Las tardes de los sábados gustan a palomitas, huelen a ambientador barato y a furtivos abrazos. Son testigos de torpes caricias y suenan a banda sonora, unas veces de estreno; otras, las más, ya conocidas. No hay manera de un inicio sin fronteras.
Las tardes de los sábados gustan a palomitas, huelen a ambientador barato y a furtivos abrazos. Son testigos de torpes caricias y suenan a banda sonora, unas veces de estreno; otras, las más, ya conocidas. No hay manera de un inicio sin fronteras.