«GALICIA QUEDA AL NOROESTE»

EL NORTE DE PEDRO

Pedro cerró la puerta del piso madrileño con la misma decisión con que, aquella mañana, puso el último libro en la caja marcada como «donar». Durante años la ciudad que le había dado trabajo, ruido y compañía a medias; ahora le ofrecía demasiadas luces y muy pocas estrellas de vida.

No tomó la decisión solo. Desde hacía años compartía la vida y la casa de Madrid con su hermana Pilar, también jubilada. Cuando le habló de Muxía, ella lo escuchó con una mezcla de cariño y escepticismo.

―Yo necesito, y tú, un médico que me atienda, una farmacia en cada esquina y un taxi que me lleve a todos los sitios, le dijo riendo.

Pilar amaba Madrid con la misma convicción con que Pedro empezaba a soñar con el Atlántico. Ninguno intentó convencer al otro. Se prometieron visitarse a menudo y comprobar, cada uno a su manera, que la jubilación podía tener más de una forma.

Compró una vieja casa de piedra en Muxía, allí donde la península se asoma al Atlántico, el aire huele a salitre puro y las primeras brumas —el orballo— llegan con la puntualidad de un reloj antiguo. No es una huida dramática, sino una sucesión de pasos medidos: vender lo imprescindible, despedirse de su gente y aceptar que el horario de trabajo dejaba de ser su brújula.

Los primeros días en la Costa da Morte fueron una mezcla de descubrimiento y de pequeños desastres domésticos. La cocina de leña, con más años que el primer habitante del pueblo, decidió no tirar la primera noche. Pasó mucho frío y tuvo que aprender a encender el fuego sin ahogarse en el humo. La lareira de la casa, ennegrecida por el tiempo, se convirtió en su aliada: el primer pulpo que intentó preparar fue un éxito inesperado, porque la tapa de la pota la pudo abrir con la misma habilidad con que la paciencia del vecino, Don Luís, se soltaba con las historias de los naufragios que él presenció.

Don Luís apareció una tarde en su casa como si llevara años esperándolo, le trajo unas patatas de su huerto y un consejo que Pedro aceptó con gratitud:

―Si quieres aprender del mar y de esta tierra, escoita e non fales.

Pronto entendió que vivir en un pueblo marinero no era lo mismo que vivir aislado. La taberna del puerto, un local pequeño donde se mezclaba el olor a café con el de las redes secas, se convirtió en el centro de cuatro o cinco conversaciones diarias. Allí cambió bombillas por recetas de caldeirada y noticias por consejos sobre cómo proteger sus cuatro hortalizas del viento del norte.

En una de esas charlas, la señora Carme, una de las últimas palilleiras del pueblo, le confió un secreto:

―Si quieres hablar con alguien de verdad, siéntate nas pedras da Virxe da Barca al atardecer e quedarás tolo.

Pedro lo hizo, y una tarde se encontró contemplando el océano junto a un marinero jubilado que tenía la voz tan rasgada como una red vieja. Esa noche bebió vino albariño y escuchó historias de temporales míticos, de percebeiros valientes y de romerías que ya nadie recordaba por completo.

El ritmo del mar fue enseñándole otras cosas: a esperar.

―Señorito, le dijo un día un cabronazo ―así lo bautizaron en el bar por sus malas artes― que llamaba así a los Madrid. Las borrascas vienen y se van, las mareas dictan el calendario.

Pedro plantó unos tomates en un pequeño abrigo de tierra protegido por muros de piedra que le costó semanas preparar. Las primeras hojas verdes fueron una victoria silenciosa. El día que recolectó sus primeros productos, con las manos oliendo a tierra húmeda y a mar, rio como si le hubiera contado un chiste su propio alter ego.

Hubo también frustraciones —un temporal de viento que destrozó su pequeño invernadero una madrugada o la humedad que calaba las paredes en pleno invierno—, pero cada problema encontró una solución cercana: el carpintero de la ribera le ayudó a reforzar las maderas y un joven pescador le enseñó a tratar la piedra.

