CAPÍTULO XXXII DE ‘HATROZ’.- PACTOS DE PAPEL

Rafo repasó, de modo obsesivo, la lista por tercera vez mientras el carísimo café del bar de Barajas le hacía un favor a sus nervios como los cinturones hacen a los pantalones: lo aprietan y, a fuerza de apretar, obligan a enderezarse. Era la lista de siempre —cargador del Nokia 3310, compra de libros, libreta, bolígrafo, camisa limpia, muda, jersey y una novela a medio leer—, pero la escribió como quien reza una letanía para conjurar el descuido que le había desarmado tantas veces: no presentarse a una cita literaria, una entrega, una oportunidad que siempre se disolvía entre su timidez y su falta de oficio.

Hoy no. Hoy no iba a dejar nada al azar. Hoy iba a Compostela no por turismo ni por impulso, sino como quien acude a una última prueba: María, la editora, le había dejado claro el precio de su atención. Si quería que leyera su manuscrito, que le diera una opinión, incluso que le abriera la puerta de una posible publicación, tendría que ceder a las reglas de su juego. «Amante», dijo ella por teléfono sin eufemismos. Él repitió la palabra en su cabeza mientras la café bajaba a su estómago y le daba coraje y vergüenza a partes iguales.

Rafo tenía cincuenta años, seguía soltero y la capacidad de un adolescente para romantizar los gestos más torpes. A esas alturas su currículum era un parche de intentos: talleres de escritura, artículos que calaban en el silencio y cuentos premiados en certámenes locales. Lo que no generaba eran contratos, ni sueldos, ni la dignidad de ser llamado escritor de oficio. Se había conformado con la etiqueta de «aprendiz de escritor fracasado» hasta que un día, por un golpe de suerte o por su persistencia insistente, consiguió que María le escuchara. Ella, dueña de una pequeña editorial, pero con criterio, le concertó una cita: «Ven a Compostela», dijo, «te leeré si vienes». Y cuando él, por una mezcla de incredulidad y deseo, preguntó cuánto, ella añadió: «Si quieres mi ayuda, tendrás que comer y dormir conmigo». Las palabras fueron un cuchillo; también fue una llave que abrió una puerta que él no sabía si era digna o apenas una rendija para su salvación como escritor.

El vuelo, corto y con pasajeros adormecidos, le dejó tiempo para imaginar. Imaginó el despacho de María, con libros alineados como soldados y una ventana abierta hacia un patio de piedra; imaginó su voz, grave y franca; la escena de entrega del manuscrito y cómo ella, después de hojearlo, le diría palabras que curaran años de rechazo. También imaginó la parte obscena del trato y se sonrojó hasta las raíces del pelo. Se rio una vez, avergonzado, y los asientos a su lado no se enteraron.

En Barajas coincidió con Jaime, viejo compañero de facultad que ahora llevaba una barba desordenada y una bolsa con libros cuya lectura parecía una promesa incumplida. Se reconocieron con la facilidad de los que comparten una historia, aunque las páginas se hayan vuelto opacas.

—Rafo, ¿eres tú? —preguntó Jaime, con esa mezcla de extrañeza y cariño.

—¡Jaime! ¡Hombre! —Rafo le estrechó la mano y luego ambos rieron como si hubieran recuperado un capítulo perdido.

Se sentaron en una cafetería y hablaron de cosas banales que sirven de puente: el trabajo, la familia, quién se había casado o divorciado. Jaime le miró con la curiosidad de quien sabe que el otro siempre está a punto de contarlo todo.

—¿A qué vas a Compostela? —preguntó, directo.

Rafo sintió la tentación de decir la verdad en su totalidad, el precio, el chantaje, la mezcla de esperanza y vergüenza, pero optó por la versión que se ha practicado desde que el mundo era menos amable: una mentira prudente, una verdad a medias.

—A ver a una editora —dijo —, a revisar unos papeles. Ya sabes cómo es esto.

Jaime pestañeó, como si viera una luz que no se explicaba.

—Suerte, entonces. Que te favorezcan las musas y las editoras.

