Hay lugares que se quedan en la memoria, y luego está A Lanzada, que se queda un poco más adentro. Ver esa inmensidad de arena y ese mar que parece no tener prisa me devuelve una sensación difícil de explicar: alegría serena, de la que no hace ruido. Mientras caminaba por la playa, con la brisa del Atlántico acariciando la cara y el sonido de las olas marcando el ritmo del día, sentí esa morriña anticipada que aparece incluso antes de marcharse. Porque uno sabe que esos momentos no duran para siempre.
A Lanzada tiene algo especial. No necesita artificios ni grandes palabras. Es belleza sin esfuerzo, naturaleza en estado puro. Allí todo parece auténtico: la luz, el mar, el horizonte y hasta los silencios. Y mientras contemplaba ese paisaje inmenso, pensé en la suerte de poder estar allí, respirando Galicia despacio, guardando en la memoria cada color y cada instante para llevármelos conmigo cuando tocara regresar.

