«A LA SOMBRA DEL VERBO»

SÍNDROME DEL AULA

Mi psicólogo online dice que sufro el «Síndrome del aula», aunque afirma que el nombre correcto es «Trastorno de Idealización Docente Retroactiva» (TIDR) y que es partidario de que aplique sin mediar un minuto el «Protocolo de Rehabilitación Reputacional del Profesor Jubilado» (PRRPJ). Me lo explica a través de una webcam colocada con tal precisión estratégica que detrás se ve una pared llena de títulos, diplomas y reconocimientos, todos alineados con suma perfección y todos muy solemnes. Sospecho que todos «muy online y muy competenciales». Me habla con una nitidez digital impecable y con un silencio de fondo tan absoluto que, en mi vida anterior, solo podía significar dos cosas: o el colegio había sido evacuado… o los de segundo de Bachillerato estaban tramando algo grave.

Tras 37 años «en el frente académico», me jubilé en junio del 25. Colgué la tiza, apagué el proyector y entregué las llaves del aula con la misma emoción con la que un cirujano entrega su material, después de un sinfín de operaciones, a su sustituto.

Y ahora, según este experto, tengo «mono». Según él, «Carencia Crónica de Interacción en el aula» (CCIA) o «Dependencia Pedagógica Residual» (DPR). Una patología curiosísima. Resulta que, en la tranquilidad casi monacal de mi casa, echo de menos los proyectos curriculares y la burocracia académica. Sí, sí, ya sé que suena raro. Pero extraño —con una intensidad casi literaria— rellenar «actas de evaluación» en plataformas digitales diseñadas, sin duda, por alguien que guarda un resentimiento muy profundo hacia los profesores y, posiblemente, hacia la humanidad en general. También echo de menos esos «planes de mejora de la convivencia» y los «informes de las entrevistas con padres» que ocupan cincuenta páginas para llegar a una conclusión pedagógica de gran calado: el alumno seguirá comportándose exactamente igual que antes, pero ahora el centro tiene un documento muy serio que lo certifica. ¿Y la novedad de las competencias? Lo siento, salgo huyendo.

¿Y las reuniones de tutores y de departamento? ¡¡¡Qué tiempos aquellos!!! Horas enteras discutiendo con gravedad académica si el examen de recuperación debía hacerse el martes a cuarta hora o el miércoles a quinta y si estaban reflejados en el examen todos los contenidos mínimos. Yo asentía con gesto profesional mientras por dentro realizaba cálculos más existenciales: cuántos trienios me faltaban para escapar dignamente de allí.

Pero el tiempo tiene muy mala fe y ha empezado a deformar mis recuerdos.

Lo que antes llamábamos «mala educación» ahora me parece «exuberancia vital del adolescente». Ya no recuerdo el agotamiento de pedir —por decimocuarta vez antes del recreo— que guarden el móvil, que se sienten, que bajen la voz o que dejen de discutir sobre quién le robó el bocadillo a quién.

Ahora recuerdo otras cosas. Por ejemplo, aquella ocasión en la que expliqué durante veinte minutos una idea bastante profunda del estilo de un escritor clásico y, cuando terminé, un alumno levantó la mano con entusiasmo.

—Profe, ¿esto entra en el examen?

Aquel día comprendí que la literatura clásica tiene límites muy claros.

O aquella vez en la que pedí silencio absoluto durante un minuto para que reflexionaran sobre un poema de Quevedo. Fue uno de los silencios más intensos de mi carrera… hasta que alguien preguntó en voz alta:

—¿Pero silencio normal o silencio de verdad?

Son momentos que, curiosamente, el cerebro archiva con una ternura sospechosa.

El silencio de mi casa, en cambio, es inquietante. A veces pienso seriamente en contratar a tres o cuatro adolescentes por horas para que recorran el pasillo gritando, discutan sobre cosas incomprensibles y dejen un rastro de migas de palmera de chocolate por el suelo. Solo para sentir que sigo en mi «hábitat natural».

