Rafo pecó de excesivo la noche anterior al desconcierto. Aquella noche se le turbó el entendimiento porque el dueño del pub que él frecuentaba por entonces en los aledaños de la Glorieta de Bilbao se empeñó en enseñarle los borradores de poemas que había escrito en su juventud. Era un conjunto (en gallego, feixe) de papeles amarillentos y llenos de manchas, que no de tachones y correcciones. Manifestó el mismo defecto que en su adolescencia: parco en palabras y rebosante de una buscada soledad. Se sentó de nuevo en su apartada mesa, colocó sobre la mesa el «poemario de San Miguel» y se dispuso a leer los versos horizontalmente para salir del paso lo antes posible. Sólo pudo comprobar que eran unos poemas soeces, sin ninguna sonoridad y un título absolutamente provocador. Tras unos minutos de atención, pudo conformar una opinión en nada ofensiva.
―Todo el mundo tiene plena libertad para escribir lo que quiera, pero si me pides mi opinión, te diré que les has dado muy pocas vueltas, están a medio hacer. Se ve que son superficiales y un tanto burdos porque la única temática que tienen es cómo conseguir una penetración lo antes posible.
A Miguel, el dueño del pub, se le quebró la sonrisa cuando escuchó las palabras de su admirado cliente. Podía haber tenido más tacto, coño, pensó. Luego entendió que Rafo obraba con sinceridad y que había logrado aparcar ese complace que desde la adolescencia le acompañaba.
―Hay versos logrados. Hay versos que sólo necesitan una pasada. Pero hay otros que son el esqueleto de algo futuro que puede llegar a tomar vida.
Rafo le dio un trago a la copa, sonrió a Miguel y remató diciéndole que insistiera en la forma, que era mejor insinuar que enseñar, y que podría alcanzar con esfuerzo y dedicación un aceptable nivel de calidad.
La compensación de Miguel, no tenía a mano otra, fue recargar muy generosamente la copa que estaba un tanto calentorra ya. Rafo tenía la vista nublada y la palabra torpe, tarda y poco diestra. Raro en él. Rafo se plantó y le dijo que eso no eran dos dedos horizontales, que eran verticales. Conocía perfectamente sus límites y antes de trastabillar por la calle, logró salir del Miguelón y coger un taxi con cierta rigidez muscular. Todo se solucionó cuando se vio entrando en su portal de Ferrer del Río. Una pareja intercambiaba fluidos bucales en la parte más oscura, donde era casi imposible verlos, pero se oía con claridad la resonancia, que no la vibración, de los besos. Eran como pequeños descorches de benjamines que sonaban cuando las bocas hacían un vacío en el ósculo y se «destapaban» cuando se separaban unos milímetros.
Y llegó el día del desconcierto. Se levantó el domingo un poco espeso. Se encontró a su hermana desayunando en la cocina e inmediatamente le pidió disculpas por haber hecho ruido. Estaba equivocada. Lo que realmente le despertó fue el zumbido que sus oídos habían percibido cuando se dio media vuelta en la cama, casi se cae por la estrechez de la misma, y empezó a sonar el Pousa pousa en su teléfono. Le dijo a su hermana que no lo había despertado ella, que había sido esa música gallega, que algunos calificaban de cargante, que ponía en su móvil para poderlo oír en la calle. Estaba muy harto de los bocinazos de sus amigos cuando le decían si era el profesor Tornasol, el anciano rey de los sordos o un Cuasimodo cualquiera. Le comentó que después de la ducha se iría a la cuesta de Moyano a ver libros, uno de sus mayores placeres.
―¿Para qué vas? Ya te digo. Las últimas diez o doce veces que has ido has vuelto con las manos vacías y con un cabreo monumental. Es cierto eso de que quien la busca la consigue, pero en ti se debe cumplir la excepción en toda regla. Pero, tranquilo, no seré yo quien te quite la ilusión.
Rafo callaba porque era incapaz de contradecir a su hermana cuando tenía más razón que un santo. Desayunó una magdalena de La Bella Easo con un café con leche bien cargado. Seguro que alguno de sus compañeros de trabajo le diría que era lamentable la mala alimentación que ingería a diario. A Rafo las reglas academicistas de la comida le parecían una ñoñez y se guiaba en todo momento por sus gustos y apetencias. De ahí ese generoso flotador que le cubría toda la cintura, por no hablar del colesterol. Cuando se miraba en el espejo, sonreía con una tristeza gélida, pero era incapaz de seguir un régimen o hacer ejercicio de un modo continuado. La última mujer que le vio el cinturón de grasa humana que le rodeaba la cintura se enamoró de ese complemento el primer día, hasta le hizo gracia, pero después de varios meses lo rechazaba con la misma contundencia que un perro rehúsa siempre una medicina, aunque vaya en el interior de una croqueta. A Rafo no le valían las croquetas.
