«A LA SOMBRA DEL VERBO»

INCÓMODO (O EL ARTE DE QUERER EXPLICAR LO QUE PARA MÍ ES INEXPLICABLE)

(Apunte inicial: En primer lugar, ya sabes que me gustaría que me leyeras en la web de www.recuncar.com porque se contabilizan las entradas y en los correos no. En segundo, perdona por tratar de nuevo un tema delicado e inflamable, pero en el territorio frágil en el que vivo lo siento necesario. Y, por último, prometo no volver a tocar ese tema, aunque autores reconocidos como Joan Didion, David Foster Wallace o Alejandra Pizarnik, han hecho de temas semejantes su verdad literaria. Además, las promesas están para no cumplirlas. Ja).

No quiero resultarte incómodo, espinoso, insoportable, agobiante, embarazoso, áspero, sofocante, espeso… No quiero.

Hay una cosa de la que se habla poco porque incomoda. Porque rompe el ritmo alegre que parece obligatorio en este mundo de risas enlatadas, sol prefabricado y bebidas euforizantes: la felicidad como norma social y casi una obligación moral. Porque la tristeza, cuando dura demasiado, cuando se excede de una hipertacañería exquisita, cuando no nos comportamos como Jim Carrey o Rowan Atkinson (Mr. Bean), acaba cansando a los demás. La tristeza en dosis homeopáticas, en lo imprescindible para demostrar que existe, sólo así es aceptada. Por eso, uno aprende a callarse. O a disfrazar lo que siente con ironías, con silencios, con frases breves dichas casi en broma para que nadie se asuste demasiado, no vayan a entristecerse más de lo establecido por la Corte de los Confetis y las Sonrisas Permanentes (tiene mayoría absoluta la bancada de la felicidad), la famosa CCSP. José María, deja en paz este decreto distópico con humor negro y abandona el cinismo contemporáneo. No eres ni Franz Kafka ni Enrique Jardiel Poncela. Magister dixit.

Yo llevo tiempo bordeando algo oscuro, pero lo hago en mi blog, según un «caducado» conocido mío, como el último y patético Curro Romero, «el viejo señor del tiempo»: alternando «tardes irrepetibles» con «sublimes fracasos».

No sé si llamarlo depresión, melancolía antigua o simplemente, creo que he acertado en la expresión, una manera torcida de estar en el mundo. Tampoco me gustan las etiquetas. Las palabras médicas, cuando se pegan a una persona, a veces parecen quitarle matices. Pero sí sé que desde hace años vivo acompañado por una especie de nube negra. No una tormenta espectacular. No un drama permanente. Algo más silencioso y constante. Una sombra que distorsiona la luz de las cosas corrientes.

Hay días en que todo parece ligeramente más gris de lo que debería. Las noticias, las conversaciones, el futuro, las relaciones, incluso los recuerdos buenos. Como si el cerebro tuviera una tendencia natural a inclinarse hacia el lado oscuro de las cosas. Y no es cuestión de voluntad. Esto es lo más difícil de explicar. La gente cree que uno decide mirar mal el mundo, como quien elige ponerse unas gafas oscuras en pleno verano. «Anímate», dicen. «No pienses tanto». «Sal más». Y esa conocida frase que no hay «antiemético» que la reprima: «Hay gente que está muchísimo peor que tú, así que deberías dejar de quejarte un poco y aprender a valorar lo que tienes en vez de estar siempre con esa cara de ajo siberiano». Como si todo dependiera de un pequeño gesto de actitud y la nube negra me impidiera conocer las terribles enfermedades y las precarias situaciones que habitan en el mundo. La última vez que un familiar le dijo a mi madre esta linda frase: «No sé de qué te quejas; tu marido te da todo lo que quieres» —volvemos al mercantilismo de los sentimientos—, mi madre, muy serena, le soltó a la cara, entre indignación, ironía y dramatización, esta contestación lorquiana: «Métete en un pozo negro de veinte metros de profundidad y, sin cuerdas ni escaleras, intenta salir de él. Venga, valiente, sal; venga, valiente… ¿Por qué no sales? ¡Eres un vago!».