El psicólogo insiste en que debo «soltar el lastre». O «Desacople del Entorno Educativo Reglado» (DEER). Pero me pregunto yo: ¿cómo «se suelta» un oficio que durante décadas me obligó a ser profesor, juez, mediador, psicólogo improvisado, árbitro de conflictos diplomáticos y experto en descifrar exámenes escritos a las ocho de la mañana con una caligrafía que recuerda sospechosamente a un electrocardiograma durante un terremoto?

Empiezo a sospechar que mi síndrome no es nostalgia. Puede que sea una variante pedagógica del «Síndrome de Estocolmo» o «Fenómeno de Alienamiento Afectivo con la Fuente de Coerción» (FAAFC). He pasado tanto tiempo «secuestrado» por el sistema educativo que ahora que me «han soltado»… me siento ligeramente desorientado. Sobre todo, porque nadie me pide informes, nadie me convoca a reuniones y, lo que es peor, nadie necesita que firme nada.

Dicen que la jubilación es el descanso del guerrero. Yo me siento más bien como un «viejo rockero» que ha dejado los escenarios. Es cierto que el público a veces protestaba, a veces abucheaba y a veces se dormía en primera fila. Pero también es verdad que, de vez en cuando, alguien escuchaba. Y eso, sospechosamente, se echa de menos.

La libertad es maravillosa, no me malinterpreten. Pero es que el silencio de mi casa… es demasiado educado. Y eso, para alguien que ha vivido rodeado de adolescentes durante casi cuatro décadas, resulta francamente inquietante. 

ESTREÑIMIENTO

Estado de absoluta sorpresa del ser humano ante los retortijones ocasionados por una ilegal huelga de heces fecales que puede alcanzar un tiempo indefinido si no actúa un interviniente con una placentera manipulación del esfínter anal para que se libere el extremo terminal del tubo digestivo. El estreñimiento es esa experiencia mística que te hace creer en el karma, porque claramente estás pagando por todos tus pecados, uno por cada día que el cuerpo decide rebelarse. Es una vergüenza tan universal como silenciosa: nadie lo admite, pero todos caminan por la vida con la misma mirada de sufrimiento zen, fingiendo serenidad mientras por dentro libran una guerra civil intestinal. De pronto, la fibra se convierte en religión, el baño en santuario y el papel higiénico en símbolo de esperanza. Y ahí estás tú, negociando con tu propio organismo como si fuera un político corrupto: prometes comer verduras, beber agua y dejar el queso, aunque los dos sabemos que en cuanto logres ‘el milagro’, volverás a abusar del pan blanco con la fe ciega de quien no aprende. Porque si algo enseña el estreñimiento es que el cuerpo tiene memoria, el orgullo no, y la vergüenza… se sienta contigo, literalmente. 

PEDORRO/A

Ventilar un pedo es, aunque pocos lo admitan, un arte ancestral de equilibrio entre la necesidad biológica y la dignidad social. Hay quienes lo tratan como una operación de inteligencia: calculan ángulos, presiones y corrientes de aire, ejecutando el ‘sigiloso estratégico’ con la precisión de un francotirador. Otros prefieren el ‘modo ventilador’, confiando en un giro de cadera que disperse la evidencia antes de que la conciencia —o el olfato ajeno— la detecte. En la oficina abunda el ‘pedito diplomático’, liberado entre el chirrido de la silla y un tosido casual, mientras los más creativos optan por el ‘culposo’, que siempre encuentra en el perro un perfecto chivo expiatorio.

Pero no faltan los valientes: los que hacen del gas una declaración de principios, el ‘artístico’ que se libera con orgullo y melodía, dejando su huella olfativa como si fuera firma de autor. Y cuando la situación se pone crítica, entra en escena el ‘camuflaje táctico’: una combinación de paso disuasorio, mirada inocente y cambio repentino de conversación. Porque ventilar un pedo sin ser descubierto exige cálculo, descaro y fe en el azar.

Al final, nadie escapa a esta democracia del aire: todos lo hacen, nadie lo confiesa, y solo unos pocos logran convertir el momento en una pequeña victoria contra la represión intestinal y la hipocresía social. Porque, en el fondo, cada pedo ventilado es un recordatorio humilde pero poderoso de que, por muy civilizados que pretendamos ser… seguimos siendo criaturas de gases y esperanza. 