En las largas caminatas hacia el faro de Muxía, Pedro redescubrió el tiempo para pensar sin interrupciones. Se cruzaba con vacas que pastaban frente al acantilado, con peregrinos extasiados que terminaban allí su camino y con el rugido de un mar que marcaba horas muy distintas a las de Madrid.

Una vez, en plena llovizna, se encontró con el tractor de un vecino cuyo remolque de leña se había quedado atascado en el barro de un camino vecinal. Sin dudarlo, ayudó a empujar y a vaciar parte de la carga, pasando a ser el héroe improvisado de una comida familiar que, minutos después, se celebró entre risas, vino de la casa y empanada de xoubas en la casa del vecino auxiliado.

Aprendió también a convivir con la soledad elegida. Las primeras noches con el bramido del océano de fondo le parecieron eternas. Más tarde, las convirtió en música: el crujir de la madera, el viento jugando con las tejas de pizarra y el insistente batir de las olas contra las rocas. Compró una radio y escuchó las alertas marítimas y los programas locales. La música tradicional que puso una tarde hizo que, sin saber por qué, le invitaran a llevar el ritmo con un pandero en la taberna —no porque fuera bueno, sino por la valentía de intentarlo—. Esa noche, al volver a casa, le dolía la cara de reírse y de felicidad.

Pilar cumplió su promesa. Llegaba algunos fines de semana cargada de libros, noticias del barrio y algún capricho imposible de encontrar en el pueblo. Disfrutaba de las vistas, de las comidas con los vecinos y de los paseos hasta la Virxe da Barca, pero al tercer día empezaba a echar de menos el bullicio madrileño. Pedro se burlaba cariñosamente de ello, y ella de sus botas embarradas y de sus horarios dictados por las mareas. Con el tiempo comprendieron que ninguno tenía razón ni estaba equivocado: simplemente habían encontrado nortes distintos.

Un año después, Pedro abrió las ventanas al amanecer, respiró el aire atlántico y, al mirar el horizonte donde el sol empezaba a teñir el agua, supo que había logrado lo que se propuso. Su pequeño terreno daba fruto, había hecho amigos sinceros de los que saludan con la mirada, y su día a día ya no estaba marcado por la prisa del reloj sino por el estado de la mar y la luz del faro.

No todo era perfecto: seguía yendo a Madrid de vez en cuando, a ver a su hermana o a buscar alguna pieza especial para la restauración de la casa. Pero la gran ciudad había dejado de ser el centro de su universo. Pedro había conseguido una vida más pausada, en contacto con la fuerza de los elementos y con las personas que los habitan.

Aquella noche, mientras las luces de las lanchas que salían a faenar se encendían en el mar como diminutas constelaciones, cerró la puerta y sonrió. Había encontrado la tranquilidad que buscaba. Pilar seguía encontrando la suya entre las calles de Madrid. Y eso, pensó, era quizá lo mejor de todo: descubrir que una misma vida podía conducir a dos felicidades diferentes.

PREGUNTA

De pronto, una mujer desconocida me provoca con una simple pregunta: Ahora que eres libre, ¿serías capaz de renunciar a Galicia, a todo aquello de lo que has prometido con grandísimo frenesí durante años por desentrañar la locura de una simple ansia de vivir en la tierra de Breogán donde ya no existen ni corredoiras ni romerías? Silencio absoluto. 

ROSIÑA

En este mundo idílico y a la vez fantasmagórico de la Galicia más rural discurren por las corredoiras más estrechas y angostas contomeladas de todo tipo, circulan por las barras de las baiucas más enxebres muchos contos de vella y se comentan en los atrios de las iglesias las más delirantes historias.

―Nesta aldea hai moita feria de Deus.

Y… ¡qué razón tienes, amigo Queixiño!

¿Recuerdas la que le montaron al pobre Rafael Rodríguez o Peideiro cuando ocurrió lo que ocurrió en la final del trofeo de la Virgen Peregrina?