Se abrazaron con la familiaridad de los que no se ven a menudo y Rafo, en el gesto, se sintió un poco más humano. Se despidieron. Jaime iba camino de Barcelona. Luego, el aviso de la puerta de embarque hizo que Rafo se dirigiera a la escalera móvil con la sensación de que cruzaba no solo un aeropuerto sino un umbral.

La llegada a Santiago fue un soplo de aire que no supo describir. El taxi serpenteó entre viñedos y casas bajas; la ciudad le recibió con la humedad tibia de la tarde. El taxi le dejó frente a un hotel de fachada discreta. Guardó la maleta en la habitación con la lentitud de quien negocia consigo mismo. Se miró en el espejo: cincuenta años, ojos que han conocido el desvelo por numerosos fracasos, de todo tipo, una mandíbula marcada por dos mofletes que le hacían un gesto simpático que siempre atribuyó a una cierta obesidad, y un peinado que negaba la gravedad del tiempo. Se dio una ducha larga para fingir compostura, se puso una camisa que oliera a nuevo y salió con la libreta en el bolsillo, el manuscrito dentro de una carpeta de plástico transparente, y una esperanza que se parecía a la prudencia.

La editorial de María estaba en una calle estrecha, con una placa casi imperceptible y una puerta que se abría a un vestíbulo con estanterías que olían a papel. Al cruzar el umbral, notó el silencio propio de los lugares donde las palabras se toman en serio. Una mujer detrás del mostrador lo miró y sonrió con ese gesto pequeño pero revelador que significa «estás en el lugar correcto».

—¿María? —preguntó Rafo, sin atreverse a decir que venía por la cita.

—Sube —dijo la mujer —. Ella te esperaba esta tarde.

El despacho de María no era lo que había imaginado. No había libros en perfecto orden, ni alfombra persa; había pilas de manuscritos con notas en los bordes, tazas de cafés vacías, y en una pared, fotografías pegadas sin marco. María apareció entre papeles como una aparición que no necesita anuncio. Tenía el cabello recogido de forma despreocupada y una puntualidad en la mirada que le mediaba entre la dureza y la ternura.

—Rafo —dijo, extendiendo la mano con un apretón que le gustó más por su sinceridad que por su formalidad.

Se presentaron, pero las presentaciones fueron ropa por encima de algo que no querían nombrar: el acuerdo, la condición que pesaba en el aire como un olor. María hojeó su manuscrito con una destreza que respetó a la vez que intimidó; apenas levantó la mirada y dijo lo que todos esperan y temen: comentarios precisos, cortes de escena, defectos que pulir. Rafo se sentó y habló como se habla cuando se teme que la obligación se rompa: con más verdad de la necesaria.

—Lo que buscaba… —empezó, con la voz que se parte en dos cuando uno confiesa deseos de más de lo que puede merecer.

Ella lo escuchó a medias y luego lo miró con una seriedad que convirtió el despacho en tribunal y santuario a la vez.

—Si quieres que te lea con detenimiento —dijo—, si quieres que te ayude a pulirlo y trabajarlo, hay condiciones. Ya te las dije. Te sonarán obscenas, pero hoy en día nada es obsceno. Nada.

Las palabras volvieron a abrir aquella herida vieja. Rafo se hizo pequeño en la silla, pero, a la vez, no pudo evitar una corriente de electricidad. Quiso protestar y al mismo tiempo no deseó más que aceptar. La escena que siguió fue como una coreografía pactada por dos: aceptó la condición con una mezcla de orgullo y vergüenza. Ella le dijo que le esperara.

La comida fue en un restaurante tibio, de ventanas que daban a una calle donde la luz caía en charcos. Comieron platos de la tierra, hablaron de trivialidades para no nombrar lo que había quedado fuera: del clima, del ruido del mundo, de amigos comunes. El mantel temblaba bajo el peso de las palabras que no se pronunciaban. Después, la tarde se convirtió en una cuestión de trámite y de voluntad. Visitaron algunas librerías, compraron libros, tomaron un café y a última hora volvieron al hotel.

