historias referidas a una misma persona: José María Máiz Togores, yo. A lo largo de mi proceso de creación y escritura me autoimpuse una creatividad tan descontrolada que bauticé con varios nombres, repito, a un protagonista que era yo: Camay, Rafo y Yago. Todo lo demás es pura anécdota. Un amigo muy cercano y muy fiable literariamente me soltó una buena reprimenda, mientras tomábamos unas cañitas con gambas en Santa Bárbara:

―Estás perdido. No te entiendo nada. No sé cuándo eres Camay (¿Existió alguna vez este nombre tan imbécil que además hace casi publicidad de un producto?), cuándo Rafo (¿Has matado a Camay? ¿Ha muerto Rafo, el único nombre que me gustaba, que me ocultaba algo, o se ha fugado a la playa?) y, por último, cuándo Yago (¿De dónde sale este idiota con nombre de cine santiagués?). Y ya la lías con el nombre de Hatroz, para una novela. Luego especificas el origen de este nombre. Eso me vale. José María, esto necesita una aclaración, una sincera y diáfana aclaración, si quieres mantener a los cinco o seis seguidores que tienes. Déjate de alias y sé tú mismo, cuenta tu vida, con tu nombre, con tus sombras y con tus luces. O utiliza un pseudónimo. Uno. Siempre el mismo. Los demás tienen que desaparecer. Y creo que como yo piensa mucha gente. No infantilices tu historia con ese Camay, que no me lo he tomado en serio en ningún momento.

Tras esta filípica, se marchó a trabajar y me dejó solo ante el peligro. ¿Muerte o vida? Lucharé hasta la muerte por lo segundo, me quise convencer.

Estas palabras fueron un aldabonazo en mi fase de narrador. Yo creía que había utilizado un certero recurso literario que pondría en vilo al lector. Resulta que no, que los pocos que me leían se sentían tan desorientados como si habitaran los laberintos de los Jardines de Villa Pisani, en Venecia, que cuentan que el propio Napoleón se perdió en ellos, y que cuando Hitler y Mussolini mantuvieron en Venecia algunas de sus oscuras conversaciones en 1934, ni intentaron descifrarlos. Los jardines del amor, como se les conoce popularmente, tienen el poder de doblegar a los más grandes estrategas.

Yo soy José María Máiz Togores. Soy el escritor, compositor y creador de mi vida. Toda la información viene de mí, soy el origen y el protagonista de los acontecimientos narrados. Yo soy el que se sienta al ordenador a poner negro ―bueno, azul― sobre blanco. Todo lo contado me pertenece, aunque haya algo fabulado, está fabulado por mí y para mí.

Apareceré bajo el nombre de Rafo (descubrirlo leyendo) que es el remoquete que me puso una amiga cuando leyó algunos de mis versos en la plaza de Colón, alborotada la lectura por un grupo de adolescentes que practicaban a ver quién nos molestaba más. En absoluto Camay o Yago, puramente fabulados por mí.

Yo, José María Máiz Togores, me desdoblo en dos personajes: Rafo, que es el protagonista de Hatroz, y un amanuense que es contratado para que transcriba lo contado por mí. Yo soy los dos. En algunas ocasiones, compartimos los dos el capítulo; en otras, dejo el protagonismo total a Rafo.

Si hay un desorden temporal, que lo hay, yo soy el responsable. Según vayas leyendo, irás conociendo mi carácter y la anarquía vital en la que en ocasiones estoy sumergido cuando me siento ante el ordenador. Desde el principio, en esta introducción, dejo muy claro cuál es mi trabajo y en qué condiciones lo voy a realizar: no esperes una novela ad hoc (adecuada o apropiada al concepto actual de ese género), porque el interés verdadero de Hatroz está en una nutrida sucesión de anécdotas o vivencias desordenadas temporalmente que pueden extenderse en uno, dos o tres capítulos cada una de ellas.

Cuento mi vida, mis anécdotas más simpáticas, las más horrendas y, tal vez, las nada recomendables. Todas ellas se rigen por la verdad, aunque en ocasiones la memoria distorsiona un poco lo vivido. ¿Recordamos la realidad vivida o recordamos el recuerdo de esa realidad?

En Hatroz, con todas las facilidades y alguna dificultad que entraña este desdoblamiento, porque yo quiero ser el responsable de lo narrado, yo y el protagonista, Rafo. Soy la fuente creativa y el narrador de mi historia. No te olvides de este nombre y no hagas caso a nadie. Exclusivamente fíate de los capítulos de Hatroz. Es lo único verdadero.

Gracias por todo.