Cómo olvidar aquello!

El pobre hombre tuvo la mala suerte de «liberar» una ventosidad descomunal en el mismo momento en el que su hijo tenía de intentar detener un penalti decisivo para ganar dicho trofeo.

El pobre chaval se asustó tanto que no pudo parar el balón que se le coló moi despaciño por entre las piernas. Lo cierto es que tal sonoridad fue una verdadera bomba de palenque. ¡Para que luego hablen de las que lanza Suso do Maía!

Aún recuerdo como si fuera ayer mismo los improperios que gritaron los espectadores que estaban viendo el partido. Desde un extremo al otro del campo se oyó un sinfín de divertidísimas expresiones: ¿Qué fue eso, otra bomba atómica?

!Dios, Dios, confesión, que es el fin del mundo! ¡Libertad! ¡Abrid la puerta! ¡Que
viene el lobo! ¡Eso sí que es generosidad! ¡Un médico, ese hombre va a morir!
¡Corrimiento de tierra habemus! ¡Ya tenemos himno!

Hasta un reconocido personaje de Madrid que estaba de paso comentó que tal cuesco superó claramente y con grandísima diferencia al expelido por el señor Cela en el Senado mientras elaboraban la Constitución en la época de la Transición, y que fue comentado hasta en la prensa internacional. Grand fart in Spain tituló un periódico sensacionalista de Londres.

Pero aquello fue verdad. No lo inventó nadie, que tú y yo fuimos testigos presenciales de tal estruendosa vibración. Yo me refiero a esas historias que han ido pasando de generación en generación, y que nadie se ha preocupado, ¡y a Dios gracias!, de averiguar si son ciertas o no.

Como la de la pobre Rosiña.

En ella estaba pensando yo. ¡Tenemos telepatía! Algo me dice que algo bueno nos va a ocurrir.

―Cousa dos anos máis ben.

¡Ya está el filósofo frustrado en acción!

Y ustedes, claro, se preguntarán quién es esa pobre Rosiña y qué historia sin ninguna base real se le atribuye. Si la misma es graciosa, si es una fedelidad o si es pura invención.

Ahora mismo, yo no sé exactamente quién fue la persona que, cuando aún no me dejaban beber café, me contó esta batallita. ¿O tal vez la leí en alguno de esos libros que tenían mis tíos en la finca para las por entonces interminables tardes de lluvia?

La sitúo en mi memoria en esa época de niño en la que uno es muy cruel con los animales y disfruta martirizando escarabajos de la patata en impúdicas corridas de toros en la era de la finca.

Lo que sí sé es que me hizo muchísima gracia; y que como me llegó a mí quiero que les llegue a ustedes.

Rosiña era una rapaza de diez años, pero con un cuerpo muy despierto y dicharachero. Le gustaba muchísimo subirse a los árboles por poder observar desde ellos, y con absoluta impunidad, cualquiera cosa que ocurriese en su aldea.

Un día de un caluroso mes de la Virgen, Rosiña pasaba el tiempo vacacional encaramada a una rama de un manzano atisbando el camino que llevaba a una de las casas más rimbombantes de la zona. Desde allí podía ver cómo jugaban los hijos del hombre más influyente de la comarca.

Cuando el cura de la parroquia la vio allí subida, y sin cueiros, se lo recriminó vivamente y le gritó que bajara en un abrir y cerrar de ojos.

Después de persignarse media docena de veces, le dijo en un tono más bajo y menos recriminador:

―Filliña, ¿qué haces ahí? ¿No te das cuenta de que te puedes caer y te puedes matar?

La rapaza miraba el suelo con el miedo de quien está a punto de recibir una buena calabazada. Pero no, el cura metió la mano en la faldriquera y le dio a Rosiña una moneda bien hermosa.

Para que tu madre te haga un buen cueiro y no tengas que llevar el culo a la vista de todo el mundo.

