«A LA SOMBRA DEL VERBO»

REÍRME DE MÍ MISMO

Reírme de mí mismo es, probablemente, la única forma elegante de admitir que no siempre doy la talla… y aun así sigo adelante como si nada. Saber reírme de mí mismo me ayuda a no tomarme todo tan en serio. He cometido suficientes errores como para montar un museo, pero al menos ahora cobro entrada en forma de anécdotas. Hay días en los que mi torpeza alcanza niveles casi artísticos, y en lugar de ocultarla, la exhibo con cierto orgullo absurdo. Porque si voy a tropezar, mejor hacerlo con estilo y una sonrisa. Al fin y al cabo, nadie puede ridiculizarme mejor que yo mismo, y eso me da una ventaja competitiva bastante peculiar. Reírme de mis meteduras de pata no las borra, pero las vuelve más llevaderas… y, de paso, más entretenidas. Así que, si encuentras algo cuestionable en lo que sigue, tranquilo: seguramente ya me he reído antes que tú.

Versión 1

Tengo barriga, sí, y no es ningún accidente ni descuido vergonzoso. Está ahí porque ha sido cultivada con constancia, con devoción casi artística, a base de brindar, repetir y celebrar. Nada de esa pereza que tanto os gusta imaginar ni de excesos grotescos. Lo mío tiene más que ver con una fidelidad alegre a la espuma y al momento compartido. Mientras otros se empeñan en comprimirse en moldes estrechos, tensando el vientre como si la vida fuera una competición de sequedad, yo llevo esta curva con cierta dignidad, como quien acepta que la cebada también deja huella… y qué huella.

Porque no, no es una simple panza. Es más bien una especie de archivo viviente, un escudo dorado donde han quedado registradas las pequeñas victorias de cada ronda, cada charla larga, cada risa que se alargó más de la cuenta. Y ahí sigue, resistiendo al tiempo con una serenidad que ya quisieran muchos. Así que adelante, criticad si queréis, vosotros, los enjutos, los disciplinados hasta el bostezo. Contad vuestra historia de privaciones. Yo, mientras tanto, me permito el lujo de reír sin prisa, con amplitud… y de seguir brindando por esta gloriosa redondez.

Versión 2

Decís muchas cosas de mi barriga, con esa facilidad que da hablar de lo ajeno cuando el juicio va justo de equipaje. Os recreáis señalando, ampliando el defecto como si fuera una hazaña, y sin embargo pasáis de largo ante lo evidente: lo vuestro también está ahí, bien alimentado, cuidadosamente disimulado bajo capas de excusas y posturas estudiadas. Tenéis el espejo delante, pero preferís usarlo como decoración. Cada cual se vende como delgado por convicción, mientras esconde su pequeño tonel con una dignidad bastante frágil.

La diferencia es sencilla y, a estas alturas, casi elegante: la mía no se esconde. Se presenta sin rodeos, sin esa hipocresía tan trabajada que os gusta cultivar. Es redonda, sí, pero también honesta; fruto de momentos disfrutados y no de negaciones impostadas. En cambio, la vuestra vive en ese terreno incómodo entre la envidia y la negación: ni se permite el placer ni tiene el valor de admitirlo. Una especie de virtud fantasma que se desvanece en cuanto aparece una copa y deja al descubierto todo el teatro.

Así que quizá convendría bajar un poco el tono. Porque al final, expuesta al sol y sin disfraces, mi barriga tiene algo que la vuestra no alcanza: coherencia. Y, sobre todo, una tranquilidad que no depende de fingir hambre para parecer mejor.

