CAPÍTULO I DE ‘HATROZ’.- INTRODUCCIÓN

Cuando en 2025 decidí relatar la vida de un hombre «muy conocido» por mí, y por querer ser original en Hatroz tejí una embarullada maraña de personajes, autores y heterónimos. Y la montaña parió un ratón, diría mi profesor de Literatura del siglo XVI para calificar como una piltrafa aquello que aparentaba ser un valiosísimo tesoro. Quise crear una historia atractiva en grado sumo y, por hacerla diferente, los parámetros de la narración se alejaron tanto de la lógica habitual que sucumbí ―creo que me casi ahogué― en un monumental caos.

Nunca recibo correos o guasaps, y eso que los deseo con fervor. Cuando colgué varias entradas, allá por enero de 2025, en unos tambaleantes blogs, me llegaron a las pocas semanas tres anónimos manifestándome una gran desesperación: ¡¡¡Para ya, por Dios!!! ¡¡¡Vuelve al sentido común!!! ¡¡¡Una historia y un blog, nada de múltiples autores y protagonistas!!!

Este último comentario me hizo reflexionar durante días sobre cómo enfocar la vida de Rafo, heterónimo mío cuyo nombre me subyugó desde que se lo escuché a un grupo de adolescentes en la plaza de Colón. Mi imaginación, que se había decantado por Camay o Yago, se instaló en una estática nube creativa que me frenó toda posibilidad de retomar la historia con clara determinación. ¡Qué breve, pero qué diestro y certero fue ese último comentario! Ahora entiendo con perfecta nitidez que un compañero, mientras nos tomábamos un café en el recreo, me manifestara hace unos meses «hasta aquí he llegado, piérdete y déjame en paz».

En diferentes blogs empecé tres historias referidas a una misma persona: José María Máiz Togores, yo. A lo largo de mi proceso de creación y escritura me autoimpuse una creatividad tan descontrolada que bauticé con varios nombres, repito, a un protagonista que era yo: Camay, Rafo y Yago. Todo lo demás es pura anécdota. Un amigo muy cercano y muy fiable literariamente me soltó una buena reprimenda, mientras tomábamos unas cañitas con gambas en Santa Bárbara:

―Estás perdido. No te entiendo nada. No sé cuándo eres Camay (¿Existió alguna vez este nombre tan imbécil que además hace casi publicidad de un producto?), cuándo Rafo (¿Has matado a Camay? ¿Ha muerto Rafo, el único nombre que me gustaba, que me ocultaba algo, o se ha fugado a la playa?) y, por último, cuándo Yago (¿De dónde sale este idiota con nombre de cine santiagués?). Y ya la lías con el nombre de Hatroz, para una novela. Luego especificas el origen de este nombre. Eso me vale. José María, esto necesita una aclaración, una sincera y diáfana aclaración, si quieres mantener a los cinco o seis seguidores que tienes. Déjate de alias y sé tú mismo, cuenta tu vida, con tu nombre, con tus sombras y con tus luces. O utiliza un pseudónimo. Uno. Siempre el mismo. Los demás tienen que desaparecer. Y creo que como yo piensa mucha gente. No infantilices tu historia con ese Camay, que no me lo he tomado en serio en ningún momento.

Tras esta filípica, se marchó a trabajar y me dejó solo ante el peligro. ¿Muerte o vida? Lucharé hasta la muerte por lo segundo, me quise convencer.

Estas palabras fueron un aldabonazo en mi fase de narrador. Yo creía que había utilizado un certero recurso literario que pondría en vilo al lector. Resulta que no, que los pocos que me leían se sentían tan desorientados como si habitaran los laberintos de los Jardines de Villa Pisani, en Venecia, que cuentan que el propio Napoleón se perdió en ellos, y que cuando Hitler y Mussolini mantuvieron en Venecia algunas de sus oscuras conversaciones en 1934, ni intentaron descifrarlos. Los jardines del amor, como se les conoce popularmente, tienen el poder de doblegar a los más grandes estrategas.

Yo soy José María Máiz Togores. Soy el escritor, compositor y creador de mi vida. Toda la información viene de mí, soy el origen y el protagonista de los acontecimientos narrados. Yo soy el que se sienta al ordenador a poner negro ―bueno, azul― sobre blanco. Todo lo contado me pertenece, aunque haya algo fabulado, está fabulado por mí y para mí.

Apareceré bajo el nombre de Rafo (descubrirlo leyendo) que es el remoquete que me puso una amiga cuando leyó algunos de mis versos en la plaza de Colón, alborotada la lectura por un grupo de adolescentes que practicaban a ver quién nos molestaba más. En absoluto Camay o Yago, puramente fabulados por mí.

Yo, José María Máiz Togores, me desdoblo en dos personajes: Rafo, que es el protagonista de Hatroz, y un amanuense que es contratado para que transcriba lo contado por mí. Yo soy los dos. En algunas ocasiones, compartimos los dos el capítulo; en otras, dejo el protagonismo total a Rafo.

Si hay un desorden temporal, que lo hay, yo soy el responsable. Según vayas leyendo, irás conociendo mi carácter y la anarquía vital en la que en ocasiones estoy sumergido cuando me siento ante el ordenador. Desde el principio, en esta introducción, dejo muy claro cuál es mi trabajo y en qué condiciones lo voy a realizar: no esperes una novela ad hoc (adecuada o apropiada al concepto actual de ese género), porque el interés verdadero de Hatroz está en una nutrida sucesión de anécdotas o vivencias desordenadas temporalmente que pueden extenderse en uno, dos o tres capítulos cada una de ellas.

Cuento mi vida, mis anécdotas más simpáticas, las más horrendas y, tal vez, las nada recomendables. Todas ellas se rigen por la verdad, aunque en ocasiones la memoria distorsiona un poco lo vivido. ¿Recordamos la realidad vivida o recordamos el recuerdo de esa realidad?

En Hatroz, con todas las facilidades y alguna dificultad que entraña este desdoblamiento, porque yo quiero ser el responsable de lo narrado, yo y el protagonista, Rafo. Soy la fuente creativa y el narrador de mi historia. No te olvides de este nombre y no hagas caso a nadie. Exclusivamente fíate de los capítulos de Hatroz. Es lo único verdadero.

Gracias por todo.