CAPÍTULO VII DE ‘HATROZ’.- CONFORT

Rafo desconocía el concepto de zona de confort. En su adolescencia no se había planteado nunca que existiera otro mundo al margen del de su familia y su entorno más cercano. Cuando en la infancia visitó por motivos festivos la casa de algún compañero siempre daba la casualidad de que ese hogar respiraba el mismo ambiente que el suyo.

En los cursos del Instituto Calderón de la Barca sí que vio retales de otro mundo, el de los derrotados en la guerra civil, pero no llegó a conocer que eso afectara a un número considerable de españoles. En su casa siempre le hablaron de una minoría y la palabra maquis era sinónimo de guerrilleros antifranquistas que estaban fuera de la ley y que había que detenerlos para ser juzgados. Le hablaron de los que vivían escondidos en los montes de las provincias de León y Zamora y que atacaban esporádicamente organizados en partidas de combatientes. Pasados tres años de una “merendola” en casa de José Antonio ―curioso nombre que recordaba al fundador de la Falange― le vinieron a la mente una serie de palabras que escuchó en boca del padre y que su familia no pudo ―o no quiso― aclararle: justicia histórica, la construcción del Valle de los Caídos, republicano, dictadura, ley de vagos y maleantes, terror rojo y terror blanco…

En este ambiente transcurría el mes de noviembre y como un goteo permanente las noticias sobre la salud de Franco. Todas las conversaciones de mi padre giraban en torno a tres pilares básicos:  sus pacientes, el estado anímico de mi madre y la salud del Generalísimo. ¿Los estudios de Rafo? También eran una fuente de preocupaciones. Todas las mañanas José María se levantaba, ponía la radio, se afeitaba y se bañaba con agua fría. Y un día de esos que parecía otro más la noticia explotó:

Franco ha muerto.

La voz del locutor de Radio Nacional de España, de una gravedad inusitada, y tras un silencio muy significativo, a las 6:30 horas de la mañana del 20 de noviembre de 1975, retumbó, y no por no esperada, cual cohetería fallera en el día de la fiesta mayor, en la casa de la familia de Rafo. El padre de familia se quedó mirando la radio con una expresión de tristeza y preocupación. Terminó de lavarse los dientes y decidió que había que despertar a su mujer e hijos para rezar una breve oración en memoria del Jefe de Estado que les había proporcionado cuarenta años de paz.

Sentados frente al televisor, y a la espera de que hablara Arias Navarro, presidente del gobierno por entonces, los cuatro miembros de la familia miraban fijamente al suelo como queriendo asimilar tan luctuosa noticia.

Lola, la hija mayor, se tocaba constantemente el pelo en un ademán que manifestaba unos nervios a flor de piel. Era consciente, mucho más que el hermano, de que en esos instantes, hasta en lo más insignificante, debía hacer alarde de ese complace familiar que llevaba como una losa y que había empezado a trabajar sin resultado alguno por el momento. Sabía que no estaban en una realidad cómoda y la controversia generacional, junto a un desconocimiento más que notable de la situación, podía saltar a la mínima oportunidad. Miraba con cariño a su madre y escuchaba con atención filial las palabras que estaba pronunciando su padre con una solemnidad casi pontificia. Supo controlar, con muchísimo esfuerzo ese destemplado pronto que le caracterizaba y que había heredado de la abuela paterna. Todo el mundo decía que esta buena mujer daba auténticos botes cuando se enfadaba por cualquier motivo, circunstancia que era muy frecuente. Lola, físicamente, era menuda y delgada. Había estado en tratamiento por un reconocido endocrino nutricionista, que con un marcado acento andaluz le decía una y otra vez cuando veía que no engordaba: ere mi fracaso, ere un granito de arró.

Rafo, el hijo, tenía una mirada que expresaba cierta vergüenza por tener dos sentimientos diametralmente opuestos: por un lado, el de tristeza, porque se olía que se iban a fastidiar sus salidas vespertinas durante unos días; por otro, el de su incapacidad para entender como un adulto el alcance de la noticia que había bloqueado emocionalmente a sus padres. En situaciones como esta es cuando se perciben con más nitidez los saltos generacionales.

Lola y Rafo compartían por ósmosis la ideología de sus padres. Eso decían al menos. Lola, por ser mayor, asimilaba mucho mejor las profecías de su padre cuando comentó días posteriores al luctuoso acontecimiento que alguien de muy alta condición iba a traicionar al régimen. Nunca aclaró si él aceptaría esa felonía como mal menor para España.