DECÁLOGO DE «ME GUSTA» / «NO ME GUSTA»

«ME GUSTA»

  1. Me gusta el café antes de que el mundo empiece a opinar y a decirme lo que tengo que ponderar y lo que tengo que denostar. Voto por los librepensantes y no por los «manoseados mentalmente» como plastilina.
  2. Me gusta abrir un libro, el que yo quiera, ―ya he superado la dicotomía papel/digital― y desaparecer sin dejar rastro en este mundo asfixiante de realidades prostituidas por el cerebro de las editoriales.
  3. Me gusta caminar sin GPS, sin esclavitud digital ni «dopaminado» por las notificaciones, como si aún fuera legal, y posible, perderse en el anonimato en cualquier lugar de esta ciudad hiperconectada.
  4. Me gusta Madrid cuando parece una ciudad y no un parque temático en el que hay que pagar por todo y visitar por obligación, si no eres un «castrado cultural», lo que anuncia la publicidad pública.
  5. Me gusta encontrar silencio en los bares y cafeterías, ese bien de lujo que no cotiza en bolsa. Cada día que pasa, el ruido ―una metáfora de todo lo sonoro― se instala con insolencia digital en los lugares públicos.
  6. Me gusta la gente que escucha mirándote a los ojos… especie que está claramente en peligro de extinción. Pensarás que soy pura contradicción, pues sí, tienes razón. Aunque, relativamente, porque los encuentros minoritarios los alabo hasta perder la cabeza por unos ojos.
  7. Me gusta recibir un «¿qué tal?» sin emoticonos, sin estrategia y sin interés oculto. Me gustan los guasaps. Quien ha probado los míos, sabe que soy un experto en «leer más».
  8. Me gusta el amor sin escaparate, sin artificios, sin cuentos ni narrativa televisiva impostada. Uno aún piensa que amar no necesita algoritmos ni pantallas digitales.
  9. Me gusta quien tiene una cultura vastísima y no se afana en demostrarlo cada cinco minutos, como si estuviera en un «pasapalabra». El que sabe tiene la tranquilidad de su conocimiento y no necesita una pantalla Samsung Neo QLED de 98 pulgadas para demostrarlo.
  10. Me gusta pensar que aún se puede escribir sin pedirle permiso al algoritmo y sin disfrazarlo de nada. «Es que tardas mucho en escribir» me dicen, yo lo siento mucho, pero es que mi escritura es lenta por respeto a las palabras y no corre, piensa.

«NO ME GUSTA»

  1. No me gusta nada el ruido constante: obras, música desorbitada, conversaciones telefónicas a todo volumen, las bocinas de los conductores impulsivos, el tráfico en calles que son peatonales y… opiniones que no han sido solicitadas.
  2. No me gusta la gente que camina mirando el móvil como si la vida fuera un borrador. Es decir, no me gusto yo. Otra tara más para anotar en mi expediente de «peculiaridades».
  3. No me gusta sentir que todo tiene precio, incluso lo básico, como si tuvieras que justificar estar aquí y hacer del coste de la vida cotidiana un lujo absurdo, pero real. Tu ciudad ya no es tuya, sino de quien puede pagar las facturas sin tirar de la visa.
  4. No me gusta la basura en la calle, ya sean electrodomésticos pequeños, muebles, colchones, comida a cualquier hora del día y luego culpar con la típica frase «aquí no se recoge la basura».
  5. No me gustan los que hablan de todo para parecer listos y consiguen justo lo contrario. Cada vez hay más de estos especímenes. Con el placer que yo siento cuando digo que no sé una cosa y una persona me lo explica sin ningún alarde de conocimiento.
  6. No me gusta publicar algo y que el algoritmo decida que no existo, que yo no soy digno de Google, de cualquier dios digital o del servidor que domina la nube, que no meteorológica.
  7. No me gusta mirar las estadísticas de las visitas como si fueran el horóscopo del fracaso. Yo lo leo todos los días y es demoledor. En ocasiones son más atractivas las estupideces de mi horóscopo que la comprobación de que nadie ha visitado mi blog.
  8. No me gusta la sinceridad pendenciera de quien en realidad sólo es un maleducado. No soporto la frase «es que tengo que ser sincero» porque cuando lo eres tú con él te retira el saludo por agresivo y faltón.
  9. No me gusta la obligación moderna de tener opinión sobre absolutamente todo. Hay temas en los que yo soy un necio y no miro en internet cuál debe ser mi opinión. José Cadalso, en el siglo XVIII, populariza con bastante mala leche el término calificativo «eruditos a la violeta» para personas que presumen de cultas, pero que en realidad tienen conocimientos superficiales. Son «culturetas de postureo».
  10. No me gusta que lo importante pase desapercibido (el lamentable fracaso académico de un alumno) mientras que se discuten tonterías con convicción épica y vocabulario cidiano (¡Qué injusto! Esta pregunta debería valer dos puntos y no uno).

