CAPÍTULO VI DE ‘HATROZ’.- COMPLEJOS

La tardoadolescencia de Rafo era una pura contradicción. En ocasiones, anhelaba la libertad de la vida independiente y no quería saber nada de «cadenas emocionales». En otras, envidiaba el equilibrio que observaba en otros amigos casi de la misma edad que él, y buscaba ante este resquemor la cariñosa caricia de su madre. Llevaba toda su corta vida viviendo anímicamente de unos pocos recuerdos y, aún peor, de recuerdos de recuerdos. Debo romper el cordón umbilical con mi entorno y familia.

―No es, le explicaría a mi madre, dejar de vernos. No. Yo siempre estaré a tu lado. Nunca te abandonaré, pero te tienes que dar cuenta de que hay facetas de mi vida en las que yo soy el protagonista y la familia no tiene nada que decir.

―¿Que le vas a decir a tu madre eso? ¿Con esas palabras? No te lo crees ni en broma. Son palabras, seguro, que las has copiado de una de esas novelas dramáticas que te da por leer. La veneración que sientes por tu madre no te permitiría darle el más mínimo disgusto, le censuraba su primo cuando unos días antes le propuso que escuchara, para que le diera su opinión, el discursito que quería pronunciar en casa.

―Rafo, nuestra familia es así, te guste o no. Para lo bueno y para lo malo. Estas palabras de su primo reflejaban con toda claridad el peso que tenía el ambiente familiar. Ya te lo dije un día: diversión y familia, eso es lo que tienes que saber compaginar.

Sentado en su habitación, en el sofá cama, pinchó en el tocadiscos Samba pa ti de Carlos Santana. Mientras escuchaba la canción que lo revolucionó a los quince años, cuando asistió a su primer guateque, y conoció a Maite, se acordó del diagnóstico del padre de un amigo psiquiatra, una tarde que fue a recogerlo a su casa, cuando le esclareció que el vecino del tercero se había quitado la vida porque, cuando se fue a la mili, aún no había roto el cordón umbilical con su madre. Se recreó un poco en este diagnóstico de ligazón emocional con la madre.

Es verdad que Rafo sintió, recién cumplidos los 17 años, esa imperiosa necesidad de independencia y de equivocarse en la toma de sus propias decisiones. Pero no se produjo emocionalmente. Seguía unido a su madre, aunque cada vez hacía más vida fuera de casa que en el domicilio paterno. Le daba pudor hablar de esto. Tenía que buscar el modo de «liberarse» de determinadas ataduras emocionales. Cuando caminaba solo por la calle, sentía que alguien lo acompañaba y le susurraba al oído palabras que era incapaz de comprender. La voz era similar a la de su madre. No lo comentaba con nadie porque lo llamarían lunático o majareta. Lo achacaba a su mal dormir, a sus pesadillas nocturnas y a su búsqueda constante de encontrar afecto y cariño en las personas de su entorno.

Después de despedirse de su madre, salió de su casa, echó los tres cerrojos de la puerta, y le dio un pequeño golpe con el hombro para asegurarse que estaba bien cerrada. Su madre se quedaría así tranquila hasta que llegase Juani, pensó con cierta desazón. Cogió el metro en Juan Bravo instintivamente y realizó el mismo trayecto que otras tantas veces tendría que realizar si al final se decidía por estudiar magisterio. Destino: La Latina. La universidad estaba junto a la iglesia de San Francisco el Grande.

La visita fue muy interesante. Le enseñaron las instalaciones y quedó muy satisfecho del espíritu educativo que allí se vivía. Le dieron las pautas para realizar la matrícula y le comentaron cómo serían los primeros días de clase. Satisfacción plena. Ahora sólo te queda estudiar, se dijo a sí mismo.

Salió muy contento y volvió a tomar el metro con dirección a «La Cruz Blanca» de Goya, donde había quedado con su mejor amiga, Lucía.

Entró en la cervecería y le saludó con gran afecto el Cafetero, el veterano y atentísimo camarero que cuidaba y vigilaba la caja y que veía en Rafo a ese hijo que nunca tuvo. Se sentó en una mesa del primer piso y pidió lo de todos los días que paraba en dicho establecimiento antes de comer. Lo conocían algunos camareros y lo saludaban con el mismo afecto que manifestaba él. Sonreía cuando le preguntaban reiteradas veces por su actividad diaria.

―Me gusta muchísimo el diseño de esta cervecería, les decía, así como el de su hermana Santa Bárbara. Los camareros sonreían ante tal volantazo, pero seguían, eran auténticos mihuras y no los podía torear fácilmente.

―¿Trabajo sin lugar donde currar o matriculado en una facultad que no existe? Y se reían todos cuando Rafo dudaba y no sabía qué decir.

¿Por qué dudas?, reflexionaba.

Por la ventana del primer piso se percató del titubeo de Lucía, bajó las escaleras a toda velocidad y le hizo una seña para indicarle dónde se encontraba. No era la tradicional ventana que estaba cerca de las escaleras que dirigían a la clientela al cuarto de baño. No. Era una mesa en la primera planta.

―Te estás buscando un problemón, le dijo sin saludarlo, mientras se sentaba en una silla un poco desvencijada. Al igual que la mesa.

―No aguanto estudiar. Vengo de la Escuela de Magisterio y ya he perdido toda la ilusión que allí me transmitieron.

―Pero… ¿Qué has hecho, tío? ¿Matricularte en Magisterio? Si no estudias nada. No haces nada. Además, clarito como el agua, y esta palabra la pronunció con un marcado tono irónico, clarito como el agua, tu padre quiere que hagas una carrera universitaria tipo Medicina. Lo has hablado con él mil veces y con don Pedro, ese amigo de tu padre que le sirve de consejero educativo. Lo que pasa es que tu Selectividad les ha trastocado todas sus ensoñaciones de que fueras médico.

