Rafo pasó otra noche de perros. Noche hatroz. Era una pesadilla recidivante. Como pecaba de ser un crédulo utópico, pensó que con la instalación definitiva en su nueva casa, y con el correr de los meses, en la calle Hermanos Miralles todos los demonios que brotaron en sus sueños la fatídica primera noche se difumarían. Rafo sufrió mucho con el cambio, pues tenía creado en su dormitorio una micromundo en el que era feliz.
―Hijo, este piso es nuestro. Dejamos el alquiler por la propiedad. Eso es un gran avance para nosotros. Ya verás como nada de tu pasado infantil y de tu primera adolescencia se ha perdido. Todo ha venido a aquí con nosotros, no materialmente, pero sí de corazón. Todos hemos tenido que ceder. Es el lado humano de todo cambio. Tú tienes una habitación nueva para construir tu futuro. En tu memoria están todos los libros que has leído y todo lo que allí has vivido… Pero eres casi un adulto y tus necesidades sociales tienen que ser otras. Yo te voy a seguir comprando libros, pero de otra índole. No puedes seguir apegado a los libros infantiles.
¿Tanto ha podido influir en mí el cambio de casa?, se preguntaba constantemente en un diálogo absurdo consigo mismo. Sé que abandonaba la casa de mi infancia y de parte de mi adolescencia, sé que perdería ese mundo de ilusiones y fantasías que había creado en mi habitación y sé muy bien que nada volvería a ser lo mismo. Esto debe ser lo que ha agitado mis emociones y me produce estas pesadillas.
Rafo asimilaba muy mal los cambios. Era un joven de lugares fijos. Adquiría una rutina y era muy difícil cambiarla si no era, como en este caso, por un imperativo familiar. Por tal motivo, su lenguaraz e indiscreto subconsciente aseguraba que, una vez acomodado definitivamente en el estrenado domicilio, todos esos fantasmas nocturnos que empezaron a hacerse presentes la primera noche lo abandonarían dejándolo rotundamente en paz.
Pero no fue así. Cuando le contaba a su primo Jorge el sueño recidivante y cansino que sufría, alucinaba porque él dormía como un monje de Silos.
―Una fila de gusanos sangrantes, contaba estremeciéndose, se introduce por mis fosas nasales y sale por la cavidad ocular vomitando sangre en una repulsiva sucesión casi interminable. Penetran posteriormente en mi boca y con verdadera fruición los mastico como el más exquisito manjar. Al momento me despierto despavorido, espantado y con la camiseta adherida a mi cuerpo por lo sudado en esa sobrecogedora escena. Convulso y taquicárdico miro el despertador y compruebo que sólo ha pasado una hora desde que me acosté. ¿Cómo dormir entonces?
―Rafo, se lo tienes que contar a tus padres. No es normal que un tío de 17 años tenga esos sueños, esas pesadillas. Yo te conozco bien y no hay motivo para esas alucinaciones.
Pero Rafo se lo ocultaba a sus padres, así como el hecho de que últimamente se acostaba con unas pequeñas dosis de un nerviosismo electrizante, que iban en aumento según avanzaban los minutos y que todo explotaba en la desazonadora visión mencionada.
Una noche, descontrolado por la pesadilla, abrió la ventana y profirió un alarido que su madre pudo escuchar con toda nitidez desde su dormitorio. Habitada por un insomnio lacerante, despertó muy asustada a su marido que dormía profundamente. Los dos, a toda velocidad, se hicieron presentes al instante en la habitación de Rafo, que tuvo que jurar mil veces que el grito no salió de él, que debería haber sido un grupo de gamberros que con frecuencia celebraban festines en la vivienda de enfrente.
―Hijo, los gritos venían de aquí, de esta ventana, no del patio de enfrente. Su madre le hablaba en un tono lastimero que no ocultaba una grandísima preocupación. Te veo tan excitado y todo empapado en sudor que algo terrible has tenido que soñar.
―Papá, de verdad. Yo no he hecho nada. Estaba durmiendo plácidamente y el grito fue el que me despertó a mí dándome un susto de muerte. Tranquilos, no os preocupéis y volved a la cama.
Su madre, quizá por esa naturaleza balsámica y protectora, bajó la mirada y aceptó su explicación.
De la habitación contigua, donde dormía su hermana, se oyó un nítido «ya te vale».
Rafo se quedó recostado en la cama exhausto por lo vivido y con el convencimiento de que sus padres no se creyeron ni una de sus palabras.
Los dos salieron de la habitación con cara de desconfianza y preocupación y cerraron la puerta con un exceso de celo.