Yo mismo me he preguntado muchas veces si esto viene de lejos. Mi madre tuvo ciclos depresivos muy graves. La información, completa. No quiero caer en la media verdad. Entre ciclo y ciclo depresivo, era una mujer atenta, divertida, sociable y excelente cocinera. Entonces se denominaban «depresiones endógenas» a las depresiones de origen interno, biológico, y «depresiones exógenas», las que eran las causadas por alguna circunstancia externa. Una expresión y clasificación antiguas que hoy suena a consulta médica de los años sesenta.

Yo crecí viendo aquello sin entenderlo del todo. Pienso que, tal vez, ciertas tristezas también se heredan. No como una condena exacta, pero sí como una forma de mirar, una inclinación secreta del carácter. Igual que otros heredan la facilidad para la risa o el entusiasmo.

Durante treinta y siete años me he dedicado en cuerpo y alma a la enseñanza. Y creo que bien o muy bien. En algunas ocasiones no me quedó más remedio que ejercer mi vocación frustrada: la actuación teatral. Pocos compañeros lo percibieron, por lo que, en varias ocasiones, sin éxito alguno, me rondó el «Óscar educativo». Sospecho ahora que el trabajo me sostuvo más de lo que yo mismo sabía. Tener horarios, explicaciones, responsabilidades, alumnos, exámenes, reuniones, clases que preparar, correcciones, entrevistas… fueron mi «bálsamo de Fierabrás». La vida ultraorganizada alrededor de una tarea constante me salvó de caer en ese pozo negro. Quizá esa estructura actuaba como un dique. Ahora estoy jubilado y el silencio interior tiene más espacio. Demasiado espacio a veces. Uno descubre entonces que el ruido de la vida diaria también servía para tapar ciertas voces interiores.

No estoy diciendo que viva hundido. Eso sería exagerar. Y mentir. Sigo leyendo, escribiendo, paseando, hablando con gente. Me interesan todavía muchas cosas. Pero debajo de todo eso hay una corriente subterránea de tristeza que no desaparece nunca del todo. Y lo más cansado no es sentirla, sino tener que justificarla continuamente ante los demás. Es agotador.

Porque además existe otro problema: la incomprensión. Cuando uno intenta explicar estas cosas, muchas personas sonríen con una mezcla de cariño, condescendencia, compasión paternalista y desconcierto. Como si yo estuviera exagerando un poco y a punto de romperme con un cristal de duralex: en mil pedazos. Como si yo hablara desde un capricho. O desde una rareza literaria. Hay quien piensa que uno dramatiza porque escribe o por mi vocación actoral. Como si poner palabras al malestar le quitara verdad.

Y no. Hay personas que somos más sombrías por naturaleza. Igual que existen los optimistas espontáneos, también existen quienes sentimos el peso del mundo con más intensidad. Somos personas que nos rompemos en reuniones llenas de gente. Personas que necesitamos soledad para respirar. Personas que nos sentimos observadas incluso cuando nadie nos mira. Personas que salen de ciertas actividades agotadas en lugar de animadas. Personas que parecemos tranquilas mientras por dentro estamos huyendo. Personas a las que el bullicio no nos alimenta, sino que nos vacía. Personas que escuchamos a todos y casi nunca somos escuchadas por esa tristeza que no es tendencia hoy…

Eso no significa despreciar a los demás. Ni sentirse superior. Ni vivir enfadado con el mundo. Significa simplemente que hay temperamentos distintos. Pero como vivimos en una época que parece obligatoria la exhibición permanente de felicidad, hay que estar motivado, sonriente, sociable, disponible. Y quien no encaja en esa música acaba pareciendo sospechoso.

A veces pienso que muchas personas alegres tienen la enorme fortuna de no estar demasiado tiempo dentro de sí mismas. Yo, en cambio, paso demasiado tiempo ahí dentro. Observando. Dándole vueltas a cosas pequeñas. Recordando frases antiguas. Imaginando futuros sombríos. Cansándome de pensamientos que otros ni siquiera notarían.

Lo curioso es que esta manera de ser también tiene algo de lucidez. La tristeza vuelve a algunas personas más observadoras. Más conscientes del paso del tiempo. Más sensibles al dolor ajeno. Más capaces de detectar la fragilidad que se esconde bajo las apariencias normales de la vida. Pero claro, nadie me felicita por eso. La sociedad premia la energía, no la introspección.

