«A LA SOMBRA DEL VERBO»

LA NUBE NEGRA

La Nube Negra no llega haciendo ruido, no. No anuncia su entrada, no rompe nada, no grita. Solo aparece. 😶‍🌫️🤯⛈️. Se instala despacio, a traición. Llega como un gato negro en la noche, como una idea negativa que se me cuela y se instala sin aviso, como un susurro que apenas siento, pero lo invade todo, como la niebla que llega sin ruido y, cuando la noto, ya está conmigo jodiéndome la vida, como una sombra espesa que empieza cubriendo los bordes del día hasta dejarlo todo bajo una misma oscuridad.

La Nube Negra no siempre duele de forma visible. A veces no tiene forma de llanto ni de derrumbe. A veces se parece más al silencio. A una fatiga honda, antigua, difícil de explicar. A la sensación de cargar un peso que nadie ve, pero que me aplasta igual. Camino con el cuerpo lleno de plomo. Abro los ojos por la mañana y siento que el día ya empieza perdiendo.

La Nube Negra no solo me entristece. Me desgasta. Me aísla. Me desordena. Me apaga. Me enturbia. Me agota. Me enmudece. Me encierra. Me confunde. Me drena. Me astilla. Me silencia. Me desarma. Me contrae. Me niebla.

La Nube Negra va borrando el contorno de las cosas que antes tenían sentido para mí. Lo que antes era refugio ahora es ruido. Lo que antes eran horas ante un papel ahora es una repleta papelera de hojas en blanco. Lo que antes era deseo ahora es esfuerzo. Lo que antes era simple, ahora parece imposible. Comer, responder un mensaje, sostener una conversación, ducharme, salir de la cama, escribir un texto, leer un libro… Todo se convierte en una tarea desmedida, absurda, agotadora. Y lo más cruel es que desde fuera no siempre se nota. Nadie lo nota.

La Nube Negra sabe disfrazarse. Sabe poner una cara funcional encima de mi derrumbe. Sabe, arteramente, hacer de mí una persona que sonríe mientras por dentro apenas sostiene los restos de sus efectos. Sabe enseñar una versión presentable de mi dolor para que nadie haga demasiadas preguntas. Y mientras tanto, por dentro, todo sigue cayéndose.

La Nube Negra también deforma mi pensamiento. Lo vuelve hostil. Lo llena de una crueldad íntima que no da tregua. Bajo su sombra, empiezo a desconfiar de todo: de mi valor, de mi fuerza, de mi lugar en el mundo. Todo se vuelve duda. Todo se vuelve culpa. Todo se vuelve insuficiencia. Mi mente deja de ser casa y se convierte en un sitio difícil de habitar.

Hay días en los que la Nube Negra no parece tristeza, sino vacío. Un vacío seco, inmóvil, sin dramatismo. No pasa nada, y sin embargo me duele todo. Una ausencia total de entusiasmo. Una distancia feroz conmigo mismo, con los otros, con la vida. Como si todo ocurriera detrás de un vidrio. Como si yo siguiera aquí, pero cada vez menos.

Lo más doloroso de la Nube Negra no es solo lo que pesa, sino lo que me arranca. Me arranca el impulso. Me arranca la ternura. Me arranca el apetito por el mundo. Me arranca la versión de mí mismo que recuerda cómo vivir sin este cansancio feroz. Y entonces no solo sufro lo que siento: también sufro la nostalgia de quien era antes.

Vivir bajo la Nube Negra es intentar explicarle al mundo un dolor que no sangra, pero consume. Una enfermedad que no me mata, pero no me deja vivir. Es sentir culpa por no poder con lo que otras personas hacen sin pensar. Es agotarme fingiendo normalidad. Es querer desaparecer del ruido, del esfuerzo, de mí mismo. No por falta de amor, no por ingratitud, no por debilidad, sino por cansancio. Por un cansancio tan hondo que a veces se confunde con el final.

Y aun así, aquí estoy. Debajo de la Nube Negra. La nombro. Sostengo como puedo este peso sin forma. Atravieso una oscuridad que no elijo, pero que me toca habitar. Digo, aunque me cueste, que esto duele. Que duele de verdad. Que hay días en que sobrevivir ya es todo el trabajo del mundo. 

