Ponerle puertas al campo es imposible. Lo mismo ocurre con Internet, donde coexisten tratados filosóficos, tutoriales para doblar camisetas, consejos de curanderos o falsos médicos, mil recetas de bizcochos o un sinfín de páginas para encontrar una pareja perfecta. ¿Cuánto tardamos en acudir a esa multitudinaria fuente de sabiduría colectiva para buscar una información, una opinión o unas recomendaciones? Cero.
Cuando joven, si no tenías un familiar con un saber enciclopédico, una vasta biblioteca en casa o una buena enciclopedia, ¿dónde encontrar datos objetivos sobre el conflicto interracial en el continente africano, información veraz sobre Mahatma Gandhi, consejos para resolver difíciles problemas de física, realizar con éxito arduas traducciones de latín o instrucciones para tontos de cómo arreglar una lavadora en el mes de agosto? Hoy en día, sería «una falta de respeto o una pavada» no recurrir a la eficiencia contemporánea que supone internet. Además, gratis. Sin que nadie se entere y a cualquier hora. Sin contraseña ni bibliotecario de por medio. Lo maravilloso de esta «democratización» del conocimiento es que ya no importa tanto si el texto es profundo, riguroso o siquiera veraz; lo importante es que está ahí, accesible para todos, flotando entre recomendaciones gatunas y tutoriales para programar un teléfono que viene sin instrucciones porque se pone en marcha «por intuición».
José María, tienes que ser breve. Maldita tu tendencia a la paráfrasis. Menos es más… y tus lectores lo agradecerán con menos bostezos.
¿Qué beneficios vas a encontrar como lector en este blog?
Al reconstruir recuerdos pasados, inventados o no, y reflexionar sobre ellos, yo me enfrento a mi propia historia, entendiendo mis motivaciones, mis miedos, mis errores, mis deseos, mis teimas («obsesiones» en gallego), mis valores (si los tengo), mis amores… Es una forma de mirar hacia adentro intentando vencer mi asociabilidad, mi timidez y mi pudor, que tanto me persiguen «ab immemorabili tempore» de forma sigilosa como un perro de caza huele una pieza a muchas leguas de distancia.
«Hatroz» no es una autobiografía al uso. No cuenta mi vida al pie de la letra porque, si lo hiciera así, sería mucho más interesante una pantomima sobre las costumbres y hábitos de un mosquito cenzalino. Pretende el narrador referir correrías y peripecias de un personaje llamado Rafo. En algunas ocasiones, vivirá o sufrirá andanzas que tú, lector avezado, en ellas me verás a mí como un «protagonista disfrazado». Juego con una ambigüedad muy diseñada para dejar que tú, conocedor de mi palabra, sospeches sin poder confirmar la veracidad de lo relatado por el narrador. Esto me permite, a un mismo tiempo, que tú hagas una lectura más rica y yo proteja mi identidad real detrás de Rafo y del narrador. Incluir en el protagonista características claramente distintas o incluso hacerle vivir aventuras indeseables que el autor no ha protagonizado desvía la sospecha de que sea un alter ego. Narrar en tercera persona crea una barrera entre el narrador y el protagonista, haciendo menos evidente la construcción subjetiva que un «contador de historias» tiene sobre sí mismo. Escribir sobre experiencias propias, verdaderas o no, preserva momentos significativos que podrían desvanecerse con el tiempo. Este blog se convierte en un archivo íntimo que atesora la esencia de lo vivido por mí. Los rasgos autobiográficos aportan una verosimilitud ficticia difícil de conseguir con ficción pura. Esto enriquece la textura del relato y permite una conexión más genuina con el lector y una mayor libertad creativa.
Espero que te guste. Gracias por leerme.
Los libros que yo he escrito desde el año 1995 «hasta mañana mismo» en los que, bien con poemas en prosa, bien con textos en prosa o bien artículos expreso sentimientos, fracasos, visiones retrospectivas de Galicia, definiciones subjetivas y bárbaras de palabras, ejemplos de la retranca gallega y todo lo que sea poner negro sobre blanco.
En los poemas en prosa escritos en castellano hay una persistencia de ciertos asuntos que regresan como regresan los pájaros a la rama seca: el amor y sus ruinas, la soledad como patria portátil, el tiempo pasando con la paciencia de un verdugo y la nostalgia, que no siempre mira hacia atrás con dulzura, sino con esa mezcla de cuchillo y caricia que tienen las cosas perdidas. En esos textos, el amor rara vez comparece limpio; llega herido, tardío, a veces apenas como un rescoldo. La memoria, por su parte, no actúa como archivo sino como niebla: deforma, embellece, borra y devuelve. Hay en esa prosa un intento de fijar lo fugitivo, de sentar a la mesa lo que ya se ha ido, de poner nombre al temblor antes de que desaparezca.
Escribo la poesía en gallego escribe una herida antigua y fértil: la de quien ama lo que se aleja. La morriña no es aquí simple melancolía, sino una forma de conocimiento; una manera de mirar el mundo sabiendo que toda belleza contiene ya su pérdida. El amor, la soledad, el desarraigo y la nostalgia se vuelven en gallego materia especialmente dúctil, como si la lengua conservase una humedad primitiva para nombrar lo íntimo. Hay en ella una música de lluvia contra la piedra, de casas vacías, de puertos al atardecer, de madres que esperan, de hombres que se marchan y de sombras que regresan tarde. El gallego, cuando nombra la ausencia, no la corrige: la acompaña. Y en esa fidelidad a lo perdido encuentra una de sus formas más hondas de belleza.
La escritura me permite canalizar emociones intensas que no he sabido superar. Puede convertirse en un espacio seguro para hablar de aquello que me cuesta expresar oralmente. Tengo que lograr que cuando escriba este blog no ver en la pantalla del ordenador a un posible lector.
Poner la vida por escrito permite construir una narrativa, en este caso incoherente, sobre quién soy y sobre lo que yo he llegado a ser. Esto es especialmente valioso en momentos de cambio o búsqueda personal.
La vida cotidiana, cuando se escribe, adquiere tintes simbólicos. Un objeto, un lugar, una conversación banal pueden cargarse de significado al reinterpretarse a través del texto. Pueden gustar y «santificarme» o enviarlas directamente a la papelera de reciclaje.