No escribo todo esto para pedir compasión. Sería, como mínimo, un indecente por ello. Ni siquiera comprensión absoluta. Sé que cada persona carga con sus propios fantasmas y sus propias enfermedades. Solo me gustaría que se aceptara que hay quienes vivimos con una cierta tristeza de fondo. Una música baja que nunca termina de apagarse. Y que eso no siempre tiene arreglo, ni explicación clara, ni solución inmediata.

Quizá lo único que necesitamos es que no se nos sonría con sobreprotección ni que nos digan con un tono plañidero ―es en la única circunstancia que no lo soporto― pobriño. Que no se nos trate como exagerados o ingratos. Que alguien escuche sin corregir, sin recetar optimismo rápido, sin convertir cada confesión en un problema que hay que arreglar enseguida, como cuando yo hacía en la postadolescencia frente al espejo y explotaba con inmediatez de fibra óptica ese «vesúbico» grano que rebosaba pus y un asqueroso líquido blanco. Hay nubes negras que, en estos momentos, no me anuncian una tormenta tropical; simplemente me acompañan en un solitario deambular. 

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS DE UN ESCRITOR QUE NO HA VENDIDO UN LIBRO EN SU VIDA Y QUE NO SABE QUÉ DEMONIOS HACE ESCRIBIENDO EN UN BLOG

  1. Escribo para entender qué demonios pienso antes de convertirme definitivamente en ese señor insoportable que opina con seguridad de todo en cenas donde nadie le ha preguntado nada. La escritura es el único sitio donde mis contradicciones, mis neurosis y mis delirios de grandeza todavía parecen tener cierta dignidad intelectual. En la vida cotidiana solo parecen síntomas preocupantes.
  2. Ningún silencio editorial invalida una frase verdadera. El problema es que encontrar una frase verdadera entre quinientas páginas de divagaciones solemnes no siempre resulta sencillo, ni siquiera para mí. Que un libro no encuentre editor quizá no signifique que el sistema esté podrido; a veces significa simplemente que soy un analfabeto comercial con el carisma de un archivador gris.
  3. Publicar no es la medida definitiva del valor literario; muchas veces es apenas una alineación entre talento, oportunidad y una capacidad mínima para no parecer un ermitaño socialmente disfuncional. La literatura existía antes de la industria y seguirá existiendo después, aunque probablemente yo siga enviando manuscritos como un monje medieval lanzando botellas al mar desde una cueva emocional.
  4. Prefiero una página honesta, aunque imperfecta, a cien páginas fabricadas únicamente para agradar al mercado. Claro que esa decisión moral tan noble tiene consecuencias: mientras otros venden novelas sobre panaderos escandinavos con traumas sentimentales, yo sigo escribiendo párrafos densos que parecen redactados por un funcionario deprimido durante una tormenta eléctrica.
  5. No rivalizo con otros escritores ni con esos premios literarios que parecen diseñados por un joyero barroco bajo los efectos del coñac. Mi verdadera aspiración es más humilde y más ridícula: que alguien lea mi blog entero sin abandonar a mitad para ponerse a ver vídeos de fontanería en YouTube. Mi lucha no es contra otros autores, sino contra mi tendencia natural a escribir con miedo, resentimiento y hambre de aprobación disfrazada de superioridad intelectual.
  6. Un manuscrito rechazado no es un cadáver. Es más bien un paciente en coma inducido al que sigo visitando con una mezcla de esperanza absurda y vergüenza clínica. Cada rechazo editorial me recuerda que el mundo quizá no estaba esperando exactamente una novela filosófica escrita por alguien que corrige adjetivos a las tres de la mañana como si estuviera desactivando explosivos.
  7. La literatura no me debe lectores, contratos ni prestigio. Y visto lo visto, parece decidida a no darme absolutamente nada de eso. Yo, en cambio, sí le debo disciplina, paciencia y respeto por cada palabra escrita, aunque algunas de ellas merecieran claramente haber sido detenidas por la policía lingüística antes de llegar al papel.
  8. Acepto que quizá nunca viva económicamente de escribir. De hecho, las probabilidades de hacerme rico parecen similares a las de convertirme en duque austrohúngaro por accidente administrativo. Pero también acepto que dejar de escribir me convertiría en algo todavía peor: una persona que habla de la novela que «podría haber escrito» mientras bebe café frío y culpa al algoritmo de todos sus fracasos.
  9. Cada libro invisible contiene una vida entera detrás: noches robadas al cansancio, dudas interminables y una obstinación que desde fuera se parece muchísimo a un trastorno obsesivo elegantemente vestido. Nadie ve las horas perdidas corrigiendo una coma como si la estabilidad de Occidente dependiera de ella. Y sinceramente, a estas alturas, ni yo mismo sé si eso es admirable o médicamente inquietante.
  10. Mientras siga escribiendo con verdad, todavía no puedo llamarme fracasado. Un fracasado auténtico probablemente tendría hobbies más saludables y una autoestima menos vinculada a párrafos subordinados. El fracaso real sería abandonar esta necesidad ridícula y persistente de decir algo auténtico, aunque luego lo lean exactamente cuatro personas y dos de ellas sean familiares obligados por compromiso genético.