PRESENTACIÓN DEFINITIVA (ALGUNOS DICEN QUE LA «FETÉN») DEL BLOG «RECUNCAR.COM»

Este blog no nació para que lo leyera mucha gente, o eso me gustaba decir en un tono nada asambleario cuando me preguntaban por mi «nulo éxito bloguero». Tampoco quiero empezar esta entrada con la repetición de un «craso embuste», que es en lo que se ha convertido ese amago de pedante mantra. Decir que escribo sólo para mí es más falso que un «te quiero» en una discoteca o un «para siempre» a los quince años. Cuando veo que alguien me lee, lo miro de reojo con una mirada picarona y me insufla unos ánimos que me dan «alma, corazón y vida». Más de lo que debería.

Empecé esto como algo personal, para ordenar mi cabeza ―tes que poñer orde nas túas tolemias, me dijo una vez un «mariñeiro contentillo y doblao»  en O gato negro de Compostela, entre pulpo á feira y tazas de ribeiro― y guardar muchas ideas que no quería que se perdieran ―falacia más que evidente―, y sin embargo aquí estoy, publicando sentimientos en internet, como quien deja la puerta entreabierta esperando que alguien pase. Supongo que soy eso: una contradicción andante. No me importa que no me lean, pero ojalá me lean.

Lo que escribo aquí quizá no tenga apenas importancia para ti, sin embargo, a mí me causa enorme satisfacción lograr la conquista del orden ante el «caos literario» que habita en mí desde tiempos antediluvianos. Deseo que «escribir y reescribir» mil veces, de modo incansable y extenuante, los textos que conservo en mi ordenador, y los que voy escribiendo por mera inercia creativa, me ayuden, ¡por fin!, a entender y a regular el pulso de mi mano siniestra. Y si alguna vez alguien al otro lado se reconoce en algo de lo que pongo aquí, entonces este blog ya habrá servido para algo más que para hablar conmigo mismo.

Nació para tener tiempo. Tiempo para escribir sin prisa, para recordar sin permiso y para ordenar una vida a través de las palabras. Si has abierto esta entrada, no has entrado en una página: has entrado en mi casa literaria. Y las casas literarias no se visitan deprisa. Se recorren despacio, se miran las estanterías, se abren cajones, hasta el de la ropa interior, y, a veces, se encuentra algo que uno no sabía que estaba buscando.

Hace varios cursos académicos, una alumna de 16 años, en el penúltimo curso de su vida académica escolar, me preguntó en clase después de ver El club de los poetas muertos:

—¿Y para qué sirve la literatura, profe?

La pregunta, por su amplitud, me resultó difícil de contestar con una frase breve, pero contundente. Al final, uno recurre, sin mirar ningún libro, a una de esas reliquias que quedan en la memoria entre mil lecturas y le dije: 

—Para que no se te olvide la vida.

Se quedó callada. Yo, también. Y me sorprendió la situación, porque en este caso, dado a la batallita y a la paráfrasis, mi respuesta fue sucinta e irrebatible.

La imaginación morirá cuando todo tenga que ser útil, me dijo un taxista cuando me acercaba a Santa María de la Cabeza nº 1, donde viví hasta los 16 años y estaba obcecado en recordar cómo eran en ese momento mis lugares secretos y prohibidos de mis «despiertos» catorce años. En el asiento del copiloto tenía un ejemplar muy sobado de Los miserables de Víctor Hugo, que nos sirvió para hablar de uno de mis héroes literarios, Jean Valjean, el condenado que se negó a ser siempre lo que fue.

Después de la pregunta de mi alumna, seguimos con la estructura del comentario de texto, que es un tema que les apasionaba tanto como tomar un bombón helado en una sauna.

Este blog, en el fondo, sirve para eso: para que no se nos olvide la vida. En este caso, la mía. Ni la que hemos vivido ni la que hemos imaginado vivir. Muy triste es que cada vez haya más jóvenes que no sean capaces de imaginarse una vida futura. Convierten el mar en cemento y parece que no saben fantasear sobre su futuro, sino es como un millonario de cualquier disciplina. ¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?, dijo Mafalda, una de las olvidadas de esta época.

