Ahora que el reloj ha dejado de marcarme las horas ajenas, se abre ante mí un tiempo sin dueño, un territorio blando donde la morriña es bruma y también semilla. No quiero hablar de lo que termina, sino de lo que brota: una vida que respire a mi compás, donde las palabras sean casa y refugio, y escribir no sea tarea sino necesidad, como quien enciende la lumbre en las tardes húmedas. Que el futuro no me sea ingrato, que me trate con la delicadeza con que se sostiene una taza de porcelana heredada, y que la salud me acompañe como un río manso que no hace ruido, pero da vida. Que no haya envidias que envenenen el aire ni sombras que me roben la luz, y que la soledad emocional no me carcoma por dentro como la polilla en la madera antigua. Quiero sentir que cada amanecer es una página en blanco que me pertenece, que puedo llenarla con el latido sincero de lo que fui y de lo que todavía deseo ser. Si la morriña llega, que llegue dulce, como un recuerdo que aprieta, pero no ahoga; y que en el silencio encuentre no un vacío, sino un espacio fértil donde seguir creciendo, escribiendo, viviendo a mi manera, sin miedo y con esperanza.