Se duchó, se vistió, se acicaló con todo cuidado, se perfumó como siempre y echó un vistazo a su dormitorio por si se dejaba algo importante. Cogió el metro, dudó si tomar un taxi, y tras varios trasbordos ocasionados por su desconocimiento y su rechazo a consultar los paneles informativos, salió en la Estación de Atocha. Vio El Brillante, famoso bar con excelentes bocadillos de calamares y tortilla, y a poca distancia la discoteca Kapital, una de las que más reputación tenía, y no solo a nivel nacional, también internacional. Esta discoteca se encontraba en la calle Atocha en lo que, por los años 70 era el Cine San Carlos, cine muy visitado por Rafo en sus épocas de soledad cinematográfica. También locales vacíos.
Vio a lo lejos la decrépita Cuesta de Moyano. ¿Por qué decrépita? Porque en aquella época, 2021 ya iniciado, era un negocio ruinoso tener una librería, aunque fuera de segunda mano.
Rafo se fue acercando a la cuesta de Moyano con paso decidido, como si en alguna de sus casetas fuera a encontrar un incunable o ese libro que desde hace años no hallaba en ninguna librería. La última vez que lo intentó fue en una vieja librería de Barcelona donde le dijeron que estaba descatalogado por raro. Pensó en un principio que eso era una contradicción porque, por el hecho de ser raro, debería estar en las primeras páginas de cualquier catálogo de libros.
La cuesta de Moyano tenía un olor peculiar. Era una mezcla del humo que expelía el tubo de escape de los coches que la bordeaban, aunque la cuesta fuera peatonal, los múltiples aromas que invadían las librerías desde el hermosísimo Jardín Botánico y el olor a libro viejo. La celulosa y la lignina eran los responsables de este último. Un papel de buena calidad contenía menos lignina que el papel que se utilizaba para imprimir periódicos y revistas. Además de ese olor a libro viejo, también eran los responsables del color amarillento del papel. Algunos, por otros elementos que llevaban, decían que olían a almendra y a otras variadas flores.
Los potenciales compradores, observó que había mucho mirón y manoseador de libros, recorrían la calle de Claudio Moyano con parsimonia y con el corazón desbocado esperando encontrar ese ejemplar que los sacará de un ostracismo jubilar en nada parecido a la actual explosión de actividades y ofertas que hay para los jubilados.
El olor a libro viejo trastornaba a todo el que se acercaba a ese mítico espacio. Cuando aún era un postadolescente de medio pelo, le oyó decir a su profesora de Literatura Francesa que el olor del libro viejo era casi orgásmico. En esa ocasión, su compañero Luis y él se miraron con la misma sorpresa que ponía cuando recibía en casa una llamada de la calderoniana Maite.
Y Rafo no encontró nada interesante en las casetas. Otra vez su hermana tenía razón. Atisbado a pocos metros el parque del Retiro, una vez terminada la hilera de puestos de libros le sorprendió que, pegado a la verja del Jardín Botánico, se encontraba un hombre joven sentado ante una mesa portátil muy parecida al chiolo de las aldeas gallegas, donde unas mujeres mayores vendían rosquillas y otros placeres gastronómicos de las aldeas de la zona en los días de fiesta. El cartel situado a los pies de la mesa rezaba lo siguiente: Libros de poesía del autor a 5 euros. Rafo se acercó con muchísima curiosidad porque siempre le había atraído el mundo del verso y encontrarse de bruces con un poeta le aceleró el interés, nunca momentáneo. Lleno de vergüenza, uno de sus lastres más dañinos, se acercó a él y le preguntó por el contenido de los libros que vendía.
―Me llamo José María Máiz Togores y como las distribuidoras no quieren saber de los escritores noveles aquí me ve usted intentando vender mis libros por mi cuenta. Son libros de poesía que un excelente profesor de la Complutense calificó como soberbios. Quizá la pasión por Ya no es duda, lo prologó él, le llevó a calificar el todo de mi obra por esta parte de ella.
―Pero…, muy sorprendido Rafo por la respuesta, pero… ¿no le interesa a nadie la poesía? Yo, en mis ratos de libertad laboral, me siento a escribir versos un tanto deslavazados pensando en que un día me decida a darles una unidad y una calidad que ahora mismo no tienen.
―Pues dedíquese a otra cosa, amigo. En este país somos más los poetas que los lectores de poesía. Así de claro se lo digo. Escribir es llorar. Sólo una decena de escritores, que tienen gran calidad, han logrado encauzar sus obras en editoriales de prestigio y solventes. Los que pretendemos meter la cabeza en ese mundo sólo recibimos falsas promesas que nunca se ven cumplidas.
―Aquí tiene usted tres libros publicados. ¿Me permite ojearlos?
Antes de acabar la pregunta Rafo tenía en su mano un ejemplar de cada libro: Ya no es duda, De donde nace mi voz y Algunas tardes al borde de mí. Abrió el primero y se puso a leer algún poema de modo arbitrario. Estaba muy nervioso porque José María tenía sus ojos clavados en él y con el mismo pensamiento repetido a lo largo de la mañana: muy interesante, pero no puedo comprarlo.