En este blog no hay un tema único. Hay memoria, Galicia, enseñanza, música, alegrías, gallego, verdades personales, poemas, amores, imprudencias, llantos, fotos, historias, fracasos, anhelos, envidias, artículos, novelas que intentan ser novelas y recuerdos que intentan entenderse. Este blog es un pequeño territorio dividido en «muchos lugares». Tú puedes entrar por donde quieras. ¡ADELANTE! 

QUIÉN ESCRIBE AQUÍ o cómo te pido, por favor, lleno de vergüenza…

QUIÉN ESCRIBE AQUÍ o cómo te pido, por favor, lleno de vergüenza, que leas esta larga entrada porque, de todas las que he escrito, es una de las más importantes para mí.

Hoy no te voy a contar ninguna historia, ni una leyenda, ni un recuerdo, ni un poema. Hoy te voy a hablar del que escribe estas cosas, porque quizá después de más de doscientas entradas ya toca explicar por qué escribo y qué pretendo con este blog.

Después de un sucesivo bloguicidio por mi parte in illo tempore, empecé con este blog el 28 de octubre de 2024. Y con él sigo. Mi fidelidad ha superado, y superará, cualquier laberinto interminable o cualquier muro que se me ponga delante.

Al principio, te invité, con osadía y mucho descaro, a que me siguieras con la suscripción de tu correo electrónico. Así hice con más de 400 personas. Mi ilusión porque llegaran a ti mis textos nubló en gran parte mi raciocinio. Y si tengo que pedirte disculpas, lo hago sinceramente. Obré con muchísimo respeto y con el convencimiento de que mi nombre te iba a garantizar cierto interés por mis escritos literarios. Hablo con absoluta sinceridad: nunca pensé que te fuera a molestar. Nunca. Si lo hubiera intuido, te aseguro que no te hubiera suscrito en ningún momento. A todos nos gusta que nos lean, y el que diga que no, probablemente no dice la verdad.

Llegó el momento y lleno de ilusión, no lo voy a negar, comencé mi periplo como bloguero en oquintodotempo.com/. Estaba convencido de que ofrecía unos textos atractivos y bien escritos, además de entretenidos.  

Con el tiempo, los suscriptores van bajando poco a poco. No ha habido ninguna catástrofe ni un hundimiento tan marcado como la fosa de las Marianas. Simplemente, que no deja de preocuparme, es una bajada lenta y constante. La bajada de seguidores no es una tormenta repentina, no, es la marea retirándose despacio, llevándose las huellas de los que yo creía seguros lectores. Y eso, aunque uno intente hacerse el fuerte, afecta al ego. Sí, al ego. Es una lanzada en pleno ego. No pasa nada por decirlo.

Yo empecé este blog porque me gusta escribir. Con cierta conciencia, lo hago desde 1994. Eso creía, y eso sigo creyendo, pero con el tiempo he descubierto que no es tan sencillo. Cuando uno escribe y no le lee nadie, se desanima.

Cuando uno escribe y le lee gente, empieza a pensar en la gente que le lee. Y en ese momento empiezan los problemas, porque sin darme cuenta ya no escribo solo lo que quiero, sino también lo que creo que los demás esperan. Y eso es el principio del KO literario.

He descubierto también que hay dos tipos de lectores: los que me leen y los que me conocen. Los que me conocen no me leen solo por lo que escribo, me leen a mí dentro de lo que escribo. Y eso cambia mucho las cosas. Porque entonces he empezado a pensar: este no soporta el gallego, este pensará que hablar de sexo, aunque sea con discreción, es una barbaridad, este dirá que mencionar el vino como elemento de diversión en algunos personajes es incitar a beber, este creerá que decir que fui mal estudiante es dar mal ejemplo. Y así, sin darme cuenta, he creado un bucle temático irrompible. No sé si alguien piensa eso de verdad, pero yo empiezo a imaginar lectores, y el lector imaginado es peligrosísimo.

