EL RUIDO DE FONDO

No soportaba que su habitación estuviera a oscuras de noche. Le amenazaba, cuando no había luz, una oleada constante de sobresaltos emocionales. En ese momento de oscuridad crecían en su mente, aunque decía que los sufría todo el día, un acongojante carrusel de imágenes y sonidos extraños: cucarachas subiendo por la pared con el único fin de atacarlo cuando se quedara dormido, doloridos ladridos de un perro herido por la brutalidad de su amo, feroces lagartijas trepando por sus piernas cual orangután en busca de alimento, la pegajosa humillación de una lluvia de espesos salivazos de una llama en plena boca y una inmensa cisterna desbordándose como un repugnante pozo negro mientras estaba sentado en el inodoro.

Por eso, agradecía a todos los santos cuando el despertador sonaba insensible a las 5 de la mañana y las «estomagantes imágenes disminuían casi en absoluto». Después de despertarse y cerciorarse de que no había nadie en la habitación, lo primero que oía con claridad era siempre lo mismo: el zumbido bajo del fluorescente del pasillo que presagiaba un incendio que él siempre evitaba al levantarse desnudo y darle un seco golpe con una escoba que solo tenía esa utilidad. Burdo ritual de un arrendatario que no podía hacer en la casa alquilada la más mínima mejora.

Martín, simulando una transición entre sus pesadillas y la realidad, oía el mosconeo incluso antes de abrir los ojos, como si no proviniera del techo sino de algún lugar dentro de su cabeza. Era muy molesto, pero no tanto como las fantasmales representaciones de la noche, aunque, según él, estas no lo abandonaban en todo el día. Su lamento en solitario era que, después de ver por la noche repugnantes ecos, ese ruido no lo tranquilizaba en absoluto. Estaba ahí cumpliendo su función sin preguntarse nada: joderle un reparador despertar tras una vomitiva noche. 

Se levantó con sumo cuidado para no despertar a nadie en una casa en la que sólo vivía él. Siempre la misma acción, como si en su entorno sintiera una untuosa compañía de irreales sombras. Es más, la liturgia matinal era patética: cuando llegaba a la cocina, un educado saludo a los ausentes comensales que tenían delante, a falta de café, el desayuno que había preparado Martín la noche anterior. En la cocina, la cafetera tardaba lo mismo de siempre. El sonido lo retornaba a la realidad como todos los días: Martín observaba cómo subía el vapor hasta su nariz y le obligaba a estornudar con gran violencia. Pensaba que, si un día no hubiera vapor, con toda probabilidad lo aceptaría también sin demasiado sobresalto y estornudaría del mismo modo escandaloso.

El piso conservaba esa cualidad ambigua de los lugares habitados en solitario: el acomodo suficiente para no parecer abandonado y el desorden justo para fingir ante sus amigos una vida que en realidad estaba más vacía que un túper después de una comida laboral.

Se duchó a toda velocidad, pero con una violencia que le dejaba la piel en carne viva. Intentaba después que se calmara con una loción para piel atópica extendida con sus rudas manos por todos los rincones de su cuerpo. Se lavaba el sexo con la misma belicosidad, aunque en los últimos tiempos se lamentaba de que dormía cual bebé recién nacido.

Todas las acciones que tenía que hacer para poner la moto en marcha las realizaba de modo rutinario, excepto aquel día que se olvidó de ponerse el casco y le cayó una multa de 200 euros más la pérdida de 3 puntos en el carné de conducir. Odiaba el casco porque, cuando lo llevaba puesto, los sonidos nocturnos se acentuaban como si quisieran vengarse de tanto silencio diurno. En aquella ocasión le contó al guardia una peregrina justificación ―le acababan de robar el casco― que se sufragó en un vergonzoso ridículo cuando le pidió que abriera el compartimento que estaba bajo el asiento, donde pudieron comprobar que había un reluciente casco.

En el banco, el inicio de la mañana se desplegó con la precisión habitual. Siempre entraba tarareando una canción para que se dieran cuenta los empleados de que ya estaba en la oficina el subdirector. Aunque la realidad del tarareo era que no quería que percibieran una cara tensionada como consecuencia de los sonidos nocturnos que se habían despertado, dañinos y amenazantes, en el trayecto de su casa a la oficina. Una vez sentado en su despacho, la odiosa rutina. Ventilar el despacho. Saludar a los que llegaban tarde. Contestar mensajes. Revisar los resultados de la bolsa. Comprobar ciertos datos en la web del banco. La luz de la maldita pantalla clavándose en sus ojos. Números revisados que no pesaban, pero que tampoco desperezaban su modorra. Personas que confiaban en él sin conocerlo. Esto abarcaba las primeras horas de la mañana.

