EDUARDO TEJERO, UN BUEN MAESTRO (IN MEMORIAM)

Un deber de gratitud me obliga a subrayar como uno de mis mejores profesores de mi época de estudiante universitario a Eduardo Tejero. Del mundo del verso yo no sé nada que él no supiera; ni sé, ciertamente, todo lo que él sabía. Una buena enseñanza de la literatura nos dice mucho sobre el profesor y nos funde con ella para siempre; una mala enseñanza nos aleja irremisiblemente de la lectura. Cuando comencé a estudiar Magisterio, yo estaba enteramente convencido de que “lo mío” era la enseñanza de los niños. Me agradaba la idea de ser un buen maestro, pues detestaba formar en el futuro charlatanes y no personas con pensamiento autónomo y juicio crítico.

Por eso hablo aquí de Eduardo Tejero. Desde el primer día nos dijo que la vida se hacía viviendo, y que nuestro camino en el campo de la enseñanza venía señalado por nuestra vocación de buenos caminantes. En aquel tiempo su aspecto era el de un hombre bueno y joven. Una mirada cálida y cordial, una barba muy cuidada, unas mejillas rojas y una voz sugerente y arrulladora. Aún recuerdo aquellos versos de Machado: “soy —es—, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

También recuerdo su primer día de clase en la escuela de Magisterio. El murmullo de la novedad se palpaba en el aula y la inquietud por la nueva “cara” nos tenía en un desasosiego tangible. Y por fin entró en clase.

Con escrutadora tranquilidad nos sentamos en las sillas formando un pequeño círculo alrededor de él. Después de unas acogedoras palabras de presentación nos habló del placer de la lectura y nos dijo “que la lectura es un acto creador casi tan importante como la propia escritura”. Entonces abrió un libro muy viejo que tenía en las manos desde que había entrado en el aula. Explicó que era una antología de poesía española que había comprado cuando era joven.

—¡Qué descuidado es! —dijo una compañera poco sensible.

Yo comenté que no, que un libro comprado en la adolescencia que había llegado a la madurez, aunque ya muy sobado, era símbolo de mucho trabajo y de un aprovechado uso por parte del dueño; era el espejo de un carácter lírico y cuidadosamente apasionado. Lentamente lo abrió y comenzó a recitar un poema de Don Denís, el rey del verso.

Todos quedamos sumergidos en un silencio y admiración evidentes. Hoy, en la distancia, pero no en el olvido, recuerdo que salí corriendo para comprar aquella antología. Aún la conservo.

Y cuando escribí mi primer poemario le pedí que me hiciera el prólogo, era lo justo.

Fueron unas palabras cordiales y muy acertadas, en un certero análisis de afecto y amistad.

Por eso mismo, querido Eduardo, en estos momentos en los que cuesta una enormidad levantarse cada mañana, y en los que el tren de la vida camina por una vía lenta y llena de obstáculos, quiero decirte aquellos versos míos que tú escogiste para el prólogo: que nadie desdeñe mi contento, que nadie vulnere mi celosía. Gracias, Eduardo.