Yo he sido profesor durante casi cuarenta años y eso deja una manera de estar en el mundo. Durante este tiempo he procurado no influir en mis alumnos, no meterles mis ideas en sus cabezas, no decirles lo que tenían que pensar, sino intentar que fueran personas decentes, esforzadas, solidarias, honradas, libres y respetuosas. Ese era mi trabajo, junto a la enseñanza de la Lengua y la Literatura, y creo que hice un buen trabajo. Pero escribir no es lo mismo que dar clase. El profesor tiene una gran responsabilidad ante sus alumnos, sin embargo, cuando escribo en mi blog no tengo ningún compromiso creativo con mis lectores. Y eso todavía lo estoy aprendiendo.

Escribo en castellano. Me gustaría escribir en gallego, pero no me atrevo por tu reacción de posible rechazo. A veces escribo relatos, a veces recuerdos, a veces cosas que creo que hacen gracia, a veces poemas, a veces hago uso de la retranca gallega, a veces historias de taberna, a veces textos serios, a veces cosas que no sirven para nada y en más de una ocasión ideas deprimentes.

Mi blog no tiene tema, ni línea editorial, ni estrategia, ni nada de eso que ahora parece obligatorio tener. No quiero. Mi blog es simplemente un lugar donde escribo y evito tocar en serio, desde hace muchísimo tiempo, temas para mí conflictivos en la actualidad (política…religión…fútbol…) porque no quiero posicionarme públicamente en estos temas. Y estoy en mi derecho. Mi blog es un blog literario, y dentro de lo literario, libertad absoluta. Ese es mi credo. Es cierto que esto molesta.

Reconozco también otra cosa: me gusta que me lean. A mi carácter triste, depresivo, autoflagelante, tímido, apocado, asocial y de difícil comprensión le viene muy bien saberse leído y mínimamente reconocido. Pero cada vez tengo más claro que no quiero escribir para gustar a todo el mundo, porque entonces no podría escribir nada de verdad y sincero. Si yo escribo sin molestar a nadie, sin incomodar a nadie, sin que nadie piense que me he pasado, probablemente yo esté escribiendo textos carentes de cualquier interés. Y la literatura, aunque sea la de andar por casa, nunca ha sido del todo inofensiva. La literatura busca, de algún modo, la transgresión.

Voy a confesar también otra cosa. Tengo abiertos otros dos blogs: uno solo para poesía íntima y otro para textos en gallego. Los abrí, sin seguidores, hace unas pocas semanas porque pensé que de este modo no molestaría a nadie, que cada cosa estaría en su sitio y que así nadie tendría que leer lo que no le gustaba. Pero hoy, cuando estoy escribiendo este texto, me he dado cuenta de que eso no es organizar los textos, es organizar mis miedos, es priorizar mi obsesión por un «complace» que me está minando como escritor. Es separar lo que escribo para que no choque de lo que pueda jorobar para que no incomodara. Y me he dado cuenta de que eso es segmentar lectores y presentarme por fascículos independientes. Y lo rechazo visceralmente.

En el fondo, y en la superficie, no es sinceridad, es una manera muy sutil de mentir. Es esconderse con un descaro vergonzante para que tal suscriptor no lea la palabra orgasmo porque le disgusta y le contraría.

Así que he decidido cerrarlos ―lo haré en el momento que cuelgue esta entrada― e incorporar todo a oquintodotempo.com/, mi blog entre blogs. Todo junto y todo revuelto, como suele estar mi vida y como suele estar mi cabeza la mayor parte del día. Si sigues como suscriptor, o entras en mi blog vía web, quiero que sepas que un día te podrás encontrar un poema inabordable para ti; otro, un relato de caraduras y sinvergüenzas; otro, un texto en gallego; otro, un recuerdo de mi época de estudiante; otro, una historia inventada; otro, una reflexión; otro, una tontería o memez supinas; otro, un relato con tintes verdes y otro algo deprimente, como mi carácter. Y ese desorden, en el fondo, y en la superficie, es un claro reflejo de mí. Tengo fama de ser muy ordenado, pero soy muy ordenado porque sé que soy un caos insoportable.

