CAPÍTULO XXIII DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (II)

Rafo, a los dieciocho años, había comenzado una relación que se le estaba yendo de las manos. Sabía que era un inmaduro para afrontar algo serio y con proyección de futuro. En su casa la presión era muy grande, o él la sentía así, para que abandonara esa «amistad», ya que se negaban a tildarla de noviazgo. Ella era la que se obstinaba en mantener una relación más seria y él la procuraba más física que sentimental. Yo me dejo llevar por una inercia egoísta y cobarde, decía en la intimidad a sus amigos sin rubor ninguno. Iba de la respuesta más desabrida al beso más turbador en un abrir y cerrar de ojos.

Todo esto que estoy narrando me lo contó Rafo de una tacada mientras comíamos en Mingo, restaurante especializado en pollos asados y sidra de elaboración propia. No soportaba la grasa de los pollos, pero reconocía que la pechuga asada, él no comía ni muslos ni zancos, era riquísima.

Hizo una pausa en la narración y se le fue de la mente la idea que estaba a punto de comentar. Distraído, y con un cigarro sin encender entre los dedos, se mostraba incapaz de mantener la mirada. Sabía que estaba dejando al descubierto una personalidad pusilánime y endeble. Hablar de ese pasado tan lejano le suponía hacer un esfuerzo tal que sólo le estimulaba el café que se ofrecía aromático y retador delante de él. Estaba frío por la tardanza en su consumición. Su rostro, mientras, reflejaba las lejanas huellas de una ruptura que él llevó a cabo de forma torpe, abyecta e innoble.

Marisa nunca entendió el motivo aducido por Rafo. Nunca. Él cortó por lo sano una noche en la que le repitió infinitas veces ese endeble argumento de la falta de libertad y ese manoseado hasta la saciedad por los adolescentes de que no podía atarse a una mujer en edad tan temprana. Marisa vislumbró detrás de esas palabras la sombra de los padres de Rafo. El argumentario no resistió ni la más nimia de las réplicas de Marisa, que fueron consistentes y lúcidas, como era ella. Con la sencillez de la verdad, le hizo unas cuantas preguntas que él, acunado por una alcurnia de hojalata, respondió con muy mal gusto y con cierto tono de oligarca emocional, dada su incapacidad para afrontar la verdad simple y transparente.

Me confesó que le daba un miedo pavoroso la naturalidad con la que se regía Marisa en todos los ámbitos de su vida.

―Yo, un tempestuoso mar de titubeos, miedos y desaciertos; ella, siempre cabal, íntegra y decidida. Te lo juro, yo me pasaba tres noches en vela dándole vueltas a una simpleza que era incapaz de resolver y ella con una clarividencia insultante la solucionaba exitosamente en cinco minutos. Y siempre acertaba, joder, siempre acertaba.

Esto le retraía y ponía en evidencia su incapacidad en la toma de decisiones. Y esperaba como agua de mayo que llegara el sábado. Cada vez más mentiras de compromisos que ni él mismo se creía. Sonaba el teléfono y un Te esperamos en La Cruz Blanca rompía cualquier expectativa de pareja tradicional. Fue la primera huida hacia delante que terminó con las grandes ilusiones de un futuro compartido que habían pergeñado Marisa y él. Más Marisa que él.

Por otro lado, volviendo a los inicios universitarios, el comienzo de Rafo fue de sentimientos encontrados. Muy encontrados todos ellos. Y aquí encajaba perfectamente el título de la entrada.

¿Agridulces las sensaciones? Fue un auténtico encontronazo con una realidad que Rafo desconocía, aunque la profesora de Historia de COU algo les había insinuado. Corrigió enseguida lo dicho por un compañero y enumeró de modo claro y diáfano las características de una dictadura.

―Y si no me comprenden, no tienen ningún derecho a realizar estudios universitarios, remató. Vayan al museo de cera que están montando cerca de aquí y muéstrense en él tal como son ustedes: unos alcornoques revestidos de piel humana. Y se quedaba tan tranquila sin hacer ni caso al profesor de Formación del Espíritu Nacional, que le reprobaba que cargara de ideología sus clases. Este último entendía que hablar de los éxitos de Franco no era inyectar de ideología a los alumnos.

―Le dijo la sartén al cazo, y apagaba el cigarro en el cenicero de pie con una virulencia casi inquisitorial la libertaria profesora de Historia.

La mampara ideológica que su familia había diseñado a su medida durante décadas todavía aguantó unos embates más, pero se observaban en ella, cada vez más nítidas, unas grietas que daban luz a una realidad para él desconocida.

Se pueden imaginar el aspecto que proyectaba Rafo en esos años. Barbilampiño como era, con una cara de crío descomunal, con una forma de vestir pseudopija y con un abanico de temas de conversación tan limitado que fue enseguida catalogado por un descarnado profesor como un burguesito inmaduro. A tanto llegó el incomprensible desprecio que le profesaba ese barbado docente de magisterio que cuando quería intervenir en un debate abierto sobre temas muy polémicos le estaba a la cara:

―Usted baje la mano que sus argumentos serán rancios e insustanciales. Le aseguro que no aportarán nada nuevo, sólo una visión retrógrada y ultramontana de la realidad española.

