Hay personas que pasan por la vida como hojas llevadas por el viento; y otras, que sin hacer ruido, dejan raíces profundas en los lugares por los que pasan, aunque se detengan fugazmente. Tú perteneces a estas últimas. Hay algo en tu manera de estar ―esa mezcla de firmeza y delicadeza― que hace, cuando te recuerdo, que el mundo que me rodea se ordene un poco mejor. No necesitas levantar la voz para que te escuchen. No precisas explicar quién eres: se adivina. Tu fuerza no es de piedra, es de río: constante, paciente, inevitable. Y quien te conoce, aunque sea por medio de un nombre escrito en una carta, entiende que hay en ti una claridad que no se aprende, una especie de tranquila sabiduría que no presume, pero que acompaña. Si algún día estas palabras te llegan ―lo veo casi imposible porque no sé dónde estás― quiero que sepas esto: no han sido escritas para impresionarte, sino para honrarte. Porque hay nombres que merecen ser dichos con respeto, y el tuyo es uno de ellos.