Con el tiempo también he entendido otra cosa: no quiero solo suscriptores, quiero lectores. Y no quiero solo lectores, quiero interlocutores, gente que alguna vez diga «esto me ha gustado», «esto no lo entiendo», «esto es un disparate» o «siga usted por ahí». Acepto cualquier opinión porque el que se expone tiene que llevar en su mochila un depósito para aceptar, sin rechistar, opiniones ajenas diferentes. El silencio es lo más difícil de llevar cuando yo escribo, porque no sé si al otro lado hay alguien con criterio o solo números en una pantalla.

En realidad, este blog no pretende enseñar nada, ni dar ejemplo de nada, ni convencer a nadie de nada. Yo ya he pasado mi vida profesional intentando enseñar Lengua y Literatura y procurando que los chavales fueran buenas personas, entre otras cosas. Ahora ya no educo ni enseño las subordinadas a nadie. Ahora, simplemente, escribo.

Escribo porque me gusta juntar palabras, porque me gustan las historias, porque me gusta el gallego, porque me gusta el castellano, porque me gustan las tabernas literarias, porque me gusta la memoria que no tengo, porque me gusta inventar, exagerar, recordar y a veces hasta decir alguna verdad entre tanta trola.

Así que mi blog va a seguir siendo lo que es: un sitio donde un profesor jubilado escribe lo que le da la gana. Y el que quiera leerlo, que lo lea. Y el que no, que no lo lea. No pasa absolutamente nada.

Después de toda una vida trabajando, creo que uno se ha ganado el derecho a escribir sin pedir permiso. Mi blog no va a cambiar para agradar, no, va a seguir siendo un espacio de libertad creativa.

El gallego lo escribo porque hay recuerdos, personajes, conversaciones y maneras de contar que solo me salen en gallego. Traducirlas sería como cambiarles la voz. Como te he dicho, tengo abierto otro blog solo para los textos en gallego, pero me he dado cuenta de que eso también es una forma de separar sentimientos que en mi cabeza y en mi vida van juntos. Así que a partir de ahora el gallego y el castellano convivirán aquí, en oquintodotempo.com/, con total normalidad, como han convivido siempre en mi vida.

Y eso es todo. O casi todo. Si quieres contactar conmigo antes de darte de baja como suscriptor, si ahora sí te quieres suscribir, si me quieres cantar las cuarenta o si quieres simplemente insuflarme ánimos, escríbeme a jmmaiz@telefonica.net o maiztogores@gmail.com. Serás muy bien acogido.

En Madrid, a las 6:08 de la mañana, del 26 de marzo de 2026, día de San Braulio de Zaragoza y día mundial de la meteorología. El 26 de marzo de 1892 falleció Walt Whitman, autor de Hojas de hierba y uno de los más importantes poetas estadounidenses, pilar fundamental de toda la lírica contemporánea. 

TERRAPLANISTA

Otro merluzo en la cazuela de los conspiranoicos. Afirma, al estilo medieval, y desde una insolente necedad, que la tierra es plana. Este pseudocientífico alardea obscenamente de una estúpida teoría que vociferan los gañanes de la oscuridad científica. Los terraplanistas son ese hermoso recordatorio de que la evolución no garantiza la actualización del software mental. Son valientes exploradores del siglo XXI que, armados con memes, videos de YouTube y una sospechosa desconfianza hacia la geometría, se atreven a desafiar siglos de ciencia con el entusiasmo de quien acaba de descubrir que Google Earth no es prueba suficiente. Para ellos, la NASA es una secta, los satélites son hologramas, y los vuelos internacionales una elaborada coreografía de pilotos cómplices para mantenernos engañados. Es fascinante: desconfían de todo menos de su propio Wi-Fi, creen que el mundo es un escenario gigante cubierto por un domo, pero nunca se explican por qué los gatos no se han caído por el borde. Y aun así, se sienten los héroes de la razón, los iluminados que vieron la verdad en un foro con faltas de ortografía y música conspiranoica de fondo. En el fondo, los terraplanistas no son un peligro para la ciencia: son su comedia involuntaria, el recordatorio de que, por más avances tecnológicos que tengamos, siempre habrá alguien dispuesto a mirar el horizonte… y pensar que hasta ahí llega la inteligencia humana.