EL LABORATORIO HUMANO

El metro de Madrid es un laboratorio humano fascinante: solidaridad, prisas, cansancio… y también pequeñas miserias cotidianas. Algunas escenas de mala educación son tan frecuentes que ya forman parte del paisaje urbano.

El clásico: el dueño de la barra

Probablemente el gesto más irritante para muchos viajeros. Personas que se apoyan completamente sobre las barras de agarre, impidiendo que otros puedan sujetarse. Metro de Madrid ha tenido que pedir públicamente civismo por esta práctica.

No creo que sea pura maldad; muchas veces es ensimismamiento absoluto. El móvil ha convertido a algunos pasajeros en estatuas apoyadas en el vagón. Pero sigue siendo una forma bastante egoísta de ocupar espacio compartido.

El móvil en altavoz: el villano moderno

Vídeos de TikTok, notas de voz eternas, música trap sonando como si el vagón fuera un chiringuito. Las quejas son constantes y el propio Metro ha recordado que estas conductas no están permitidas.

Es quizá la forma más representativa de la mala educación contemporánea: mi entretenimiento importa más que tu tranquilidad. Antes la gente invadía espacio físico; ahora invade espacio sonoro.

Los que bloquean la salida

Las puertas se abren y ahí están: pasajeros intentando entrar antes de dejar salir. Se produce una especie de scrum rugbístico absurdo.

Esto me parece especialmente irracional porque además perjudica al propio infractor. Retrasa todo y genera tensión innecesaria. Es el triunfo de la impaciencia de dos segundos.

Mochilas asesinas en hora punta

Mochilas gigantes golpeando caras y costillas mientras su propietario gira alegremente sin quitársela. Metro lleva años recomendando llevarlas delante o en el suelo.

Aquí influye mucho la desconexión social urbana: mucha gente actúa como si viajara sola dentro de una burbuja privada.

Los spreaders del asiento

El equivalente ferroviario del macho alfa territorial: piernas abiertas ocupando asiento y medio mientras los demás van encogidos.

Más que mala educación consciente, suele ser falta total de percepción del otro. Pero cuando el vagón va lleno, resulta bastante agresivo visualmente.

Escenas más desagradables

También aparecen episodios más serios: insultos, discusiones agresivas, xenofobia o amenazas entre viajeros. Algunos incidentes recientes se hicieron virales en redes.

Aquí ya no hablamos de descortesía sino de deterioro del clima social. El metro concentra estrés, anonimato y saturación; cuando alguien explota, el vagón entero se convierte en espectador incómodo.

El fenómeno curioso: nadie dice nada

Lo más llamativo del metro madrileño no es solo la mala educación, sino el silencio colectivo. Mucha gente se molesta, muy poca confronta.

Creo que el metro de Madrid sigue siendo relativamente funcional y seguro. No tiene el nivel de agresividad de algunos suburbanos internacionales. Pero sí refleja un problema muy moderno: la erosión de las normas mínimas de convivencia.
No hace falta heroísmo cívico; bastaría con pequeñas renuncias al egoísmo cotidiano: quitarse la mochila, usar auriculares, dejar salir, mirar alrededor…

La buena educación en el transporte público no consiste en ser amable; consiste en recordar que uno comparte espacio con cientos de desconocidos. Y eso, en una gran ciudad, es casi una forma de civilización.

VELETA DE PAPEL

La frase «¿Qué hay de nuevo, viejo?» es una expresión muy conocida del español que se usa de modo informal y humorístico para saludar, en este caso, a un público que está al otro lado del ordenador. Se popularizó gracias al personaje de Bugs Bunny en los dibujos animados de Looney Tunes, cuya frase original en inglés es: «What’s up, doc?» (¿Eh? Bilingüismo puro y duro). En español se adaptó como «¿Qué hay de nuevo, viejo?», y quedó como una forma divertida de saludar, de iniciar conversación o de establecer un contacto.

