PRINGAO

Espécimen urbano que, por exceso de buena fe o déficit de malicia, acaba siendo el voluntario no solicitado en todas las faenas, el blanco fácil de bromas, y el último en enterarse de que el juego ya empezó… sin él. El pringao no nace, se hace: normalmente tras decir «yo me encargo» en una reunión o confiar en que «esta vez sí me van a valorar».  

Se le reconoce por su mirada de esperanza eterna, su agenda llena de favores ajenos, y su habilidad innata para caer en todas las trampas sociales con la gracia de un pato en patines.  Sin el pringao, el mundo sería menos eficiente… pero también menos divertido.

El pringao es el que presta dinero y se queda esperando el Bizum como si fuera una promesa electoral. Es el que ayuda a su ex a mudarse… con el nuevo novio. Es el que se prepara hasta la extenuación las reuniones con el jefe y nunca toman en serio sus comentarios y propuestas. Cuando habla él, inmediatamente el jefe dice: el siguiente. Es el que se estudia todo el temario y luego pasa los apuntes al que aprueba copiando. Es el que lleva tres meses haciendo horas extra sin cobrar y aún espera que se las paguen. Es el que sigue, después de meses, sin entender que el «necesito tiempo» de ella es un calabazón. Es el que en el trabajo organiza los cumpleaños, recoge dinero y compra los regalos del Amigo Invisible y nadie se lo reconoce. Es el que se presenta voluntario a presidente de la comunidad de vecinos el año que hay mil obras que hacer. Es el que paga en un bar y cuando le dan mal las vueltas, para no aparentar ser un tacaño, las convierte en propina. Es el que siempre llega el primero a la oficina, hace el trabajo de todos, y cuando hay que quedarse hasta tarde, él nunca dice que no. Pero cuando reparten los méritos o los ascensos, nadie se acuerda de él.