Aquel fue un día muy especial. Tenía planificado desde hacía tiempo recorrer el barrio de su infancia y de su primera adolescencia. Hay diversas opiniones sobre la vuelta al lugar de la infancia. Desde la más ecuestre, que nos invita a galopar sin mirar atrás, sin escrutar el pasado, y saltando cuantos obstáculos se presenten en el camino, hasta la más porcina que dice que, como los gorrinos en la comida, en la cochiquera, hay que hozarse en el pasado con un placer casi solemne y pomposo. Rafo nunca dudó de que ese recorrido algún día tendría que hacerlo.
Salió del colegio donde trabajaba a las cinco en punto, cogió el metro y tras varias dudas y equivocaciones salió, por fin, en la Estación del Arte, nombre que lo confundió por unos minutos. Vio que donde había un banco vendía sus productos un Decathlon, que donde estaba el cine Infante rezaba una iglesia evangelista y que el ultramarinos que proveía a la zona estaba ocupado por una cafetería.
Tomó el paseo de las Delicias con paso decidido, a él daba la ventana de su habitación, y entró en el hotel Carlton, en cuyo restaurante comían los cuatro miembros de la familia frecuentemente los domingos y fiestas de guardar cuando el estado emocional de su madre estaba tocado por esa maldita depresión endógena. Lo vio absolutamente renovado y, de nuevo, un despiste, porque no era capaz de localizar la cafetería, aunque tenía un lugar prominente en la planta de la calle. Se sentó, pidió una copa y sacó el móvil para tomar nota de todo aquello que le causase una mezcla de alegría y tristeza.
Pensó en subir al quinto derecha del número 1 de Santa María de la Cabeza, pero no las tenía todas consigo. Otra vez la maldita timidez. Se tomó la copa con un sabor agridulce, pagó y giró por la calle Murcia para acceder al paseo donde él vivió sus primeros 17 años. No conocía nada. Todo era nuevo, hasta el garaje donde guardaba su padre el coche. Cómo no, abundaban también los locales vacíos e inhabitados desde tiempo atrás. Al ver mentalmente ese pasado le vino a la memoria la vivienda en la que residieron esos primeros años.
Al llegar al número 1 del Paseo de Santa María de la Cabeza, casa que de continuo le traía unos imborrables recuerdos, se detuvo frente a ella, la miró con una extraña resignación, mezcla de morriña y soledad, y se sentó en un banco que había a sus pies. Dudó si sacar un cigarro o no. De modo imprevisto, golpeó su memoria un sinfín de recuerdos: los juegos infantiles y las pillerías de Camay en el Jardín Botánico, el enorme bullicio de los disparatados sanjosés por el número de asistentes, en los cuales se mezclaban los canapés, las tartas, las bebidas y las risas de los numerosísimos familiares que allí se reunían, los partidos de fútbol en los pasillos y en mi habitación, donde el cristal del balcón superó la prueba de fortísimos pelotazos, las tabletas de chocolate que yo hacía desaparecer por las noches, los libros de Julio Verne debajo de los cuadernos de estudio, las llamadas furtivas desde la consulta de su padre jugándose casi la vida, el despertar con aquella Maite del «Calderilla» que hoy es ilocalizable, los retrasos en el regreso del colegio argumentando falazmente que había sufrido un mareo en el autobús 36, la mastodóntica construcción del scalextric de Atocha a los pies de nuestra casa, los cigarrillos a escondidas en las proximidades del colegio de los salesianos, las ansias por participar en los partidos de los domingos en los patios de ese colegio y que una rígida timidez le impedía decirlo, los recuerdos de unos veranos agotadores por un severo sol que «castigaba» durante todo el día, las tardes de los domingos de una duración casi imperecedera, los paseos por la cuesta de Moyano para comprar libros…
Rafo no subió a su antigua casa. Rafo hizo el amago en varias ocasiones, pero le imponía lo estrambótico de la idea. Se juramentó que de la próxima vez no pasaba. Tomó de nuevo el paseo de las Delicias, lo cruzó y esperó a coger un taxi que lo llevara a su actual domicilio. Mientras esperaba, sus recuerdos, viajaron a las interminables obras del corpulento scalextric, se inauguró en 1968 con la intención de que fuera el salvavidas del caótico tráfico de la zona, que fue un sufrimiento atroz para los vecinos. Un taxi libre le pitó reiteradas veces. «Se había dormido» comprobando ―ahora que estaba desmontado― todo el interés urbanístico de la glorieta que se había ocultado con el mencionado «pulpo circulatorio». La habitabilidad de la zona había ganado muchos enteros. El trayecto de regreso, cargado de recuerdos, lo realizó en un profundo silencio, a pesar de que el conductor quería hablar sobre la situación actual.