PRESENTACIÓN DISPARATADA DE MI BLOG «RECUNCAR.COM» CON UNA VISIÓN SURREALISTA, EXTRAVAGANTE E IMPERDONABLE (15 DE MAYO DE 2026)

Yo no tengo un blog. Yo tengo una anomalía cuántica con dominio propio. Se llama oquintodotempo.com/ y aparece flotando en internet como un percebe metafísico agarrado a una roca emocional. Hay quien lo llama página literaria. Otros lo consideran una avería barroca del lenguaje. Mi madre todavía piensa que estoy opositando para algo.

Allí escribo textos, artículos, «noveloides», poemas en prosa y ataques de sinceridad con síntomas tropicales. Escribo porque dormir me parece una pérdida de tiempo y porque hablar solo empieza a preocupar a los vecinos cuando uno utiliza distintas voces.

Mi blog no sigue corrientes literarias. Las atropella todas. Surrealismo, expresionismo, tremendismo, dadaísmo, cubismo emocional, romanticismo de taberna, existencialismo con grelos, nihilismo de mercadillo, realismo mágico con humedad, simbolismo ferroviario y costumbrismo alucinógeno. Todo mezclado como un cocido cocinado por Kafka dentro de una lavadora industrial.

En oquintodotempo.com/ hablo del amor, claro. Ese animal viscoso que entra por la ventana disfrazado de violín y acaba viviendo en el baño, fumando tus cigarrillos y opinando sobre tus traumas. Yo conozco el amor. Una vez me llamó borracho a las cuatro de la mañana para decirme que necesitaba espacio.

También hablo de la envidia, que es el único sentimiento capaz de provocar un infarto mientras alguien sonríe educadamente. La envidia es maravillosa: convierte a un amigo en crítico literario en menos de siete segundos. Yo la observo como quien estudia un insecto venenoso dentro de una taza de café.

Y luego está Galicia. Galicia no existe realmente. Galicia es una invención atmosférica diseñada por poetas cansados y vacas filosóficas. Allí la lluvia no cae: reflexiona. La niebla conversa con los árboles. Las piedras recuerdan cosas. Los paraguas nacen muertos. El mar observa a la gente con una paciencia de psiquiatra jubilado. Yo escribo Galicia como quien escribe una carta de amor a una tormenta eléctrica.

La morriña me persigue constantemente. A veces entro en un supermercado de Madrid y me emociono delante de un repollo. Oigo una gaita a lo lejos y automáticamente necesito abrazar una farola. La saudade gallega es así: un animal húmedo que te lame el alma y luego te deja mirando la lluvia durante cuatro horas mientras piensas en un bar que cerró en 1997.

En mi blog hay tristeza, sí. Pero una tristeza elegante, con bigote y sombrero. No esa tristeza moderna que sube fotos a Instagram. La mía fuma en silencio frente al mar mientras escucha cómo crujen los muebles de la infancia.

También hay humor. Muchísimo. Humor absurdo, humor negro, humor blanco, humor beige y humor color percebe radiactivo. Porque la vida es tan ridícula que tomársela en serio debería estar prohibido por la Convención de Ginebra.

Yo describo el fracaso como otros describen puestas de sol. Tengo fracasos pequeños, medianos y familiares. Algunos vienen con música de fondo. Otros con factura. El fracaso me acompaña desde hace años y ya tenemos confianza: entra en casa sin llamar y a veces me riega las plantas.

En oquintodotempo.com/ aparecen personajes imposibles: camareros metafísicos, taxistas que citan a Nietzsche, curas con resaca mística, jubilados anarcosindicalistas, señoras capaces de destruir universos utilizando únicamente una mirada y un bolso lleno de naranjas.

