LA ILUSIÓN AMOROSA

Ayer naciste en mi memoria, desnuda, sin forma ni defensa, y después llegaron las quimeras a cubrirte, a inventarte una piel que no era del todo tuya. En medio de esa invención, mi corazón —acostumbrado a la penumbra— encontró en tu luz no una certeza, sino una duda persistente, casi luminosa.

Creí en ti con una fe amarga, callada, obstinada, como si cada latido fuera un eslabón invisible que me ataba a una primavera que nunca terminaba de llegar. Ahora te pido que no perturbes más lo que en mí aún intenta ser verdadero, porque hay una parte de mi alma que ya se reconoce sola, como si hubiera enviudado de algo que nunca llegó a poseer del todo.

La desconfianza ha ido creciendo lentamente, como una sombra que se instala sin hacer ruido. Estoy cansado de sostener heridas abiertas, de esperar una paz que no termina de alcanzarme. Y, sin embargo, algo persiste: una ilusión casi vacía, casi desierta, que guarda tu imagen con un cuidado secreto, como si en esa memoria inmóvil todavía quedara una forma posible de esperanza.