La puerta de la habitación se cerró despacio detrás de ella. Él la miró unos segundos, como si quisiera recordar cada detalle antes de acercarse. Tenía cincuenta años y una serenidad peligrosa en las manos. Ella sonrió apenas, nerviosa, mientras dejaba caer el abrigo sobre la silla.

Él le apartó un mechón del rostro y la besó con calma, sin prisa, como quien conoce el valor exacto del tiempo. El perfume de ella se mezcló con el olor tenue del vino y la lluvia que seguía golpeando las ventanas. Ella le respondió con un beso más intenso aún. No se dejó amilanar.

Las manos comenzaron a explorarse con una intimidad antigua los dos cuerpos. Ella sintió el peso cálido de su respiración en el cuello y cerró los ojos. Él recorría su espalda lentamente, despertando algo que llevaba demasiado tiempo dormido.

El silencio de la habitación se volvió espeso. Los cuerpos se acercaron hasta perder la distancia posible entre dos personas. Ella lo atrajo hacia sí con una mezcla de deseo y desafío.

Y entonces dejaron de hablar. Sólo quedaron la respiración agitada, las caricias cada vez más urgentes y esa sensación de vértigo que aparece cuando dos desconocidos deciden dejar de ser dos y convertirse en uno.

Al terminar, en el silencio que solo admitía la respiración, María encendió un cigarrillo y lo miró con esa mezcla de certeza y distancia.

—Me debías esto —dijo—. No es personal, Rafo, es un trato profesional. Él sonrió con la ingenuidad de los que se creen vivos porque han sido amados. Ella lo besó en la frente como se besa a un alumno que ha aprendido una lección difícil.

—Mañana, a las nueve en mi despacho —añadió—. Tú vuelas a Madrid a las doce y media, ¿verdad? Eres puntual, ¿no?

Rafo asintió, como si la palabra puntualidad hubiera pasado a formar parte de su carácter. Esa noche se durmió con la sensación de haber cruzado una frontera, no de regreso, sino hacia una tierra donde quizá su trabajo tendría visibilidad. Se despertó con el alba y la certeza huella de ella en la piel. Revisó el reloj varias veces, se duchó, se vistió con una precisión sacada de la angustia y bajó a desayunar con la paciencia de quien tiene que pulir todos los detalles antes de un examen.

Dejó el hotel con una luz fría. Caminó hacia la editorial con la carpeta bajo el brazo y un estómago que hacía preguntas. Llegó puntualmente. La puerta estaba entreabierta y un silencio lo recibió como si alguien hubiera borrado todo sonido en espera del acto final. Subió las escaleras con pasos silenciosos, como los de un ladrón inoportuno. Tocó la puerta del despacho de María con la delicadeza de los que tocan reliquias.

—María —llamó, con una voz que pretendía serenidad.

No hubo respuesta. Empujó la puerta con cuidado. El despacho estaba tal cual lo había dejado: papeles ordenados en su desorden, una taza de café medio vacía, un abrigo colgado en la silla. El teléfono sobre la mesa mostró la pantalla con la hora y ningún mensaje nuevo. Miró la libreta con sus notas, buscó su bolígrafo favorito y no estaba. Las fotos pegadas en la pared seguían igual y una ventana abierta de par en par mostraba una calle donde pasaban transeúntes indiferentes. Todo en su sitio, menos ella.

Rafo esperó. Se sentó en la silla que había ocupado la noche anterior. Su paciencia no era paciente, era expectante; su corazón latía con ese ritmo peculiar de quien ha apostado una parte del alma y teme perderla. Esperó diez minutos, veinte. El reloj, puntual, marcó media hora. Llegó a la conclusión de que quizá ella tenía una reunión, una emergencia, una razón legítima para el retraso. Esperó una hora más. Llamó al móvil. Nada. Escrutó el buzón de correo electrónico del despacho por si hubiera una nota visible y encontró solo correspondencia de trabajo sin abrir. Empezó a caminar por la oficina como quien busca una señal, y en cada esquina su imaginación llenaba el vacío con versiones: un accidente en la carretera, un juez que la retuvo, una llamada inevitable. Pero la racionalidad, esa que a veces llega tarde cuando el corazón manda, le dijo: quizá no venga.