MISERIAS

Una mano nueva —que ya quisiera él que viniera con instrucciones—, un puñado de certezas que no sirven ni para jugar al mus, noches más movidas que su tensión arterial y varias pantallas en blanco que lo miran con la misma compasión que una suegra escéptica: he ahí el glorioso patrimonio de un hombre adulto que de joven pensaba beberse la vida a morro… y acabó bebiendo tila.

Tras una colección de vivencias desordenadas —como cualquier cajón de calcetines solteros— ahora se dedica al noble arte de esquivar su pasado, que cada noche regresa puntual, se cuela entre las sábanas perfumadas y le monta una bacanal imaginaria digna de presupuesto europeo… pero financiada con recuerdos reciclados.

—La soledad es muy mala compañera —decía el viejo escritor, mirando su nueva mano con el mismo desprecio con el que uno mira un electrodoméstico que no sabe usar—. Y cansa. Cansa mucho.

Durante unos minutos, que parecieron patrocinados por la duda existencial, se preguntó si no tener a nadie al lado era soledad o libertad. Porque claro, libertad suena mejor… hasta que te despiertas sobresaltado, taquicárdico y hablando solo.

—Desde luego, tú no caerías en esas poluciones nocturnas tan dramáticas que dices que te dan —le soltaba, sin anestesia, una vieja amiga que conocía todas sus miserias con la precisión de un notario con lupa. Ella sabía perfectamente que aquel hombre llevaba años convertido en un trasnochador profesional, especialista en diálogos interiores y cafés recalentados.

Vivió como espectador de cine de barrio: siempre en la butaca, nunca en la pantalla. O bien se sentía incapaz de acercarse a una mujer que él mismo había elevado a la categoría de mito olímpico inalcanzable —mientras la aburría con conversaciones que daban más sueño que un documental sobre líquenes—; o bien se dejaba arrastrar, desnudo de certezas y vestido de inseguridades, por placeres tan momentáneos que caducaban antes que el yogur.

Su pusilanimidad, fiel compañera, lo empujaba por un tobogán de soledades inmundas y perfectamente desnaturalizadas. Vamos, que no eran ni románticas: eran administrativas, rutinarias, con sello y número de expediente.

Y así, entre nostalgias con olor a colonia barata y heroicidades que nunca pasaron de borrador, nuestro hombre seguía convencido de que un día escribiría la gran novela de su vida. Aunque, de momento, lo único que dominaba era el arte de cambiar de postura en la cama sin que cambiara nada más. 

EL RUIDO DE FONDO

No soportaba que su habitación estuviera a oscuras de noche. Le amenazaba, cuando no había luz, una oleada constante de sobresaltos emocionales. En ese momento de oscuridad crecían en su mente, aunque decía que los sufría todo el día, un acongojante carrusel de imágenes y sonidos extraños: cucarachas subiendo por la pared con el único fin de atacarlo cuando se quedara dormido, doloridos ladridos de un perro herido por la brutalidad de su amo, feroces lagartijas trepando por sus piernas cual orangután en busca de alimento, la pegajosa humillación de una lluvia de espesos salivazos de una llama en plena boca y una inmensa cisterna desbordándose como un repugnante pozo negro mientras estaba sentado en el inodoro.

Por eso, agradecía a todos los santos cuando el despertador sonaba insensible a las 5 de la mañana y las «estomagantes imágenes disminuían casi en absoluto». Después de despertarse y cerciorarse de que no había nadie en la habitación, lo primero que oía con claridad era siempre lo mismo: el zumbido bajo del fluorescente del pasillo que presagiaba un incendio que él siempre evitaba al levantarse desnudo y darle un seco golpe con una escoba que solo tenía esa utilidad. Burdo ritual de un arrendatario que no podía hacer en la casa alquilada la más mínima mejora.

Martín, simulando una transición entre sus pesadillas y la realidad, oía el mosconeo incluso antes de abrir los ojos, como si no proviniera del techo sino de algún lugar dentro de su cabeza. Era muy molesto, pero no tanto como las fantasmales representaciones de la noche, aunque, según él, estas no lo abandonaban en todo el día. Su lamento en solitario era que, después de ver por la noche repugnantes ecos, ese ruido no lo tranquilizaba en absoluto. Estaba ahí cumpliendo su función sin preguntarse nada: joderle un reparador despertar tras una vomitiva noche. 

