Falan que as guisandeiras son as mellores cociñeiras, falan todos moi ben delas como si aínda as houbera.
(Cuentan que las guisandeiras son las mejores cocineras, todos hablan muy bien de ellas como si aún las hubiera).
―La comida casera es una parte esencial en el desarrollo de los jóvenes y no esas porquerías que comen en los bares a los que van.
Así hablaban los queridos ascendientes de los pequeños cuando sesteaban delante de la casa vieja de La Peregrina después de un buen elaborado almuerzo en una vella cocina de leña.
Lo cierto es que en verano todos engordaban unos cuantos kilos. Mil argumentos varios para una realidad gallega: las patatas gallegas, el pan, los huevos de corral… ¡Hasta algunos decían que el aire puro del valle de Amaía engordaba más que el contaminado de Madrid!
Rafo, cuando era pequeño, escuchó reiteradas veces un elogio un tanto desmesurado de las patatas gallegas y los tres pequeños iban a la cocina con la misma frase.
―Pepa, no hay nada como as patacas da terra.
La buena guisandeira miraba a Rafo, a Jorge y a Rosa con cierto gesto de incredulidad campesina y paciencia quincuagenaria, se frotaba las manos y les soltaba con profundo acento gallego:
―Da terra son todas.
Y volvía a sus tareas culinarias.
Jorge aclaró que la frase era respuesta de Maruxa, una mujer que trabajó en su casa durante muchos años.
―Nunca conseguiréis que acepte el doble significado de esa expresión. Sois muy tercos. Cada verano le decís lo mismo con el afán vuestro de que en esa oportunidad se vaya a reír con vosotros. Ni lo soñéis. Pepa es de una simpleza argumentaría que no buscará nunca el doble sentido de esa palabra. ¡Ojo que lo digo como elogio y no como descalificativo!
Así hablaba el tío Filoso cada vez que veía que se multiplicaban las visitas de los pequeños a la cocina.
En realidad, las incursiones al «territorio de Pepa» tenían en muchas ocasiones una razón muy diferente. Eran las «requetefamosas galletas de nata» las responsables.
Pepa las elaboraba con la nata de la leche de las vacas recién ordeñadas cada noche en una granja vecina. Cuando los quehaceres de la cocina de leña le permitían otros cometidos, los pequeños lo celebraban con gritos de alegría que querían imitar al linajudo e inconfundible aturuxo (grito agudo, fuerte y prolongado que se emite en señal de alegría en las fiestas mientras se realizan algunas labores agrícolas).
Anhelaban que entre esos otros cometidos estuviera la elaboración de las inimitables y singulares galletas de nata. Todo dependía de la inexistencia de algún encargo familiar.
Hacía muy pocas galletas para la cantidad de comensales que estaban dispuestos a saborearlas. En algunas ocasiones protestaba polo miúdo (en voz baja) cuando podía comprobar que esa noche se había pertrechado el más escandaloso de los ataques. El placer, con el recuerdo actual, no se sabe si estaba en la galleta, que seguro que sí, o en la sensación de exención de culpa cada vez que, en la fría y húmeda oscuridad de la noche, se abalanzaban casi obscenamente sobre el bote que las albergaba.
Pepa se levantaba muy pronto. A las seis de la mañana ya había ruido de cacerolas en la cocina. Así lo aseveraban los primos mayores de la casa que, como habían llegado de madrugada, se quejaban de tal alboroto organizado. Su cuarto se encontraba justo encima de la cocina. Los suelos de madera de entonces no aislaban lo suficiente para amortiguar los golpes protagonizados por la guisandeira cuando preparaba todo para la comida del día. Mientras reposaban en los mullidos colchones de lana, oían con absoluta nitidez el vetusto ritual de Pepa, en forma de sintonía culinaria. Únicamente se mitigaba cuando el aroma inconfundible de un caldo gallego se colaba por las rendijas que tanta madera vieja ofrecía. Hoy, con el dolor de la nostalgia que destroza realidades pasadas, recuerdan todos aquel exquisito caldo elaborado a fuego lento y en cocina de leña. El crepitar de la leña era música de un galán que cortejaba a los ingredientes del caldo gallego.
Su afán era tener todo dispuesto a media mañana, para poder dedicar algún tiempo al tratamiento de sus variados achaques médicos. Las varices, la tensión… y cuantas dolencias habitaban en su pequeño cuerpo.
Como tenía muy cerca de la cocina el baño que ella utilizaba para sus abluciones matinales y otros menesteres, no había que ser muy lince para imaginar que, cuando la comida reposaba a medio elaborar en las diferentes mesas de la cocina, y la «circunstancia física» lo requería, las visitas al excusado eran reiteradísimas.
No le gustaba nada que hubiera fisgones mientras ella cocinaba. Los expulsaba de su pequeño reino como el más déspota y despiadado monarca. A la familia, los espectadores, siempre les dirigía unas palabras que hoy nadie es capaz de recordar. He buceado en la memoria de los familiares que aún viven con saña inquisitorial, pero nada. Todo ha sido baldío. Esas palabras les hacían salir a toda velocidad de la cocina y disimular ante ella que cumplirían a rajatabla tal indicación.
Duraba el precepto unos cinco minutos. La curiosidad infantil, en muchas ocasiones, era superior a la de los adultos cuando eran expulsados y amagaban con marcharse para dar vueltas continuas con el único afán de seguir fisgando en la «propiedad de Pepa».
Célebre fue la reacción de esta buena mujer cuando visitó a su médico de toda la vida y le recetó unos supositorios. La cara de ella era todo un poema, cada vez más impactante, según iba escuchando al doctor lo que le había recetado para atenuar ciertos dolores que tenía en la zona baja del vientre.
