Escribo sin saber para quien. Escribo como quien deja una luz encendida en un cuarto vacío, como quien cierra una carta y no pone remite en el sobre. Por ello, tal vez, estas letras nunca lleguen. Quizá estas palabras aprendan a envejecer solas, a dormir en un cajón, a respirar el polvo de los días que pasan sin remedio. Pero yo escribo igual. Porque mi escritura es una llamada sin respuesta asegurada, un gesto lanzado al tiempo, una voz que no quiere morir sin ser oída. Y si cuadra, algún día, cuando ya no te esté buscando, cuando tú no sepas si aún te sigo escribiendo, abrirás esta carpeta como quien encuentra un mensaje olvidado en un viejo bolsillo. Entonces, por un segundo, yo existiré de nuevo en tus ojos. Y será suficiente porque todo lo que escribo es sólo esto: la humilde esperanza de que alguien, en algún lugar, me lea.