Afuera, la ciudad desplegaba su rutina como si nada hubiera pasado. Rafo sintió que el tiempo y la bondad se habían puesto de acuerdo para dejarle un hueco. Llamó a recepción del hotel para confirmar su vuelo a Madrid; quería saber si podían llamar a un taxi. Cerró las manos en torno a la carpeta, como si pudiera apretar dentro de ella la presencia de María. La carpeta, sin embargo, era solo papel.

Se dio media vuelta y salió del despacho. La calle le pareció más ancha, más indiferente. Caminó hasta el hotel, sin prisa ni prisa, conduciendo su decepción como quien guía una maleta sobre ruedas. Recogió la maleta y se montó en el taxi que ya lo estaba esperando. Los minutos perdidos en el aeropuerto fueron una sucesión de escenas neutras: viajeros, anuncios y cafeterías. Cada imagen se quedaba fuera de su cuerpo como si fuera un paisaje que no podía tocar. En el avión, se sentó junto a la ventanilla y miró el paisaje hasta que la tierra se volvió un mapa borroso. Pensó en María, en sus palabras, en la ausencia que ahora pesaba más que el encuentro. Pensó en su manuscrito, en si la entrega habría sido sincera o solo una trampa con ritmo de promesa.

Llegó a Madrid con la sensación de haber vuelto con las manos vacías y el alma cargada de preguntas sin factura. Tomó un taxi hasta su casa y, al vaciar su carpeta, notó que dentro había una nota suelta, una página que no recordaba haber leído. La tomó con la cautela de quien abre una carta que no esperaba. Era un folio manuscrito con una frase, dos, que decían: «Lo leí. Lo siento. No puedo ayudarte más». No había firma. Rafo apretó la hoja contra su pecho y la dejo caer en la mesa. Caminó por la habitación con la sensación de que había sido burlado, no por la sexualidad del trato sino por la promesa de reconocimiento que le fue retirada sin una explicación.

Se sentó en su mesa de trabajo y miró la libreta de siempre. Su hermana había salido y abrirla fue abrir un refugio y también la evidencia de su demora. Escribió una palabra larga y arriesgada: «fin». Luego tachó la palabra y escribió otra: «prueba». Se dio cuenta de que, a veces, los episodios que parecen puertas cerradas son más bien filtros que muestran qué hay que afinar. No sabía si volvería a llamar a María, si la buscaría en otras editoriales, si entablaría otra estrategia para que su obra fuese leída sin pagar con el cuerpo, con algo que, en la confusión de la edad, había confundido con la moneda legítima del reconocimiento.

Al final de la tarde, Lola intentó consolarlo y algo logró, pero había en él un fondo de fracaso que se alimentaba del silencio de los que han perdido algo que no sabían si tenía precio. Rafo sacó la libreta y se puso a escribir no para salvar el manuscrito de la edición sino para poner en palabras la escena de su propia ingenuidad. Sus frases fueron austeras, sin la grandilocuencia que a veces le traicionaba; describió la oficina vacía, el reloj inexorable, la sensación de que, en el gran comercio de las letras, él había sido servidor y no cliente.

La inmadurez que lo acompañaba a sus cincuenta años no era cosa de apariencia sino de decisiones: aceptó un precio que le urgía porque lo necesitaba; creyó que el amor o el deseo podrían ser canjeado por páginas; creyó que la editorial era un templo donde las palabras se multiplicaban por arte de fe. Ahora, solo quedaba una certeza: la redacción de su propia derrota. Pero también una posibilidad: que de esa derrota naciera un capítulo, no de la novela que llevaba en la carpeta, sino de la novela de su vida. Y con esa tenue idea empezó a escribir, porque la escritura, siempre, es modo de recomponer lo que se perdió. Y así, en su mesa de trabajo, mientras la ciudad encendía sus farolas, Rafo escribió para entender por qué había aceptado, para nombrar la humillación y, quizá, para encontrar otra forma de ganar su lugar en el mundo de las letras sin tener que pagar con lo que más le costaba dejar ir: su dignidad.