CAPÍTULO XL DE ‘HATROZ’ O EPÍLOGO (y II): EL FINAL

Carmen me dijo que el libro saldría en unos seis meses, más rápido de lo habitual, como si todos hubiéramos decidido no sostener más lo que ya se deshacía. Sin final. Carmen apenas discutió y su silencio terminó diciendo más que cualquier versión anterior de nosotros. Edición de 500 ejemplares. No habría presentación ni intento de explicarlo porque ya no estaba seguro de que la historia me perteneciera, se me había escapado de las manos o quizá nunca había sido mía. Se imprimirá en buen papel como una concesión inútil y necesaria, como si lo material pudiera fijar lo que ya no me pertenecía. Tendría menos páginas, quité demasiado, quizá lo aún no escrito borré lo que ya no sabía sostener. También dejé lo que él habría eliminado, sin justificarlo, ordenando solo lo que entendía y dejando abierto lo demás. No le puse final porque cualquier cierre habría sido una forma de traición. Terminaba en un bar con una frase escrita en una servilleta y una conversación que no sé si llegó a existir. Algunos dijeron que era valiente y otros que era una vergüenza, y ambos tenían razón de una forma que no supe responder. Por eso, no habría presentación, por eso volví al bar a la misma hora y el camarero me entregó otra servilleta sin mirarme, como si ya lo hubiera hecho antes. La letra era suya y no necesité leerla para saber lo que decía. «No escribas un final que yo no autorizaría porque no lo hay. Además, no me busques porque no me encontrarás. Y, si nos vemos un día, me haré el desconocido». La doblé junto a la otra y desde entonces las releo una y mil veces. No sé si para entender a Rafo o para comprobar que siguen diciendo exactamente lo mismo. La última relectura me produjo una extraña sensación: sería capaz de jurar que la última frase no estaba allí o que no la había escrito él sino yo, como si algo hubiera empezado a corregirse sin mí o, peor aún, había empezado a terminarse conmigo dentro.

Este libro se imprimió
el 21 de abril de 2026,
San Anselmo de Canterbury,
monje nacido en Aosta
que demostró que la inteligencia
podía ser el puente más sólido
hacia lo sagrado.