AMAR LA SOMBRA

Me censuraron hace unas semanas con muy mal gusto lo que escribí en un texto semejante a este. Me dijeron ―te escupo mi opinión, es lo que te mereces― que un hombre no habla o escribe de los senos de su amada ni en público ni en privado. Y muchas cosas más muy ofensivas. Me quedé pensativo y atribulado en un rincón de mi habitación. Me sentí culpable y afloró en mis manos el impulso bloguicida. Una lectora desconocida me comentó que hay personas que no entienden la creación literaria en forma de poema en prosa. Confunden al creador del texto ―tú― con el dueño/lector ―todos nosotros―. Tú escribes literatura, tú escribes literatura y punto. Al cerrar el correo, de pronto, una sombra se irguió delante de mí y me habló con voz sincera y sensual: No hagas caso a nadie. Mi cuerpo es para ti. Y cuando digo eso es para que tú hagas con él lo que quieras: amarlo, acariciarlo, describirlo o rechazarlo. Y se sentó en la cama con una sonrisa tan generosa que brotó como un milagro de la naturaleza en mi cuerpo un placer incombustible. Luego, cogí tu sombra de la mano, te sentaste primero en la cama, luego te acostaste e hicimos el amor de una manera que jamás había soñado. Cuando desperté, tenía una nota en el suelo que decía lo siguiente: la próxima vez que quieras experimentar lo que es el verdadero amor solamente tienes que llamarme. Y no fui capaz de encontrar la sombra que me había poseído en mis sueños.