Yo mismo soy un personaje sospechoso. A veces escribo como un profeta bíblico atrapado en un after de carretera. Otras veces parezco un acordeón deprimido intentando seducir a una lámpara. Nunca se sabe.

Mis textos saltan del erotismo al apocalipsis con absoluta naturalidad. Porque el deseo humano es una cosa rarísima. Uno puede sentirse profundamente espiritual mientras busca desesperadamente el cargador del móvil debajo de la cama. Yo escribo sobre sexo como quien describe un accidente ferroviario lleno de violines y mariscos.

También hay fotos comentadas. Yo no comento fotografías: las interrogo. Una simple imagen de una silla vacía puede acabar convertida en una tesis sobre la decadencia de Occidente y las croquetas industriales. Tengo una capacidad extraordinaria para exagerar cualquier detalle hasta convertirlo en una epopeya delirante.

Mi biografía literaria consiste básicamente en sobrevivir al paso del tiempo mientras transformo neurosis en párrafos decorativos. Algunos escritores buscan la belleza. Yo busco una frase que haga reír y después deje al lector mirando al techo como si acabara de descubrir que la existencia es un pulpo vestido de funcionario.

En mi blog caben los recuerdos, los delirios, las frustraciones, los amores imposibles y los imbéciles inevitables. Cabe la infancia oliendo a lluvia y detergente. Cabe la nostalgia de cosas que jamás ocurrieron. Cabe la soledad de los hoteles baratos y la alegría inexplicable de encontrar una tortilla de patatas decente en mitad del caos universal.

Porque yo escribo desde el desconcierto. Escribo como quien intenta arreglar un reloj usando una sardina. Escribo como quien baila un vals dentro de un incendio. Escribo como quien busca sentido en una servilleta manchada de vino.

A veces ni yo entiendo lo que escribo. Y eso me parece una señal magnífica. La lógica está sobrevalorada. Las mejores cosas de la vida ocurren cuando el cerebro se despista un momento y deja entrar a los fantasmas, los recuerdos y las tonterías luminosas.

Hay lectores que llegan buscando literatura y salen con la sensación de haber compartido ginebra con un semáforo existencialista. Perfecto. Esa es exactamente la experiencia.

Porque oquintodotempo.com/ no pretende ordenar el mundo. Pretende despeinarlo.

Yo no vendo felicidad, ni éxito, ni espiritualidad de taza motivacional. Yo ofrezco carcajadas melancólicas, naufragios con estilo, ironía de alta graduación y una forma bastante digna de perder el tiempo mientras afuera el universo continúa haciendo sus habituales caralladas cósmicas.

Y mientras todo el mundo corre hacia alguna parte con cara de ejecutivo angustiado, yo sigo aquí, escribiendo bajo una lámpara triste, rodeado de palabras, nostalgias, fantasmas gallegos y frases que parecen escritas por un percebe que ha leído demasiado a Valle-Inclán después de un golpe fuerte en la cabeza.

Eso es oquintodotempo.com/: un cabaret literario dirigido por la saudade, la ironía y una gaviota filosófica ligeramente borracha.

CAMISA VIEJA, CAMISA NUEVA

Hay mudanzas que no se hacen con cajas, sino con símbolos. A veces cambiar de vida empieza con algo tan simple como una camisa. Una vieja, gastada, cargada de costumbre. Otra nueva, todavía rígida, quizá un poco incómoda al principio, pero limpia, abierta a una posibilidad distinta. Entre ambas no hay solo una diferencia de tela: hay una manera de estar en el mundo. La camisa vieja conserva el olor de los días repetidos; la nueva, en cambio, trae consigo la sospecha de un comienzo.

Durante mucho tiempo uno puede vivir dentro de la camisa vieja sin notarlo. Se acostumbra al peso de lo conocido, a la forma exacta que adquiere sobre el cuerpo, a sus manchas, a sus dobleces, incluso a sus defectos. La vida también se vuelve así: una prenda que conocemos demasiado bien. Nos queda ajustada a ciertos hábitos, a ciertas renuncias, a cierta versión de nosotros que ya no responde del todo a lo que somos. Pero seguimos usándola porque da seguridad. Porque cambiar da miedo. Porque lo familiar, aunque esté gastado, parece menos peligroso que lo incierto.