―Lo que le receto en esta ocasión es algo novedoso para usted, pero que es muy efectivo si se utiliza debidamente. Los supositorios son muy positivos para aliviar el dolor de modo casi inmediato. ¿Me entiende usted? ¿Lo ve? Y le mostraba uno como referencia visual. Es un medicamento sólido de forma alargada y acabado en punta que usted debe introducir por el ano con una presión continua hacia el interior hasta que usted se percate de que no va a salir. Puede ser que haya experimentado en ocasiones otros tratamientos también exitosos que se utilizan introduciéndolos por la vagina. Cuando lo introduzca por el ano debe cerciorarse de que lo retiene perfectamente en su interior para que el supositorio libere su ingrediente activo cuando se funda con la temperatura del cuerpo.
La cara de Pepa iba de susto en susto. Lo único que le apaciguó el pudor que invadió su rostro fue la contundencia de las palabras del médico cuando le aseguró su efectividad. Sus palabras fueron persuasivas y concluyentes.
―Lo tiene que hacer usted. No tenga reparo alguno. Esto es una práctica muy frecuente hoy en día. Es evidente que no es un tema para una conversación, pero si usted indaga un poco, muchas mujeres le corroborarán mis explicaciones.
La salida de la consulta fue todo un concierto sin preludio. La ansiedad le había producido una gasificación que no fue capaz de reprimir y hubo una liberación absoluta de música de viento.
Su enrojecido rostro subió de tono al recibir el frío de la mañana y el camino hacia el taxi lo hizo cabizbaja y consternada.
No abrió la boca en todo el recorrido de la consulta a La Peregrina. Se bajó aturullada y torpe por los nervios, y se tropezó con el patinete que había en la era. Rogó a lo más alto que ningún hombre de la casa le preguntara por la visita al médico.
―Por poco la tengo que llevar a urgencias, le dijo el taxista. Algo muy grave le ha tenido que comentar el médico para postrarla en ese azorado atontamiento. Espabile, mujer, espabile, que seguro que no es nada grave.
Pepa, haciendo caso omiso a cualquier comentario que llegaba a sus oídos, se introdujo en la casa vieja mirando fijamente al suelo y con el rostro aún encendido de vergüenza. No veía el momento en el que pudiera descansar en su dormitorio a solas. Era su mayor deseo en ese instante. El movimiento de la llave se oyó con nitidez en la acera de la casa vieja. Golpe seco y firme con el siguiente significado: no me molesten.
―Algo peliagudo ha tenido que ocurrir, comentó el tío Filoso, mientras saboreaba un cigarrillo perfectamente liado con mano habilidosa y ducha en esta labor desde la adolescencia.
Como la comida estaba hecha, Pepa no salió de su habitación hasta el atardecer. De hecho, varios miembros de la familia golpearon con los nudillos en la puerta de su dormitorio y no encontraron respuesta alguna. La preocupación era evidente. Empezaron a barajar la posibilidad de que lo hablado en la consulta del médico fuera más allá de una simple dispensación de recetas.
―Ningún médico sensato se lanza a hacer un diagnóstico sin pruebas previas. Tiene que ser algo muy molesto, pero nada grave. Es lo mínimo. A no ser que fuera, que no lo es porque lo conozco yo muy bien, o carniceiro de Reboredo, cerca de San Andrés de Teixido que sajaba los granos de la cara haciendo tres grandes cortes en distintas direcciones para así garantizar la extracción de todas las impurezas.
―Ninguén o fai mellor ca eu. E, cando me reclaman anestesia, doulles un augardente de oruxo blanco de 50º, o mesmo que utilizo después para limpiar a pel, que os deita na cama como si recibiran un puñetazo en seco de Mujamá de Alí.
Los pequeños, a lo suyo como es evidente, entraron reiteradas veces en la cocina con la esperanza de que estuviera elaborando galletas de nata. Estos «tres elementos» ―Rafo, Jorge y Rosita― no podían calibrar la gravedad de la posible enfermedad de Pepa. En la niñez no se conocen nítidamente los imponderables que se van presentando en la vida adulta. Ninguno de los tres valoró los achaques que sufría la buena de Pepa y que la postraron de aquel modo tan significativo.
En el silencio del atardecer, y entre ronquidos indignantes, parecidos a una motosierra, de algún familiar, se oyó de pronto el chirrido de las bisagras de una puerta. La madre de Rafo levantó la vista del punto que estaba calcetando y, en un silencio casi nocturno, se puso en pie y se dirigió con rapidez a la cocina. Después apareció la madre de Jorge. La de Rosa no estaba presente porque se había a dar con su marido el paseo de todos los días.
Allí estaba Pepa, en el umbral de la puerta que daba acceso a su territorio con la caja de los supositorios en la mano derecha en plan de afrenta medieval.
Las hermanas se interesaron y le preguntaron si precisaba algún tipo de ayuda con las croquetas de la noche.
―Ustedes tranquilas. La masa ya está hecha y sólo me falta envolverlas en pan rallado y huevo. Ahora voy al baño, ya saben ustedes, y luego las envuelvo.
Lo curioso de la noche es que todos se sorprendieron muchísimo cuando las madres de Rafo y Jorge decidieron no tomar croquetas esa noche. Si es vuestro plato preferido, les bombardearon todos mientras se iban sirviendo ritualmente.
Nadie supo la razón. Bueno, sí, dos personas.

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https://polldaddy.com/js/rating/rating.jsAsí mismo fue, pero la única que no comió croquetas fue nuestra querida madre.
¡¡¡Genial!!! 👏 👏 👏