―Mañana hablamos, mañana, mañana… Frase paradigmática pronunciada con mucha frecuencia por su padre en diferentes y preocupantes situaciones.
La noche concluyó en un silencio absoluto, solo violentado en diversos momentos por el llanto de una madre que pensaba que había legado a su hijo el patrimonio de los temores nocturnos.
Su padre terminó de arreglarse y, después de beberse de pie un café con leche, se despidió con mucho cariño de su mujer, que regresó a la cama para aprovechar el último sueño, si lo hubiere.
Rafo era consciente de que cada vez duraba menos tiempo ese alarmante estado de nerviosismo, síntoma de una cómoda aclimatación a la situación.
―Me estoy familiarizando en demasía con esta alucinación.
―Rafo, tío, debes luchar porfiadamente para desterrar tal delirio, le decía su amiga Lucía mirándolo a los ojos sin pestañear. Tienes que ir al médico.
―La exigua voluntad que rige mis actos no logra ni un punto en combate tan desigual. No logro escapar de él.
―Esta frase la has tenido que leer en algún libro de tu padre. No es tu manera de hablar, joder. Habla claro y sin maestros de la fraseología médica.
Una vez comprobado que se había quedado solo en su habitación, tres acciones casi simultáneas eran las que sucedían a tan endiablada secuencia vivida hacía unos minutos. A punto de desentumecerse, y con un ligero olor a sudor, se frotaba con deleite los ojos hasta que lograba quitarse las legañas. Tras ello, y antes de ponerse en pie, un estiramiento de cuello giratorio para poder confirmar que todo seguía en su sitio. Ni sueños, ni sombras, ni palabras. Por último, una agradabilísima sensación de placer inmediato al entrar en contacto sus pies descalzos con la mullida moqueta.
―¿Por qué olvido todas las noches el lugar en el que duermo? No logro recordar el lugar en el que sufro esa pesadilla. ¿Estaré enfermo? Lucía tiene razón, debo ir al médico. Pero… ¡si lo tengo en casa! Cuanto antes me digan qué me ocurre, mejor. Esto se lo repetía mil veces, pero siempre en la soledad más absoluta. No quería que nadie conociera sus pensamientos.
De nuevo recostado en la cama, con los ojos cerrados, y aliviado reflexionaba en los acontecimientos del día anterior, y se autoengañaba con un larriano «lo haré mañana, hablaré mañana con mi padre».
En los momentos de racional sensatez sabía perfectamente que debía hablar cuanto antes con su padre para consultarle el tormentoso transcurrir de las últimas noches desde un punto de vista exclusivamente médico. Le daba miedo porque no quería ni oír hablar de herencias familiares.
Pero esa voluntad se perdía cuando, después de bañarse, «predesayunaba» (horrendo neologismo) un cargado café con leche con cualquier cosa que hubiera sobrado de días anteriores y que «dormitaba» en la nevera: un trozo de tortilla, unas croquetas o un poco de fiambre.
De nuevo vuelta a la cama. Mientras permanecía en su cama pensando en qué hacer ese día, se acordó de que había quedado con el secretario de la Escuela de Magisterio a las 12 de la mañana y posteriormente con su amiga Lucía, la Sensata. Decidido ya a levantarse definitivamente, oyó de fondo la voz de su madre lamentándose de su mal dormir y de las inquietudes de su zozobra emocional. La voz era dañina y lastimosa, aunque no lo hacía intencionadamente, era el sufrimiento que hería sus entrañas.
Corría finales del mes de septiembre de 1975. Un tiempo convulso, un tiempo que presagiaba numerosos cambios, según los más optimistas. Rafo vivía con el mayor desinterés los acontecimientos diarios que mantenían en vilo a su padre, que había sido incapaz de olvidar los logros de una guerra en la que participó cuando era un joven imberbe. Siempre que veía a su padre tan afectado al escuchar Radio Nacional, tenía unos segundos de aflicción, que se evaporaban en el momento en el que empezaba a recordar los acontecimientos del día anterior.
Como una densa niebla que se iba levantando, las legañas pesan muchísimo, comenzaron a tomar forma las risas de una noche que transcurrió entre La Gallina Loca, Cleo y el Narizotas, en la zona de Moncloa. Empezó a recordar cómo nada más llegar a casa, buscó entre sus papeles emborronados a las dos de la madrugada de otro día, esos versos dirigidos a Marisa, joven que sin intención alguna por parte de ella, lo tenía en una encrucijada que ponía a las claras su ya incipiente dificultad a la hora de tomar de decisiones: o seguir juntos o mandarlo todo a paseo y cumplir los «consejos» de su familia, que se había entrometido como elefante en cacharrería en su relación de modo directo e indirecto. Era consciente de que estaba haciendo mucho daño a Marisa y se repetía mil veces que «no se lo merece». Su padre, regente de un bar en el barrio de Salamanca, le advertía cada dos por tres que Rafo era un inmaduro incapacitado por su nula firmeza de carácter para solucionar conflictos emocionales.