Rafo se paró unos segundos en unos versos breves pero muy certeros a la hora de expresar lo que sufre una persona cuando siente cerca a la persona amada: Mientras mi necesidad de vida / se anega de crudas imágenes, / la sensación de tenerte cerca / destruye todas mis miserias. Se quedó pensando unos segundos y le vino a la memoria esa mujer que le obsesionaba convulsamente en los últimos meses.
―Quiero un ejemplar de cada uno.
La cara de sorpresa de José María dejó a la vista unos ojos marrones brillantes y expresivos. Rafo vio en ellos un halo de tristeza y un rastro dolorido de experiencias de vida poco afortunadas.
―Mire, ahora mismo no tengo dinero para los tres libros. Le podría pagar con tarjeta, pero usted no tendrá datáfono, como es normal. Voy inmediatamente a un cajero y saco el dinero necesario. Ya no uso metálico. Desde la pandemia sólo empleo tarjetas. ¿Le parece bien? José María asintió con la cabeza.
Bajó con paso decidido la cuesta de Moyano, cruzó varios semáforos y, después de recordar el banco en el que su padre tenía la cuenta corriente, localizó en el mismo local un banco diferente, pero con un cajero reluciente. Tuvo que esperar más de la cuenta porque tenía una numerosa cola. Impaciente y nervioso, miraba fijamente a una pobre señora que no se aclaraba con las múltiples opciones que ofrecía el cajero. Si yo sólo quiero actualizar mi cartilla, se le oía decir quejosa. Una pareja de policías que patrullaba a pie por la zona, después de ser reclamada por uno de los integrantes de la cola, se dirigió a la mujer y le indicó que eso lo tenía que hacer en el interior del banco. La acompañamos nosotros. Venga usted. A Rafo le vino a la memoria la canción de The Buggles Video killed the radio star. El resto pudo satisfacer sus necesidades monetarias con gran fluidez.
Rafo deshizo el camino de bajada, aunque en esta ocasión sustituyó la parsimonia por un andar raudo y veloz. Según se iba acercando al lugar donde había dejado a José María Máiz Togores, pudo comprobar que en esa esquina no había nadie. Se paró en el punto exacto del chiolo y, desconcertado, examinó cada baldosa meticulosamente. Nada. Hasta que al levantar un poco la vista vio colgada en la reja del Jardón Botánico una bolsa de plástico. Se acercó y vio su nombre escrito en ella. La cogió y observó su contenido. Allí estaban los tres libros de José María Máiz Togores. Echó una vista a su entorno y no lo vio. Abrió el primero y leyó con mucha calma la dedicatoria: Dice Simone de Beauvoir que escribir es un oficio que se aprende escribiendo. No ceje en su empeño. El éxito se palpa cuando uno siente que ha escrito el mismo libro que estaba en su génesis. Aunque sea sin lectores. Gracias por leerme.
Rafo se dio cuenta que escribir es un oficio miserable. Horas, días, semanas, meses para escribir un poemario de sesenta páginas y tener que regalarlo para que tenga al menos un lector. Junto a los tres libros, dentro de la bolsa, un papel firmado por él con unos versos con letra atolondrada. Después de leerlos, le vinieron a la memoria otros versos en prosa que escribió ante el silencio de una escritora que había recibido un libro suyo y que presumía de contestar a todos los noveles o desconocidos.
Escribí con la sangre que no supe llorar, verso a verso, como quien reza en ruinas, pero mis palabras convertidas en cenizas nadie las mira, nadie las quiere tocar. Fui jardín de tinta y semilla en el viento, soñé con mil lectores como frutos sin par, pero solo crece en mi interior el silencio y un estante repleto de versos en difunto carnaval. ¿Dónde están los ojos que debían leerme? ¿Dónde el temblor ajeno al sentir mi verdad? La poesía es fuego… pero aquí, en mi vida, una ardiente soledad, que lo único que quiere es morir sin sepelio ni funeral. No vendo un libro. No vendo un alma. ¿Será que en este mundo egoísta los gritos de mis versos son solo una sombra fantasmal?
Rafo se introdujo en el Retiro y advirtió un banco apartado y solitario. Abrió uno de los libros y leyó unos certeros versos que cierran esta historia: Entonces, juré, como un petrarca ante su laura, aprehender en mis manos, y en mi memoria, tus joviales huellas, y, sorbo a sorbo, en mis momentos de soledad, embriagarme con ellas.

Me alegro mucho de que no te saliera el maldito complace. En cuanto a la Cuesta de Moyano sigo pensando lo mismo, no vas a encontrar nada 😂. En cuanto a la poesía es difícil de entender. 👏 Para mí eres un buen escritor, pero tristemente hoy en día los que más venden libros son la chusma tipo Belén Esteban, etc. 👏