Bubka se me queda pequeño con los saltos de pértiga y Duplantis está ahí, ahí. Pero prefiero a Julio Iglesias cuando dice, lleno de orgullo, «soy un truhán, soy un señor»; por lo que confieso que, a la hora de escribir, no soy un hombre de palabra; es decir me arrimo al sol que más calienta con un desparpajo inimitable. Menos mal que tengo alergia al sol… Por eso, mi gente me llama Draculín.

Soy, más bien, un vestidor ambulante de palabras, un probador de decisiones, un maniquí con ansiedad narrativa, un verdulero que se lee el Quijote un día sí y otro también o un taimado escritor que pretende convencerte sin que te des cuenta.

En mi casa no tengo un armario: tengo un catálogo de chaquetas de lo más variopinto para cada estado de ánimo, para cada giro argumental y, por supuesto, para cada contradicción pública. Ya conoces el dicho español: Donde dije digo, digo Diego… pero con una americana distinta. Puedo cambiarme a lo largo de un día una docena de veces. Y me quedo corto, seguro.

Otra vertiente más culta apunta a que yo utilizo una fórmula de corrección rápida. En la antigüedad, cuando alguien cometía un error en un discurso o en un documento legal, en lugar de tachar o admitir la mentira, utilizaba la rima para camuflar el cambio de versión como si fuera una simple aclaración fonética. Modelo habemus.

Hace exactamente tres días me enfundé la chaqueta negra del dramatismo elegante. Esa que huele a despedida definitiva, a cierre meditado, a «he venido aquí a decirte algo importante y, por favor, respeta mi silencio». Escribí un texto impecable. Sobrio. Con citas. Con ese tono ligeramente funerario que invita al lector a asentir con gravedad, como si estuviera en un velatorio literario. Dije que cerraba el blog, que bajaba la persiana, que apagaba la luz. Incluso diría que me fui dando un portazo suave, de esos que suenan a decisión madura. Hace tres días exactamente.

Y hoy… hoy aparezco con una chaqueta fosforita, haciendo palmas, diciendo: «¡Que no, que era broma, que me habéis entendido mal!».

Lo mío no es incoherencia, es cambio de vestuario. Rápido. Frenético. Casi coreografiado. Si alguien entrara en mi casa pensaría que convivo con quince versiones de mí mismo discutiendo frente al espejo: uno dramático, otro entusiasta, uno que dice que se despide, otro que encarga churros… Y todos compartiendo el mismo perchero.

He ejecutado una voltereta digna de Hugo Sánchez, sí, pero con cambio de chaqueta en el aire. Eso ya no es deporte: eso es circo. Y yo soy el payaso que primero anuncia su retirada del espectáculo… y a los diez minutos reaparece con nariz nueva y otro número aún mejor.

Porque esa es otra: me encanta anunciar finales. Me fascinan. Me ponen a cien. No me vienen grandes, me quedan estupendos. Me los pruebo como quien se prueba abrigos en rebajas: «Uy, este cierre definitivo me estiliza muchísimo». Y claro, luego pasa lo que pasa: que a las dos horas me veo en el espejo y digo: «Igual me he precipitado. Esto pica. Este no soy yo. ¿No tengo algo más… abierto?».

Balzac, en Papá Goriot, dibuja a Jacques Collin, alias Vautrin, como un genio de la manipulación. No es solo un criminal; es un camaleón que cambia de identidad, de valores y de amigos dependiendo de qué le convenga para ascender socialmente o escapar de la ley. Su lealtad es exclusivamente para consigo mismo.

También he pensado en ese político que dimite a las nueve de la mañana con gesto grave y a las nueve y cinco minutos ya está matizando. Ese que escribe «renuncio irrevocablemente» y, tres líneas después, añade «seguiré al frente hasta que se resuelva la situación». Situación que él ha creado. Ese equilibrio imposible entre irse y quedarse, entre cerrar y poner la puerta entornada. Yo no solo lo entiendo: lo admiro. Es más, lo estoy practicando con entusiasmo amateur.

Y si me pongo literario —porque claro, me pongo—, lo mío empieza a oler peligrosamente a Hamlet en versión bloguera: cerrar o no cerrar, esa es la cuestión… durante 72 horas exactas. Ni tragedia ni dilema existencial: lo mío es indecisión con wifi.