Se levantó con sumo cuidado para no despertar a nadie en una casa en la que sólo vivía él. Siempre la misma acción, como si en su entorno sintiera una untuosa compañía de irreales sombras. Es más, la liturgia matinal era patética: cuando llegaba a la cocina, un educado saludo a los ausentes comensales que tenían delante, a falta de café, el desayuno que había preparado Martín la noche anterior. En la cocina, la cafetera tardaba lo mismo de siempre. El sonido lo retornaba a la realidad como todos los días: Martín observaba cómo subía el vapor hasta su nariz y le obligaba a estornudar con gran violencia. Pensaba que, si un día no hubiera vapor, con toda probabilidad lo aceptaría también sin demasiado sobresalto y estornudaría del mismo modo escandaloso.

El piso conservaba esa cualidad ambigua de los lugares habitados en solitario: el acomodo suficiente para no parecer abandonado y el desorden justo para fingir ante sus amigos una vida que en realidad estaba más vacía que un túper después de una comida laboral.

Se duchó a toda velocidad, pero con una violencia que le dejaba la piel en carne viva. Intentaba después que se calmara con una loción para piel atópica extendida con sus rudas manos por todos los rincones de su cuerpo. Se lavaba el sexo con la misma belicosidad, aunque en los últimos tiempos se lamentaba de que dormía cual bebé recién nacido.

Todas las acciones que tenía que hacer para poner la moto en marcha las realizaba de modo rutinario, excepto aquel día que se olvidó de ponerse el casco y le cayó una multa de 200 euros más la pérdida de 3 puntos en el carné de conducir. Odiaba el casco porque, cuando lo llevaba puesto, los sonidos nocturnos se acentuaban como si quisieran vengarse de tanto silencio diurno. En aquella ocasión le contó al guardia una peregrina justificación ―le acababan de robar el casco― que se sufragó en un vergonzoso ridículo cuando le pidió que abriera el compartimento que estaba bajo el asiento, donde pudieron comprobar que había un reluciente casco.

En el banco, el inicio de la mañana se desplegó con la precisión habitual. Siempre entraba tarareando una canción para que se dieran cuenta los empleados de que ya estaba en la oficina el subdirector. Aunque la realidad del tarareo era que no quería que percibieran una cara tensionada como consecuencia de los sonidos nocturnos que se habían despertado, dañinos y amenazantes, en el trayecto de su casa a la oficina. Una vez sentado en su despacho, la odiosa rutina. Ventilar el despacho. Saludar a los que llegaban tarde. Contestar mensajes. Revisar los resultados de la bolsa. Comprobar ciertos datos en la web del banco. La luz de la maldita pantalla clavándose en sus ojos. Números revisados que no pesaban, pero que tampoco desperezaban su modorra. Personas que confiaban en él sin conocerlo. Esto abarcaba las primeras horas de la mañana.

Al final de la mañana, mientras explicaba por enésima vez un procedimiento idéntico al del día anterior, se descubrió pensando ―algún día lo llevaría a cabo, simplemente por provocación― que podía hacer todo aquello con los ojos cerrados. No como metáfora, no. Literalmente. Esto lo hundió en un miserable pensamiento sobre la vacuidad de la vida que llevaba en los últimos tiempos. No veía un incentivo cuando le hablaban de ocupar la dirección, que era el salto lógico, ya que el director estaba a punto de jubilarse. No era infelicidad lo que sentía. Eso lo tenía claro. La infelicidad exige una energía que él ya no estaba seguro de poseer. Lo suyo era otra cosa: una sensación continua de estar gastando el tiempo en una moneda que no le pertenecía. El día avanzaba, pero no dejaba marca, ni buena ni mala.

A la hora de comer, se sentó en un banco de piedra que había en la pequeña plaza que nacía a los pies de la oficina bancaria. Abrió el envase que contenía una ensalada de quinoa, con verduras, garbanzos, dos tortillas de trigo, pan integral y un yogur Activia de stracciatella. Lo aliñó todo con una vinagreta clásica y la devoró en menos de cinco minutos. Siempre mostraba una gran ansiedad a la hora de comer. Una vez terminada la comida, encendió un cigarro y se lo fumó mientras examinaba su entorno.