Rosiña se fue como un rayo hacia su casa y le dio la moneda a su madre con una alegría grandísima. Esta, que tenía máis voltas cos cabaliños da feira y le daba sopas con caldo a más de uno en la aldea vio el cielo abierto pensando en los cartos que le podía sacar al cura.

Dejó pasar unos días, y en la víspera del día de la Virgen, cuando el cura tenía que pasar varias veces por cerca del ya famoso manzano, quiso poner en práctica su función teatral.

Tuvo que escoger un manzano diferente al de su hija porque tenía éste las ramas muy delgadas y quebradizas para soportar su voluminoso cuerpo. Le echó el ojo a una rama bien hermosa y de gran consistencia. Se subió a ella con un enorme esfuerzo, y, después de no sé cuántos gestos y dificultades para colocar sus grandiosas nalgas, quedaron todas ellas a la vista del próximo visitante, que no era otro que el cura de la mano generosa. Para que no pasara desapercibida su presencia, se puso a silbar una llamativa y popular canción.

Cuando el viejo hombre de iglesia pasó por el lugar hizo los mismos ademanes que la vez anterior, pero no ocurrió así con sus palabras. La mujer, queriendo llamar bien la atención, realizó tales esfuerzos que se cayó escandalosamente y se despanzurró cual sapo festivo delante del cura, que, por cierto, se sonrojó con cierto aire de voluptuosidad, tal vez por la excesiva degustación del caldo encarnado de Barrantes.

¡Mala centella te mate, mujer! A tus años y haciendo cosas de nenos.

La madre de Rosiña no escuchó nada de la regañina sacerdotal, y, como un pedigüeño menesteroso, le extendió la mano en señal evidente de petición de una limosna. Este metió los dedos en la faldriquera «generosa» para darle una moneda, y con una solemnidad propia de la más alta ceremonia religiosa le dijo mientras ponía un patacón en su mano:

¡Toma, por marrana, para que te compres una buena pastilla de jabón! Parece que has dormido en un cortello en vez de en una cama.

Y sin decirle más, se dio media vuelta y la dejó boquiabierta y con un enfado de rabo e de coliflor.

Saca de aí diante, saca,
cara de filloa queimada;
que se meu avo ve o corpo
véndoche de abaixo a cara. 

RAÍCES

Aquel amanecer llegó despacio, como llegan las despedidas que nadie quiere nombrar. La niebla se levantaba del valle y el sol empezaba a colarse entre los castaños húmedos. Se oían perros a lo lejos y el silencio del campo tenía ese peso antiguo de las cosas que llevan siglos en el mismo sitio.

Domingo Troncoso estaba sentado en su sillón de hierro, frente a la casa. No miraba nada en concreto, pero lo estaba observando todo. La huerta, la capilla, el camino de tierra, la parra, los muros con verdín. Cada piedra tenía para él una historia, y aquella mañana le parecía que todas querían hablarle a la vez.

—Esta casa tiene los días contados —dijo en voz baja.

Lo decía muchas veces, pero aquella mañana sonó distinto, como si ya no fuera una queja sino una certeza.

La casa había sido durante años el centro del mundo. En verano se llenaba de hijos, de nueras, de nietos, de risas, de platos, de puertas que se abrían y se cerraban sin parar. Había ropa tendida, tomates en cajas, pan en la mesa grande, niños corriendo por la huerta y siestas largas después de comer.

Ahora todo eso parecía un sueño contado por otro.

Los hijos vivían en Madrid. Tenían trabajos importantes, reuniones, viajes, colegios, actividades, compromisos. Venían cada vez menos, y cuando venían, parecían estar de paso por un lugar que ya no era suyo.

Domingo había pasado la vida trabajando aquella tierra. Había plantado árboles que tardaban años en dar fruto, había levantado muros piedra a piedra, había arreglado tejados bajo la lluvia, había dormido en el establo esperando a que pariera una vaca. Nunca pensó que lo difícil sería eso: ver cómo todo quedaba atrás sin que nadie se diera cuenta.

Su mujer, Carmiña, salió de la casa con paso lento pero firme.

