CAPÍTULO XXXIV DE ‘HATROZ’.- LOS TRES PRIMOS

Por aquellos tiempos de la infancia los tres primos éramos inseparables. Rosa, Jorge y yo formábamos una piña inexpugnable. Parece una expresión de matices bélicos un tanto exagerada, pero era así.

Nuestro día a día se había convertido en un continuo tobogán de aventuras ―infantiles, evidentemente― en las que nos sentíamos actores de una función polifacética. Unos días navegábamos por las procelosas aguas del pilón de lavar la ropa en unos rudimentarios barcos construidos con pequeños trozos de madera; otros, nos convertíamos en expertos detectives que, en la investigación de un indescifrable asesinato, escudriñábamos en los ocultos recovecos de la casa familiar las pistas que nos permitieran revelar un determinado enigma escogido de un vistoso abanico de posibilidades; y los menos, buscábamos escondrijos donde poder pasar horas y horas a expensas de la familia en un afán desmedido de libertad y osada desenvoltura. «Aquí nadie nos puede decir: esto está prohibido», decíamos en un ritual de raigambre atávica mientras nos atiborrábamos de unas galletas de nata capturadas al «enemigo» en una acción que parecía diseñada por el más alto experto en estrategia militar.

Nuestro mundo era una burbuja. Apenas conocíamos a los vecinos y muy pocas veces salíamos de los límites de la finca. No necesitábamos el exterior para disfrutar de los placenteros veranos. Nuestro reducto familiar era lo suficientemente grande para explayarnos en infinitas andanzas peligrosas. O así las calificábamos nosotros en aquel tiempo.

Del exterior siempre nos preguntábamos lo mismo. ¿Por qué nuestros vecinos no salían nunca de su casa? Nuestros padres nos decían, en un alarde timorato de confesión, ―debían pensar que nos asustaríamos y no dormiríamos de noche― que ellos eran muy especiales, que no podían salir porque estaban poseídos por una fuerza mayor que eran incapaces de controlar. Y ahí se callaban. No nos contaban más. Está claro que ese misterio alimentaba nuestra curiosidad. En más de una ocasión acordamos indagar esta peculiaridad vecinal. Pero, no sé si el miedo a lo desconocido o el interés por otros acontecimientos, la cuestión de los adyacentes pasaba a cuarto plano. En nuestro retiro «arcádico» nos preguntábamos constantemente cómo puede ser que unas personas no salieran de su casa ni para ir a trabajar. Nos preguntábamos que no podía ser verdad. Un primo mayor, que era un paladín de lo herméticamente enigmático, nos contaba a escondidas de los mayores que eran vampiros. Nosotros temblábamos con sólo pensar en esa posibilidad. Él lo argumentaba diciéndonos que en una ocasión los tuvo tan cerca que pudo contemplar su blanca y casi pálida piel. No pueden ser otra cosa, sentenciaba. Y nos dejaba exhaustos por el miedo y boquiabiertos.

En estos quehaceres impúberes pasábamos los días de aquellos veranos inacabables, y, por tanto, agotadores.

El único acontecimiento que rompió nuestra monótona pero placentera distracción por aquellos años fue mi Primera Comunión. Bueno, nuestra; porque Jorge y yo la hicimos el mismo domingo del mes de agosto.

No mencionaré la fecha exacta por esa especie de recato impúdico que me tiene subyugado desde hace unos años. Pienso que es una deshonesta obscenidad vociferar las fechas exactas de algunos acontecimientos. Por eso, debemos hablar de los más que avanzados años 60, casi finiquitados, cuando nuestras familias decidieron que Jorge y yo recibiéramos la Primera Comunión en la pequeña capilla familiar de La Peregrina el día de la patrona de la comarca, la virgen de homónimo nombre al de la finca.

Recuerdo de forma vaga y bastante difusa los mil preparativos, y alguno más, que mi madre estuvo esbozando durante meses. El traje de marinero era algo innegociable, aunque yo me sintiera como un grumete de baja condición. Me sentía avergonzado por llevar puesto una prenda que, en mi pacato discurrir, solo les correspondía a verdaderos héroes marineros. Lo que sentía era una mezcla de sonrojo y vanagloria por emular durante unas horas a los más altos titanes de las epopeyas marinas.

Todo transcurría como se había programado. La ropa, como he dicho, perfectamente diseñada. La cruz pectoral, en la mente de mi padrino, para que yo pudiera hacer gala de ella en las fotos que nos iban a hacer de modo casi cinematográfico. El flequillo, controlado minuciosamente por mi madre. No había día que no me hiciera peinarme exactamente como lo llevaría día tan señalado. Lo retocaba con perfeccionista laboriosidad. No podía ser que me inmortalizaran esquilado como una oveja. Los zapatos, dolorosos como si fueran los de la mili y más rígidos que los que vendían a precio moderado Los Guerrilleros en plena Puerta del Sol. Y la problemática cuestión del aseo perfectamente controlada. No pasó un día en el cual, a la hora del baño, tarea que realizábamos de manera poco concienzuda, nuestras madres ―la de Jorge y la mía― entraban intempestivamente en el cuarto de baño para controlar con rigurosa meticulosidad las orejas, los pies y las rodillas, entre otras partes más que propensas a ir almacenando, como decían ellas, «kilos de suciedad».