Posteriormente, en torno a 1975, y por un golpe de suerte en la lotería, la familia se pudo trasladar de casa. El doctor Máiz Bermejo abandonó el alquiler de su piso de soltero por una casa en propiedad. «Simpática y berlanguiana» ―surrealista, por lo difícil de imaginar hoy en día, pero absolutamente posible en la época― fue la escena en la que mi padre, rodeado de la familia, firmó un sinfín de letras mensuales a pagar durante veinticinco años. La vivienda estaba situada en la calle Hermanos Miralles 43, luego bautizada con el nombre de General Díaz Porlier.
En esta casa Rafo se hizo hombre. Fueron treinta años. Allí disfrutó de una imborrable postadolescencia y del trabajo en un colegio, el actual, que le hizo crecer como persona. En un piso de 180 metros cuadrados, que estaba diseñado sin los largos pasillos de Atocha, rio, gozó, lloró, creció, se enamoró, sufrió, golfeó, cantó, mintió, estudió, discutió, «noctivagueó», escribió y más cosas que no debo contar sin el permiso del protagonista. Según él, ocupará un capítulo más adelante. La familia había aumentado en un residente. La muerte de su tía María Rosa, por un terrible cáncer, hermana de su madre, soltera que compartía el piso con un hermano también soltero y con múltiples problemas de salud, ocasionó que este, por motivos de cercana atención médica, fuera a vivir con la familia del doctor Máiz Bermejo. Recordemos que su padre era médico.
Con estos recuerdos, durante la interminable carrera en taxi, empezó a pensar que cuál de las dos viviendas le evocaba más cariño. Llegó a la conclusión de que cada una tenía su aquel, su encanto, y que era imposible hacer un podio con ellas.
Con el agradable fluir del taxi por el Paseo del Prado pudo pasar página y se plantó en el momento en el que tomaron la decisión su hermana y él de vender el piso de Díaz Porlier e irse a una zona más económica y a una casa más pequeña. Fue una decisión muy dolorosa porque Díaz Porlier se había adherido a su piel cual tatuaje diseñado por todo el cuerpo. Se trasladaron a la calle Ferrer del Río en el año 2006 que, después de treinta años en la «almendrita de oro», según compañeros de trabajo, parecía que iba a ser el definitivo asentamiento, y que en esos 120 metros cuadrados ―cruzada la báscula económica de Francisco Silvela― envejecerían con dignidad y total tranquilidad. En este piso Rafo vivió años pletóricos de soledades, añoranzas, alegrías, penas… y gastos, como en Díaz Porlier. En este «piso guindaleriano» se tomó en serio escribir. Cierto es que en la «almendrita de oro» publicó varios libros y pasó muchas horas con bolígrafo y papel en mano, pero fue un naufragio literario peor que el del Titanic. Nadie quería leer sus libros. Nadie. Es duro decirlo, pero desde los inicios sintió una soledad literaria terrible. Y aún la siente. Compraron su libro algunas alumnas ―eternamente agradecido se ha mostrado siempre con ellas―, algunos amigos y algunos familiares. No ha negado jamás Rafo que su timidez social, que no en el aula, ha alimentado ese anegamiento literario. Solamente se comportó con él con una seriedad y una generosidad plausibles Lourdes, la dueña de la librería Pérgamo, en la calle General Oráa. Bendita mujer. Dejemos esto para otro capítulo, así como sus penurias blogueras. En Ferrer del río, en el espacio cómodo y creativo de su estudio, logró «cerrar» unos libros de prosa poética, en formato digital, tanto en castellano como en gallego. La estancia en este piso, al salir definitivamente de él, la calificó como grata, feliz y de una gran bonanza personal. Algunos vecinos y Jesús y Pilar dejaron una imborrable huella.
¿Último piso? No fue así. No. Circunstancias cíclicas de la vida que todo el mundo puede figurarse dieron paso, al cabo de 16 años, a un nuevo piso de 70 metros cuadrados en la misma zona.
La progresión espacial es significativa en todos los aspectos. En este piso han aumentado las incomodidades, pero, como Rafo y su hermana tienen buen conformar, los engorros los han convertido en holguras confortables. Eso dicen. Yo no me lo creo.
Hay que hacer un alto aquí. La importancia de los libros en la vida de Rafo. Yo le he dicho que este texto es un poco cursi, pero se ha empecinado en que lo incorpore en este capítulo y así lo hago.
Una librería en casa es mucho más que un mueble con libros: es un refugio, un mapa de lugares, pasiones, dudas y descubrimientos. En sus estantes se guardan no solo historias, sino fragmentos de quienes somos o soñamos ser. Tener una librería en casa es permitir que el tiempo se suspenda y las ideas respiren. Es rodearse de silencios elocuentes que nos esperan sin prisa. Es, quizás, una forma de resistencia: frente al ruido, el vértigo y el olvido, la presencia quieta y poderosa de los libros.