—Ya está el taxi al caer. Hay que acabar de bajar las maletas.

Domingo no se movió.

—Carmiña, dejamos definitivamente esta casa. Ya no volvemos.

—No digas tonterías —respondió ella—. Llevas toda la vida diciendo lo mismo.

Pero en el fondo sabía que aquella vez era diferente.

Carmiña había heredado la finca y siempre creyó que la familia volvería algún día, que los nietos crecerían y entenderían, que la sangre tira, que las raíces llaman. Lo creía con una fe casi religiosa, como si la tierra tuviera memoria.

Marica, la cocinera, iba y venía con las maletas.

—Señora, algún día volverán —dijo—. Cuando sean mayores. Siempre pasa.

Domingo sonrió sin alegría.

—Cuando quieran volver, esto ya no será nuestro.

Nadie respondió.

El taxi llegó puntual, como todos los años. Ramiro cargó las maletas mientras

Domingo miraba la casa por última vez. La capilla, la huerta, el castaño, el camino, la parra. Todo estaba exactamente igual que siempre, y sin embargo ya no era lo mismo.

Antes de subir al coche, Carmiña entró en la capilla. Rezó despacio, como hacía todos los años antes del viaje. Le pidió a la Virgen un buen camino, salud, y que el año siguiente pudieran volver.

Cuando salió, Domingo ya estaba sentado en el asiento trasero.

El coche arrancó y empezó a subir la cuesta que llevaba a la carretera principal. Domingo se giró para mirar la casa hasta que desapareció detrás de los árboles.

—Adiós, mi casa… meu lar —murmuró.

Carmiña no dijo nada. Sabía que hay despedidas que no se deben discutir.

Al llegar a Santiago, Domingo apoyó la cabeza en el cristal de la ventanilla. Las torres de la catedral se alejaban poco a poco. Cerró los ojos.

Pensó en los veranos con la casa llena. En los tomates con sal a la sombra de la parra. En los nietos corriendo. En las comidas largas. En las noches de vino y conversación. En la vida entera.

Y pensó que un hombre no es de donde nace, sino de donde entierra su vida.

Se quedó dormido.

Dormía tranquilo, con la respiración lenta, como si por fin hubiera dejado de luchar contra algo que llevaba años persiguiéndolo. Carmiña pensó que estaba descansando.

Pero no.

Domingo Troncoso murió en el coche, en silencio, sin molestar, como había vivido siempre. Se fue sin despedirse, llevándose con él la casa, la huerta, los veranos, la familia reunida y una forma de vivir que ya no iba a volver.

Cuando Carmiña se dio cuenta, le cogió la mano y se quedó mirando la carretera sin llorar, muy seria, como miran las mujeres de la tierra cuando entienden que la vida no pregunta, solo sigue.

Fuera, los campos pasaban uno tras otro, verdes, antiguos, indiferentes. La tierra permanece. Los hombres pasan. Y las raíces, aunque nadie las vea, siguen siempre enterradas en el mismo sitio. 

RAMIRO

En las húmedas tierras de Compostela, en la aldea de Outeiro dos Cachelos, donde la niebla se enreda con las campanas y los peregrinos confunden milagros con meriendas, dicen los beodos lenguaraces, esos que tienen la húmeda más suelta que una campana en día de fiesta, que «nació, echó alas y voló por toda la comarca» uno de los personajes más legendarios que la vella memoria popular ha podido inventar: Ramiro das Trompas. Dicen de él, sin crédito alguno, que era hijo de un delgaducho y faneco marinero que domaba las indomables y bramadoras olas de A Costa da Morte como quien doblega caballos desbocados y de una mujer de hueso ancho que recomponía el estómago a los que lo tenían caído con una mezcla de orujo y de plantas milagreiras que cultivaba en la huerta de su casa. El comentario que se le atribuye al maestro que nunca tuvo, fue que Ramiro quiso ser un gran escritor, y, para inspirarse, prefirió disciplinarse vaciando botellas de vino por todas las tabernas y furanchos que había en su contorna. Era un gran aficionado al vino de Barrantes, ese tinto espeso que tiñe la lengua y la conciencia.