―Quiere todo y nada. Sal de él cuanto antes. Cuando lo miro a los ojos sólo veo un joven enmadrado emocionalmente e incapaz de tomar una decisión de cara a su futuro.
Ella, en esos momentos de consejo paternal, se acordaba de un simpático compañero irlandés de COU que diagnosticaba su carácter con una expresión inglesa: never too high, never too low (nunca muy arriba, nunca muy abajo). Cuando lo comentó al cabo de unos años con su hermana le dijo burlonamente que parecía un lema electoral.
Oyó cómo su madre se encerraba en su dormitorio, se incorporó y fue al cuarto de baño. Se colocó delante del espejo para observar la evolución de su perfil, meses atrás adánico y muy estilizado. Se desnudó y comprobó con repugnancia que las tetas y la barriga cada vez destacaban más y volvió a dibujar su silueta en una esquina del espejo con una barra de labios que tenía su hermana encima del lavabo. Le gustaba poner la fecha para dejar testimonio de su examen visual, aunque luego la vergüenza le hacía borrarlo. Esta locura duraba tanto tiempo como el que transcurría hasta una nueva quedada con sus amigos. Después de verificar su pronta decadencia física, y decir que era un imbécil de muestrario, borraba el pseudodibujo con un endemoniado cabreo a la par que se juramentaba en ponerle remedio a su inflado físico.
Reflexionó sobre su culpa sentado en el inodoro y posteriormente dirigió los ojos a la bañera, que estaba a punto de rebosar de agua. ¿Gimnasio? ¿Natación? ¿Caminatas urbanas? Había probado en diferentes momentos de los dos últimos años dichas modalidades de ejercicio, pero nunca experimentó el placer de adelgazar. Nunca. Tirones, contracturas, roturas de fibras… Ese era el recuerdo de sus breves etapas de vida sana. Como decía Quevedo en El Buscón, no progresa quien, cambiando de lugar, no cambia de hábitos y costumbres. Disfrutaba con las disculpas que manejaba cuando hacía dos meses decidió darse de baja del club Ponte en forma con nosotros. Que si la piscina era una asquerosidad, que si el gimnasio era un zoco de estimulantes, que si no podía andar mucho porque tenía los pies planos y las plantillas de acero le machacaban, que si… Repetía cansinamente las mismas razones cuando los amigos más optimistas lo retaban a retomar alguna de dichas actividades en otros clubes más atractivos.
―La mierda de gimnasio que has elegido lo has hecho a propósito. Así te verías obligado a dejarlo, porque sucio estaba un rato, te ofrecían pastillas nada más entrar y «tocaculos viejos» los había a mogollón.
Cerró el grifo del baño y, antes de meterse en él, fue a su cuarto y abrió la ventana para ventilar. La rutina doméstica la tenía muy bien aprendida. Cierto es que en tres o cuatro cosas.
Comprobó que su madre seguía en su dormitorio. Regresó al baño y esta vez no se miró al espejo ni de reojo, echó gel de aceite para piel extraseca en abundancia y la costumbre diaria lo llevó a introducirse en la bañera con paso lento y calmoso. Diez minutos para relajarse pensando en la nada o pensando en su futuro, que era lo mismo. Otros diez para enjabonarse con el coraje, la furia y la rabia que destilaba su cabreo. El aclarado, como siempre, después de vaciar el baño, lo realizó con agua fría, lo cual le hacía dar un respingo y de este modo comenzar su simulacro de actuación teatral en el mundo exterior. Le dio por recordar la actuación de final de curso que tuvieron en 6º de bachillerato cuando Serafín, el alumno más aventajado y excelente imitador, presentó un programa parodiando a José María Íñigo. Aprovechó su nimia retentiva para recordar a duras penas los textos memorizados en el bachillerato. Bien, un Segismundo encerrado en una mazmorra y lamentando su suerte; bien, un Tenorio implorando la ayuda de doña Inés; bien, un esforzado pirata fanfarroneando en la proa del barco sus últimos laureles bélicos. Su recitado era tortuoso y entrecortado, pero con un timbre muy acertado porque sabía meterse rápidamente en el papel. Salió de la bañera para secarse. Intenso, minucioso y profuso, no dejó un centímetro de piel sin frotar con la toalla.