Ahora, con el devenir de los años, recuerdo que aquellos días que precedieron a nuestro tercer sacramentar fueron un torbellino de apercibimientos, exigencias y enseñanzas. Del primer sacramentar (bautismo) no tengo el menor recuerdo, pues se llevó a cabo apenas nacido, y el segundo (confesión y penitencia) lo experimenté con un nerviosismo tan extraordinario que me resulta imposible hoy recordar la expiación que me impusieron.

Entre apercibimientos, exigencias y enseñanzas por parte de los mayores de la casa, nuestras vidas transcurrían en un rocambolesco afán de guardar en el más alto de los secretos nuestras empresas de divertimento. Por aquellos días era muy difícil, pues casi de forma preceptuada y cronometrada, éramos requeridos por nuestros padres cada pocos minutos, para ver si seguíamos en perfecto estado de «conservación». Se temían lo peor. Los niños están hechos de la piel del diablo, decía una autoridad eclesiástica. Mi buen padre hablaba de la inocencia infantil y que era imposible presuponer mala intención en nuestras acciones, aunque éstas fueran lo más descabellado del planeta tierra. Deje, deje, que no sería el primer rapaz que tiene que retrasar la recepción de la sangre y el cuerpo de Jesucristo porque de modo horrendo y siniestro ha actuado contra la Santa Madre Iglesia. Mi padre no estaba de acuerdo con tan severa presunción, pero de modo educado y reverente callaba ante las reiteradas admoniciones de tan querido sacerdote.

Y llegó la víspera de tan señalado día. Jorge y yo estábamos muy nerviosos. Casi no pudimos pegar ojo. Todo era un permanente contencioso con nuestros padres. No recuerdo el sinfín de avisos, consejos y prevenciones. No os subáis a los árboles, no os tiréis con el patín por la verja, no juguéis al fútbol. ¡Uf! Menos mal que mañana se acaba todo, nos confesábamos los tres. Como esto dure más, tenemos que emigrar a América. Sin entender muy bien esta frase, la repetíamos constantemente. Era una muletilla que un tío mío, cuando se enfadaba con sus hermanas, soltaba abruptamente. Con ella lograba «animar» el ambiente que reinaba en las comidas.

Sábado. Seis de la tarde. En día tan señalado llegó nuestro juego recientemente descubierto: hacer de peluqueros. En nuestro escondite de la puerta del bosque, nos dispusimos a practicar lo que hacía nuestro entrañable Gabino cada cierto tiempo. No recuerdo exactamente quién fue el que empezó con dicha labor. Lo que sí sé es que nadie tuvo la culpa y los tres cometimos el delito. Con inusitado interés y no menos desacertada impericia nos enfrascamos Rosa, Jorge y yo en un interminable rasurado capilar. El resultado fue calamitoso: mi adorado flequillo se había convertido en una irregular colección de pelos desmadejados y enloquecidos sobre una frente que se dejaba ver ostensiblemente. Todo ocurrió precipitadamente. Ninguno fuimos consciente de la tropelía que estábamos ejecutando. El mundo cambió radicalmente para los tres. Minutos antes mi madre había estado presumiendo del tupido y rectilíneo tupé que había diseñado sobre mi casta y tersa frente.

Las voces se oyeron hasta en Compostela. La desesperación y el enojo se concentraron en mis padres, especialmente en mi madre. Toda mi labor de meses me la has tirado a la basura, y además con tu hermana en la cama por apendicitis, lamentaba mientras se dejaba caer con una creciente resignación en una silla. La indignación en su rostro era visible. Hay que sobreponerse, le dijo mi padre.

La Primera Comunión se celebró ceremoniosamente. Mi madre se encargó de contar a todo el mundo la «desfeita» (desastre, en gallego) cuando le preguntaban por la extraña desaparición de mi flequillo y la presencia de un sorpresivo peinado con una inusitada cantidad de laca. A mi primo Jorge apenas se le notó, ya que tenía ―y tiene― un pelo rizado que ocultó muy bien los trasquilones. Y a mi prima Rosa su madre le pudo disfrazar con harta paciencia los tijeretazos sufridos en su femenina melena.

No hay fotos mías de dicho acontecimiento. Me las hicieron en Madrid en el mes de noviembre. Un día que estaba en la cama con un fiebrón escandaloso. Yo no quería, pero mi madre me conminó a ello. Me levanté sin rechistar. Mi querida madre me dijo por lo bajini que sonriera como si en aquel momento hubiera recibido por primera vez la sagrada forma. Cierto es que cuando ahora contemplo esas fotos observo en mí cierto gesto de vejez prematura.

Cuando en la siesta de día tan especial parecía que todo se iba normalizando llegó la puntilla. Los mayores, después de un copioso y suculento almuerzo, dando cabezadas sonoras y estridentes; los jóvenes, desperdigados por la finca, maquinando la correspondiente salida nocturna. Y los tres pequeños sin dejarnos ver. Todos preocupadísimos porque no aparecíamos por ningún lado los primos protagonistas de esta historieta. Después de una concienzuda búsqueda nos encontraron al pie de un cruceiro que había en la finca tumbados y medio somnolientos. ¿Qué hacéis ahí?, bramó alguien. Cuando vieron entre nuestros tres cuerpos la colilla de un puro habano se dieron cuenta de que nos habíamos cogido una melopea descomunal al fumarnos, tras habérselo robado a mi tío, un puro que le habían regalado en un día tan señalado. Fue el remate de la fiesta.