Sin embargo, llega un momento en que la camisa vieja ya no abriga. Entonces el cuerpo pide aire. La conciencia también. Uno empieza a notar que hay costuras que no resisten más, que hay una vida entera metida en una costumbre que ya no alcanza. Cambiar de camisa, entonces, no es un gesto superficial. Es una pequeña declaración de independencia. Es decir: ya no quiero seguir vistiendo la misma tristeza, la misma resignación, el mismo modo de pasar por los días sin habitar realmente ninguno.

La camisa nueva no garantiza una vida mejor. No hace milagros. A veces incluso incomoda, roza, exige adaptación. Pero tiene algo valioso: todavía no ha sido vencida por la repetición. Está abierta a la forma que uno quiera darle. Y eso, en ciertos momentos de la vida, es una esperanza concreta. Cambiar de vida significa aceptar esa incomodidad inicial. Significa dejar de proteger una identidad gastada para ensayar otra más honesta, más libre, más cercana al deseo verdadero.

La transición nunca es total ni inmediata. Uno sigue llevando rastros de la camisa vieja: sus hábitos, sus miedos, sus heridas. Pero puede empezar a combinarlos con una decisión nueva. Y esa mezcla, lejos de ser una contradicción, es a menudo el verdadero cambio. Nadie se transforma de un día para otro. Cambiar de vida es un ejercicio de continuidad y ruptura al mismo tiempo: conservar lo que merece quedarse y soltar lo que ya no sostiene.

Por eso la camisa nueva simboliza algo más que renovación. Simboliza la posibilidad de elegir. Elegir no seguir igual. Elegir no conformarse con la forma en que siempre se hicieron las cosas. Elegir una existencia menos fatigada por el pasado y más disponible para el porvenir. Y aunque la tela sea la misma, aunque el gesto parezca mínimo, hay decisiones que reorganizan por dentro toda una biografía. 

RE-PRESENTACIÓN IRRACIONAL DE «RECUNCAR.COM»

Bienvenidos a este espacio donde nadie pregunta y, sin embargo, las respuestas fluyen como si alguien estuviera escuchando con atención irónica y lápiz afilado. Aquí comienza una entrevista singular: no hay entrevistador, no hay micrófono en la solapa, pero hay alguien que habla porque sí, «porque lle peta». Porque el silencio a veces necesita ser interrumpido con una confesión innecesaria.

Nuestro protagonista entra en escena como quien se sienta en una silla ya caliente que no tiene patas. Mira al vacío —que hoy hace de entrevistador imaginario— y empieza a responder las preguntas que nadie le ha hecho. Sin filtros, sin guion, sin ninguna pregunta que le justifique.

¡Hola, querido amigo que no estás presente!

¡Gracias por tener la osadía de no visitar este blog! No marches, hombre, no marches. Este no es un blog normal.

Llamarse JOSEMARIAMAIZTOGORES apunta seriedad y categoría, pero en el fondo es una «carallada». Un vecino gallego, en una madrugada ácida, me dijo que no entendía el término «carallada». Le expliqué que es «la manifestación espontánea de locura estilizada, con pretensiones estéticas o humorísticas. Suele aparecer en textos, conversaciones o momentos de inspiración absurda, y se reconoce por provocar sonrisas incómodas, pensamientos inútiles o reflexiones que nadie pidió».

Aquí no hay influencers, ni tazas motivacionales de regalo, ni palabras en inglés tipo live, laugh, love o cualquier otra, ni recomendaciones para cortarse las uñas sin ningún instrumento, ni invitaciones al plató porque no existe… Aquí hay galleguidad con denominación de origen. Disfrutarás con nuestra amante ironía y observarás un sentido del humor que podría curar hasta los males más serios del trabajo.

No voy a negar que también hay poemas serios, nacidos de lo más profundo de mi «no sentimiento».

¿Quién son yo? Un loco con múltiples personalidades. Depende del día. Un loco que quiere poner a tus pies (no se te ocurra poner el ordenador en ese lugar) toda su obra. Soy como una montaña rusa: el mismo día estoy en la cumbre de la positividad y de la alegría como me arrastro por «a merda das vacas». Es la mejor manera de entendernos tú y yo… ¿Y el resto de la gente? También. Mis textos son como una tortilla sin cebolla: simples, sinceros, y un poco provocadores.