―No lo soporto. Estoy quemado. Tengo que estudiar una carrera universitaria. Nadie tiene la culpa de mis titubeos. La tengo yo. Nunca me he visto en esta situación. Lo que perturba mis actuaciones y trastoca mis decisiones es un sentimiento externo a mí. Hay en mí un vínculo con un «algo», no sé cómo llamarlo ni cómo identificarlo, que me sujeta y que inmoviliza mis acciones. Soy un mar de dudas y mi padre se altera cada domingo que me pregunta después de comer por mis intenciones académicas. Cuando le hablé de realizar en un principio Magisterio para seguir con una filología, se sobresaltó. Recuerda, lo lamenta una barbaridad, cuando me forzó a estudiar el bachillerato de ciencias. Hijo de médico, médico tiene que ser, le repetía un primo de su padre de Orense cuando hablaban por teléfono.

―Déjate de disculpas. El camino está muy bien pensado. Tienes las puertas abiertas para estudiar en primer lugar Magisterio, como tú bien has dicho, y posteriormente Filología. De este modo, pruebas la enseñanza y en caso de aborrecerla das el salto a Filología, pero como investigador. No busques disculpas y, si rechazas este plan, reconocerás que te estás equivocando mogollón. Mientras no lo hagas, no podrás encauzar tu futuro. Como me sentenció mi profesor de Matemáticas, después de intentar enseñarte a derivar. Ese amigo tuyo es un pusilánime, un timorato.

Además, medio molesta y cabreada, le dijo a Rafo que ella no venía para elucubrar sobre tu futuro.

―Vengo porque no soporto lo que estás haciendo y miró con fijación la caña que tenía en la mano.

Lucía abrió el sobrecito de azúcar y volcó su contenido en el café con leche que tenía frente a sí. Revolvía y revolvía con insistencia, pero no logró su absoluta disolución. Desistió y se bebió en diez segundos el café.

El silencio presidía la mesa porque Rafo sabía que Lucía estaba buscando el momento para soltarle su principal reproche.

―Gracias a Dios, ya tengo el futuro diseñado. No es el más idóneo para una familia que está acostumbrada a grandes éxitos en carreras superiores y de jodida dificultad. Voy a ser el «garbancito negro de la familia».

―Ya te veo venir. Aquí explotará «tu ser acomplejado». Enumérame tus complejos, que ya los olvidado…¡Son tantos!

―No te cachondees. Los complejos son anclas en mis pies que no me dejan crecer, que hacen que me aferre a «un mundo feliz» que he construido en mi soledad, donde no aireo mis complejos.

Lucía sacó un papel de su bolso y se dispuso a leerlo. Le dijo que un tío suyo, psiquiatra en el Marañón, le estuvo aclarando conceptos en una reunión familiar.

―La comprensión de los complejos es una de las herramientas psicológicas que necesitamos para la vida. Identificar y dar sentido a nuestros complejos (remarcó estas palabras) nos abre muchas puertas y nos ayuda a entendernos a nosotros mismos, ya que sobre ellos construimos nuestra personalidad. ¿Te queda claro? Pues, tío, espabila, que tú tienes una mierda de personalidad.

―Tú y tu maldita manía de tomar nota de todo. Ya te veo en tu reunión familiar, todos riéndose, y tú, mientras hablaba tu tío, con un cuaderno y tu inseparable Bic cristal tomando notas a todo meter.

―No cambies de tema. No cambies de tema. No puedes conformar tu personalidad en las barras de los bares. No. Todos salimos y nos divertimos. Todos. Pero hay una parte de ti que ocultas concienzudamente y que te lleva a ese progresivo aislamiento. Como le digo en broma a mi madre: este chico no tendría ningún problema en una celda de castigo.

Ni pizca de gracia le hizo a Rafo la bromita. Le costaba encajarlas. Torció el gesto claramente y tardó unos significativos segundos en volver a la normalidad.

―Mira, no me psicoanalices. De aquí me mandas a la clínica del Doctor León en una patada. No, mujer, no. Yo me manejo muy bien en mi desorden emocional y en mi anarquía psíquica.

―Entonces…¿Por qué me llamas cada dos por tres para que yo te lama las heridas? ¿Por qué tienes complejos? ¿Por qué necesitas una mano directriz para que te resuelva el caos que vives con Marisa? ¡Joder! ¡Toma tú las decisiones!

El silencio de Rafo era muy significativo.

―Sabes perfectamente que llevo semanas detrás de tus cervezas. Esto sí me preocupa más. Comprobarás que tuerzo el gesto cada vez que te veo con una caña en la mano. No lo aguanto. No te aguanto. Me voy a casa, que me espera mi madre para comer y para ir de compras luego.

Guardó silencio Rafo y, con el vaso en las manos, lo dejó bruscamente en la mesa. Sabía que tenía toda la razón Lucía. Lo sabía. Pero su voluntad de blandiblup lo acogotaba y le ponía en bandeja otra recaída emocional. Vio cómo salió su amiga sin volver la cabeza.  Cogió un taxi con una decisión que yo envidiaba. Quiso hablar con ella para refrenarla y prometerle… Pero, como en tantas ocasiones lo hizo tarde, tarde.

―Lucía, tía, no te vayas…Y la mirada del Cafetero se clavó en los ojos de Rafo y este leyó claramente el mensaje: Un mar calmado no hace marineros.