―Lo aclararé cuando las circunstancias lo exijan, dijo mientras la televisión proyectaba a un Arias Navarro demacrado, compungido y emocionado.

Como hijos obedientes que eran, no escatimaron esfuerzos en ello y junto a los progenitores y la familia habían asistido a todas los actos y manifestaciones que en esos últimos años se habían celebrado en Madrid en apoyo de Franco. ¡Harto difícil no dejarse llevar por la patriótica marea familiar! Nunca dudaron de que la España real era la que ellos vivían, la España que se sentía humillada por una Europa descristianizada, marxista y masona. ¿Había otra España, como insinuaba Cecilia en su canción? Su padre, después de la breve alocución del presidente del gobierno, les dijo con una suntuosidad única:

―Nunca olvidéis a los enemigos de España, que los hay y muchos. Pausa emotiva que nunca entendió el bisoño de Rafo. Me acabáis de escuchar el vaticino de una magna traición. Lo veremos. Ahora los conoceréis ―a los enemigos de España― porque saldrán de sus cómodos y calientes hogares y se atribuirán una lucha antifranquista que nadie ha visto ni intuido en estos últimos años.

Con estas palabras Lola y Rafo tuvieron una visión retrospectiva compartida y recordaron varias populosas manifestaciones que habían visto asustados por algunas de las principales arterias que bordeaban su vivienda en el Paseo de Santa María de la cabeza nº 1. En ellas habían oído con toda claridad gritos contra Franco y en favor de la huelga general. Su padre achacó dichos movimientos populares a reclamaciones puramente económicas por una crisis que afectaba a toda Europa. Rafo, por entonces, no se cuestionaba nada y escuchaba ―es un decir―, junto a su hermana, las peroratas dominicales de su querido padre. Su madre, ante tal «exhibición marxista», los tranquilizaba diciéndoles que esa tarde era mejor que se quedaran en casa y que rezaran por la salvación de España. Su madre sonreía interiormente cuando veía que aún sus palabras tenían el efecto planificado. ¿Cuánto durarán? Sólo Dios lo sabe.

En ese mundo vivían Lola y Rafo. Con una naturalidad difícil de entender hoy en día. Habría que aclarar que en aquellos tiempos no había ni internet, ni smartphone, ni cadenas de televisión privadas y el teléfono del domicilio estaba perfectamente controlado por los padres. El envoltorio en forma de zona de confort era muy sencillo de diseñar y ofrecía, en este caso, una gran fortaleza. Además, la inmadurez de Rafo, natural o planificada, le hacía no cuestionarse el porqué de unas manifestaciones que rodeaban regularmente la vivienda familiar en el populoso barrio de Atocha. Los dos hermanos no tenían la menor sospecha de que lo hacían dentro de una burbuja que había sido diseñada sin ninguna intención por unos padres que, desde su perspectiva sociológica, querían ofrecerles a sus hijos lo que ellos no tuvieron por causa de la trágica Guerra Civil. Pensaban que ese era el hábitat patrio de todos los españoles. Lola no podía intuir nada, o eso decía, porque, aunque ya estaba estudiando en la universidad la acomodada y prestigiosa carrera de Farmacia, las explicaciones de casa en torno a las protestas de los universitarios nunca le hicieron ver que había otra realidad paralela a la suya. Su carácter enérgico salpicado de arrepentimientos inmediatos, además de una educación muy tradicional, la convertían en una complaciente, geniuda y muy familiar hija. Se había llevado un desmesurado disgusto cuando la familia (aquí se pueden incluir muchos nombres) se opuso con negativa innegociable a que estudiara Magisterio. Lo vivido el 20 de noviembre la convenció con una ligera rapidez que tenía que ejercer en casa el papel que habían diseñado sus padres con cariño y cierto sesgo carpetovetónico para los momentos trágicos. En este terreno a Rafo había que darle de comer aparte. Parecía que no vivían en la misma casa. Rafo estaba verde ―en todos los significados de la palabra, menos el fisiológico― como ese adulto que a escondidas se quedaba prendado sin comprensión alguna de Epi y Blas en Barrio Sésamo y de Fofó, el payaso favorito de la época.

José María, el padre, con la constancia del trabajador infatigable que era, les había explicado en varias ocasiones los motivos de la Guerra Civil y los posteriores y gratificantes cuarenta años de paz. Cierto es que «algo diferente» creían ver los domingos cuando iban a misa a la iglesia de los salesianos en la Ronda de Atocha y los conocidos de mis padres los abordaban con comentarios insidiosos, según él; a la par que le enseñaban radiografías o analíticas para que manifestara su certera opinión. Esto último, la imagen de José María analizando una radiografía en medio del atrio eclesial, lo hacía con verdadera devoción médica.