Pero volvamos a las chaquetas, que es donde está la verdad. Tengo la chaqueta del «hasta aquí hemos llegado», la del «necesito parar», la del «esto se acaba con dignidad», la del «como no se enteran»… y justo al lado, colgada, planchadita, la del «bueno, tampoco era para tanto», la del «igual sigo un poco más», la del «¿y si escribo algo cortito como este texto?». Soy capaz de cambiarme tres veces antes del desayuno y otras cuatro antes de publicar.

Lo más fascinante es que con cada una me creo completamente mi verbo. Cuando escribí el cierre, era verdad. No estaba actuando (bueno, un poco sí, pero con método). Sentía cada palabra, cada cita, cada punto final. Y ahora, escribiendo esto, también es verdad. Igual de verdad. Igual de sentido. Solo que con otra chaqueta. Si esto no es talento, al menos es versatilidad.

En Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, Scarlett O’Hara es una experta en cambiar de criterio según la necesidad del momento. Puede pasar de despreciar a los yanquis a casarse con uno por dinero, o de jurar amor eterno a Ashley a perseguir a Rhett, todo en función de qué le garantice no volver a pasar hambre. Su brújula no es el honor, sino la supervivencia.

Y por supuesto, yo me río de mí mismo. ¿Cómo no hacerlo? Soy el único capaz de escribir un epitafio para su propio blog… y luego aparecer tres días después quitándole el polvo a la lápida diciendo: «Perdón… ¿Esto sigue libre?».

Soy ese tipo que se despide en la puerta, baja un tramo de escaleras, vuelve a subirlas porque se ha olvidado las llaves… y ya se queda a tomar un café. Piensa que soy gallego y aquello de la escalera lo llevo a sangra y tinta.

Mi credibilidad, por cierto, está en la lavadora, junto con varias chaquetas que ya no sé si combinan con algo. Pero tampoco pasa nada. Nunca aspiré a ser coherente; aspiro a escribir bien y con xeito mis incoherencias. Y en eso, modestamente, creo que mantengo el nivel.

En una obra de Shakespeare, el personaje colectivo de «La Multitud» (especialmente en Julio César) es el mejor ejemplo de cambio de criterio récord. En el funeral de César, pasan de vitorear a Bruto por asesinar al «tirano» a querer quemar su casa tras escuchar el discurso de Marco Antonio, todo en un lapso de tiempo asombrosamente corto.

«La fortuna es como el cristal: cuanto más brilla, más frágil es». Proverbio latino que estos personajes parecen llevar tatuado.

Así que no, el blog no se cierra. O sí. O bueno, hoy no. Hoy no toca. Hoy toca esta versión de mí, con esta chaqueta, con este ánimo, con esta risa medio avergonzada. Mañana ya veremos qué me pongo.

No prometo estabilidad. Prometo vestuario.

Y si en unos días vuelvo a despedirme, no lo dudéis: será con otra chaqueta, otro tono solemne y probablemente otra cita bien escogida. Y, con un poco de suerte, también volveré a desdecirme.  Porque al final, yo no cambio de opinión. Cambio de chaqueta. Constantemente. ¿Os gusta esta? 

APUNTES DE UNA LUCIDEZ CREPUSCULAR

Hay una hora del día en la que todo parece volverse más verdadero. No porque las cosas cambien, sino porque la luz se retira y deja ver los contornos de lo que antes se confundía con el ruido. Esa hora intermedia, entre la tarde y la noche, tiene algo de confesión y algo de balance. En ella, la vida se vuelve una superficie silenciosa donde cada gesto parece pedir explicación. A eso podría llamarse lucidez crepuscular: una claridad que no nace del sol alto, sino de su cansancio.

Con el paso del tiempo aprendemos que no todo lo que importa hace ruido. Hay pérdidas que llegan sin ceremonia, como si el mundo se limitara a mover apenas una silla. Hay victorias que no se celebran porque su verdadero sentido se descubre mucho después. Y hay días enteros que pasan sin dejar huella visible, aunque en secreto nos hayan ido cambiando. El tiempo trabaja así: no rompe de golpe, erosiona. No derriba, desgasta. No anuncia, pero insiste.