Barrantes vermello vino,
alegra corpo e cabeza,
entra rindo pola boca
e sae cantando na mesa.

Según un vecino que emigró a América gracias al descarado calote (pufo) del cacique de la aldea que le compró por una insignificante cantidad de dinero el poblado bosque que habitaba a las espaldas de su vivienda, Ramiro bebía más que rezaba, rezaba más que trabajaba y trabajaba menos que bebía. Era capaz de superar al tabernero Suso da noite, un hombre que solo sabía beber vino en su propio negocio las veinticuatro horas del día, como si el mundo fuese una bodega infinita.

Si seguimos con la leyenda, en esta aldea también vivía un cura mayor, de sotana multicolor por lo desgastada que lucía y conocido por sus sermones interminables, en los que advertía siempre a los feligreses de los peligros del baile con una cita de un conocido catequista de la época: el baile vertical es la antesala de un deseo horizontal. Este cura se subía al púlpito y comenzaba, con medio cuerpo fuera, el sermón golpeando la madera con el anillo:

―¡Callaos, cona! Y carraspeaba fuertemente. Tened bien claro que el vino de Barrantes es tentación, y la tentación lleva al pecado. Pero toda la aldea sabía que el reverendo, en secreto, mojaba sus labios en la misma tentación, porque nadie se resistía a un Barrantes bien servido. El cura rezaba más fuerte cuanto más roja quedaba su lengua.

Mariquiña, mujer de 25 contundentes años, de ojos como faroles y sonrisa como cuchillo era el caldo de todas las miradas, pero solo el difuminado Ramiro se atrevía a cortejarla con trabalenguas imposibles:

Tres tintos tentaron a tres tristes tragadores, tres tristes tragadores tentaron otros tres tintos, y Ramiro sin tino, por tentar más que los tintos, tentó a María con tres tintos y tentó sin tino. Los tintos de la tentación fueron tentados por los tristes tragadores y Ramiro sin tino los tentó de nuevo con más tintos.

Mariquiña se reía porque no entendía nada, el cura se persignaba por si escondía un pecado mortal, y el tabernero seguía bebiendo al son de las «tes» de los trabalenguas. Cuentan que así pasaban las tardes compostelanas, entre chismes, frases enrevesadas y reiterados tientos a las tazas del vino tinto.

Un día posterior al de la fiesta mayor de Outeiro dos Cachelos, la taberna estaba repleta de resaqueiros y esmorgantes insomnes que intentaban despejar la mente con más vino. Ninguno y todos aprovecharon el gran auditorio para relatar que un fulano con la alegría embotellada ―al que según él, dado el altísimo nivel de la borrachera, las farolas le hacían reverencias―, alucinó cuando se enteró de que Ramiro había prometido a María que si lograba beberse tres jarras de Barrantes sin caerse al suelo, ella le daría un beso de tornillo en la plaza mayor. El cura, indignado, organizó una procesión para impedirlo, y el tabernero, emocionado, llenó las jarras como si fueran océanos.

Ramiro bebió la primera jarra y la lengua se le trabó. Bebió la segunda y los pies se le cruzaron. Bebió la tercera y entonces, milagro o borrachera, comenzó a recitar trabalenguas tan veloces que las campanas de la catedral se confundieron con su voz.

María mira a Sancho, Sancho sueña que María lo mira, si María mira a Sancho y Sancho sueña que la mira, ¿quién mira más, María que mira o Sancho que sueña que la mira?

Y volvió a darle besos de noche de bodas a la jarra. Animado, como todo borrachón, se envalentonó y soltó el más difícil todavía:

Besos besaban los besos de Ramiro, besos buscaban los besos de María, si los besos de Ramiro besaban los besos que María buscaba, ¿qué besos besaban más, los besos buscados o los besos besados?