―Son pequeños reductos de insubordinación porque no todo el mundo puede estar contento, decía el padre al llegar a casa.

Los hijos miraban y escuchaban con interés el relato paterno, pero el progenitor no las tenía todas consigo porque veía mucha inquietud, especialmente, en el rostro de Rafo. No podía imaginar que tal desazón estuviera motivada por causas muy diferentes.

―Lo mismo están influyendo en él algunos desafortunadísimos comentarios que algunos feligreses sueltan sin ningún miramiento al final de la misa en el pórtico de la parroquia, le decía a su mujer.

La realidad era que, a los diecisiete años, cuando las hormonas ya estaban en acción, era complicadísimo mantener viva la atención por mucho que el tema fuera trascendental para el suelo patrio, como le gustaba decir a un vecino que con toda seguridad estaba por el cuarto o quinto rosario de los misterios dolorosos.

José María era médico de profesión. Un médico de vocación filantrópica. Desde las 7 de la mañana hasta la hora que fuera, incluidos los sábados por la mañana, siempre en el quirófano, y los domingos por la mañana, ocupados en un inacabable rosario de visitas de pacientes suyos o de familiares y allegados. Siempre fue un modelo para sus hijos, que veían en él a una persona que no pensaba nunca en la remuneración de sus intervenciones y sí en la sanación de los enfermos. Veían en él la filantropía en estado puro. Palabra que buscó con ansia en el diccionario cuando la oyó por primera vez Rafo. La consulta que tenía todas las tardes de 4 a 6 en su casa era gratuita y era muy frecuente en él, cuando el paciente no tenía recursos económicos, realizar sin sus honorarios la necesaria operación con el único coste del anestesista y del sanatorio por parte del enfermo. Siempre se rigió por un nunca dejes de atender a un paciente por dinero. Jamás pensó en la remuneración económica. Muchos amigos y colegas le decían abiertamente que era «tonto», pero él tenía muy claro que su verdadera vocación arruinaba cualquier embrujo económico. Cuando falleció y publicitaron la necesidad urgente de un sustituto en la Mutualidad de futbolistas, hubo muchas renuncias entre los candidatos porque el sueldo que ofrecían, ese que recibía religiosamente el fallecido sin queja alguna, descubrieron que era una insignificancia. Una merda, dijo alguno de raíces gallegas.

En su largo historial médico había pacientes de toda índole: los propios de sus consultas, familiares, amigos, cualquier enfermo que se acercara a él con la mediación de un familiar o amigo, personajes televisivos… Un sobrino suyo ―también de apellido Máiz―, excelente médico en la actualidad, les ha comentado a los hijos que cada vez que escuchan su apellido le preguntan si tiene alguna relación familiar con el doctor Máiz Bermejo, fallecido el 18 de enero del 2002.

Una de las imágenes de su padre, de los hijos de José María, era verlo, a eso de las 11 de la noche, sentado en su despacho, estudiando las últimas novedades que se iban produciendo en traumatología y en cirugía general. El médico tiene que estar al día, decía.

Mención aparte merece su carácter. Fuerte, impulsivo y de un pronto que hacía retumbar los cimientos de la casa. A los cinco segundos caía en un arrepentimiento que era muy poco comprendido por algunos miembros de la familia; los cuales, con comentarios sibilinos y acerados, rechazaban radicalmente ese temperamento. No se sabe si este ―o la venta de La Peregrina― fue el motivo por el cual en los últimos años de su jubilación ―cuentan Lola y Rafo― cogía el teléfono pensando en que alguien llamaba preguntando por él y sólo se encontraba con el silencio más absoluto. También recuerdan los hijos con mucha pena las lágrimas que le producían a su padre las vivencias del último verano en Bertamiráns, en el 1993.     

José María les transmitió el miércoles por la noche previo al fallecimiento, cuando un amigo personal le comunicó que no había sanación posible en la enfermedad terminal de Franco, que el infausto momento había llegado. Llevaban varios días anunciando la muerte del Jefe del Estado, pero ese día no llegaba, aunque parecía que estaba al caer. Ante el silencio filial de Lola y el nerviosismo del hijo ―los diecisiete años le bullían en su interior como una cafetera a punto de estallar― insistió en el argumentario más que conocido de los domingos después de comer. Pero Rafo era incapaz de quitarse de la cabeza la importante cita que había concertado con una amiga y que era la causa positiva de sus últimos desvelos y sufrimientos.

