LA AMABA TANTO

La amaba tanto que aprendió a leer sus silencios como quien estudia constelaciones: con paciencia, con devoción, con la esperanza de encontrar sentido en lo invisible. Creía que cada pausa era una palabra oculta, cada mirada perdida una confesión. Pero nunca supo que ella gritaba por dentro, como un volcán dormido, esperando que alguien escuchara el temblor antes de la erupción. Él interpretaba sus silencios como paz, cuando en realidad eran gritos contenidos.