Al final de la mañana, mientras explicaba por enésima vez un procedimiento idéntico al del día anterior, se descubrió pensando ―algún día lo llevaría a cabo, simplemente por provocación― que podía hacer todo aquello con los ojos cerrados. No como metáfora, no. Literalmente. Esto lo hundió en un miserable pensamiento sobre la vacuidad de la vida que llevaba en los últimos tiempos. No veía un incentivo cuando le hablaban de ocupar la dirección, que era el salto lógico, ya que el director estaba a punto de jubilarse. No era infelicidad lo que sentía. Eso lo tenía claro. La infelicidad exige una energía que él ya no estaba seguro de poseer. Lo suyo era otra cosa: una sensación continua de estar gastando el tiempo en una moneda que no le pertenecía. El día avanzaba, pero no dejaba marca, ni buena ni mala.

A la hora de comer, se sentó en un banco de piedra que había en la pequeña plaza que nacía a los pies de la oficina bancaria. Abrió el envase que contenía una ensalada de quinoa, con verduras, garbanzos, dos tortillas de trigo, pan integral y un yogur Activia de stracciatella. Lo aliñó todo con una vinagreta clásica y la devoró en menos de cinco minutos. Siempre mostraba una gran ansiedad a la hora de comer. Una vez terminada la comida, encendió un cigarro y se lo fumó mientras examinaba su entorno.

Observó, sentados a pocos metros, a un grupo de empleados del banco hablar de vacaciones, de reformas, de hijos que crecían como si el crecimiento fuera una promesa y no un aviso mientras comían unos sándwiches de Rodilla con varias latas de Coca-Cola. Pensó que llevaba años escuchando los mismos temas, con ligeras variaciones de nombres. Pensó también que nadie parecía darse cuenta.

Por la tarde, al salir del banco, la ciudad seguía funcionando. Tráfico. Gente. Prisa. Bocinazos. Insultos. Martín caminó sin rumbo fijo durante un rato, como si retrasar la vuelta a casa pudiera tener algún efecto real en su parsimonia. Sabía que no lo tenía. Aun así, su paso era constante y desnortado. Los viernes eran distintos. No mejores. Distintos. Había algo en la cercanía del fin de semana que le devolvía una forma primitiva de atención. Como si el cuerpo se adelantara a la mente y se preparara para algo que no sabía nombrar. Miró el reloj. Era increíble, pero se había perdido. Bueno, quien lo conocía sabía de su evidente desorientación. Después de consultar el Google mapas, regresó a coger la moto y llegó a su casa muy cansado de toda la semana en el banco.

Esa noche bebió más de la cuenta. Entró en el bar de copas como quien entraba en un lugar prestado. Nadie lo esperaba en ninguna parte, y eso le daba una libertad extraña, casi liviana. Se sentó en la esquina de la barra, pidió lo de siempre, y observó cómo las conversaciones de otros se entrelazaban y se deshacían en el aire tibio del alcohol y de la música baja. Habló con desconocidos. Dijo cosas que no recordaría nadie ―él menos― con precisión. No buscaba placer. No buscaba fricción verbal. No buscaba nada en particular. Ni compañía urgente ni olvido completo. Solo el murmullo compartido que le recordase que el mundo seguía latiendo, incluso cuando nadie pronunciaba su nombre.

En casa no había luces encendidas ni ruido de platos. Solo habitaciones que guardaban silencio y un sofá que conservaba la forma de su cuerpo. A veces retrasaba el regreso para alargar la ilusión de pertenecer, aunque fuera como espectador, a la vida de los demás. La calle era una vida llena de latidos, su casa era un símil claro de la más abyecta soledad.

El sábado se despertó tarde, con la boca seca y la sensación de haber estado despierto durante varias horas en un abotargado insomnio. Se quedó mirando el techo, siguiendo con la vista una grieta fina que no estaba seguro de haber visto antes. Pensó en mudarse. No a otro barrio. A otro lugar. Uno donde nadie supiera qué hacía ni por qué había llegado hasta allí. Esa noche no hubo ni sonidos extraños ni ruidos matinales que le provocaban una enorme ansiedad. Se rio de forma desequilibrada cuando le atizó con la escoba a la luz del pasillo. Bebió en casa.

Llevaba años fantaseando con la retirada. No con la huida. La huida implicaba persecución y esta conllevaba una posible búsqueda. Él quería algo más silencioso. Un desaparecer sin ruido, como cuando de niños apagábamos una radio que llevaba demasiado tiempo encendida. Imaginaba un sitio sin conversaciones ajenas, sin la obligación de opinar, sin la necesidad de explicar cruciales decisiones que nunca había tomado del todo.