A los cinco minutos sonó el teléfono. Sabía que no era para él. Su primo debería de estar todavía durmiendo. Tenía clarísimo que iba a estudiar arquitectura y eso le hacía dormir como el angelote de cualquier capilla. Al tener que ir a cogerlo, profirió un gruñido acompañado de un molesto joder. Tomó nota del aviso para su padre y se cansó de reprocharse día tras día la aseada imagen que proyectaba en la calle y la desaliñada de su casa. Tocaba autoperorata higiénica.
Estaba harto de repetirse infinitas veces que debía tener el mismo aspecto en los dos sitios, que no le valían en absoluto las justificaciones basadas en la comodidad.
―Si pulcro en la calle, aún más en casa, rezaba el lema que su madre le repetía todas las mañanas. Y tú en casa te abandonas. No te lo puedo decir más veces.
Salió del baño, abrió la nevera y colocó sobre la mesa de la cocina un trozo de tortilla y una jarra de agua helada. En dos minutos dio cuenta de ello.
Se vistió después de probarse cinco camisas diferentes. Eran tan similares en el color y en el diseño que resultaba realmente difícil elegir una. Siempre realizaba las compras sin mirar lo que tenía en el armario. Las dos camisas que veía claramente diferentes mientras estaban colgadas, luego en la realidad de la calle se confundían como dos gemelos idénticos. Y no cedía. Nada de ver lo que colgaba en la barra de su armario antes de ir de compras. Nada. Al final, se puso unos chinos de color crema y una camisa de tono azul claro. El cinturón y los zapatos, entonados, los dos de color azul marino. Sin calcetines a pesar de estar en un «casiotoño» muy desapacible. El aspecto sudoroso con el que se había levantado le crispaba enormemente y al verse reluciente, limpio y perfumado con Agua Brava una alegría temporal se reflejó en su rostro.
Descubrió en el pantalón que se había puesto una servilleta con el autógrafo de Tip, cómico surrealista que junto a Coll se estaban convirtiendo en un auténtico fenómeno social, ya que sus tics y frases hechas eran adoptados por el público en general como forma habitual de lenguaje. Sus coletillas, desde el «Dame la manita, Pepe Luí», pasando por «¡Hija de mis entrenalgas!» hasta el popular «La próxima semana…hablaremos del Gobierno», recorrieron en aquellos años toda la geografía española con muchísimo éxito. Su primo y él lo vieron un día en «La Cruz blanca». Se decidieron a pedirle un autógrafo. Y el entrañable Tip los regañó por no llevar un bolígrafo y un papel encima. En unos jóvenes… ¡eso es inaudito! Entonces, tras un ritual incoherente, partió ceremoniosamente una servilleta y nos escribió una estrafalaria dedicatoria, fiel reflejo de su humor absurdo y descabellado.
Recogió el ABC del felpudo de su casa y con un desdén rayano en el desprecio leyó los titulares del periódico varias veces mientras sentía ciertas náuseas que controlaba perfectamente. Lo llevó al despacho de su padre y lo colocó en la mesa de trabajo, atestada de libros de cirugía y de un muestrario de material de quirófano. Vio que había en un lateral de la mesa unos recortes del mismo periódico de otras fechas: El gobierno no está en crisis… Gerald Ford, presidente de EEUU visita España… Manifestación a favor de España en París… La necesaria reforma económica… Se quedó mirando fijamente estos recortes y se dio cuenta de la preocupación que anegaba el mundo en el que se movía su padre mientras se sentaba en un sofá del salón cuyo brazo derecho estaba muy sobado y vaticinaba que necesitaba un tapizado nuevo. Con la grandísima preocupación de su madre ante el deterioro de cualquier mueble de la casa, no entendía que sus padres lo hubieran retrasado sine día. Algo pasa, se decía. La pasta, joder, ¡qué va a ser! Verlo y venirle a la memoria la canción que le adjudicaban a la inconclusa catedral de Vitoria: larán, larán, larán…
Rutinariamente despidió a su hermana que se fue a la universidad. Se dirigió a la cocina con la libertad de saber que su madre todavía no había salido del cuarto de baño y se sentó en el suelo para notar el frío que transmitían las baldosas de la cocina. Al cabo de quince minutos, su madre salió de su habitación y se condujo al baño para terminar de arreglarse con el cuidado y el esmero que siempre ponía en estas acciones. Recordaba la frase que llevaba en el frontispicio de su estética: de joven me arreglaba para gustar, ahora para no asustar.

Lo que más me gusta de lo has escrito en este capítulo es la anécdota de TIP gran ingenio del humor. 👏 El resto es hacerte daño a ti mismo. 😉