El escrutinio en el paso de Atocha a Díaz Porlier fue cruel: todos los libros que injustamente llamaron mis padres «infantiles» se quedaron, no se mudaron y ahí perdí definitivamente la inocencia literaria de la infancia y la primera adolescencia. No viajaron conmigo unos doscientos libros que tenía yo en mi habitación: Tintín y Milú, Astérix el Galo, Los cinco, Los siete secretos, Emilio Salgari, Julio Verne, Stevenson, Roald Dahl, Mark Twain, Marcelo Lafuente Estefanía…
El taxi perfilaba la calle Francisco Silvela y al ver Yago el café de sus recuerdos, le solicitó al taxista que parase en ese lugar. Era el café Molière. Algo destartalado y poco frecuentado, pero entrañable y acogedor para él. Se sentó, pidió una copa y empezó a valorar su excursión anímica por los aledaños de su primera casa. Rápidamente esto fue sustituido por el problema que le acuciaba en la actualidad: cómo gestionar algunas vivencias que había empezado a sufrir en el aula. No quería hablar con nadie de ciertos latigazos y bajones emocionales que sufría cuando algún alumno ―cada vez más― se manifestaba grosera y ofensivamente. Esto le ponía muy nervioso porque veía que era incapaz de controlarlo debidamente.
El paseo por la Glorieta de Carlos V tuvo, en un principio, un fin terapéutico, pues el enfado y la tristeza estaban refrenados por esa nostálgica que a él le encantaba. Era lucha encomiable la de un hombre que no quería que se aposentara en su interior un poso de amarguras, tormentos y aflicciones.
Se alternaban los pensamientos optimistas de un hombre satisfecho con su trabajo con otros que eran desesperanzados y agoreros de un futuro en nada atractivo. La enseñanza media, a su edad, era un camino de punzantes espinas. Unas, agradables y salvíficas como pétalos de aromáticas rosas; otras, de una aridez vivencial más dura que un lecho de ariscos cardos borriqueros.
El pulso lo tenía menos acelerado, pero, como una recidivante arcada, vuelve la frase con la que concluyó su última clase vespertina: son ustedes capaces de sacar mi peor yo y un genio amonestador que me encorajina no saben cómo.
El café era un lugar peculiar. Tenía una mezcla de abandono intencionado y de placer ochentero. Se llevaba lo usado, lo que proyectaba una imagen de desatención y dejadez.
Finalizo con las librerías de las diferentes casas de Rafo: abandono dañino de unos doscientos libros en Santa María de la Cabeza. En Díaz Porlier reunió unos tres mil libros de toda índole: poesía, teatro, narrativa, español, gallego… Además del despacho de su padre que estaba repleto de libros de medicina y alguno de carácter literario. El traslado a Ferrer del Río fue durísimo porque la reducción fue drástica, pero nada en comparación con la llegada a Béjar. En Ferrer del Río se quedaron muchas «joyas literarias» que le hicieron en su momento llorar lágrimas de tristeza.

Me ha gustado mucho cómo lo has descrito y estoy totalmente de acuerdo contigo. Pero hay que adaptarse a cada circunstancia a pesar de las incomodidades de la vida. Lo que más siento es que te sientas fracasado como escritor porque a mí me gusta mucho cómo escribes. Lo que pasa es que hoy en día solo interesa escritos superficiales de frikis o similares. 👏
Si el éxito es vivir de la Literatura, has fracasado; pero si el éxito es comunicar quién eres, cómo piensas y cómo sientes, lo has logrado.
Deseando seguir leyendo
Buenos días, Sr. Máiz. Le escribo porque he visto que está, en alguna manera, vinculado al Concello de Vedra.
Este año estamos en la comisión de fiestas los vecinos de Pousada de Abaixo (entre las cuales me encuentro).
Si lo desea puede participar con nosotros escribiendo algo relacionado con la parroquia o Concello de Vedra sería un folio y el plazo está abierto hasta el 15 de junio.
Nos gustaría contar con usted para esta \»tarea\» que tenemos por delante.
Supongo que sabrá que las fiestas son el primer fin de semana de septiembre, la fiesta de los Dolores, a la cual queda invitado.
Cualquier cosa puede ponerse en contacto conmigo.
Atentamente
Rosa.
Buenas tardes!!!
No sabe qué alegrón me acaba de dar.
Si no le importa, me confirma su correo electrónico y así en los próximos días le puedo contestar con más detalles más calma. Mil gracias!!!! Un abrazo. José María Máiz Togores
He leído con mucho interés y cariño tu evocación de tus casas que he conocido bien y el recuerdo de tus inolvidables padres.
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