En las húmedas tierras de Compostela, en la aldea de Outeiro dos Cachelos, donde la niebla se enreda con las campanas y los peregrinos confunden milagros con meriendas, dicen los beodos lenguaraces, esos que tienen la húmeda más suelta que una campana en día de fiesta, que «nació, echó alas y voló por toda la comarca» uno de los personajes más legendarios que la vella memoria popular ha podido inventar: Ramiro das Trompas. Dicen de él, sin crédito alguno, que era hijo de un delgaducho y faneco marinero que domaba las indomables y bramadoras olas de A Costa da Morte como quien doblega caballos desbocados y de una mujer de hueso ancho que recomponía el estómago a los que lo tenían caído con una mezcla de orujo y de plantas milagreiras que cultivaba en la huerta de su casa. El comentario que se le atribuye al maestro que nunca tuvo, fue que Ramiro quiso ser un gran escritor, y, para inspirarse, prefirió disciplinarse vaciando botellas de vino por todas las tabernas y furanchos que había en su contorna. Era un gran aficionado al vino de Barrantes, ese tinto espeso que tiñe la lengua y la conciencia.
Barrantes vermello vino,
alegra corpo e cabeza,
entra rindo pola boca
e sae cantando na mesa.
Según un vecino que emigró a América gracias al descarado calote (pufo) del cacique de la aldea que le compró por una insignificante cantidad de dinero el poblado bosque que habitaba a las espaldas de su vivienda, Ramiro bebía más que rezaba, rezaba más que trabajaba y trabajaba menos que bebía. Era capaz de superar al tabernero Suso da noite, un hombre que solo sabía beber vino en su propio negocio las veinticuatro horas del día, como si el mundo fuese una bodega infinita.
Si seguimos con la leyenda, en esta aldea también vivía un cura mayor, de sotana multicolor por lo desgastada que lucía y conocido por sus sermones interminables, en los que advertía siempre a los feligreses de los peligros del baile con una cita de un conocido catequista de la época: el baile vertical es la antesala de un deseo horizontal. Este cura se subía al púlpito y comenzaba, con medio cuerpo fuera, el sermón golpeando la madera con el anillo:
―¡Callaos, cona! Y carraspeaba fuertemente. Tened bien claro que el vino de Barrantes es tentación, y la tentación lleva al pecado. Pero toda la aldea sabía que el reverendo, en secreto, mojaba sus labios en la misma tentación, porque nadie se resistía a un Barrantes bien servido. El cura rezaba más fuerte cuanto más roja quedaba su lengua.
Mariquiña, mujer de 25 contundentes años, de ojos como faroles y sonrisa como cuchillo era el caldo de todas las miradas, pero solo el difuminado Ramiro se atrevía a cortejarla con trabalenguas imposibles:
Tres tintos tentaron a tres tristes tragadores, tres tristes tragadores tentaron otros tres tintos, y Ramiro sin tino, por tentar más que los tintos, tentó a María con tres tintos y tentó sin tino. Los tintos de la tentación fueron tentados por los tristes tragadores y Ramiro sin tino los tentó de nuevo con más tintos.
Mariquiña se reía porque no entendía nada, el cura se persignaba por si escondía un pecado mortal, y el tabernero seguía bebiendo al son de las «tes» de los trabalenguas. Cuentan que así pasaban las tardes compostelanas, entre chismes, frases enrevesadas y reiterados tientos a las tazas del vino tinto.
Un día posterior al de la fiesta mayor de Outeiro dos Cachelos, la taberna estaba repleta de resaqueiros y esmorgantes insomnes que intentaban despejar la mente con más vino. Ninguno y todos aprovecharon el gran auditorio para relatar que un fulano con la alegría embotellada ―al que según él, dado el altísimo nivel de la borrachera, las farolas le hacían reverencias―, alucinó cuando se enteró de que Ramiro había prometido a María que si lograba beberse tres jarras de Barrantes sin caerse al suelo, ella le daría un beso de tornillo en la plaza mayor. El cura, indignado, organizó una procesión para impedirlo, y el tabernero, emocionado, llenó las jarras como si fueran océanos.
Ramiro bebió la primera jarra y la lengua se le trabó. Bebió la segunda y los pies se le cruzaron. Bebió la tercera y entonces, milagro o borrachera, comenzó a recitar trabalenguas tan veloces que las campanas de la catedral se confundieron con su voz.
―María mira a Sancho, Sancho sueña que María lo mira, si María mira a Sancho y Sancho sueña que la mira, ¿quién mira más, María que mira o Sancho que sueña que la mira?