Observó, sentados a pocos metros, a un grupo de empleados del banco hablar de vacaciones, de reformas, de hijos que crecían como si el crecimiento fuera una promesa y no un aviso mientras comían unos sándwiches de Rodilla con varias latas de Coca-Cola. Pensó que llevaba años escuchando los mismos temas, con ligeras variaciones de nombres. Pensó también que nadie parecía darse cuenta.

Por la tarde, al salir del banco, la ciudad seguía funcionando. Tráfico. Gente. Prisa. Bocinazos. Insultos. Martín caminó sin rumbo fijo durante un rato, como si retrasar la vuelta a casa pudiera tener algún efecto real en su parsimonia. Sabía que no lo tenía. Aun así, su paso era constante y desnortado. Los viernes eran distintos. No mejores. Distintos. Había algo en la cercanía del fin de semana que le devolvía una forma primitiva de atención. Como si el cuerpo se adelantara a la mente y se preparara para algo que no sabía nombrar. Miró el reloj. Era increíble, pero se había perdido. Bueno, quien lo conocía sabía de su evidente desorientación. Después de consultar el Google mapas, regresó a coger la moto y llegó a su casa muy cansado de toda la semana en el banco.

Esa noche bebió más de la cuenta. Entró en el bar de copas como quien entraba en un lugar prestado. Nadie lo esperaba en ninguna parte, y eso le daba una libertad extraña, casi liviana. Se sentó en la esquina de la barra, pidió lo de siempre, y observó cómo las conversaciones de otros se entrelazaban y se deshacían en el aire tibio del alcohol y de la música baja. Habló con desconocidos. Dijo cosas que no recordaría nadie ―él menos― con precisión. No buscaba placer. No buscaba fricción verbal. No buscaba nada en particular. Ni compañía urgente ni olvido completo. Solo el murmullo compartido que le recordase que el mundo seguía latiendo, incluso cuando nadie pronunciaba su nombre.

En casa no había luces encendidas ni ruido de platos. Solo habitaciones que guardaban silencio y un sofá que conservaba la forma de su cuerpo. A veces retrasaba el regreso para alargar la ilusión de pertenecer, aunque fuera como espectador, a la vida de los demás. La calle era una vida llena de latidos, su casa era un símil claro de la más abyecta soledad.

El sábado se despertó tarde, con la boca seca y la sensación de haber estado despierto durante varias horas en un abotargado insomnio. Se quedó mirando el techo, siguiendo con la vista una grieta fina que no estaba seguro de haber visto antes. Pensó en mudarse. No a otro barrio. A otro lugar. Uno donde nadie supiera qué hacía ni por qué había llegado hasta allí. Esa noche no hubo ni sonidos extraños ni ruidos matinales que le provocaban una enorme ansiedad. Se rio de forma desequilibrada cuando le atizó con la escoba a la luz del pasillo. Bebió en casa.

Llevaba años fantaseando con la retirada. No con la huida. La huida implicaba persecución y esta conllevaba una posible búsqueda. Él quería algo más silencioso. Un desaparecer sin ruido, como cuando de niños apagábamos una radio que llevaba demasiado tiempo encendida. Imaginaba un sitio sin conversaciones ajenas, sin la obligación de opinar, sin la necesidad de explicar cruciales decisiones que nunca había tomado del todo.

La noche del sábado al domingo hubo un amago de asquerosos sonidos de animales, pero Morfeo, con sus alas en la espalda, le hizo un gran favor y lo situó en una isla paradisiaca junto a una mujer que no conocía de nada, pero que no paraba de hablar. Se despertó angustiado por el tono hiriente de la mujer que lo acompañó a dicho viaje.

