Rafo llevaba días pensando en mandar a paseo al narrador. Es decir, a mí. Decía que le corregía demasiado, que cambiaba sus palabras, que le quitaba la improvisación a sus recuerdos. Yo sostenía que solo intentaba poner orden en aquel caos para que los lectores no se perdieran. Discutíamos cada vez más a menudo, como si uno no pudiera existir sin el otro.
—Yo soy el que cuenta mi vida —decía Rafo—. Tú solo escribes.
—Yo escribo para que te entiendan —respondía yo—. Si fuera por ti, empezarías una historia por el final y la acabarías en la mitad.
Aquel día, después de fumar un cigarro en la calle y volver más tranquilo, Rafo anunció que iban a dar un salto en el tiempo.
—Vamos a los catorce años. Ahí empezó todo.
Y yo empecé a escribir.
Rafo tenía catorce años y estaba intranquilo. Sus padres esperaban que el nuevo instituto fuera el lugar donde por fin enderezara su rumbo. Aquella mañana desayunaba un tazón de leche con Cola Cao y unas magdalenas mientras pensaba en el nuevo centro, en los recreos, en los compañeros, en el miedo a volver a empezar otra vez.
Ya había pasado por varios colegios y en ninguno había encajado del todo. Recordaba especialmente el primero, donde los profesores le obligaban a escribir con la mano derecha porque la izquierda no era la correcta. Le sujetaban la mano izquierda en la espalda mientras escribía. Años después, cuando lo contaba Rafo, la gente no entendía esos métodos, pero en aquellos años era normal y nadie lo discutía.
En el otro colegio, el profesor de gimnasia, un excampeón de España, le llamaba siempre timorato, miedoso, infantil. Rafo buscó la primera palabra en el diccionario cuando llegó a casa y no le gustó nada. Él no se consideraba cobarde, simplemente no servía para subir cuerdas ni hacer proezas físicas. Pero aquella palabra se le quedó clavada durante años como una etiqueta injusta.
Al final también tuvo que dejar ese colegio. Oficialmente porque no encajaba académicamente; en realidad, también porque la subida de cuotas hacía imposible que su familia pudiera seguir pagándolo. Se fue sin amigos y con la sensación de ser siempre el que no encajaba en ningún sitio.
Por eso el nuevo centro, un instituto, era otra oportunidad.
Su padre lo llevó en un Seat 127 hasta el Calderilla ―así fue bautizado posteriormente―. El edificio era pequeño y modesto, pero el director los recibió en la puerta como si fueran importantes. Aquello le gustó mucho a su padre y tranquilizó a Rafo.
Entró en clase acompañado por el director y lo sentaron junto a un chico llamado Serafín. El día pasó sin sobresaltos. Respondió bien a un par de preguntas y nadie se metió con él. Para Rafo, aquello ya era un éxito.
Pero lo importante ocurrió al salir del instituto.
Cuando se dirigía a la parada del autobús, oyó que alguien gritaba su apellido. Un grupo de compañeros estaba sentado en un banco cerca del río Manzanares y le hicieron señas para que se acercara. Dudó. Había chicas. Eso lo puso todavía más nervioso.
—Quédate con nosotros, queremos conocerte —le dijeron.
Rafo se disculpó torpemente diciendo que tenía que irse, que otro día se quedaría, que tenía que pedir permiso a sus padres. Se fue al autobús pensando en qué excusa inventar para poder quedarse con ellos al día siguiente. Finalmente dijo en casa que querían jugar un partido en el patio del colegio y sus padres le dieron permiso, pero con advertencias muy claras: como incumpliera algo, se acababan «ciertas libertades».
Al día siguiente se quedó con el grupo en el banco. Allí cantaban canciones, alguno tocaba la guitarra, algunos fumaban y todos parecían moverse con una naturalidad que él no tenía. No hablaban de los coches de sus padres ni de casas en la sierra. El ambiente era distinto, más sencillo, más real.
En un momento, uno de ellos le ofreció un cigarro. Todas las miradas se clavaron en él. Sabía que aquello era una especie de prueba de entrada al grupo. Lo cogió con torpeza, temblando, y dio una calada que casi le hace toser. Pero aguantó. Había superado la prueba.
Miró el reloj. Tenía que irse. No sabía cómo despedirse. Entonces una chica llamada Maite le dijo que si quería lo acompañaba a la parada del autobús. La parada estaba a dos minutos, pero ese fue el paseo más largo y más corto de su vida al mismo tiempo.
Fue la primera vez que Rafo sintió algo distinto al mirar a una chica. Caminaban en silencio, rozándose las manos sin querer. Cada roce era como una descarga eléctrica. Ninguno decía nada porque no sabían qué decir, pero los dos querían que el camino no terminara nunca.
El autobús llegó demasiado pronto. Subió torpemente y apenas pudo despedirse. Desde dentro intentó verla otra vez, pero el autobús arrancó y desapareció.
Durante todo el trayecto, durante la merienda, durante la cena y durante la noche, Rafo no pudo dejar de pensar en la mirada de Maite. Algo había cambiado dentro de él.
Al llegar a casa dijo que iba a estudiar y se encerró en su habitación. Intentó abrir el libro que estaba leyendo, pero no podía concentrarse. Solo pensaba en lo que había pasado aquella tarde. En la mirada. En las manos. En el paseo. En el autobús.
Cogió un papel e intentó escribir algo. No sabía muy bien qué. Estaba nervioso, desordenado, lleno de ideas que no sabía cómo poner en palabras. Escribió unas frases, las tachó, volvió a empezar y al final lo dejó.
Guardó el papel en el doble fondo de un cajón de su escritorio, como había leído que hacía un personaje de una novela que escondía cartas de amor.
Apagó la luz, se tumbó en la cama y se quedó mirando al techo. No sabía exactamente qué le estaba pasando, pero tenía la sensación de que aquel día, sin que nadie se lo hubiera explicado, había empezado a hacerse mayor.
