Por su sola existencia deberíamos santificar clandestinamente a los endiosados artesanos egipcios. Sería yo el primer devoto de este elemento cristalino de color dorado que hasta al hombre más fanfarrón en la lona de los envalentonados cerveceros ha noqueado.
La cerveza es ese elixir milagroso que hace que el jefe parezca simpático, que los chistes malos se vuelvan obras maestras del humor, y que los problemas se reduzcan al tamaño de la espuma en el vaso. Es la consejera más barata del mundo: te escucha sin juzgarte, te anima sin pedirte explicaciones y, por un rato, te convence de que bailar reguetón con dos pies izquierdos es una gran idea. Claro, al día siguiente, cuando el sol entra por la ventana y tu cabeza suena como tambor de guerra, recuerdas que la cerveza tiene un gran talento: primero te hace sentir sabio, guapo y valiente… y luego te cobra con intereses cada sorbo de optimismo.