Mirar atrás con lucidez no consiste en idealizar lo que fuimos ni en condenarlo. Consiste, más bien, en aceptar que la vida no tuvo un solo significado, sino muchos, y que algunos solo aparecen cuando ya no podemos volver a vivirlos. Recordar, entonces, no es volver a habitar el pasado, sino entender de qué manera nos habita todavía. Las personas que amamos, los errores que repetimos, las promesas que no cumplimos, todo eso permanece de alguna forma en nosotros, como una luz tenue detrás del vidrio.

La edad trae una forma distinta de mirar. Menos impaciente, quizá, pero también más exacta. Uno deja de pedirle al futuro que resuelva todo y empieza a comprender que cada etapa tiene su propia música. La juventud cree que el tiempo es una extensión infinita; la madurez descubre que es una sustancia delicada, casi frágil. Por eso cada tarde que cae tiene algo de recordatorio. Nos dice que nada se conserva intacto, que incluso la alegría tiene fecha de transformación, y que envejecer no es solamente perder fuerzas, sino aprender a habitar las sombras con menos miedo.

La lucidez crepuscular no es resignación. Es una forma de ver sin engaño y sin soberbia. Permite reconocer que la vida no fue como esperábamos, pero tampoco fue en vano. Permite agradecer sin ingenuidad y lamentar sin dramatismo. Y, sobre todo, permite entender que el paso del tiempo no nos roba únicamente cosas: también nos entrega una mirada más honda, una especie de paciencia interior que antes no teníamos.

Tal vez la verdadera sabiduría no sea otra cosa que esto: aprender a mirar el ocaso sin confundirlo con el final. Saber que la sombra no anula la forma, sino que la revela. Y aceptar que, mientras el día se apaga, todavía queda una claridad suficiente para comprender, aunque sea un poco, quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo. 

RE-PRESENTACIÓN RACIONAL DE «RECUNCAR.COM»

Ponerle puertas al campo es imposible. Lo mismo ocurre con Internet, donde coexisten tratados filosóficos, tutoriales para doblar camisetas, consejos de curanderos o falsos médicos, mil recetas de bizcochos o un sinfín de páginas para encontrar una pareja perfecta. ¿Cuánto tardamos en acudir a esa multitudinaria fuente de sabiduría colectiva para buscar una información, una opinión o unas recomendaciones? Cero.

Cuando joven, si no tenías un familiar con un saber enciclopédico, una vasta biblioteca en casa o una buena enciclopedia, ¿dónde encontrar datos objetivos sobre el conflicto interracial en el continente africano, información veraz sobre Mahatma Gandhi, consejos para resolver difíciles problemas de física, realizar con éxito arduas traducciones de latín o instrucciones para tontos de cómo arreglar una lavadora en el mes de agosto? Hoy en día, sería «una falta de respeto o una pavada» no recurrir a la eficiencia contemporánea que supone internet. Además, gratis. Sin que nadie se entere y a cualquier hora. Sin contraseña ni bibliotecario de por medio. Lo maravilloso de esta «democratización» del conocimiento es que ya no importa tanto si el texto es profundo, riguroso o siquiera veraz; lo importante es que está ahí, accesible para todos, flotando entre recomendaciones gatunas y tutoriales para programar un teléfono que viene sin instrucciones porque se pone en marcha «por intuición».

José María, tienes que ser breve. Maldita tu tendencia a la paráfrasis. Menos es más… y tus lectores lo agradecerán con menos bostezos.

¿Qué beneficios vas a encontrar como lector en este blog?

Al reconstruir recuerdos pasados, inventados o no, y reflexionar sobre ellos, yo me enfrento a mi propia historia, entendiendo mis motivaciones, mis miedos, mis errores, mis deseos, mis teimas («obsesiones» en gallego), mis valores (si los tengo), mis amores… Es una forma de mirar hacia adentro intentando vencer mi asociabilidad, mi timidez y mi pudor, que tanto me persiguen «ab immemorabili tempore» de forma sigilosa como un perro de caza huele una pieza a muchas leguas de distancia.