¿Temas principales del blog? Cosas que no le interesan a nadie, pero que contadas con gracia parecen importantes.

Reflexiones filosóficas sobre «los semáforos de Ourense y su enorme personalidad». Los semáforos de Ourense no son meros artefactos urbanos. No. Son entes existenciales, testigos silenciosos de un tiempo que no corre, sino que se dilata entre el verde que nunca llega y el rojo que insiste como una declaración de principios.

Experimentos sociales como «comer caldo en agosto para ver si la abuela deja de protestar». Estudio socioculinario sobre la tolerancia térmica emocional de las abuelas gallegas ante el caldo en verano: Si uno come caldo en pleno agosto a 35º a la sombra, a las tres de la tarde, la abuela dejará de emitir quejas climatológicas y, por primera vez en la historia documentada, asentirá en silencio… aunque sea por tres segundos.

Listas absurdas como «los siete signos de que eres gallego, aunque hayas nacido en Madagascar». Por ejemplo, uno: Eres capaz de discutir durante una hora sobre el grado de ternura exacto que debe tener el pulpo, como si fuera cuestión de Estado.

Estudios científicos (totalmente inventados) sobre «la ironía como método de defensa personal». En un minucioso estudio realizado por el inexistente Instituto de Neurobuceo Aplicado de la Universidad de San Cucufato del Oeste, 327 conejillos de indias humanos fueron sometidos a situaciones sociales incómodas —como reuniones familiares con suegros opinadores y entrevistas de trabajo sin sentido— para analizar el impacto de la ironía como escudo emocional.

—«Sufrimientos emocionales que manifesté cuando me quitaron la primera muela». Fue en 1965, año glorioso de la anestesia dudosa y la empatía en baja. Entré al dentista con una muela rebelde y salí con menos piezas dentales, menos dignidad y más traumas emocionales que una sesión de psicoanálisis con Freud en ayunas.

Caralladas literarias estilo la siguiente. La tortuga entró en un bar, pidió un vino Mencía y tres cangrejos de río vestidos de filósofos griegos. El camarero, con forma de triste paraguas, la miró de reojo y le preguntó: ¿Tiene usted licencia de soñadora profesional? Ella respondió con un poema sobre semáforos rebeldes que bailan muñeiras los domingos. Todo el bar estalló en aplausos filosóficos. Y la lluvia celosa decidió escribir su novela autobiográfica en braille líquido.

Auténticas joyas del disparate con toque culto. Don Casimiro, filósofo de taberna y poeta de urinario público, escribía sus aforismos en la espuma del vermú, mientras discutía con Heidegger a través de la radio sobre las deposiciones consistentes en Ourense.

Textos irreverentes. El santo patrón del sarcasmo apareció en el espejo del ascensor y me dijo: «Confía en ti… pero no demasiado, ya te conozco» y me realizó una bendición con olor a café recalentado.

Críticas «serias» de libros inexistentes. Título imaginado: La melancolía del refrigerador vacío por Eusebio Rascatripas. Lo más destacado por inexistente: el capítulo siete, «Oda a la cebolla ausente», es una pieza lírica que debería incluirse en todo programa de estudios de filosofía aplicada.

Personajes ridículos con fondo literario. Don Anselmo es un hombre de bigote asimétrico y capa de terciopelo que lleva siempre consigo una antología de autores que nunca existieron. Habla en verso endecasílabo incluso cuando pide el pan, y corrige la sintaxis del viento con una vara de mimbre.

Microrrelatos con finales sin sentido. El perro de la familia, que no ladraba desde 1983, empezó a recitar nombres en latín. La abuela observaba desde el espejo, donde ya no tenía ojos, solo dos lunas giradas hacia adentro. Y en la radio, un locutor anunció la hora: «Son las tres de la mañana en todas las ciudades de Galicia menos en la tuya».

Recuerdos de la infancia y la juventud… De pronto, con la lectura, te viste atrapado en discusiones sobre si el narrador era fiable, si el autor vivía atormentado o simplemente no sabía usar comas. Y lo peor: empezaste a entender las letras pequeñas de los contratos. Ya no había vuelta atrás.