María, divertida, no dudó lo más mínimo en cumplir su promesa. El beso fue tan sonoro y prolongado que los peregrinos lo confundieron con un milagro. El cura, resignado por no conseguir que respetaran las normas de urbanidad, declaró que aquel día Outeiro dos Cachelos, y por supuesto Compostela, habían sido bendecidas por el vino y por la risa, y añadió en su sermón:

―Si el Señor convierte el agua en vino, ¿por qué no ha de convertir el vino en amor?

El tabernero, fiel a su destino, siguió bebiendo como si el vino se fuera a escapar y con gran constancia, que es la forma seria de beber.

Y como toda leyenda que nace con la alegría embotellada necesita su música.  Los aldeanos, dicen que dirigidos por Ramiro, inventaron un canto que aún se escucha en las tabernas de Compostela cuando el vino de Barrantes corre como caballo desbocado:

Sancho bebió,
María besó,
la gente rio
y el cura rezó.
Tres jarras,
tres besos,
tres campanas
sonaron,
y en Compostela
los milagros
brindaron.
¡Barrantes bendito,
Barrantes tentado,
que el vino
y el beso jamás
se vean negados!

Así quedó escrita una de las leyendas más famosas de Ramiro das Trompas, el marinero que nunca navegó, pero que conquistó las tierras de Compostela con vino, picardía, trabalenguas, versos y un beso que aún resuena en las plazas. Desde entonces, incluso sabiendo que ningún aldeano conoció al tal Ramiro en persona, nadie fue capaz de dudar de la veracidad de dicho relato popular.

Y, desgraciadamente, en este punto tengo que intervenir como veraz narrador de este mito popular. Las mentiras tienen muy poco recorrido, sentenció un pobre que, gracias a las invitaciones, salía todas las noches de la taberna como si hubiera encontrado la solución a sus problemas en el fondo del vaso.   

Hace unos días, cuando alguien ―debo escudar su nombre― se enteró de que yo le iba a dar forma a esta leyenda en mi «afamado blog», se puso en contacto con Suso da noite para poner los puntos sobre las «íes griegas de tal historia» (sic).

Amigho Suso, un afamado afilador, que paseaba su rueda de afilar por las calles de Outeiro dos Cachelos ofreciendo su oficio, y originario de la Terra das chispas, se indignó sobremanera con la leyenda de Ramiro das Trompas y negó con la clarividencia de dos botellas de Barrantes engullidas que «fora ese carallo o protagonista».

Amigho Suso, quien te relató palabra por palabra la leyenda de un hombre sin nombre de Nogueira de Ramuín, la cuna de los afiladores, fui yo, pero como tú no distingues a ninguna hora del día tu casa de la de tu vecino ni el suelo del cielo, y por simpatía con ese etéreo Ramiro, se la adjudicaste a este como quien le cobra el vino al que no ha consumido ni una taza.

A mí, escritor de esta entrada, después de ser pillado en tal trola Suso da noite, me informó la mujer de este por carta que debía saber la verdad de todo. Mi marido, antes de la penúltima taza, mientras descansaba de no beber, juraba por la tumba de sus padres, que aún estaban vivos, que aquella leyenda no era del tal Ramiro das Trompas, sino que la trajo a Outeiro dos Cachelos el afilador antes mencionado natural de la cuna de las leyendas, Vilariño do Silencio.

El tabernero, seguía la mujer, con una cogorza tan descomunal que caminaba en plural y veía doble, pero pensaba la mitad, me juró por el Baco de turno que fue incapaz de distinguir a Ramiro del afilador, pero que el chiflo parecía darles más peso a las palabras del relojero de los cuchillos.

Sin embargo, Suso da noite fingió que seguía dudando porque descubrió que la disputa en la ubicación del protagonista le llenaba el bolsillo y cada noche que hacía caja su cabeza daba más vueltas que una rueda de bicicleta.

Desde entonces, cada vez que alguien menciona la leyenda, su taberna se puebla de «oficiales de la borrachera» para ver si el afamado misterio ve la luz.