La noche del sábado al domingo hubo un amago de asquerosos sonidos de animales, pero Morfeo, con sus alas en la espalda, le hizo un gran favor y lo situó en una isla paradisiaca junto a una mujer que no conocía de nada, pero que no paraba de hablar. Se despertó angustiado por el tono hiriente de la mujer que lo acompañó a dicho viaje.

El domingo, la ciudad parecía contener la respiración. Recordaba que le habían dicho que en domingo uno no se podía poner enfermo y mucho menos ir a urgencias. Martín, a pesar de las molestias de estómago, ocasionadas por un certero resacón, salió a caminar temprano. Pasó frente a bares cerrados, persianas a medio bajar, escaparates que no tenían nada que ofrecer y farmacias de guardia. En un banco de un parque desconocido para él, se sentó a observar a un hombre mayor que alimentaba a las palomas con una paciencia infinita. No parecía esperar nada a cambio. Martín se sintió muy extraño, pues no manifestó en alto, como en numerosas ocasiones, el asco que le producían las palomas. Quizá fuera por el respeto que le generaba el anciano.

De vuelta en casa, sudado y necesitado de una ducha, pasó por el baño y otra vez la violencia higiénica. Preparó con ritmo mecánico la ropa para el lunes. El gesto le produjo una incomodidad inesperada. No era rechazo. Era un cansancio anticipado a una semana igual que las mil anteriores. Se sentó en el borde de la cama y permaneció allí más tiempo del necesario, como si el cuerpo intentara negociar algo con la cabeza.

Durante la semana siguiente, pequeños detalles empezaron a desajustar su adquirida rutina. Llegaba unos minutos tarde. Olvidaba contraseñas que había usado durante años, no ventilaba el despacho y una mañana, al mirarse en el espejo del baño del banco, no se reconoció de inmediato. Vio a otro hombre, otro gesto, otra mirada. No fue un sobresalto. Fue la constatación tranquila, casi administrativa de que no «estaba» él en el banco y le había sustituido un avezado y ambicioso joven.

El jueves, en casa, mientras archivaba unos documentos en diferentes carpetas de su portátil, se dio cuenta de que llevaba diez años diciendo la frase «cuando tenga tiempo». La frase se le apareció completa, desnuda, sin adornos. «Cuando tenga tiempo». No sabía exactamente para qué. Solo sabía que ese tiempo nunca llegaba.

Ese viernes no salió. No bebió. No buscó ruido. Se sentó en el sofá con las luces apagadas y escuchó el zumbido lejano de la ciudad. Pensó que, quizá, no hacía falta una decisión espectacular. Que tal vez bastaba con empezar a no hacer, a no aceptar, a no continuar su vida por una «humana» inercia.

Pasó otra semana con los mismos síntomas. Cuando llegó el viernes, pidió el día libre. Los compañeros de la oficina se miraron con extrañeza cuando detectaron la ausencia de su «cumplidor» subdirector.

No tuvo que dar explicaciones elaboradas al director porque este estaba en la boda de una nieta. Nadie se las pidió. Caminó hasta la estación de autobuses y compró un billete al azar, como quien compra un décimo de lotería sin ver el número. Un lugar pequeño. Un nombre que no le dijese nada. Se sentó a esperar sin revisar el teléfono y eso que tenía siete llamadas perdidas del banco.

Un supervisor fue el que miró el billete y le indicó el andén al que se tenía que dirigir para ir a ese lugar misterioso. En ese momento descubrió la ciudad que era su destino. Sonrió porque tenía asegurado el éxito de sus planes si era capaz de llevar a cabo sus deseos, algo que era muy difícil de averiguar, dado que en los últimos tiempos iba de fracaso en fracaso.

Mientras el autobús arrancaba, Martín sintió algo parecido al miedo. En lenguaje castellano, se acojonó. El reflujo volvió y la boca le empezó a saber a la porrusalda del día anterior.  La ansiedad y el espanto ante lo desconocido volvió a aflorar con una fuerza inhumana, que se devoró su entusiasmo y aniquiló el alivio que había experimentado cuando dejó atrás el banco. Era una nueva forma de llamar la atención. Miró por la ventana cómo la ciudad se alejaba sin dramatismo. Pensó que, por primera vez en mucho tiempo, el tiempo no se le estaba yendo de las manos sin dejar rastro. Estaba convencido de que iba a ganar la partida esta vez, aunque, con una íntima sinceridad, desconocía qué iba a pasar. De lo que estaba seguro era de que ya no estaba fingiendo la aceptación de una rutina dañina y despersonalizadora. Sacó un cuaderno de notas y leyó la última que había recordado. Era del Buscón de Quevedo: Nunca mejora su estado, quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres. Y se durmió en un suspiro, como los niños cuando se sienten seguros.