Y volvió a darle besos de noche de bodas a la jarra. Animado, como todo borrachón, se envalentonó y soltó el más difícil todavía:
―Besos besaban los besos de Ramiro, besos buscaban los besos de María, si los besos de Ramiro besaban los besos que María buscaba, ¿qué besos besaban más, los besos buscados o los besos besados?
María, divertida, no dudó lo más mínimo en cumplir su promesa. El beso fue tan sonoro y prolongado que los peregrinos lo confundieron con un milagro. El cura, resignado por no conseguir que respetaran las normas de urbanidad, declaró que aquel día Outeiro dos Cachelos, y por supuesto Compostela, habían sido bendecidas por el vino y por la risa, y añadió en su sermón:
―Si el Señor convierte el agua en vino, ¿por qué no ha de convertir el vino en amor?
El tabernero, fiel a su destino, siguió bebiendo como si el vino se fuera a escapar y con gran constancia, que es la forma seria de beber.
Y como toda leyenda que nace con la alegría embotellada necesita su música. Los aldeanos, dicen que dirigidos por Ramiro, inventaron un canto que aún se escucha en las tabernas de Compostela cuando el vino de Barrantes corre como caballo desbocado:
Sancho bebió,
María besó,
la gente rio
y el cura rezó.
Tres jarras,
tres besos,
tres campanas
sonaron,
y en Compostela
los milagros
brindaron.
¡Barrantes bendito,
Barrantes tentado,
que el vino
y el beso jamás
se vean negados!
Así quedó escrita una de las leyendas más famosas de Ramiro das Trompas, el marinero que nunca navegó, pero que conquistó las tierras de Compostela con vino, picardía, trabalenguas, versos y un beso que aún resuena en las plazas. Desde entonces, incluso sabiendo que ningún aldeano conoció al tal Ramiro en persona, nadie fue capaz de dudar de la veracidad de dicho relato popular.
Y, desgraciadamente, en este punto tengo que intervenir como veraz narrador de este mito popular. Las mentiras tienen muy poco recorrido, sentenció un pobre que, gracias a las invitaciones, salía todas las noches de la taberna como si hubiera encontrado la solución a sus problemas en el fondo del vaso.
Hace unos días, cuando alguien ―debo escudar su nombre― se enteró de que yo le iba a dar forma a esta leyenda en mi «afamado blog», se puso en contacto con Suso da noite para poner los puntos sobre las «íes griegas de tal historia» (sic).
―Amigho Suso, un afamado afilador, que paseaba su rueda de afilar por las calles de Outeiro dos Cachelos ofreciendo su oficio, y originario de la Terra das chispas, se indignó sobremanera con la leyenda de Ramiro das Trompas y negó con la clarividencia de dos botellas de Barrantes engullidas que «fora ese carallo o protagonista».
― Amigho Suso, quien te relató palabra por palabra la leyenda de un hombre sin nombre de Nogueira de Ramuín, la cuna de los afiladores, fui yo, pero como tú no distingues a ninguna hora del día tu casa de la de tu vecino ni el suelo del cielo, y por simpatía con ese etéreo Ramiro, se la adjudicaste a este como quien le cobra el vino al que no ha consumido ni una taza.
A mí, escritor de esta entrada, después de ser pillado en tal trola Suso da noite, me informó la mujer de este por carta que debía saber la verdad de todo. Mi marido, antes de la penúltima taza, mientras descansaba de no beber, juraba por la tumba de sus padres, que aún estaban vivos, que aquella leyenda no era del tal Ramiro das Trompas, sino que la trajo a Outeiro dos Cachelos el afilador antes mencionado natural de la cuna de las leyendas, Vilariño do Silencio.
El tabernero, seguía la mujer, con una cogorza tan descomunal que caminaba en plural y veía doble, pero pensaba la mitad, me juró por el Baco de turno que fue incapaz de distinguir a Ramiro del afilador, pero que el chiflo parecía darles más peso a las palabras del relojero de los cuchillos.
Sin embargo, Suso da noite fingió que seguía dudando porque descubrió que la disputa en la ubicación del protagonista le llenaba el bolsillo y cada noche que hacía caja su cabeza daba más vueltas que una rueda de bicicleta.
Desde entonces, cada vez que alguien menciona la leyenda, su taberna se puebla de «oficiales de la borrachera» para ver si el afamado misterio ve la luz.

Me ha gustado mucho, pero al principio me da sensación de mucha humedad. Y con el vino de Barrantes no coincido, a mí me produce terrible acidez. 😒 Mejor, lejos de mí. 👏 LOLA.