En aquella época ni derechos del estudiante ni nada. En aquella época había que apechugar con lo que decía el profesor y punto. Esto lo digo yo y no nuestro protagonista.

Rafo decidió no comentar en casa nada de lo que escuchaba en la universidad y menos aún lo que le escupían a la cara. Nada. Lo que sí es cierto es que empezó a entender algunos comentarios que oía a universitarios mayores en un bar de la calle Conde Peñalver llamado La Cuba. Expresiones como cambio, constitución, democracia, rojo, traición, libertad de expresión, franquista, censura o derechos civiles fueron tomando forma en una época de convulsiones ideológicas. Lo que tristemente le sorprendía era que un profesor que estaba educando a futuros educadores se mostrara tan sectario e insultante.

Un día, ya en Filología, entró en la cafetería con aire tímido e indeciso. Le habían dicho que no había clase de Latín porque estaba indispuesto el profesor, una tal Agustín García Calvo, desconocido en ese momento para Rafo, pero posteriormente lector compulsivo de su poesía. Sus compañeros, aún desconocidos para él, estaban allí. Con esa manida falta de seguridad, echó un vistazo a las mesas ocupadas y de pronto vio una mano levantada al compás que escuchaba su nombre. Una chica le estaba indicando que se sentara con ellos. La mesa estaba ocupada por tres chicas y dos chicos. Así podemos jugar al mus por parejas, barruntaban. Rafo no conocía ningún juego de cartas y desbarató con una sonrisa el lúdico propósito de sus nuevos compañeros de clase.

A su lado estaba sentado un joven al que todo el mundo llamaba Lete. Manuel, Manolo, Manolete. Simpático, juerguista y con enormes ganas de vivir los tiempos que estaban diseñando los políticos de la época. Hubo un momento de cierta tensión, porque se dieron cuenta de que Rafo no había dicho la verdad cuando hablaron de la ideología de los padres. Como siempre, el complace que crecía obscenamente en él. Hizo mención a Paracuellos y un perturbador silencio se extendió por toda la mesa. De pronto, sin comerlo ni beberlo, un recién incorporado llamado Quique le preguntó:

―¿Tu padre ha estado en la cárcel?

Rafo, inmaduro y desconocedor de la «otra realidad» como había empezado a calificar su padre, balbuceó muy bajo.

―Mi padre es un hombre honrado.

Desafortunado por ignorante. Muy desafortunado por una ignorancia que cada vez se aireaba más. El compañero saltó como un muelle.

―Más honrado que él mío, no. Lo que pasa es que mi padre ha estado cinco años en la cárcel por rojo.

Rafo se quedó petrificado y apenas pudo atender a las explicaciones de Quique: un conflicto que hubo en los años sesenta en la universidad y que supuso prisión para varios profesores universitarios, su padre entre ellos. Llevaba varios días noqueado por este comentario y cuando él lo creyó oportuno, una reunión familiar de las muchas que había, lanzó la preguntita comprometedora:

―¿Alguien de la familia ha estado en la cárcel?

Hubo un silencio muy significativo y miradas comprometedoras. De pronto, un familiar intervino de forma tajante:

―Algo más habrá hecho ese tipejo. Seguro. Más que dar clase, como es su obligación, habrá vociferado mítines políticos en el aula. Ahora resulta que todo hijo de vecino justifica su paso por Carabanchel con las revueltas antifranquistas de los años sesenta. Todos han sido unos luchadores clandestinos contra la dictadura. Yo leo la prensa a diario y no salgo de mi asombro por la cantidad de hombres y mujeres que han sufrido un «exilio interior» y que han participado en todos los motines que proliferaron en los «últimos años franquistas». Crecen como setas. Aunque nosotros bien lo sabemos.

Rafo era un experto inquisidor que, como no lo frenaran, no soltaba la presa. Su padre bien lo sabía. Los mayores vieron que la conversación tomaba unos derroteros incómodos y embarazosos. El padre de Rafo le dijo con tono paternal:

―Vete a tu cuarto a estudiar, que, ante los exámenes que se te avecinan, aprovecharás más el tiempo que con preguntas que ya te contestaré yo otro día. Aquí, ahora, no… ¡Venga!

―Sí, ese día que nunca llega, dijo para sí Rafo.

Sabía que ese melón lo abriría su hijo con sumo placer y «minaría» la reunión con un sinfín de preguntas.

Rafo, malhumorado, se fue a su habitación y, en lugar de estudiar, actitud infantil, se puso a escuchar mil veces La otra España, de Mocedades que le había grabado en un casete un compañero de clase. Aquí entenderás muchas cosas, muchas, le dijo con tono críptico. Entendió que era una canción que versaba sobre la emigración de aquella época y no vio el claro mensaje político que algunos decían que transmitía.