El domingo, la ciudad parecía contener la respiración. Recordaba que le habían dicho que en domingo uno no se podía poner enfermo y mucho menos ir a urgencias. Martín, a pesar de las molestias de estómago, ocasionadas por un certero resacón, salió a caminar temprano. Pasó frente a bares cerrados, persianas a medio bajar, escaparates que no tenían nada que ofrecer y farmacias de guardia. En un banco de un parque desconocido para él, se sentó a observar a un hombre mayor que alimentaba a las palomas con una paciencia infinita. No parecía esperar nada a cambio. Martín se sintió muy extraño, pues no manifestó en alto, como en numerosas ocasiones, el asco que le producían las palomas. Quizá fuera por el respeto que le generaba el anciano.

De vuelta en casa, sudado y necesitado de una ducha, pasó por el baño y otra vez la violencia higiénica. Preparó con ritmo mecánico la ropa para el lunes. El gesto le produjo una incomodidad inesperada. No era rechazo. Era un cansancio anticipado a una semana igual que las mil anteriores. Se sentó en el borde de la cama y permaneció allí más tiempo del necesario, como si el cuerpo intentara negociar algo con la cabeza.

Durante la semana siguiente, pequeños detalles empezaron a desajustar su adquirida rutina. Llegaba unos minutos tarde. Olvidaba contraseñas que había usado durante años, no ventilaba el despacho y una mañana, al mirarse en el espejo del baño del banco, no se reconoció de inmediato. Vio a otro hombre, otro gesto, otra mirada. No fue un sobresalto. Fue la constatación tranquila, casi administrativa de que no «estaba» él en el banco y le había sustituido un avezado y ambicioso joven.

El jueves, en casa, mientras archivaba unos documentos en diferentes carpetas de su portátil, se dio cuenta de que llevaba diez años diciendo la frase «cuando tenga tiempo». La frase se le apareció completa, desnuda, sin adornos. «Cuando tenga tiempo». No sabía exactamente para qué. Solo sabía que ese tiempo nunca llegaba.

Ese viernes no salió. No bebió. No buscó ruido. Se sentó en el sofá con las luces apagadas y escuchó el zumbido lejano de la ciudad. Pensó que, quizá, no hacía falta una decisión espectacular. Que tal vez bastaba con empezar a no hacer, a no aceptar, a no continuar su vida por una «humana» inercia.

Pasó otra semana con los mismos síntomas. Cuando llegó el viernes, pidió el día libre. Los compañeros de la oficina se miraron con extrañeza cuando detectaron la ausencia de su «cumplidor» subdirector.

No tuvo que dar explicaciones elaboradas al director porque este estaba en la boda de una nieta. Nadie se las pidió. Caminó hasta la estación de autobuses y compró un billete al azar, como quien compra un décimo de lotería sin ver el número. Un lugar pequeño. Un nombre que no le dijese nada. Se sentó a esperar sin revisar el teléfono y eso que tenía siete llamadas perdidas del banco.

Un supervisor fue el que miró el billete y le indicó el andén al que se tenía que dirigir para ir a ese lugar misterioso. En ese momento descubrió la ciudad que era su destino. Sonrió porque tenía asegurado el éxito de sus planes si era capaz de llevar a cabo sus deseos, algo que era muy difícil de averiguar, dado que en los últimos tiempos iba de fracaso en fracaso.

Mientras el autobús arrancaba, Martín sintió algo parecido al miedo. En lenguaje castellano, se acojonó. El reflujo volvió y la boca le empezó a saber a la porrusalda del día anterior.  La ansiedad y el espanto ante lo desconocido volvió a aflorar con una fuerza inhumana, que se devoró su entusiasmo y aniquiló el alivio que había experimentado cuando dejó atrás el banco. Era una nueva forma de llamar la atención. Miró por la ventana cómo la ciudad se alejaba sin dramatismo. Pensó que, por primera vez en mucho tiempo, el tiempo no se le estaba yendo de las manos sin dejar rastro. Estaba convencido de que iba a ganar la partida esta vez, aunque, con una íntima sinceridad, desconocía qué iba a pasar. De lo que estaba seguro era de que ya no estaba fingiendo la aceptación de una rutina dañina y despersonalizadora. Sacó un cuaderno de notas y leyó la última que había recordado. Era del Buscón de Quevedo: Nunca mejora su estado, quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres. Y se durmió en un suspiro, como los niños cuando se sienten seguros.