Rafo sabía jugar muy bien las cartas con su padre. O eso creía él, más bien. Para sus padres la cita era con una amiga que era, como gran parte de su familia, más franquista que Franco. Tranquilidad familiar por ello. Ella, les teatralizaba como nadie el adolescente a sus padres, sí ha bebido y digerido con sanísima asunción la ideología del momento.

―Es lo normal, papá. Queremos comentar los últimos acontecimientos.

Semanas más tardes se percató de todo lo contrario y pudo conocer en primera persona la traición que estaba en boca de su padre por esas fechas.

Rafo, con el pasar de los años, y con una lentitud que hoy se podría calificar de premiosa, llegó a la conclusión de que en él se había producido, con la naturalidad de la época, una profundísima ideologización ―como he dicho antes― por ósmosis. La primera vez que se lo dijo a un primo suyo, se llevaban como hermanos, tuvieron una discusión colosal que sólo supieron atemperar con las cañas de La Cruz Blanca.

Pero la realidad era muy distinta, muy diferente. Con quien había quedado era con una compañera de COU, que después de un sinfín de equívocos, producidos todos ellos por la inmadurez congénita de Rafo, le había respondido afirmativamente a la última proposición de salir. Guapa, sincera, espontánea y con unas ganas locas de comerse el mundo, mientras él era un atribulado y tímido joven que siempre pensaba que era el más feo, el más soso y el peor vestido de cualquier fiesta o reunión. Esta joven, que se llamaba Marisa, lo impulsaba a que tomara las riendas de su vida, a que dejara ese complace familiar que lo estaba machacando.

―Parece que te tienen en casa entre algodones. Fuera de tu zona de confort hace mucho frío, le decía ella, pero hay muy buenos abrigos y un sinfín de coyunturas que tú tendrás que valorar.

Rafo, junto a ella, se bebía el mundo a grandísimos sorbos, pero cuando estaba solo no sabía ni dar un paso, fruto de una educación muy paternalista y complaciente, a no ser que fuera después de haber consumido unas cuantas cervezas.

En las calles había una efervescencia inusual. Parecía que todos los viandantes, muchos de ellos mirando al suelo, tenían algo importantísimo que realizar en esas primeras horas de la mañana. Posteriormente, en un mismo bar convivirían el aperitivo que unos pocos se podían permitir entre semana o la rutinaria comida de día laborable que otros tenían obligatoriamente que realizar. A la hora del desayuno, en ese lugar común para los madrileños, convivían ese significativo e inolvidable jueves diferentes pareceres. Los que peligrosamente bromeaban de la situación con el viejo chiste de «a la mierda el régimen», y se lanzaban a comer grasientos aperitivos, los que mostraban una indiferencia absoluta y sólo pensaban con preocupación en la endeblez de su trabajo, en su novia o en las infinitas letras del piso que aún le quedaban por pagar y por último los que, plenamente convencidos del día aciago que estaban viviendo, llevaban corbata negra o se colocaron antes de salir de casa en la manga derecha a la altura del bíceps una cinta negra en señal de luto. Eso sí los desayunos caseros, por un motivo o por otro, se seguían sirviendo a un ritmo endiablado y muy vivo.

El portero de la casa en la que vivía la familia de Rafo, excombatiente en Teruel, con una diligencia casi pareja al horario de la muerte de Franco, se había encargado de cerrar la hoja derecha del portal como símbolo del luto que iban a vivir en los siguientes días. Ningún vecino podía dudar de su fidelidad al régimen. Sorpresivamente vio cómo entre los vecinos de la casa, tras unas semanas de exteriorizada aflicción, empezaron a surgir demócratas de toda la vida. Y el silencio se apoderó de él porque no quiso, a partir de esos momentos, que los vecinos lo situaran ideológicamente. Se preveían tiempos revueltos y de muy difícil pronóstico. La mujer, ya entrada en edad, desde que apenas cumplió los treinta años no conocía otro color que no fuera el negro riguroso de luto o el gris de alivio de luto, pues desde esa temprana edad en su familia se habían encadenado con fechas muy estratégicas varios fallecimientos.

―Estoy presa de la cadena del luto, decía ella con resignación a la madre de Rafo. Aunque, lo que realmente me mata es esta bili que se me sube asín a la boca después de comer. Tendré que hablar con su marido. Y la pobre mujer se acostaba todas las noches muy revuelta.