Y textos serios sobre el amor, la nostalgia, la desolación, el desamor, la geografía gallega… La soledad es humana porque tiene rostro: el nuestro, cuando fingimos reír, cuando decimos «estoy bien» con el tono justo para que no pregunten más. Se camufla en rutinas, se disfraza de independencia, se justifica con agendas llenas de cosas que no importan.

—Y nuevos capítulos de Hatroz, evidentemente.

¿La frecuencia de publicación? Cuando tenga tiempo, ideas, cuando el maldito wifi (por favor, pronuncia «guaifai») no me abandone o cuando me venga la inspiración de la Reina Lupa, muller de armas tomar. Publico con más regularidad que el tren A Coruña—Vigo… lo cual, siendo sinceros, tampoco es muy difícil. Quien lo probó lo sabe. Lo mismo con el AVE Santiago—Oporto, que no existe.

¿Objetivo final? Que te rías, me odies o me ames. O que pienses «vaya chorrada, pero nos hacen falta estas tonterías». Porque en el fondo, este blog es como ese vecino del quinto que nunca está bien de la cabeza, pero que siempre tiene una frase que te alegra el día. Si te gusta el sentimiento gallego, la ironía, el dolor emocional y reírte de ti mismo o de mí (o de la vida en general), este blog es como la lluvia: viene sin avisar, te moja por dentro, y a veces acaba en fiesta…o desgracia.

¿Qué razones tengo para publicarlo?

Porque hoy, querido lector, lloré los siete mares. Sí, lloré. Y mucho. Pero no por un amor perdido, ni por el descalabro de la filosofía existencial, ni porque no «depusiera sólido» el perro del vecino. No. Lloré porque el pan de mi empanada estaba seco.

Seco como mis sentimientos cada vez que recibo un mensaje que me dice: «adiós, plasta, adiós» y nada más. ¡Eso no es mensajería, eso es terrorismo emocional!

Después de un llanto tan triste, escribí en la cama un texto caralludo: Lloro, sí… pero no tanto por amor. El amor es una mierda. Lloro por cosas serias. Parece que cogí la cebolla que había cortado ayer en el baño. Estoy ahogado en pensamientos… y no he sido capaz de pensar en mi propia ducha, porque olvidé que hoy había corte de agua de 7 a 10. Luego miré el móvil: nada personal. Solo el guasap del grupo «carallóns» diciendo «Hola, salí de la Xunta y marcho para casa porque no me han elegido presidente». Pienso en una declaración de amor y quiero escribirle un poema, pero el corrector automático transforma «dolor» en «doctor» y ahora parece que sufro, sí… pero con estilo. Suspiro tan fuerte que la cámara de mi ordenador viaja por la ventana a la velocidad del sonido. Ya no te puede ver.

¿Alguien me pidió que escribiera un blog? Nadie contesta. Y cada lágrima que me cae en el teclado… rebota como un balón de fútbol gallego y me hace llorar más. Pero no me mires así, yo también soy complejo. Soy gallego: mitad lluvia, mitad sentimiento, y un cien por cien indeciso. El otro día me preguntaron: «Tienes frío?» Y yo respondí:

«No sé, el cuerpo me dice que sí, pero el alma dice que está bien». ¡Coño!, pues ponte a escribir un blog. Y así fue. Borré los existentes.

Último argumento. Así vivimos: con bufanda y contradicción. Intento hacer meditación y escribir… pero en mi cabeza hay un cuarteto de gaitas tocando la «Muiñeira de la ansiedad». Quise probar el yoga… Acabé en posición fetal, abrazado al radiador, diciendo: «¡Oh, Dios, qué estrés!». Pero yo sigo adelante. Porque si voy a llorar, que sea por cortar cebolla haciendo un caldo con marisco, no por amores que se escapan como el wifi cuando más lo necesitas. Y se caen lágrimas, que caigan sobre un plato de pulpo. Que así por lo menos tienen donde remojar. ¡Ah! Si has llegado hasta aquí, es que has entrado por la puerta grande de mi blog.

Estoy más que preparado para repartir diversión, tristeza, sarcasmo, y unas buenas dosis de ingenio. Aquí puedes contar conmigo para cosas útiles, inútiles o absurdamente necesarias. La clave está en mezclar el universo literario con la irreverencia y el sentido del humor gallego. Te pido un chisco de inteligencia, mucha ironía y libertad total para mandarme a sembrar patacas. ¡Gracias!