«Hatroz» no es una autobiografía al uso. No cuenta mi vida al pie de la letra porque, si lo hiciera así, sería mucho más interesante una pantomima sobre las costumbres y hábitos de un mosquito cenzalino. Pretende el narrador referir correrías y peripecias de un personaje llamado Rafo. En algunas ocasiones, vivirá o sufrirá andanzas que tú, lector avezado, en ellas me verás a mí como un «protagonista disfrazado». Juego con una ambigüedad muy diseñada para dejar que tú, conocedor de mi palabra, sospeches sin poder confirmar la veracidad de lo relatado por el narrador. Esto me permite, a un mismo tiempo, que tú hagas una lectura más rica y yo proteja mi identidad real detrás de Rafo y del narrador. Incluir en el protagonista características claramente distintas o incluso hacerle vivir aventuras indeseables que el autor no ha protagonizado desvía la sospecha de que sea un alter ego. Narrar en tercera persona crea una barrera entre el narrador y el protagonista, haciendo menos evidente la construcción subjetiva que un «contador de historias» tiene sobre sí mismo. Escribir sobre experiencias propias, verdaderas o no, preserva momentos significativos que podrían desvanecerse con el tiempo. Este blog se convierte en un archivo íntimo que atesora la esencia de lo vivido por mí. Los rasgos autobiográficos aportan una verosimilitud ficticia difícil de conseguir con ficción pura. Esto enriquece la textura del relato y permite una conexión más genuina con el lector y una mayor libertad creativa.

Espero que te guste. Gracias por leerme.

Los libros que yo he escrito desde el año 1995 «hasta mañana mismo» en los que, bien con poemas en prosa, bien con textos en prosa o bien artículos expreso sentimientos, fracasos, visiones retrospectivas de Galicia, definiciones subjetivas y bárbaras de palabras, ejemplos de la retranca gallega y todo lo que sea poner negro sobre blanco.

En los poemas en prosa escritos en castellano hay una persistencia de ciertos asuntos que regresan como regresan los pájaros a la rama seca: el amor y sus ruinas, la soledad como patria portátil, el tiempo pasando con la paciencia de un verdugo y la nostalgia, que no siempre mira hacia atrás con dulzura, sino con esa mezcla de cuchillo y caricia que tienen las cosas perdidas. En esos textos, el amor rara vez comparece limpio; llega herido, tardío, a veces apenas como un rescoldo. La memoria, por su parte, no actúa como archivo sino como niebla: deforma, embellece, borra y devuelve. Hay en esa prosa un intento de fijar lo fugitivo, de sentar a la mesa lo que ya se ha ido, de poner nombre al temblor antes de que desaparezca.

Escribo la poesía en gallego escribe una herida antigua y fértil: la de quien ama lo que se aleja. La morriña no es aquí simple melancolía, sino una forma de conocimiento; una manera de mirar el mundo sabiendo que toda belleza contiene ya su pérdida. El amor, la soledad, el desarraigo y la nostalgia se vuelven en gallego materia especialmente dúctil, como si la lengua conservase una humedad primitiva para nombrar lo íntimo. Hay en ella una música de lluvia contra la piedra, de casas vacías, de puertos al atardecer, de madres que esperan, de hombres que se marchan y de sombras que regresan tarde. El gallego, cuando nombra la ausencia, no la corrige: la acompaña. Y en esa fidelidad a lo perdido encuentra una de sus formas más hondas de belleza.

La escritura me permite canalizar emociones intensas que no he sabido superar. Puede convertirse en un espacio seguro para hablar de aquello que me cuesta expresar oralmente. Tengo que lograr que cuando escriba este blog no ver en la pantalla del ordenador a un posible lector.

Poner la vida por escrito permite construir una narrativa, en este caso incoherente, sobre quién soy y sobre lo que yo he llegado a ser. Esto es especialmente valioso en momentos de cambio o búsqueda personal.

La vida cotidiana, cuando se escribe, adquiere tintes simbólicos. Un objeto, un lugar, una conversación banal pueden cargarse de significado al reinterpretarse a través del texto. Pueden gustar y «santificarme» o enviarlas directamente a la papelera de reciclaje.